Portada del relato Luces al Alba de Vega
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Fragmento:


Cruzaron el umbral de la nave, el techo ahora desplazado y la cabina inclinada, resbaladiza. Las luces de emergencia parpadeaban sobre las paredes, encendiéndoles el rostro en siluetas de ópalo y humo. Cassian revisó el cuadro de mandos; Rose, el compartimento de víveres. Volvieron a cruzarse en el centro, cada uno portando un fragmento de la vida anterior: una barra energética, un transmisor, la funda de la guitarra de Cassian.

Duración: 09:33

Luces al Alba de Vega
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Texto de ajuste de pausa.

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El estruendo de la nave retumbó en las paredes del desfiladero mientras el azul magnético del cielo se disolvía en fragmentos blancos. Rose se recogió el cabello castaño, sacudido y polvoriento, mirando hacia la cornisa donde la compuerta pendiente de la Starcat apenas resistía la presión. El visior del casco detectaba una humedad inusual, casi dulzona. Le recordó a los higos maduros de la vieja estación hidropónica de Lysander, pero aquí, en el borde occidental del planeta Vega-6, no había plantas ni frutas: tan solo un acantilado interminable y la promesa de una noche más larga que un año terrestre.

El cuerpo de Cassian yacía aliñado por la gravedad inversa, a medio metro del escotillón de emergencia. Rose luchó contra el temblor interno, el pequeño pánico de los primeros minutos. Sabía que lo importante era no mirar abajo, jamás entregarse a la tentación de ver el abismo eléctrico que se abría más allá del metal roto. Habían acudido a Vega-6, según la ordenanza, para investigar las anomalías de las cavidades y, tal vez, encontrar el origen de los ecos que enloquecían a los sistemas inteligentes. Pero nadie había avisado que la ciencia, aquí, sería un sinónimo de despeñarse una y otra vez.

Cassian respiraba hondo, todavía aturdido. No parecía herido, pero se aferraba al costado como quien se abraza a un secreto. Rose se inclinó sobre él, liberando el cierre de la escafandra y conectando el mini-drone de exploración. Solo entonces, estrenando una falsa serenidad de soldado entrenada en cien simulacros, susurró:

—¿Puedes moverte? El generador de oxígeno no resistirá otra noche.

Cassian asintió, la mirada más gris que azul.

—He caído peor, en Urano —bromeó.

—Apuesto que allí al menos no había precipicios de memoria fracturada —contestó Rose, y juntos ascendieron por la esquirla de roca hasta la cabina, mientras la luz del planeta languidecía bajo el horizonte de cristal.

Cruzaron el umbral de la nave, el techo ahora desplazado y la cabina inclinada, resbaladiza. Las luces de emergencia parpadeaban sobre las paredes, encendiéndoles el rostro en siluetas de ópalo y humo. Cassian revisó el cuadro de mandos; Rose, el compartimento de víveres. Volvieron a cruzarse en el centro, cada uno portando un fragmento de la vida anterior: una barra energética, un transmisor, la funda de la guitarra de Cassian.

Rose le tendió un vaso de agua y bajó la cabeza, reconociendo el cansancio de su compañero. Hacía diez años que compartían misiones, pero esa noche, arrinconados por el acantilado y la conciencia de peligro, la distancia entre ellos era distinta. Cassian había sido su amigo, su mentor en aprendizaje de mundos; a veces, hasta su contrapeso y aquello que en otro universo podría llamarse “amor”.

—Debemos salir antes que amanezca en Vega. —El tono de Rose era seco, profesional.

—Este planeta tiene amaneceres de sesenta horas —replicó él, sonriendo sutilmente, forzando la ligereza.

—Y abismos sin fondo. —Ella respondió, casi en un suspiro—. ¿Qué viste en la grieta antes de caer?

Cassian tardó un instante, como reuniendo recuerdos del fondo de un vaso turbio.

—Luces. Como filamentos que se movían bajo la roca, siguiendo un patrón… musical. No sé cómo explicarlo, Rose. Era como si algo intentara comunicarse.

—El protocolo dice que tenemos que extraer muestras, no perseguir... ¿destellos que suenan?

—Y sin embargo, aquí estamos —añadió él, y la miró de una forma que la hizo sentir menos perdida.

Durante horas revisaron sistemas y se turnaron para vigilar la pendiente. Afuera, el aire se espesaba conforme las capas de neblina lograban colarse por las rendijas de proa. Cada gota que tocaba el suelo cantaba, literalmente: una vibración apenas perceptible, but suficiente para transformar el silencio en música fracturada.

Era tarde ya, cuando la nave entera empezó a titilar como un corazón roto. El comunicador crujió: estática primero, después una voz, desconocida y brutalmente seductora, pronunciando nombres suyos que jamás habían compartido en misión.

—¿Cassian? ¿Rose?

La voz traspasaba el aire pesado de la cabina y curvaba cada sílaba, como si el viento recitara una promesa vieja. Cassian se levantó, alerta, la mano en el bolsillo donde guardaba su antiguo anillo. Rose recorrió el panel, midiendo la distancia a la fosa del acantilado.

—¿Quién eres? —replicó Rose, fingiendo fuerza.

La voz rió.

—Una parte de ustedes... aún por descubrir —fue la respuesta, y el eco se dispersó por las grietas de la nave, envolviendo sus cuerpos y después, su memoria.

Algo cambió en Cassian esa noche. Rose lo descubrió mirando fijamente los fractales que se deslizaban por la pantalla rota del radar. Como si tratara de recordar la música que tantas veces le había tocado en las noches de guardia, los temas de la Tierra ancestral que compartían cuando el espacio era apenas una aventura y no un calabozo de secretos y sospechas.

Abajo, en la roca, la extraña humedad fue transformándose en un resplandor. Rose sujetó el transmisor, harta de tanto misterio:

—Si quieres hablar, hazlo con claridad. No necesitamos fantasmas, sino instrucciones.

Entonces, la voz pareció volverse tangible, casi humana:

—Estoy en el fondo. No teman. Nada aquí es lo que parece. Sigan la luz… y encontraremos el principio.

Decidieron, casi sin palabras, descender hacia la boca de la grieta. La nave ya estaba perdida; el rescate, improbable. Rose, siempre pragmática, se dejó arrastrar, sintiendo el temblor de Cassian cerca de su mano enguantada. Bajaron, escalón tras escalón, cada peldaño una invitación al olvido y al reconocimiento de sí mismos.

El abismo no era hostil; ofrecía un refugio húmedo, una cueva en la que el azul se desleía en cientos de matices, como acuarelas movidas por la brisa. De sus grietas brotaban raíces de luz líquida: filamentos finísimos que tejían figuras en la oscuridad y que, al tocarlas, vibraban con una melodía perdida.

Cassian colocó la mano sobre una raíz y, de inmediato, la música se ordenó en acordes familiares. Rose reconoció un tema, un motivo que él solía tararear cuando creían estar a salvo en cualquier rincón imposible del cosmos. La acústica de la caverna amplificó el pulso, y, entre las paredes, comenzaron a proyectarse imágenes en secuencias: recuerdos no sólo suyos, sino también retazos del pasado del planeta. Guerras, amores desmembrados por distancias interestelares, pactos que cruzaban siglos. Dos cuerpos enlazados en una danza, siempre en el filo entre la luz y la caída.

“Nadie llega aquí por azar”, musitó Cassian, la voz arrastrada por la oleada de imágenes.

“¿Qué somos ahora?”, preguntó Rose, sin saber si hablaba de ellos o de su propio reflejo ante el vacío.

La voz del abismo respondió en tres frecuencias, armoniosas y tristes:

—Una historia anterior, y una posibilidad no extinguida.

El tiempo dejó de fluir de modo lineal. Adolescentes, adultos, ancianos: la caverna los reflejaba en todas sus edades, en todas las bifurcaciones del destino que no llegaron a elegir. Rose vio cómo, en una vida paralela, le confesaba su amor a Cassian en la cubierta de un carguero; en otra, era él quien moría antes que ella pudiera siquiera sentir celos. La fractura de los mundos era ahora una partitura vibrante, y cada roce de sus cuerpos generaba una melodía distinta.

Cassian tembló, la respiración clara por el asombro:

—Siempre supe que había algo... detrás de tus silencios. En tus cartas, en esa forma en la que caminas después de escuchar música antigua.

—Y yo... —Rose luchó contra el rubor— supe que eras mi casa, incluso antes de entender qué era eso. Nunca logré decirlo.

—Ahora el tiempo no existe. Se puede decir todo.

Ambos se acercaron, más allá de la incomodidad de los trajes, de la incomunicación habitual, y se fundieron en un abrazo torpe, como adolescentes sin experiencia y, al mismo tiempo, poseídos por una memoria ancestral. Los filamentos de luz recorrían sus espaldas, entrelazándose, y la cueva entera fue un latido antiguo, vibrando con la fuerza del reencuentro.

La voz, que era todas las voces, murmuró:

—A veces, hace falta un precipicio para perder el miedo a caer.

La visión cambió: la caverna les mostró otros exploradores; algunos caídos, otros abrazados a la raíz de la luz, comprendiendo que el eco de sus historias reescribía el mismo amor, la misma pérdida, una y otra vez, con distintos nombres y cuerpos. No era fatalidad, sino una invitación.

El amanecer en Vega-6 era una línea grisácea, fría, sobre el horizonte. Cuando emergieron de la cueva, la nave ya no era más que chatarra sobre las piedras. Pero ambos sabían, por primera vez, que dondequiera llegaran, la raíz del abismo viajaría con ellos. Cassian tomó la mano de Rose y juntos iniciaron el camino, sabiendo que sus pasos resonarían para siempre en los ecos cantores del planeta.

Quizá nunca llegaran a casa; quizá el universo, en su infinita variedad, era solo un conjunto de acantilados esperando ser saltados. Pero ahí, entre la espesura de la luz y las lágrimas dulzonas de la niebla, parecía que amar era caer y, si se tenía suerte, encontrar un eco dispuesto a responder.

Y así, caminaron hacia la aurora, sabiendo que los acantilados, como el amor, no terminan nunca: tan sólo se transforman en nuevas formas de luz y de memoria.

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