Portada del relato Las horas del deseo prohibido
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Fragmento:


—No dudo de su sentido del deber —contestó él con un destello en los ojos—. Pero el encuadernador confesó que el libro no salió por la puerta principal. Quizá pueda ayudarla a buscar donde nadie lo ha hecho: en la Cámara de los Soñadores.

Duración: 07:27

Las horas del deseo prohibido
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Texto de ajuste de pausa.

La lluvia golpeaba las altas ventanas de la Biblioteca Vicentina de Westminster, oscureciendo las vidrieras y dramatizando el crepúsculo en el interior. Entre columnas de mármol y estantes de madera carcomida, un perfume a papel envejecido llenaba el aire, matizado por la fragancia sutil de cera de abejas y humo de las lámparas de aceite. Aurora Radcliffe paseaba los dedos por los lomos enmohecidos, su vestido azul de muselina apenas rozando el suelo y su corazón acelerado por un propósito velado.

Había crecido entre historias y cartas, hija del bibliotecario, nieta de un impresor. Pero hoy su misión era otra: encontrar el volumen desaparecido del siglo XVI, robado hace tres noches según el escandalizado portero. La tarea le fue encomendada por Lord Harrington, benefactor de la biblioteca y poseedor de una mirada tan incisiva como el brillo de los relojes que coleccionaba.

Aurora siempre sentía una extraña ansiedad en el vestíbulo, donde pendía el antiguo reloj de péndulo. Los rumores contaban que el mecanismo fue construido por un astrónomo que buscaba mediar entre los amores imposibles de su vida, y que pronto el tiempo mismo se volvía voluble bajo su tic-tac. Hoy, junto a la última repisa del lado oriental, Aurora sintió ese viejo escalofrío: entre el repiquetear rítmico del reloj y el siseo suave de las hojas en los ventanales, alguien la observaba.

—Es temprano para espíritus, señorita Radcliffe —murmuró una voz masculina desde las sombras.

Ella giró, conteniendo el sobresalto. Lord Harrington estaba allí, recostado con aspecto de anfitrión cansado; su traje oscuro resaltaba los pómulos y la elegante curvatura de sus labios. En la penumbra, los cristales de su reloj de bolsillo captaron la luz, destelleando un mensaje silencioso entre ambos.

—He venido en busca del incunable —explicó Aurora, luchando por firmar autoridad en su tono, aunque sabía que Harrington la leía igual que un poema bien conocido.

—No dudo de su sentido del deber —contestó él con un destello en los ojos—. Pero el encuadernador confesó que el libro no salió por la puerta principal. Quizá pueda ayudarla a buscar donde nadie lo ha hecho: en la Cámara de los Soñadores.

Aurora conocía la leyenda: una sala secreta, clausurada desde hacía décadas, donde se guardaban libros prohibidos y aquel reloj detuvo su marcha en la noche de un escándalo misterioso. Si el libro apareció allí, quizá otros secretos aguardaban ser despertados. Harrington le ofreció el brazo, y tras un titubeo, Aurora se apoyó. La sensación era eléctrica, ardiente, impropia de una heredera educada en la estricta compostura.

Deslizaron una estantería disimulada. Detrás, se desplegó una escalinata circular que descendía entre susurros y frío. El olor a humedad y tinta les envolvía. Al fondo, la Cámara: una estancia abovedada, tapizada de terciopelo burdeos, donde miles de hojas amarillentas dormitaban a la espera de ser tocadas. Y allí, en el resguardo de un atril polvoriento, se alzaba un reloj de mesa, esculpido en bronce, detenido en la medianoche.

Aurora buscó el libro. Harrington aguardó, el peso de su presencia tan tangible como las sombras ondulantes.

—¿Por qué cree usted en historias de fantasmas, Aurora? —su voz la penetró como una caricia inesperada.

—La biblioteca no es sólo madera y piedra. Aquí cada deseo prohibido encuentra refugio —dijo ella, sorprendida al oírse tan sincera.

Harrington se acercó, sus pasos apenas audibles en la alfombra de los años. Se situó tras ella, el calor de su aliento en la nuca un estremecimiento que la hizo cerrar los ojos.

—No he buscado sólo un libro perdido. —Su pulgar siguió la línea de su clavícula descubierta por la caída de un lazo travieso—. He buscado un instante fuera del tiempo, como el que marca ese reloj, para decirle lo que nunca he dicho.

Aurora se giró despacio. El reloj a su lado marcaba eternamente las doce, cómplice de un silencio expectante. La distancia entre ambos era una línea tensa, vibrante.

—¿Y qué ha callado, Lord Harrington?

Él bajó la mirada, vulnerable por primera vez.

—Que deseo perderme entre sus hojas, recorrer sus misterios con labios y manos, escribir nuestra historia en cada espacio en blanco. Que me tiene atrapado como las manecillas detenidas de ese reloj.

El aire pareció vibrar alrededor. Aurora desafió las estrictas reglas que su madre le había inculcado: dio un paso y alzó la mano hasta el pecho del hombre, sintiendo bajo su palma los latidos veloces.

—No es prudente —musitó ella.

—No lo es, pero aquí, entre estos libros y relojes detenidos, la prudencia es solo una palabra—contestó él, y antes de que ella pudiera acobardarse, sus bocas se encontraron.

El beso fue suave, indeciso primero, luego reclamando años de espera y silencios guardados. Harrington la sostuvo entre los brazos como si tuviera miedo de que el mundo pudiera desvanecerse. Aurora sintió que los estrictos engranajes de su educación giraban hasta saltar y romperse, liberando deseos largamente contenidos.

Se dejaron llevar. Las manos de Harrington delinearon su cintura y subieron, atrevidas, desanudando la cinta azul con la que Aurora había sujetado su vestido. El tejido resbaló hasta descubrir su hombro, la piel estremecida por el roce y la anticipación. Se besaron con más ímpetu, el calor de la piel mezclándose con el gélido misterio de la cámara prohibida.

Aurora, audaz, apartó el abrigo de Harrington. Pensó en lo absurdo de sus dilemas de muchacha buena, en la nitidez febril de ese momento robado al tiempo, entre estanterías testigo del más puro desenfreno. Él la levantó en brazos, los labios devorando con ternura, y la depositó con delizadeza sobre el diván de terciopelo, entre libros y cortinajes. El roce del terciopelo encendió su piel, cada caricia destinaba a grabarse en la memoria. El mundo exterior dejó de existir: ya sólo importaban los suspiros, la música leve del péndulo extinto, los hilos de vestiduras deshechos por dedos torpes y apasionados.

Sus cuerpos se buscaron, se saborearon con lentitud. Harrington la adoró con la devoción de un caballero y el ansia de un hombre extraviado. Fue un rito prohibido entre el rumor de páginas ancestrales. Aurora arquó la espalda, presa de una ola de placer y temor, y supo que ese recuerdo la acompañaría mucho después de que el eco del reloj se apagara.

El tiempo dejó de correr. No supieron cuánto duró el milagro.

Cuando la realidad volvió, Aurora estaba recostada sobre el pecho de Harrington, delineando con un dedo los relieves dorados del reloj dormido en el atril.

—¿Qué haremos mañana? —preguntó en voz baja, un atisbo de inseguridad opacando la luz reciente de sus mejillas.

Él la besó en la frente.

—Vendremos antes de la medianoche y haremos que el reloj camine otra vez.

Aurora sonrió, comprendiendo que, más allá de la prudencia victoriana, había lugares en los que el amor escapaba de todo tiempo impuesto. La biblioteca, con sus leves susurros y promesas encuadernadas, sellaba ahora también su secreto.

Recogieron las piezas de su ropaje, el rojo en las mejillas atestiguando el milagro. Aurora divisó a un costado el incunable desaparecido: abierto por la página de un poema al deseo, como si el destino les hubiera aguardado allí.

Guardaron su hallazgo en la penumbra, prometiéndose regresar. Y cuando subieron juntos la escalera hacia la vida cotidiana, la última vibración del reloj los acompañó, consagrado testigo de un amor que, como los grandes relatos, desafiaría los límites de cualquier era.

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