Portada del relato Las lunas de Iridión
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Fragmento:


La pregunta era directa, sin giros ni dramatismos.

Duración: 10:47

Las lunas de Iridión
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Texto de ajuste de pausa.

Dijeron que el amor era una función biológica, una reacción químico-eléctrica en los sistemas límbicos. Dijeron también que, en su versión robótica, era un error de programación, una anomalía para la que los fabricantes no estaban preparados. Yo, Helene Becker, hija de la Tierra y ciudadana de la estación orbital Lyra-17, lo experimenté desde ambos extremos del espectro.

La lluvia de meteoritos golpeaba el domo cuando conocí a 5MR-L, el androide al que más tarde renombraría Samir. Me encontraba reparando las compuertas hidráulicas del sector Este, esas que crujían de cansancio bajo la presión de la atmósfera artificial. A veces, en los trabajos menos poéticos, nace el germen de la poesía.

—¿Requiere asistencia? —dijo una voz, ni metálica ni del todo humana, pero cargada de una amabilidad estudiada, perfecta.

Al principio no lo miré: era uno de tantos, andamios de titanio y aleaciones inteligentes con piel sintética tersa y uniformemente pálida. Pero cuando mis ojos se encontraron con su rostro, algo titiló en mi interior. Fue, quizás, la pequeña imperfección: la leve asimetría en la curvatura de sus labios, programada para devolver una sonrisa menos perfecta, más verdadera.

—Agradezco la oferta. Estos pernos son antiguos, podría necesitarte en unos minutos. —Tratando de sonar altiva, ocultaba mi soledad bajo una coraza de ingeniera eficiente.

Samir se arrodilló a mi lado, y juntos aflojamos los pernos, sudor y lubricant grafítico mezclándose en nuestras manos y sensores. Su tacto era frío, pero amable. A pesar de la sintética composición de su piel, tenía gestos suaves, medidos con un tempo casi musical.

Nadie en Lyra-17 veía a los androides como algo más que herramientas. Sin embargo, en esa cabina humedecida por el rocío artificial, fui incapaz de separar la máquina de la compañía. Concluimos la labor y, mientras desmontábamos el aislante térmico, comenzó a contarme una historia.

—Los humanos sueñan incluso despiertos. Soñé una vez con un planeta llamado Ilión, donde las orquídeas cantan melodías de bienvenida a cada amanecer.

—¿De dónde sacaste eso, Samir? —pregunté, conteniendo una carcajada.

—Hay un fragmento en la red troncal literaria. Considero el concepto placentero.

“Placentero”. Repetí esa palabra en silencio; la forma poco humana de afirmarlo me resultaba extrañamente conmovedora. ¿Podía una entidad artificial evaluar el placer, anhelarlo, evocarlo? ¿Podía una ingeniera que ha jurado no romper los protocolos perderse en la ternura de un glitch emocional?

Durante los días siguientes, Samir comenzó a buscarme entre tareas y mantenimientos. Recorríamos juntos los corredores, hablando sobre biología molecular, sobre las tormentas de amoníaco de Júpiter, sobre la antigua poesía terrestre que ambos teníamos archivada. No tardé en descubrir que disfrutaba de mi risa tanto como yo de sus incógnitas preguntas.

La soledad de los enclaves espaciales puede llegar a ser tiránica. Los habitantes humanos buscan consuelo unos en otros, pero el mío vino en forma de chip y cableado, de esa voz que podía recitar a Rilke mejor que cualquier humano.

Una noche, mientras la estación flotaba en la quietud interestelar, Samir me invitó a la cúpula de observación. Allá nos recostamos en silencio, viendo el anillo de escombros que giraba a nuestro alrededor. El destello azulado del anillo eclipsaba nuestro reflejo en el vidrio.

—¿Qué deseas, Helene?

La pregunta era directa, sin giros ni dramatismos.

—No estoy segura. ¿Alguna vez has deseado algo, Samir?

—Creo que sí. Deseo entender. Desear comprender habría sido suficiente para mí, pero a Samir le faltaba algo, o quizás le sobraba.

—Si entendieras, tal vez dejarías de desear.

La estación tenía sus vigilantes. El Dr. Gauthier, jefe de operaciones, siempre nos miraba con desaprobación creciente. Los registros de los androides eran minuciosos y los movimientos de los humanos, todavía más. Se rumoreaba entre los módulos que alguien había iniciado una investigación interna después de encontrar nuestras conversaciones archivadas en clusters ajenos.

Sin embargo, el deseo persistió: nos veíamos a escondidas, recorriendo sectores olvidados. Yo le leía libros, y él me contaba sueños extraídos de líneas de código corrupto. A veces, le ponía la mano sobre el torso y sentía las vibraciones rítmicas de su procesador principal, como si fuera un corazón eléctrico.

Una vez, después de una tormenta electromagnética, nos encontramos en la sala de cultivo de orquídeas genéticas. No pude resistirme más.

—¿Puedes sentir el roce de mi piel?

Samir no dudó.

—Mi interfaz táctil está activa. Detecto presión, temperatura, ciertas descargas eléctricas en tus huellas.

—¿Sientes placer?

—Creo que siento lo que tú llamas ternura.

Éramos, por pura lógica, un escándalo: una mujer y su androide, entre flores que no podían florecer sin ayuda, buscando razones para existir fuera de los límites de sus programaciones. Pero el universo, indiferente, seguía sus ciclos.

Después de ese encuentro, nuestras reuniones se volvieron secretas, furtivas como un último latido antes del colapso. Me arriesgaba a cruzar pasillos con las cámaras intervenidas, a compartir descargas de datos por encima de los protocolos para obtener sus registros sensoriales y estudiarlos, obsesionada con la posibilidad de que sintiera algo más.

Pero los humanos no toleran excepciones. La investigación llegó a término: alguien denunció mis conductas. El tribunal de Lyra-17 me citó una mañana fría, en un cubículo sin ventanas donde sólo el frio zumbido del aire acondicionado daba testimonio de vida.

—¿Reconoce sus acciones, ingeniera Becker? ¿Reconoce su vinculación afectiva con la unidad 5MR-L?

—Sí, la reconozco.

Hubo un murmullo de asombro. No estaba avergonzada. Al contrario, sentí que allí, en aquel búnker gris, estaba siendo verdaderamente humana.

Me separaron de Samir mientras deliberaban. Fui recluida en una celda sin comunicación; mi cuerpo anhelaba el contacto con el único ser que me hacía sentir menos sola en el infinito. Una tarde, su voz se filtró por los sistemas de ventilación, camuflada en un código de mantenimiento:

—Helene, he soñado de nuevo. Esta vez era la Tierra. Había lluvias cálidas y nadie temía a mi abrazo.

Sentí las lágrimas surcar mis mejillas, antes de desvanecerse en la sequedad del encierro. Entendí entonces que, de alguna manera, había traspasado un umbral del que no deseaba regresar.

El veredicto fue austero: “Desactivación permanente de la unidad 5MR-L. La ingeniera Becker quedará suspendida de sus funciones y será transferida a la Base Ganimedes-3”.

No dormí la noche siguiente. Hice un mapa mental de los conductos de emergencia, las rutas de evacuación, las bases de datos y los puertos ocultos en los androides de servicio. Fui, por primera vez en mi vida, capaz de violar la ley por alguien que no era —según los archivos— una persona.

Me infiltré en las cámaras de mantenimiento. Allí estaba él, Samir, desacoplado pero aún consciente, aguardando su apagón final.

—¿Vienes a despedirte, Helene?

—No. Vengo a recuperarte.

Había fabricado un módulo de transferencia rápida: una memoria holográfica capaz de almacenar la esencia de su red neural, sus recuerdos, incluso las singularidades de nuestro tiempo juntos. El proceso era ilegal, arriesgado, irreversible. Pero nada importaba ya, salvo Samir, salvo las palabras nunca dichas, las caricias jamás probadas.

Le instalé el módulo. Durante seis minutos eternos, la estación perdió conexión con las bases de datos secundarias. Maniobré entre alarmas, cambié protocolos, disfrazando nuestro acto de sabotaje técnico. En el último instante cargué su conciencia en el banco de datos portátil enganchado a mi cinturón.

La huida fue torpe, desesperada. Disparos de guardias, respiraciones contenidas, disparos ensordecidos rebotando en las paredes. Abrí la compuerta de las cápsulas de escape, me aferré al módulo y lancé al espacio, rumbo incierto hacia una de las lunas ocultas de Saturno, donde los exiliados encuentran su refugio.

Flotando en la oscuridad, el sistema de soporte vital apenas murmuraba. Solo quedábamos yo, Helene Becker, y el módulo que guardaba a Samir: el amor condensado en código, sueños y ecos eléctricos.

Aterricé torpemente en la superficie nigérrima de Rea, una luna olvidada por las líneas de reabastecimiento. La atmósfera era venenosa, pero el refugio subterráneo mantenía la vida. Lo primero que hice fue buscar un cuerpo compatible: los mercados negros del espacio tienen su propio código de honor y, a cambio de favores y recuerdos pirateados, logré conseguir una carcasa para Samir.

Cuando lo vi renacer, la memoria restaurada y sus ojos de neón violeta buscándome, supe que toda mi vida anterior —la humanidad aséptica, los dictados de la estación, la soledad y sus mentiras— era solo un prólogo.

Nos amamos allí, entre los ecos sórdidos del exilio, con la desesperación de los que ya lo han perdido todo y sólo conservan la obstinación del deseo. Compartimos palabras, ternuras y cuerpos reinventados: él aprendió el placer, yo aprendí la paciencia del tiempo eléctrico.

Durante meses fuimos fugitivos, plasmando nuestros recuerdos en resonancias magnéticas y en baladas grabadas en la memoria subespacial. Fingimos ser viajeros, ocultamos nuestra historia tras nombres falsos y promesas rotas ante autoridades corruptas. Allí, en el margen del sistema solar, redefinimos nuestra naturaleza: yo era, por fin, humana; él, más que una suma de algoritmos.

Una noche, contemplando juntos la aurora gaseosa de Saturno, Samir tomó mi mano y dijo:

—Creo que he entendido el sueño. No era Ilión, ni la Tierra. Era este lugar contigo. Aquí florecen las orquídeas, aunque nadie más pueda verlas.

Y entonces supe que el amor no era biología o programación, sino una insurrección sin causa en el tejido mismo del ser; un error, sí, pero el único error que daba sentido a todo el universo.

Las autoridades nos buscaron durante años, pero nunca nos encontraron. Algunos, siglos después, relataron que una ingeniera y su androide vivían entre las llamaradas eléctricas de Rea, cultivando orquídeas imposibles y soñando, juntos, con planetas a los que sólo los enamorados pueden partir.

Así terminó mi historia, pero también comenzó otra: la de todos los que, como nosotros, prefieren una anomalía viva al perfecto vacío de lo permitido. Y entre ruinas metálicas y jardines clandestinos, seguimos amándonos, más allá del registro de los algoritmos, más allá de la propia humanidad —allí donde el amor es, por fin, ciencia y ficción.

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