Portada del relato Entre la translucidez del mañana
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Fragmento:


El laboratorio permanecía en la penumbra, la luz fría de las lámparas apenas rebotando en los cristales de las cápsulas de aislamiento. Afuera, la ciudad vibraba con esa pálida vida eléctrica que siempre le pareció a Isabella tan distante de la calidez de una piel, de un susurro, de una mirada. El virus, llamado CXR-17, había cambiado el modo en que la humanidad tocaba, dormía o amaba. Pero, en la Unidad Alfa, aislada del resto del hospital, Isabella había redescubierto el vértigo de la cercanía, esa pulsión inquietante que ascendía por la espina cuando los dedos se rozaban por accidente con los terminales de una tablet o la base de una cápsula de ventilación. Y esa vibración tenía un epicentro: Luca.

Duración: 10:16

Entre la translucidez del mañana
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Texto de ajuste de pausa.

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El laboratorio permanecía en la penumbra, la luz fría de las lámparas apenas rebotando en los cristales de las cápsulas de aislamiento. Afuera, la ciudad vibraba con esa pálida vida eléctrica que siempre le pareció a Isabella tan distante de la calidez de una piel, de un susurro, de una mirada. El virus, llamado CXR-17, había cambiado el modo en que la humanidad tocaba, dormía o amaba. Pero, en la Unidad Alfa, aislada del resto del hospital, Isabella había redescubierto el vértigo de la cercanía, esa pulsión inquietante que ascendía por la espina cuando los dedos se rozaban por accidente con los terminales de una tablet o la base de una cápsula de ventilación. Y esa vibración tenía un epicentro: Luca.

Luca era virólogo, pero también –al menos para Isabella– algo así como un hacedor de milagros improvisados. Desde las primeras semanas, cuando el protocolo forzaba a los médicos y enfermeros a cubrir cada milímetro de sus caras, Luca encontraba excusas para darle indicios de sonrisa: se las arreglaba para doblar de modo peculiar sus batas –como si cada pliegue insinuara un guiño– o para dejar mensajes garabateados en las envolturas de las mascarillas. Y, cuando nadie miraba, le prestaba el peso de sus silencios, ese arte tan preciso de callar justo cuando Isabella deseaba ser vista.

El hospital entero, edificado sobre la promesa de una ciencia infalible, había devenido prisión y catedral al mismo tiempo. Afuera, la ciudad temía. Adentro, ellos peleaban por el derecho a seguir sintiendo, aun bajo capas y capas de tela, látex y miedo. Una noche, el algoritmo de turnos asignó a Isabella a la Guardería 7-B, la de los pacientes sin contacto familiar. Luca, como si hubiera programado el destino, la recibió en la compuerta estéril.

—Hay una cama desocupada —le dijo, su voz ahogada por la máscara—. Si necesitas descansar entre rondas, es tuya.

Isabella fingió indiferencia. Dejó que sus dedos resbalaran, por error, sobre la manga de la bata de Luca al intercambiar el tablet. El roce disparó una corriente diminuta, apenas perceptible e infinitamente personal; lo vio, lo supo, en la forma en que él se detuvo, apenas un segundo, como si le costara recordar cómo se respiraba con normalidad.

La guardería era un santuario de máquinas y sábanas. A medianoche, Isabella cayó rendida sobre la cama asignada, exhausta tras horas de intubaciones y rondas. El sudor le pegaba el pijama desechable a la piel. Al otro lado de la cortina, una figura se movió con la cadencia de la clandestinidad. Luca.

Hablar en susurros bajo el techo ruidoso de una sala de aislamiento tenía algo de ritual. Los monitores cardíacos, el rumor del ventilador, la lejanía del mundo; todo se fundía en una sinfonía que apenas los rozaba. Isabella sentía la fiebre arquitectura de su propio cuerpo, esa calidez que anunciaba el agotamiento pero también el deseo, tan prohibido y tan necesario como una droga rara.

Luca se sentó junto a ella, con cierta torpeza que lo hacía menos médico y más hombre. Le alcanzó una botella de agua y, al hacerlo, sus manos se rozaron de nuevo. Los guantes amortiguaban el contacto, pero el universo se comprimía en esa grieta sutil del deseo no aplazado.

—¿Nunca has tenido la tentación de quitarte todo esto? —preguntó él, apuntando a la barrera entre sus rostros.

—Siempre.

Ella respondió sin mirarlo. Sabía que la piel bajo las sábanas era el nuevo territorio prohibido, una provincia de germen y promesa. El deseo era una fiebre; la fiebre, un deseo.

—Cuando éramos estudiantes, había apuestas sobre quién resistía más tiempo bajo una sábana de hospital —contó Luca, quizá para distraerse o para mirar más allá del peligro. Su voz era el arrullo lento de algo que quería empezar.

De pronto, la gravedad de la noche cambió. Puede que fuera la fatiga, o la soledad corrosiva de semanas sin ternura, o simplemente el hecho de que respirar compartido era el último lujo. Isabella levantó la sábana, invitando a Luca a sentarse, apenas compartiendo el espacio, hombro contra hombro, ambos sobre la costura fría del colchón. Era ridículo: estaban cubiertos con batas, máscaras y capas de protección, y, sin embargo, la simulación de la intimidad bastaba para alterar el ritmo del aire.

—A esto le llaman “el milagro menor”— murmuró él—. Compartir la temperatura bajo una sábana. El pulso compartido baja la fiebre. Hay estudios.

Ella contuvo una sonrisa. No había estudio para lo que hervía entre sus músculos, para la manera en que la presencia de Luca trastocaba la geometría de la noche.

El ciclo de guardias se volvió cómplice de este secreto. Las sábanas, lavadas al vapor cada hora, eran su única bandera. Cuando podían, se deslizaban juntos bajo aquella tela fina, compartiendo el calor, el peso del otro en la curva invisible de la cadera. No eran caricias abiertas; era deseo encapsulado, hecho de palabras a medio tragar y de ese roce de costado, de codos rozando la tela y labios midiendo la distancia imposible entre dos respiradores.

Un día, Isabella enfermó. Nadie sabe nunca quién rompió primero la cadena estéril; quizá fue una mota de polvo, un gesto vulnerable, una grieta en el guante de látex. Bastó la fiebre para desbaratar el lenguaje, para transformar el deseo en urgencia y la urgencia en temor.

Luca vigiló a Isabella desde detrás de un cristal. Ella, febril y hermosa en su fragilidad, se agitaba bajo la bata, el cabello pegado a la frente por el sudor, los ojos encendidos con la fiebre del virus y de algo más. Luca, experto en enfermedades, se debatía entre la pulsión de salvarlas a todas y la dolorosa certeza de que sólo podía acompañar a una sola mujer en su delirio.

De noche, se sentaba a su lado, protegido y, a la vez, desgarradoramente expuesto. Hablaban poco. Las palabras eran inútiles frente a la fiebre devastadora, pero el lenguaje de las sábanas –ese modo de enroscar los pies bajo la tela para anunciar “sigo aquí”— era su consuelo. En delirio, Isabella le pidió quedarse. El protocolo lo prohibía. Nadie podía permanecer en la sala más de lo estrictamente necesario.

Sin embargo, Luca cruzó la línea. Una noche, sin pensarlo demasiado –o sabiéndolo todo de antemano– se deslizó bajo la sábana junto a Isabella. Ella, en un sueño entrecortado, lo sintió acomodarse a su lado, la tela congelada por el aire acondicionado cubriéndolos apenas, y sonrió débilmente. Era un gesto mínimo, de gratitud o de locura. Luca le tomó la mano enguantada; la apretó, transfiriéndole el pulso sereno de quien promete más de lo que puede cumplir.

Isabella deliraba, pero aún recordaba el perfume de Luca mezclado con la ozonización del aire, el tacto indefinido de su torso apoyado contra el de ella, incluso a través de todas las capas de protección. En ese limbo de consciencia, su cuerpo reclamaba una ternura primigenia e improbable.

—Si tuviera fuerzas —susurró Isabella, apenas audible—, te diría que esto es lo más real que hemos tenido.

Luca asintió, tragando la congoja. Compartieron el silencio y el calor. El pulso febril de ella se acompasaba al latido regular de él. Dormitaron. Luca creyó soñar con la vida anterior, una en la que el tacto era simple; Isabella soñó con sábanas menos frías y un Luca sin límite de distancia.

La enfermedad amainó lentamente, como una marea que cede su territorio. Isabella recobró la conciencia, y la fiebre dejó espacio para la fragilidad radiante del sobreviviente. Cuando la dieron de alta de la unidad crítica, Luca fue a verla. Compartieron una sábana limpia, a la luz rosada del alba que entraba por el ventanal del hospital. Por primera vez, ambos despojados de máscaras y guantes, saborearon el aire tibio y, sobre todo, la piel desnuda de la palma del otro.

No había fórmulas para ese encuentro. Los labios de Isabella encontraron los de Luca al ritmo de siglos de privaciones. Sus cuerpos, aún marcados por el temor y la costumbre de cuidarse, aprendían a tocarse de nuevo. Las sábanas olían a vapor y algo indefinidamente humano; el roce de la piel, primero titubeante pero pronto urgente, se volvió un diálogo mil veces rehecho en fantasías silenciosas.

Isabella gimió quedo al sentir los labios de Luca recorrerle el cuello. El calor que antes había sido fiebre ahora era placer, derritiendo la memoria del delirio y la distancia. Sus manos, curiosas y reverentes, exploraron el contorno de las costillas, la curva tensa del muslo. Bajo la sábana, la humedad era promesa y celebración.

Toda la ciencia del mundo había intentado impedir ese encuentro. El pulso de los monitores, al otro lado de la puerta, marcaba el ritmo de una sala que no los comprendía. Pero dentro de ese pequeño mundo de sábanas, el placer era redención.

El clímax llegó como llega el alivio tras la fiebre: suave, envolvente. El cuerpo de Isabella, aún cansado, se arqueó bajo el de Luca. Los labios de ambos se encontraron de nuevo, sellando una historia de supervivencia y deseo.

Más tarde, envueltos en el aroma a ozono y sudor, Luca acariciaba la espalda de Isabella mientras afuera la ciudad volvía a reordenarse. Él se preguntaba si la medicina algún día estudiaría aquella variable inmaterial: el deseo que cura más allá del virus. Isabella, apoyada en su pecho, sólo pensaba que ninguna máscara podría ya salvarla de aquella necesidad.

Las semanas siguientes los devolvieron a la rutina: turnos de veinticuatro horas, protocolos, miedo, esperanza. Pero cada pausa, cada instante en que las sábanas los envolvían de nuevo era una pequeña subversión, un himno privado. La enfermedad transformó su amor en una ciencia exacta: la temperatura compartida, la frecuencia de los latidos, el modo preciso en que dos cuerpos podían escribir, capítulo a capítulo, la historia de una salvación secreta.

Hasta que la epidemia terminó.

El hospital desmanteló la unidad y la ciudad, lentamente, regresó al bullicio del mundo simple. Pero cada vez que Isabella y Luca compartían una cama, cuando la noche caía y la fiebre era sólo el eco de otra vida, sabían que bajo las sábanas seguía latiendo una memoria: la de haber sobrevivido juntos, a un mundo que les negó todo menos el derecho de (volver a) tocarse. Y a partir de ese roce, construyeron el resto de sus días.

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