Portada del relato Bajo el brillo de tus sombras
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Fragmento:


Una mano se apoya en su cintura antes de que pueda girar. El tacto es intenso, directo, como si las evasivas de meses no existieran. Lucas está ahí, con el cabello oscuro recién cortado, la barba perfectamente delineada, y esa sonrisa torcida que a ella le duele como un eco.

Duración: 07:06

Bajo el brillo de tus sombras
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Texto de ajuste de pausa.

El cielo estaba encapotado y Nueva York tenía ese aroma particular, mezclando gasolina, asfalto húmedo y una pizca de esperanza. Suena el teléfono en la mano de Olivia, vibrando nerviosa mientras sale del vestíbulo de mármol de la editorial para la que ha trabajado los últimos seis años. Las gotas juegan a danzarle en el cabello rubio, y el paraguas sigue escondido, retando a la tormenta como si con eso pudiera desafiar el destino. Lee el mensaje: “Nos vemos a las siete. No faltes, L.”

La inicial la incendia por dentro, como si después de tanto tiempo, su cuerpo recordara la respuesta antes que su mente. Es la cuarta vez que le escribe en el mes, siempre al filo de su autocontrol. Olivia sabe que caería de nuevo, lo sabe como que Manhattan nunca duerme y como que, desde la última vez, ni una sola noche la ha pasado en paz.

El bar en el SoHo resplandece tras sus cortinas rojas. Adentro, el aire parece cargado de secretos, los rostros entre las sombras fuman y beben, la música es un hilo rojo que no se deshila aunque todos finjan no escucharlo. Olivia está de pie junto a la barra, ocupando menos espacio del que merece. Un vestido azul medianoche ciñe su figura, el cabello suelto le cae suave sobre los hombros. Se pregunta si debería haberse esmerado menos, si a Lucas le importan los detalles.

Una mano se apoya en su cintura antes de que pueda girar. El tacto es intenso, directo, como si las evasivas de meses no existieran. Lucas está ahí, con el cabello oscuro recién cortado, la barba perfectamente delineada, y esa sonrisa torcida que a ella le duele como un eco.

—Creí que no vendrías —susurra él muy cerca de su oído—. Pensé que esta vez sería la definitiva.

—Quizá debió serlo —responde Olivia, apartándose lo justo para que sus voces queden privadas, para que nadie escuche ese cruce de trincheras—. Pero aquí estoy.

Él pide dos gin tónic. Hablan de trivialidades; el nuevo libro en el que trabaja Olivia, el fondo de inversión de Lucas. Pero la tensión crece y late bajo cada frase, como electricidad sin descarga. Un roce de su mano sobre la de ella basta para prender todas las alarmas.

—¿Por qué me llamaste? ¿Qué cambió desde la última vez, Lucas?

Él baja la mirada, como si todo lo dicho esta tarde de mayo tuviese peso físico.

—No puedo dejarte ir —dice, y la sinceridad desnuda su voz de todas las capas—. Intenté seguir, Olivia. Salí, conocí gente, lo intenté. Pero ahí estás, siempre tú, en mis sueños, en cada rincón al que quiero evadir. Te veo en el reflejo de los escaparates y en los sobres de mi correo. No sé respirar sin pensarte.

Olivia no tiene el discurso preparado. Tantas noches reescribiendo mentalmente el adiós, prometiéndose firmeza. Pero allí, en el rincón de ese bar, la realidad desarma cualquier ficción.

—No fue suficiente amor —balbucea—. No sirvieron las promesas. Todo lo que nos lastimó sigue ahí, Lucas. Yo no quiero volver a ese abismo.

Él asiente, los ojos oscuros, el ceño apenas plegado.

—Te entiendo. Y sin embargo, aquí estoy. Te lo prometo, Olivia. No vengo a pedir que lo olvidemos todo, ni siquiera que me perdones del todo. Vengo a suplicarte solo una noche, solo este instante. Si mañana sigues sintiendo lo mismo, si quieres marcharte otra vez, lo aceptaré.

La tempestad afuera redobla sus golpes. Olivia bebe apenas un sorbo, midiendo la distancia entre ellos. En su interior, la ansiedad pelea con el deseo: la razón enumera todas las fracturas, pero el cuerpo recuerda lo sublime y lo prohibido.

—¿Sabes? —dice finalmente, sin soltarle la mirada—. Hay noches donde cierro los ojos y juro que si vuelvo a verte no cometeré el error de quedarme. Pero qué cruel es la memoria cuando tu nombre se me enreda tan hondo.

La química se derrama entre ellos, imposible de camuflar. Es como si el aire salpicado de neón resplandeciera solo para ellos. Él le acaricia la mejilla con el dorso de los dedos, indeciso, pero Olivia no retrocede. Fundidos en una burbuja de anonimato, apartados de la lógica y del mundo.

—Vamos a mi apartamento —propone Lucas, la voz ronca de vulnerabilidad. Olivia siente el pulso en la garganta; cruza el último umbral sabiendo que ya se ha rendido.

El trayecto en taxi es mudo por fuera, bullicioso por dentro. Cada mirada, cada leve roce, electrifica la pequeña distancia. El ascensor los envuelve en una corona de silencio roto solo por el latido de sus corazones disparados. Apenas tras la puerta, estrecha y blanca, las manos de Lucas la envuelven, la giran y la acorralan entre el muro y su cuerpo. Olivia suspira; el mundo podría disolverse y bastaría ese roce.

Él la besa despacio, como leyendo un idioma olvidado. El sabor de las excusas, del arrepentimiento, de mil noches solos, es ácido y dulce a la vez. Olivia se aferra a su nuca, fundiéndose en el beso, sintiendo que la vida cobra sentido solo en este punto. Las manos de Lucas exploran su piel, el vestido escurridizo cede antes sus dedos, y Olivia responde con igual intensidad, buscando reconocimiento en el cuerpo que tantas veces fue casa y cárcel.

Se permiten un paréntesis: no hay pasado ni futuro, solo esa cama amplia, ese temblor de cuerpos reiniciando la pasión. Lucas la mira con deseo y ternura retorcidos, perdiéndose en cada gesto, en cada sonido que Olivia le regala. El amor hace trizas el reloj; cuerpos y almas se funden en un vaivén que nada tiene de olvido, que es más bien un redescubrimiento doloroso y bello.

Al final, exhaustos, se pierden en el arrullo de la lluvia, entrelazados. Olivia acaricia la línea del hombro de Lucas, reconoce sus lunares, sus viejas cicatrices.

—No sé si pueda darte más que esto —susurra—. No sé si se pueda volver a empezar, Lucas.

Él le responde apretándola contra su pecho, enredando sus dedos en el suyo.

—No te pido que prometas nada —murmura—. Solo que no cierres la puerta, que no nos condenes al nunca.

A la mañana, la luz se filtra y Nueva York es otra vez la ciudad incansable. Olivia despierta antes que Lucas. Sentada al borde de la cama, observa su perfil dormido. Es bella su fragilidad, la calma inusual entre sus cejas. La razón le grita alrededor, pero el cuerpo asiente en un suspiro.

Deja su número en la mesa, una nota breve: “Estoy rota y también dispuesta a arriesgarme a que valga la pena.” Se viste, camina hasta la ventana y contempla la ciudad que no sabe perdonar ni olvidar.

Piensa en el amor. En cómo a veces, lo imposible está solo un “sí” distante. Sabe que habrá lágrimas y dudas, pero también esa posibilidad de redención. Como la luz regresando tras las tormentas, ella se permite soñar con el perdón, con los reencuentros, con la promesa de un romance que desafía la lógica.

Sale al mundo, con el paso aún tembloroso, pero esta vez, con el corazón encendido. Porque hay historias que solo pueden escribirse una vez que el miedo se convierte en deseo, y el deseo en valentía. Y Olivia, bajo la sombra de la ciudad, decide al fin atreverse a vivir la suya.

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