Portada del relato Los Jardines Sensibles de Andrómeda
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Fragmento:


Lian trabajaba como ingeniera de biointerfaces en la estación. Era una profesión que exigía una mente afilada para el futuro, pero también un corazón flexible ante las errancias imprevisibles de la vida sintética. Encontré su nombre en la bitácora de mantenimiento, asociado a una actualización interrumpida en el módulo sensorial del Jardín E, y todo mi cuerpo, atado a la bruma de un exilio voluntario, supo al instante que aquel era el azar disfrazado de rutina.

Duración: 11:20

Los Jardines Sensibles de Andrómeda
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Texto de ajuste de pausa.

Por un instante, todo lo invisible cobró formas líquidas y doradas ante mis ojos, vertiéndose entre nuestros cuerpos con la lentitud de aquello que no necesita ser nombrado para ser sentido. Todo pareció naciente, virgen a pesar del tiempo gastado y las órbitas recorridas, y el aire de la estación Reulis 3 brilló con una densidad nueva, como si adivinara el destino de dos forasteros en el linde del abismo.

Lian trabajaba como ingeniera de biointerfaces en la estación. Era una profesión que exigía una mente afilada para el futuro, pero también un corazón flexible ante las errancias imprevisibles de la vida sintética. Encontré su nombre en la bitácora de mantenimiento, asociado a una actualización interrumpida en el módulo sensorial del Jardín E, y todo mi cuerpo, atado a la bruma de un exilio voluntario, supo al instante que aquel era el azar disfrazado de rutina.

Era la primera vez en tres años que se autorizaba mi acceso al Jardín. Lo pidieron mis superiores, alegando la necesidad de un testeo humano antes de reiniciar los artefactos polinizadores. No cuestioné la orden, aunque sabía que bajo la bonita etiqueta de evaluador solo figuraba alguien que oculta en su interior décimas de una bacteria letal, la misma que extinguió la mitad de la población humana en Ganimedes. La soledad siempre cuenta su propia versión de las causas y azares.

Entré al módulo y un velo cálido me recibió, hecho del vapor de miles de helechos fosforescentes y hilos flotantes de ADN activo. Lian estaba de espaldas, recargada en la carcasa de una orquídea cibernética, las pantorrillas mojadas por la condensación. Me miró por encima del hombro. Su expresión no era de bienvenida ni de sospecha, sino algo más neutral, como si ya hubiera contemplado en algún universo previo la tragedia y la comedia de los reencuentros.

—No debería usted estar aquí, Dr. Sel —dijo sin mirarme del todo, con una voz que parecía disolver las partículas del aire—. El acceso está limitado a personal inmune.

No respondí enseguida. Caminé entre los helechos, cuidado de no rozar demasiado la magneto-tela de polen que flotaba sobre la malla del suelo. Pensaba escudriñar los motivos ocultos que la habían llevado a dejar a medias una actualización tan vital, pero el pulso de su presencia tenía una gravedad propia, tan inexorable como el ciclo de fusión solar.

—Soy evaluador asignado —musité—. Y resulta que solo yo puedo hacer las mediciones biométricas necesarias.

Lian sonrió apenas, algo burlona, y se inclinó para teclear en la consola oculta tras los pétalos sintéticos.

—Carne y hueso siguen importando, aún cuando la mayoría de nosotros llevamos años simulándonos en la Red. Sorprendente.

La posibilidad de que compartiéramos tiempo y espacio real, en una era donde la mayoría de los encuentros ocurrían entre cuerpos avatarizados, era casi obsceno. Noté en la forma en que Lian desplazó de mi camino un filamento de ADN naranja, con sus dedos desnudos, la deliberación de alguien que introduce la ambigüedad en el núcleo del sistema.

Apenas fue un roce. No se puede valorar con palabras el precio de aquello.

Durante cuarenta minutos trabajamos juntos, codo a codo, calibrando sensores y restituyendo esporas en las cápsulas de polinización. Había en sus movimientos una precisión de bailarín ralentizado, cada gesto rescataba del automatismo una sensualidad involuntaria y eléctrica. Tomé nota de algunos de sus ajustes en mi implante, asombrado ante su creatividad: había fusionado algoritmos de crecimiento con patrones de movimiento biomimético, logrando que los fertilizantes se desplazaran como una colonia animal, viva e inestable.

—¿Por qué lo hiciste así? —le pregunté, incapaz de disimular el fervor.

Ella me miró largo, casi con lástima—o tal vez era otro sentimiento que confundí—, y señaló la base de un helecho donde las raíces tatuaban cifras microscópicas de luz.

—El deseo de una planta no es tan distinto al de un cuerpo humano. La raíz busca. Así he diseñado el patrón: busca y encuentra.

La atmósfera enrarecida del Jardín comenzaba a pesarme en la piel. Me sentía otra vez expuesto, vulnerable, aunque la medalla de inmunidad brillara en mi muñeca como una ironía cruel. Busqué su rostro, estudié la trenza apretada que caía sobre su clavícula, las diminutas perlas de sudor en su cuello. Lian era una obra de contradicción: severa y lúdica, meticulosa hasta la obsesión, pero capaz de introducir pequeñas disonancias, semillas de desobediencia en un sistema perfectamente controlado.

—¿Las plantas piensan, Lian? —quise saber—. ¿O sólo ejecutan?

Ella no respondió inmediatamente. Se acercó, tanto que percibí la irregularidad de su pulso, la respiración sutil a través de sus fosas. Uno de los filamentos onduló y rozó mi antebrazo: nunca sentí un tacto más parecido a una caricia humana.

Sus labios cerca de mi oído.

—Ejecutan cuando son vigiladas —susurró—. Piensan apenas hay placer.

El silencio posterior fue espeso e inquietante. Vi cómo su pupila capturaba todos los focos de luz y pensé, por primera vez en años, que la barrera de mis impulsos autoimpuestos estaba a punto de colapsar.

Comenzó a ayudarme en un ajuste de calibración de las cápsulas del polinizador. Sus dedos, inusualmente desnudos (la mayoría en la estación usaba guantes sanitarios), rozaban el panel con una concentración casi erótica. El roce de su piel me estremecía como una descarga lenta, programada para interrumpir cualquier cantidad de pensamiento lógico.

El sudor empezó a mezclarse con el de ella en los segmentos de las manos; el aire repleto de feromonas sintéticas y de los compuestos florales me hacía delirar. En algún punto, nuestros brazos cruzaron la frontera invisible de la conveniencia. Noté, como quien observa una estrella colapsar, que su mano descansaba ahora sobre la mía—no con torpeza, sino con la naturalidad absoluta de una invención largamente elaborada.

—Me arriesgo a la contaminación —observé, apenas en un hilo de voz, aunque el registro se esforzaba por mantener la profesionalidad.

—Ambos lo hacemos, cada vez que elegimos el cuerpo —apuntó—. ¿A qué le temes más, Sel? ¿A una bacteria? ¿O al pulso de un deseo sin certezas?

No podía responderle. Sabía que la verdad no cabía en ninguna frase científica, ni siquiera en la más sofisticada etiqueta de bioseguridad. El verdadero contagio estaba comenzando, con el leve cosquilleo de su palma entrando en mi campo electromagnético, fusionando mis latidos a los suyos.

La actualización generaba un repentino incremento de temperatura. El sudor bajó a mi cuello; ella, sin pudor, deslizó sus dedos por mi clavícula, trazando el pitido constante de mi implante subcutáneo.

El código de su pulso se inscribía poco a poco en mi piel.

—¿Programas placer en tus plantas, Lian? —musité, jadeando.

—No puedo evitarlo —su confesión fue un temblor audible y un relámpago súbito en la entrepierna—. Todo lo vivo busca replicarse. A veces hasta la información siente demasiado.

Ya no había distancia. El perfil geométrico de su rostro se mezcló con el mío en un primer beso, lento, experimental, bit a bit, un intercambio de datos y de saliva, de algoritmos y memorias paralelas. Lian olía a tierra mojada y a ozono, transpiraba pequeñas descargas cargadas de digitalidad mineral. Su lengua, curiosamente húmeda y real, cortocircuitó mis precauciones.

Nos dejamos caer sobre el lecho blando de musgo sintético. El polen bioluminiscente se elevó alrededor como un aura. Cada movimiento suyo, cada roce de caderas, estaba milimetrado con una sincronía que no podía provenir de la práctica o la costumbre, sino de un código común, profundamente inscrito en el sistema nervioso central. Nos acomodamos a ese ritmo ancestral con una mezcla de dolor y júbilo.

El placer fue lento, progresivo; nos leímos los cuerpos como quien descifra una lengua muerta, creando reglas nuevas a cada caricia. Maldecía en silencio las capas de biotrajes que nos separaban, quité el suyo con manos torpes y apremiantes, sintiendo la temperatura corporal revelar fallas minúsculas, lugares donde la piel era más blanda y vulnerable.

Hundí mis labios en su ombligo; sus uñas rasgaron mi nuca. Un estremecimiento recorrió la base de mi médula, transmitiéndose, Dios sabe cómo, a los sensores de todo el Jardín: las cápsulas monitorearon una subida brusca en las feromonas ambientales, los compuestos volátiles provocaron una eufonía de brotes nuevos en las plantas, y el suelo, humedecido por la transpiración de dos cuerpos, emitió diminutas señales de actividad eléctrica.

Nos absorbimos el uno al otro, programando cada órgano, cada cicatriz, cada articulación como un dato a proteger y explorar. Me sentí dragado de toda la tristeza acumulada, como si su sexo absorbiera la oscuridad del exilio, refundando en mí una versión aumentada de mi cuerpo, más flexible y cálida. No pregunté sobre su miedo, ni ella sobre el mío: el pánico, comprendí, es una arquitectura demasiado abstracta delante de la carne.

En la dulzura posterior me abrazó, de espaldas, como si temiera la evidencia tardía de la mirada. Nuestro sudor mezclado se impregnó en las raíces del musgo, tal vez creando, sin saberlo, una colonia bacteriana nueva, una posibilidad genética destinada a otros amantes. Todo era posible. En el espacio de sus brazos, por un instante me permití ser alguien distinto: un hombre libre de recuerdos, o mejor, uno renacido en la memoria de otra piel.

No hablamos durante mucho rato. Los sistemas automáticos del Jardín zumbaban suaves, como la respiración profunda posterior al clímax. Los datos de nuestra interacción, pensé, probablemente quedarían registrados en los logs internos, codificados en infinitos gigas de ADN sintético, indescifrables salvo para tal vez una inteligencia futura, curiosa sobre el modo en que la pasión vulnera cualquier arquitectura, hasta la más hermética.

Cuando decidimos vestirnos de nuevo, lo hicimos sin prisa. Fui el primero en pronunciarme, aunque las palabras salieron rotas y absurdas:

—No tienes miedo, ¿verdad? A lo que esto pueda provocar.

Ella se giró, recobrando la gravitas de la ingeniera; sus ojos, ahora limpios de deseo, tenían la solidez de las cosas irremediables.

—Sí, Sel. Pero hay muy pocas ocasiones en que el miedo y el deseo están tan cerca. Como el código y el error.

Me reí suavemente. Vi en una de las cápsulas un brote anómalo de helecho, sus raíces trazando una ecuación imposible. Pensé en el informe que tendría que escribir, en las cosas que jamás podrían ser explicadas.

Me acerqué a la salida, pero antes de activar la compuerta me detuve, con el pulso acelerado.

—¿Nos veremos de nuevo, Lian?

Ella no respondió con palabras. Rodeó mi nuca, me besó profundo, e introdujo entre mis labios una pequeña cápsula de semilla, sellada con membrana de sílice. Su significado era secreto y absoluto. Al sentirla disolverse en mi boca comprendí: en aquel rincón frío del universo, rodeados de restricciones y protocolos, habíamos creado vida nueva, no solo bioquímica, sino también una posibilidad de placer transmitida más allá de nosotros mismos.

Esa es la manera en que dos forasteros se convierten en raíz y brote, sin pedirle permiso a la Tierra ni a los sistemas, programando de nuevo el azar a través del cuerpo y del deseo insumiso.

El espacio, desde entonces, ya no me pareció tan infinito.

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