Fragmento:
La energía de la prisión se tambaleó; algunos sistemas de contención fallaron. Como jefe de la guardia, fui el primero en llegar a su celda. Arianne estaba de pie en medio del círculo de láseres parpadeantes. Nunca olvidaré el modo en que me miró: no era súplica, ni amenaza. Era una pregunta muda.
Duración: 07:53
Jamás imaginé que lo más peligroso de mi expedición interplanetaria no serían las tormentas cósmicas ni los protocolos militares, sino los ojos llenos de tristeza que me miraron por primera vez desde detrás de las rejas de luz. La prisión dimensional flotaba como un enigma metálico sobre la órbita de Rynn, un planeta con océanos de zafiro y un suelo tan codiciado como prohibido. Yo, capitán Elian Ramis, había cruzado media galaxia con mi escuadrón para escoltar a un prisionero de incalculable valor, sin saber que mi vida –y mi corazón– serían puestos en jaque por una prisionera.
Arianne. Su nombre solo me fue revelado después de largas noches de insomnio, cuando nuestra comunicación era apenas una colección de gestos, miradas y silencios vigilados por los centinelas sintéticos. Sabía de entrada que era peligrosa, que su condena transcendía cualquier crimen humano que pudiera comprender. Pero Arianne era una scindana, perteneciente a una raza que la Confederación humana temía y admiraba a partes iguales por su control sobre las dimensiones sombreadas, esos territorios fuera del tiempo y el espacio que podían desmoronar civilizaciones enteras… o salvarlas.
La razón de su cautiverio jamás se me confió. Solo recibí órdenes estrictas: debía custodiarla, vigilarla, nunca hablarle salvo lo imprescindible. Ella era nuestro mayor trofeo y el mayor temor de la Federación: una mujer nacida de sueños de antimateria, capaz de desvanecerse entre átomos y pensamientos. Por eso, la mantuvimos en la celda de fase cero, donde ningún poder podía alcanzarla, ni siquiera el suyo.
Al principio, su piel nacarada y sus cabellos traslúcidos me parecían un recordatorio de lo ajena e inalcanzable que era. Pero luego, cada día que la observaba durante mis rondas, algo dentro de mí empezaba a tambalearse. Arianne no respondía a la violencia de sus captores con odio, sino con una serenidad triste. Sonreía cuando nadie la veía, miraba el horizonte de Rynn a través de las paredes etéricas como quien recuerda una melodía lejana. Y una noche, mientras repasaba los protocolos en mi cabina de comandante, me sorprendí pensando no en el siguiente evento táctico, sino en ella.
Había algo en su soledad que espejeaba la mía: ninguno de los oficiales sabía de mi antigua rebeldía, ni de los sueños que tuve antes de convertirme en el soldado perfecto. Nuestras prisiones eran distintas, pero igual de irrompibles.
Fue durante una tormenta solar que el protocolo se rompió por primera vez.
La energía de la prisión se tambaleó; algunos sistemas de contención fallaron. Como jefe de la guardia, fui el primero en llegar a su celda. Arianne estaba de pie en medio del círculo de láseres parpadeantes. Nunca olvidaré el modo en que me miró: no era súplica, ni amenaza. Era una pregunta muda.
“¿Tienes miedo de mí, Elian?”, fue su primera frase, pronunciada con un acento impreciso, como si las palabras humanas la sedujeran pero también la cansaran.
Mintiendo, respondí con tono seco: “Debería”.
“¿Y tú? ¿Me temes?”, pregunté sin saber por qué lo hacía.
Sonrió, una curva tenue en sus labios translúcidos. “No temo a los hombres. Temo a sus corazones”.
Quise sostenerle la mirada, pero algo me obligó a apartar la vista. Aquella noche, tras estabilizar los sistemas, no pude dormir. Recordaba el modo en que su voz reverberó en mi pecho, y la sensación que quedaba era como si hubiese sido tocado por manos invisibles.
Durante las semanas siguientes, los fallos de energía se hicieron más frecuentes. Mis visitas a su celda se extendieron, oficialmente para supervisar el equipamiento, en realidad para escucharla hablar. Descubrí que Arianne tenía una mente luminosa, que conocía la música de las órbitas, la poesía cifrada de los agujeros de gusano. Compartí con ella los fragmentos rotos de mi vida –la muerte de mi hermano en una escaramuza de frontera, el desarraigo de mi juventud terrestre– y ella me habló de Sira, su planeta natal hecho de cristales y luces líquidas, ahora arrasado.
“¿Por qué peleamos, Arianne?”, pregunté un día.
“Por miedo. Porque pensamos que la otra especie es un abismo. Pero, ¿y si el abismo fuéramos nosotros mismos?”, susurró.
La distancia entre nosotros parecía infinita, y sin embargo, cada conversación tendía un puente, etéreo pero indestructible. Era consciente del riesgo: los centinelas registraban cada palabra, los superiores leían mis reportes. Bastaba una imprudencia para perder mi rango o la vida. Pero no podía evitarlo. Aquel amor que surgía nunca fue pronunciado; no había caricia, ni promesa. Solo recortes de tiempo robados, miradas que se alargaban demasiado.
El día que la condena de Arianne se hizo pública, comprendí qué era el verdadero amor imposible. La Confederación había decidido extraditarla a la Federación Nebulosa, donde la pena era la disolución cuántica: su cuerpo y mente quedarían fragmentados en todas las realidades posibles, hasta que ninguna pudiera recordarla.
No pude soportarlo.
Cuando recibí la orden de preparar su traslado, mi pecho se inundó de un dolor indecible. Me sentí traicionado por la Federación, por todo lo que creía justo, traicionado incluso por mi propia humanidad, porque mi corazón no obedecía razones. En esa madrugada desolada, supe que solo tenía una elección: debía liberarla o ver mi vida condenada a la misma prisión invisible.
Esa noche nos despedimos. Su celda seguía sellada, pero yo me acerqué hasta el límite de los campos de energía.
“No hay esperanza para nosotros, ¿verdad?”, pregunté, la voz quebrada por una emoción que nunca había permitido salir.
Su mirada reflejaba estrellas y abismos.
“No en esta realidad, Elian. Pero en algún pliegue de las dimensiones, te encuentro. Nos encuentro. Somos fuga y reencuentro.”
No podría decir cuánto tiempo permanecimos en esa frontera, esa línea donde una decisión lo cambia todo. Finalmente, sus dedos tocaron la delgada membrana de la celda, y yo posé la palma sobre el mismo lugar, separados por solo micras de energía vibrante. Sentí un leve cosquilleo, caliente y triste.
Sabía que era el fin.
Esa madrugada, antes del amanecer de Rynn, falsifiqué los códigos de acceso y desactivé los sensores por unos segundos. En ese lapso imposible, Arianne huyó. Nadie la vio escapar; los científicos humanos jamás entendieron cómo su celda se quedó vacía, cómo en la grabación parecía disolverse en la nada.
Me quedé solo en esa prisión de acero y culpa.
Por supuesto, la investigación fue implacable. Sabían que alguien la había ayudado, y todas las pruebas me señalaron. Me degradaron, me aislaron en un rincón olvidado de la estación. Durante años, viví con la esperanza de verla, delatoramente vivo en mi memoria el roce de su energía, el eco de sus palabras.
Las historias se convirtieron en mito: la fuga de una scindana, el escándalo entre los altos mandos, los rumores de un comandante condenado al ostracismo. Pero la verdad era mucho más simple y devastadora: dos almas dividirán eternamente el espacio y el tiempo para reencontrarse donde nada ni nadie pueda alcanzarlos.
Una noche, mientras patrullaba el sector más alejado de la estación, sentí un pulso de energía, leve y familiar. Un destello azulado iluminó momentáneamente la cubierta. Al mirar hacia las estrellas, supe: en algún pliegue de la realidad, incluso si solo era en sueños, Arianne me buscaba.
Y yo seguiría cruzando galaxias enteras, aferrado a esa chispa, porque a veces los amores imposibles persisten incluso fuera del tiempo.
No existen palabras humanas para describir lo que queda tras una pasión tan prohibida: solo el eco de dos nombres suspendidos en la vasta oscuridad, dos cautivos de universos que jamás permitirán su encuentro, pero que tampoco pueden arrancar el uno del corazón del otro.
Allí, en los límites del vértice entre dimensiones, donde nadie puede verlos, seguirán danzando.
Para siempre, bajo la estrellas mudas de medianoche.
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