Portada del relato Las estrellas que olvidamos
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Fragmento:


La estación vibró, y la capa de energía de protección emitió un zumbido agudo. Ayla sintió que las paredes colectoras resonaban con el miedo que nunca se permitía admitir. “Control de misión, aquí Ayla Roxton, detectamos una anomalía sin precedentes, trayectoria errática, se recomienda...”

Duración: 08:52

Las estrellas que olvidamos
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Texto de ajuste de pausa.

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La sargento Ayla Roxton consideraba que la vida en una nave de reconocimiento era cuestión de ritmos: pulsos de rutina seguidos de explosiones de rareza. Desde hacía meses orbitaba la estación Omega, un óvalo de titanio suspendido en lo más profundo del Cinturón de Eridani, esperando la aparición de vida fuera del sistema. Otros equipos se habían renunciado ya a sus turnos: Omega recibía comunicaciones esporádicas y, a ojos de la mayoría, no era más que una avanzada científica condenada al olvido.

Pero Ayla tenía otros planes. Para ella, la vastedad era el mejor catalizador de la valentía. Descubrir lo desconocido no era un accidente, sino una elección. La soledad de las distancias cósmicas era su provocador, y más aún desde que compartía el puesto de vigilancia con Elian Mercer.

Elian había llegado tres rotaciones atrás, transferido desde el sector médico tras un sabotaje en la nave Orión. Tenía ese tipo de presencia que parecía susceptible a las contemplaciones silenciosas, como si se hubiese acostumbrado a los secretos de los cuerpos y las emociones a partes iguales. Ayla le observaba siempre de reojo, esperando cazar un descuido: una sonrisa, un movimiento de manos, una grieta en su fortaleza.

Pero esa noche —si es que existía la noche donde los soles eran solo estadísticas—, algo perturbó el orden de lo conocido en Omega. El tablero de mando vibró bajo los dedos de Ayla, proyectando símbolos anómalos en su pantalla.

—Compresión de masa en el borde delta —anunció Elian desde el control secundario—. No es basura espacial. No tiene firma de calor conocida.

Ayla tragó en seco. Desbloqueó el seguro del filtro de cámaras y rotó la imagen holográfica. Era sólo una mancha difusa que se deslizaba lenta, como una herida de tinta en el vacío.

—Prepara los escudos pasivos. Esto no es entrenamiento —dictó. Los dedos de Elian volaban sobre el panel, pero su voz estaba limpia.

—¿Crees que es lo que vinimos a buscar? —preguntó, pero no con temor, sino con una expectación contenida. Ayla la reconoció: era la misma anticipación que sentía cada vez que las reglas del espacio se desafiaban.

—¿Qué otra cosa esperarías en un lugar donde nada nunca sucede? —replicó ella, y se permitió por primera vez esa noche mirarlo directamente.

La anomalía se acercaba de forma no lineal, como si ignorara las reglas de la gravitación; cada cálculo de trayectoria quedaba obsoleto antes de ser completado. Elian tomó la iniciativa, saltando de su puesto para apoyarse junto a Ayla en la consola principal. La cercanía era extraña, como si el aire oscilará distinto allí donde ambos cuerpos coincidían.

—Deberíamos pensar en una posible evacuación. —Elian le susurró, pero no rehuyó la fuerza de sus propios ojos. Había una valentía especial en él, una que no dependía de armas ni de armaduras, sino de la fidelidad al instante más vulnerable.

La estación vibró, y la capa de energía de protección emitió un zumbido agudo. Ayla sintió que las paredes colectoras resonaban con el miedo que nunca se permitía admitir. “Control de misión, aquí Ayla Roxton, detectamos una anomalía sin precedentes, trayectoria errática, se recomienda...”

La comunicación murió, como si una mano invisible la hubiera desenchufado del tiempo. Fueron solo un latido: la anomalía, ahora claramente un vehículo o entidad, cambió de curso y bruscamente se pegó al casco exterior de la Estación Omega. La única luz era la de los flashes de emergencia.

—Tenemos que salir —dijo Ayla, y Elian asintió sin una palabra. Se lanzaron al pasillo en penumbra y alcanzaron la esclusa de observación.

Desde el ventanal, Ayla tuvo que esforzarse para comprender. No era una nave de ningún diseño conocido; era como si la propia materia se hubiese moldeado siguiendo una lógica ajena a toda simetría humana. Por un instante, Ayla se preguntó si sería posible que algo tan alienígena pudiese, también, tener miedo.

La puerta exterior tembló, y la compuerta manual comenzó a abrirse con lentitud. No hubo señales conocidas —ni láseres, ni avisos en audio artificial—, solo una expansión de luz líquida que empezó a colarse bajo el umbral.

—¿Preparada? —preguntó el hombre a su lado. Pero ya no era solo su compañero: era la única certeza que tenía en toda la galaxia.

Ayla apretó su mano. —¿Nunca tuviste miedo?

Elian se mordió el labio inferior; sus ojos verdes, tan claros como los océanos desaparecidos de la Tierra Antigua, se llenaron de una ternura abrumadora. —Solo de dejar de sentir.

Entraron juntos a la sala de acoplamiento y fueron recibidos por la incandescencia. La anomalía era translúcida, como si cada molécula mantuviera una charla privada con la luz. Una figura emergió de la penumbra: alta, sin facciones reconocibles, pero con una presencia que exigía respeto.

Una comunicación brotó directamente en sus mentes: no palabras, sino imágenes y pulsos emocionales. Una soledad tan vasta que absorbía los recuerdos, una búsqueda de contacto tan obstinada que parecía un niño perdido en medio de un bosque sin fin.

“El fin de su especie,” les susurró la anomalía sin boca, “es no encontrar nunca un otro que les comprenda”.

Ayla y Elian, juntos, dejaron que sus pensamientos fluyeran hacia la entidad. En ese trance compartido, Ayla vio la vida de Elian como la suya propia: los errores, las pérdidas, la necesidad de arriesgarlo todo por un sentido de propósito. Recordó su primer encuentro, el roce accidental de manos, la noche silenciosa inventando constelaciones nuevas en el domo de Omega. Se vio invadida por la desbordante verdad de estar viva, aquí y ahora.

La entidad titiló intensamente. "Valentía," deslizó en la vereda de sus emociones, “es mirar al vacío y seguir caminando, aunque nadie te asegure que habrá suelo donde pisar."

—¿Por qué nos has buscado? —balbuceó Ayla, tratando de contener el temblor en su lenguaje.

La respuesta fue una corriente cálida de imágenes: paisajes perdidos, universos fracasados, planetas desmoronándose y seres de luz buscando, siempre buscando una oportunidad al otro lado de la eternidad.

Ayla comprendió que esa criatura no era una amenaza: era una petición disfrazada de prodigio, una súplica de compañía. Y, en un acto reflejo de fe, tendió la mano hacia la luz. No hubo dolor, solo la sensación de abrir una ventana después de siglos de oscuridad.

Elian la siguió sin vacilar. Entre ambos conformaron un puente de entendimiento: dejaron que sus recuerdos fluyeran hasta la entidad, aceptando que si el fin de todo era no comprender jamás, el inicio de algo nuevo podía estar en el intento.

La luz les rodeó, pero nunca los separó. Ayla se permitió apretar la mano de Elian, no solo por miedo, sino por esa certeza casi milagrosa de que, en el espacio entre átomos y dudas, habían elegido caminar juntos.

Lo que ocurrió después desafía el testimonio ordinario. Sabían —y solo ellos sabrían para siempre— que existieron segundos en que dejaron de ser individuos para convertirse en el eco prolongado de una valentía compartida. La anomalía soltó la estación, alejándose hasta desaparecer en la niebla fría de las galaxias inexploradas.

La energía regresó; las luces, renuentes, volvieron a encenderse. Ayla y Elian se miraron largo tiempo. Todo parecía igual, y sin embargo, nada lo era. La soledad de la estación seguía poblada de distancias y ciclos, pero ahora había una corriente invisible anudándolos, una complicidad hecha de la materia con que se tejen los milagros.

Días después, intentando recuperar la normalidad, Ayla trabajó en silencio. Elian se acercó por detrás y, en una de esas pausas demasiado largas para atribuirlas a la casualidad, murmuró:

—Quizá sobrevivimos a la noche más larga. Quizá ahora podamos permitirnos inventar un día juntos.

Ayla cerró los ojos, permitiéndose aspirar el instante. No había seguro ante el abismo, ni garantía de un futuro a salvo. Pero había audacia en el modo en que Elian sonreía verazmente, y Ayla pensó que a menudo el universo recompensaba solo a quienes se atrevían a caminar en la oscuridad sin temer al propio deseo.

Se encontraron en el centro de aquel laboratorio suspendido entre mundos, y se abrazaron con la franqueza de quienes saben que la verdadera ciencia es el arte de continuar apostando por el otro pese a la vastedad del vacío.

Así, en la Estación Omega, dos pulsos humanos —conscientes de todo lo que ignoraban aún— eligieron la compañía, y el experimento insólito de amar sin garantías. Apostaron, juntos, que la valentía de intentarlo sería el eslabón no calculado que un día podrían contar, en esa galaxia o en otra.

Bajo las estrellas que una vez creyeron olvidadas, Ayla y Elian aprendieron que incluso al borde de lo jamás explorado, era posible descubrir, en la mano de otro, la única medida fiel de lo que podía ser llamado hogar.

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