Portada del relato Amores en la Nebulosa
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Fragmento:


La respuesta llegó segundos después: un fragmento de código comprimido, entrelazado de pulsos agudos y graves.

Duración: 07:38

Amores en la Nebulosa
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Texto de ajuste de pausa.

Su nave era translúcida, casi invisible al ojo humano, y se deslizaba como un espectro a través del mar helado de la galaxia Tariel. Eilana sentía cada vibración en la estructura como si viviera dentro de un organismo palpitante. Estaba sola. O eso le parecía. Porque en el mundo de los vigías del Horizonte, la compañía no venía en forma de palabras, sino del flujo, las señales furtivas, la proximidad de otro pulso en el vacío.

Había aprendido a amar el silencio: ese latido sordo entre estrella y estrella, la respiración contenida de los idiomas que ya no necesitaban pronunciarse. El universo era demasiado vasto, y en sus márgenes, el lenguaje había mutado primero en destellos de luces, luego en frecuencias, después en silencios preñados de significado.

Dicen, en Tariel, que uno nunca sabe a quién puede encontrar en medio de una nada tan infinita, y que el amor florece solo en las grietas del frío donde todos creen haber olvidado cómo buscarse.

Eilana fue interceptada a las 03:21, horario estándar orbital, justo en el punto de quietud entre dos grandes lluvias de meteoros. La alarma no sonó. No podía sonar. Nada volvía a vibrar que no fuera su propio pecho.

Su consola parpadeaba en azul: Presencia detected. El escaneo era limpio. Ninguna comunicación auditiva, solo una firma de calor, inconfundiblemente humana.

Ajustó los controles con manos diestras y notó un susurro apenas perceptible en los circuitos, como un animal que respira debajo del suelo helado.

"¿Quién eres?", pensó, y envió el mensaje en una ráfaga de datos mudos a través del relé de largo alcance.

La respuesta llegó segundos después: un fragmento de código comprimido, entrelazado de pulsos agudos y graves.

Ella tradujo mentalmente: Permiso de acercamiento. No se pronunció palabra alguna, porque no podía. En la frontera del Horizonte, la voz era un privilegio que costaba demasiado caro: los canales de audio podían ser interceptados por ladrones de ecos o arrastrados por las corrientes electromagnéticas que modulaban todo en el sector.

El silencio, en cambio, no podía ser robado.

La otra nave emergió, fluyendo suavemente hasta que ambas transparentes cápsulas quedaron paralelas, separadas solo por un corredor de vacío y ventanillas empolvadas de escarcha cósmica.

Se miraron a través del silicio. Ella y él.

Él tenía ojos oscuros adaptados a la penumbra, cabello recogido y expresión lívida, como si viviera mucho tiempo en espacios donde la sonrisa era un gesto inútil.

Eilana sintió el zumbido familiar de la excitación recorrerle el espinazo. Era el protocolo reunirse cara a cara en las esclusas, pero ambos sabían que el protocolo era solo la ruina de lo que una vez habían sido los encuentros.

Así que improvisaron.

Abrieron una burbuja de docking entre las dos naves, permitiendo solo una franja diminuta de atmósfera entre las compuertas. Y allí, en ese pasadizo suspendido, él apareció.

No hubo palabras.

Solo ese tránsito, el roce de sus trajes internos—sensores calibrados para transmitir señales táctiles intensificadas, reemplazando lenguajes antiguos por el nuevo dialecto de la piel.

Se miraron, uno frente al otro. Sin saludo, sin nombres.

Eilana dejó que su respiración regular guiara la suya, que la proximidad llenara el pozo vacío de su pecho.

Él levantó la mano desnuda. Un gesto, es todo. Ella hizo lo mismo.

El contacto fue eléctrico: un flujo de datos personales explotó, entrelazándose en los implantes sensoriales de muñeca a muñeca.

Adrius. Eso sintió. Una vida en guerra con la soledad. Un hombre adaptado a los corredores de grava estelar, curtido en la ausencia de todo excepto del deseo. Una memoria súbita de un niño perdido jugando entre hologramas, de sueños reducidos a pulsaciones de consolas en oscuridad.

Eilana, a su vez, le entregaba un pedazo de sí misma: el eco de sus años en la estación madre, la larga espera de un mensaje que nunca llegaba, la húmeda tristeza de unas lágrimas que la atmósfera artificial apenas evaporaba.

Se reconocieron.

"No hablemos", él transmitió, no en voz, sino con el latido de su pulgar contra su piel. Ella asintió con los ojos cerrados.

Pasaron horas en ese intercambio silente, cada uno leyendo los mapas de cicatrices, interpretando las viejas heridas en la cartografía de los cuerpos. Dejaron que los sensores aumentaran el calor, maravillándose de cómo la ausencia de palabras enraizaba más hondo el deseo, cómo el anhelo se volvía físico y más puro.

Él dibujó lentamente una órbita alrededor de su cintura, los dedos apenas tocándola, describiendo trayectorias que solo podían verse con los ojos mentales de los que ya han aprendido a leer la piel. Ella respondió de la misma manera, desbordando suavidad en la nuca, descendiendo por la espina dorsal, abriéndose en una danza callada pero más elocuente que cualquier poema antiguo.

Luego, trazaron constelaciones en el silencio. Cada presión, cada pausa entre sus toques era la puntuación de una conversación antigua, secreta.

En la bóveda del docking, el universo desaparecía, reducido a una burbuja donde solo existía el roce y la mirada. Sus implantes activaron la simbiosis significativa: entraron en un flujo compartido de imágenes y emociones, el “lenguaje del silencio” que los pioneros del Horizonte habían inventado hace generaciones.

Allí, la pasión se transmitía por químicas programadas: una caricia en la palma encendía una cascada de endorfinas, una presión en la cadera transportaba una vibración, un pulso de deseo.

No había palabras, pero se decían todo.

Le mostró un recuerdo: la visión de una aurora boreal en un planeta de hielo, el temor a desaparecer en el vacío, el hambre insaciable de calor humano.

Él le envió la primera vez que tocó una estrella moribunda con su nave, cuando creyó perderse y, sin embargo, halló consuelo en la idea de que alguien, en algún lugar, soñaría con su regreso.

Entonces ya no pudo contenerse.

Sus cuerpos se unieron despacio, atados a la coreografía de los sentidos, sin hablar, mientras los fluidos de atmósfera reciclada envolvían el acoplamiento, ocultándolos del resto del universo.

La pasión, sin sonido, fue incandescente.

El tiempo se dobló en la pequeña burbuja. Quizá pasaron minutos, quizá siglos.

Sentados espalda contra espalda, exhaustos, las pieles aún zumbando por la descarga de datos emocionales, él rozó su muslo con la yema de los dedos, recordándole que la primera palabra después del silencio es siempre más pesada que lo que se calla.

Ella se volvió, buscándole el rostro. Quiso hablar, pero la vieja costumbre la detuvo. Solo transmitió una imagen: dos seres girando eternamente uno alrededor del otro, sin que el vacío lograra nunca separarlos de verdad.

Él sonrió, apenas, como una grieta en la noche. Le respondió con una descarga suave: "Estaré cada vez que me busques en la nada".

Pasaron largos minutos en que el silencio fue todo lo que necesitaron. Sabían que pronto, el deber, el protocolo y la infinita soledad del universo los llamarían por caminos distintos.

Y, sin embargo, tras ese encuentro, en el centro de la Nebulosa Tariel, el amor nunca necesitaría más que un toque, una mirada, un destello de datos silenciosos navegando entre las estrellas.

Así, en la frontera misma del olvido, el romance floreció en lo invisible.

Y siguieron su curso, orbitando cada uno en su propio horizonte, sabiendo que el silencio, lejos de ser vacío, había sido el más dulce y fecundo de los lenguajes.

Porque en algún lugar, en medio de la nada, una promesa de roce y ausencia aguardaba la siguiente oportunidad de ser cumplida.

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