Portada del relato Bajo el rumor de la tarde
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Fragmento:


Era un martes como otros, de esos en los que la ciudad amanece envuelta en una opaca insistencia de gotas finas, apenas un susurro sobre los tejados y los capós de los coches. Con cada ráfaga suave de la brisa, las hojas de tilo al borde del Parque Central susurraban, demasiado débiles para resistirse, demasiado tercas para desprenderse de sus ramas. Esos días de junio, en los que la vida parece naufragar en charcos y las horas transcurren con la morosidad de una novela rusa, Sofía acostumbraba a caminar pausadamente, sin prisa, de camino a su librería favorita.

Duración: 11:15

Bajo el rumor de la tarde
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Texto de ajuste de pausa.

Era un martes como otros, de esos en los que la ciudad amanece envuelta en una opaca insistencia de gotas finas, apenas un susurro sobre los tejados y los capós de los coches. Con cada ráfaga suave de la brisa, las hojas de tilo al borde del Parque Central susurraban, demasiado débiles para resistirse, demasiado tercas para desprenderse de sus ramas. Esos días de junio, en los que la vida parece naufragar en charcos y las horas transcurren con la morosidad de una novela rusa, Sofía acostumbraba a caminar pausadamente, sin prisa, de camino a su librería favorita.

Había algo en la lluvia que le recordaba a las caricias lentas. No tenía pareja, ni prisa por buscarla; apenas tenía tiempo para sí, atrapada como estaba entre clases universitaria y manuscritos que corregía por unos pocos euros. Sin embargo, al cruzar la reja oxidada del parque, sintió el peso familiar de una espera indefinida, de una expectativa que no sabía ubicar. El parque parecía haber sido abandonado por el mundo. En los bancos solo había gotas, y la fuente arrancaba reflejos plomizos a la luz gris del cielo. En ese escenario, vio a un hombre sentado con un paraguas negro, leyendo.

Era un hombre joven, aunque la forma en que se mantenía erguido decía otra cosa, como si el tiempo, para él, ya no fuera una promesa sino el eco de lo que ya había conocido. No era alguien que sobresaliera en una conversación, ni tampoco pasaría desapercibido: su presencia allí, en aquel banco, era la clase de anacronismo que mareaba. Estaba solo, pero no solitario.

Sofía vaciló y luego, arrastrada por una costumbre secreta de buscar compañía entre desconocidos, caminó directa hacia el banco contiguo. El hombre alzó la vista, y ella, en un acto casi infantil, fingió revisar el móvil.

―Puedes sentarte aquí, si quieres. El banco está mojado, pero apenas se nota ―dijo él, sin apenas levantar la voz.

Luego, aguardó. Sofía pensó en las muchas maneras en que podía rechazar la invitación. Pero el tono era tan honesto, tan libre de agenda, que se sorprendió a sí misma aceptando. Caminó los tres pasos faltantes, se acomodó con delicadeza junto a él y sostuvo su bolsa sobre las piernas. El olor del cuero húmedo y de la tierra mojada era tan fuerte que de pronto entendió qué es lo que se dice cuando alguien menciona la “presencia absoluta del presente”.

―¿Lees siempre bajo la lluvia? ―preguntó, más para romper el silencio que por verdadera curiosidad.

El hombre giró el libro hacia abajo, marcando la página con el dedo.

―Solo cuando es necesario. Algunos libros exigen imposibles ―dijo, y agregó después, como si explicar fuera una costumbre que no podía refrenar―: A veces, cuando es necesario sentirse un poco irreal.

Había algo en su mirada, furtiva y no obstante directa, que evocaba una sinceridad antigua. Ella lo estudió: rostro anguloso, barba de dos días, gafas de montura dorada. Podría haber pertenecido a cualquier época.

―¿Y cuál exige la lluvia? ―preguntó Sofía.

Él volteó el libro hacia ella. “Rayuela”, de Cortázar.

―Vaya, eso es trampa ―bromeó, y ambos esbozaron una sonrisa.

Los minutos se deslizaron como diminutos hilos de agua resbalando entre los pliegues del paraguas. En el estanque más cercano, unos patos amontonaban su desconcierto bajo el follaje. El parque, testigo sin rostro, parecía compenetrado en ese pequeño teatro: la muchacha y el lector bajo la lluvia. Entonces, el hombre habló, con una voz baja.

―Me llamo Martín. Trabajo dos bancos más allá, en el museo, inventariando cuadros. Pero algunas tardes necesito leer fuera de las paredes, escaparme de los marcos.

Sofía escuchó la confesión sin decir nada, como si ese murmullo fuera también suyo. No luego, sino enseguida, sintió la punzada de reconocerse: esa urgencia casi física de salirse de uno mismo, aunque fuera solo un rato.

―Yo edito libros. Corrijo erratas que los autores cometen o que la prisa les impide ver. Eso me da la rara convicción de que todo puede tener segunda oportunidad, corregirse. Pero hace mucho que no escribo una línea propia.

La conversación fluyó, lenta primero, después con creciente confianza. Hablaban de autores, de parques, de lluvias. De la manera en que la ciudad parece cambiar de piel cada vez que se inunda de reflejos, de cómo los charcos duplican los árboles y las palabras se deslizan con más facilidad cuando están envueltas en humedad. Sofía no recordaba la última vez que una charla tan sencilla la había sumergido en ese estado de suspensión. La lluvia, lejos de incomodarla, le regalaba una pauta, una excusa para permanecer.

Martín le ofreció el paraguas, inclinándolo apenas hacia ella, de modo que sus rostros casi quedaron ocultos bajo esa cúpula improvisada. Se sintieron, sin quererlo, tan cerca que un movimiento en falso hubiera deshecho la proximidad. Los bancos se poblaron de nuevos caminantes fugaces: perros con sus dueños ceñudos, niños chapoteando. Pero ellos siguieron allí, ajenos al mundo exterior.

Durante dos horas se regalaron historias, recuerdos y minucias. Martín le contó su vida en fragmentos, como quien va dejando migas de pan detrás de sí: la llegada a Madrid desde un pueblo pequeño, una relación rota recientemente, la búsqueda perpetua de algo indefinido. Sofía compartió algo de sí: la soledad que eligió como trinchera tras un duelo, las noches en que soñaba con bosques y no podía dormir hasta escuchar la lluvia golpetear contra su ventana.

Cuando la tarde comenzaba a inclinarse al crepúsculo y la luz se volvía espesa, Martín preguntó si podía volver a verla. Lo hizo sin la torpe timidez de los adolescentes pero tampoco con la urgencia desbordada de quien siente que todo termina pronto. Le dijo solo: “¿Venir otro día, a leer bajo la lluvia, aunque no llueva?”

Sofía asintió. Acordaron encontrarse, dos días después, mismo parque y banco.

***

El jueves siguiente, la lluvia era una amenaza ausente. El sol jugaba, tímido, entre nubes. Sofía llegó antes, con un libro y un termo de café que compartió con Martín cuando él llegó, puntual como la costumbre. Se sentaron. Él abrió su ejemplar y leyó en voz baja, buscó un párrafo y se lo susurró al oído: “Y la Maga vivía esperando, sin esperar nada, porque el acto de esperar ya era una forma de vivir en ella.”

La frase les hizo reír, pero fue también un umbral: ese día cambiaron la lectura por una charla que lentamente fue abordando orillas más peligrosas. Martín, con la ligereza de quien no desea transgredir, volvió al tema de las segundas oportunidades.

―¿Crees que todo puede corregirse? Hasta las cosas que importan.

Sofía lo meditó.

―No. Y tal vez eso sea lo importante. Aceptarlas como parte de nuestra vida, con sus manchas.

Él asintió, y durante un largo minuto se miraron, buscando en los ojos del otro una fisura. Algo tembló dentro de ella.

Al pasar por los senderos, el atardecer comenzó a ceder. Martín señaló un pequeño refugio de madera, uno de esos miradores cubiertos de glicinas, donde apenas entraba la luz y el mundo se reducía a una esquina húmeda. Allí entraron, y por un instante el rumor de la ciudad se apagó. Se quedaron de pie, tan cerca que podían escuchar sus respiraciones. Todavía quedaba una grieta de luz, y a través del techo de hojas llegaban fragmentos de cielo.

Martín rozó la mejilla de Sofía, primero con una pregunta en la mirada y luego con la certidumbre de quien escucha una canción familiar. No hubo palabras; los labios se buscaron y se encontraron, tímidos primero, más decididos después. Fue un beso sin urgencia ni espectáculo, una confesión que solo admitía dos testigos: la penumbra y la brisa.

En ese escondite, la intimidad se volvió tangible. Hablaron poco, pero sus manos se entrelazaron. Sofía, que solía replegarse al menor contacto, se permitió la fragilidad. Martín le besó las palmas y los párpados; ella exploró la textura de su mentón sin miedo a las consecuencias. Sintió que el eco de su soledad, la que había convertido en armadura, cedía ante la simple evidencia de ese roce.

Cuando por fin salieron, la noche era total. No tenía sentido fingir que el mundo no había cambiado. Se acompañaron hasta la salida del parque. La despedida fue breve pero inequívoca. “¿Mañana?”, preguntó él. Y Sofía asintió.

***

Así comenzó el hábito. Cada tarde, en cualquier clima, se encontraban. Algunas veces era solo un paseo taciturno bajo paraguas compartido, otras se refugiaban en su banco. Si llovía, mucho mejor: la lluvia los arropaba, los ocultaba bajo un velo que de alguna forma volvía todo más íntimo y cálido. Descubrieron que la vulnerabilidad compartida, ese leve temblor ante el otro, era el verdadero refugio. No necesitaban historias grandiosas ni declaraciones bélicas de amor. Lo suyo era la suma de minutos, de instantes apenas rozados.

Pasaron semanas. Aventuras pequeñas, cafés que compartían, libros intercambiados, confesiones que sólo brotan bajo el anonimato de la lluvia. Fueron dejando frases como migas en la memoria. Martín aprendió el nombre de la gata de Sofía y a preparar su café favorito. Ella, a distinguir la tristeza leve de su rostro y a reírse del modo en que él ordenaba las páginas en su escritorio. Era fácil y difícil a la vez: la vida real avanzaba a trompicones y, fuera del parque, el mundo seguía siendo accidentado. Pero allí, al menos allí, podían ser completos.

Una noche, después de pasear y compartir una comida sencilla en el piso de Martín, Sofía se detuvo en el umbral de la puerta. Se volvió para mirarlo no con palabras, sino con la piel. Él la besó de nuevo, y esta vez el tiempo no fue un obstáculo. Se quitaron la ropa sin torpeza, casi con reverencia. La piel de Sofía era tibia y a la vez tensa, como si la hubiese guardado demasiado tiempo solo para esos dedos atentos que la recorrían. Entre sábanas limpias y murmullos, hicieron el amor despacio: primero desde la curiosidad, luego desde el hambre, después desde el deleite por prolongar la espera. Afuera llovía otra vez.

Fue una fusión de cuerpos y silencios, de miradas sostenidas cuando caía el resplandor inestable de la farola en la ventana. El sonido de la lluvia servía de eco y de tapiz. No hubo palabras necesarias; tampoco promesas. Solo la certeza, piel con piel, de que ese instante era suficiente.

Cuando las respiraciones se apaciguaron, Sofía permaneció tumbada junto a él, la cabeza en su pecho, percibiendo el ritmo de su corazón como quien escucha una melodía solo para ella. Martín la cubrió con la sábana, y por un tiempo ambos parecieron disolverse en el rumor de la noche; una suma de caricias, de reconocimiento mutuo y del leve vértigo de iniciar algo sin red.

***

Días después, tras un largo paseo de la mano bajo un paraguas magullado, Sofía detuvo a Martín justo en el quiosco de música del parque. Lo miró con gravedad.

―Tengo miedo ―dijo. Se refería a la vida fuera del parque, a lo que podría romperse si llevaban ese amor al mundo de la luz blanca y las obligaciones.

Martín apretó su mano.

―Tendremos miedo juntos. Y si te pierdes, volveré a buscarte, aunque sea entre la lluvia y los bancos anónimos.

Entonces, advirtieron que el amor no es la ausencia de miedo, sino la apuesta de permanecer, a pesar de los días resecos, de las palabras no dichas. Seguirían viendo la vida desde su pequeño refugio, no como evasión, sino como resistencia: la decisión de elegir, cada jornada, el rumor de la tarde, el olor a tierra mojada, y el inusual milagro de que dos personas se encuentren, y vuelvan, día tras día, bajo el misterioso abrigo de una lluvia lenta.

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