Portada del relato Tiempos Prestados
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Fragmento:


—Tienes novia. —Era una mentira, una defensa. Sabía de sobra que ya no era así.

Duración: 08:56

Tiempos Prestados
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Texto de ajuste de pausa.

"¿Entonces eso es un sí?"

La vibración sutil de la pregunta flotó en el aire cargado del jueves noche. El bar del hotel París Boutique apenas murmuraba, sus luces rojas espejeaban en los cristales. Fuera, la lluvia manchaba la ciudad. Nicole jugueteó con la servilleta entre sus dedos, justo para evitar sus ojos.

Enfrente, David sonreía con apenas una comisura, como si supiese que la batalla se libraba más allá de las palabras. Después de seis meses trabajando juntos, Nicole no se atrevía a pensar en todas las veces que había imaginado oír esa pregunta. Cruzaron la ciudad para celebrar el cierre de un proyecto que les había dejado partidas las semanas, los sueños entrelazados con deadline y cafés exprés. Por supuesto, ella nunca habría aceptado la invitación de David fuera de aquel entorno si no hubiese sido necesario; si no hubiese un brindis pendiente tras la última entrega, como casi exigía la tradición de oficina.

Pero nada de esto era necesario. Ni brindar ni intentar quedarse cuando el reloj marcaba la medianoche en la capital. Salvo que acaso lo fuese para ella, o para él.

—Depende —su respuesta salió secamente y se arrepintió al instante de no poder ser más juguetona, menos herida, menos Nicole—. ¿Sí... a qué?

David avanzó la copa como si repitiese el brindis, solo para rozar los dedos de ella.

—A quedarnos —dijo—. No me refiero solo al bar. A nosotros. A...

No lo dijo, y el silencio hizo más por ellos que mil declaraciones torpes. Había algo en la forma en la que él la miraba; menos fuego que calor de hogar, más confesión que deseo.

A Nicole le costaba recordar la última vez que alguien la miró así. Había amado dos veces en su vida —una como solo se puede cuando se es joven y otra, mucho después, con las reservas intactas, amortiguada por las decepciones— y en ambas había sentido tanto miedo al principio como ahora. Quizás incluso un poco menos que en este instante.

—Tienes novia. —Era una mentira, una defensa. Sabía de sobra que ya no era así.

David encogió un hombro, y por primera vez dejó la sonrisa a un lado.

—Tenía. Hace meses. Lo sabes, Nicole. ¿Por qué te escondes?

Ella bajó la mirada. Sabía exactamente por qué: porque nunca nadie, después de sus derrotas, le había prometido quedarse. Y a veces, solo a veces, sentía que le bastaba que David lo pensara; que se atreviera siquiera a sugerirlo.

Pero estaba la vida fuera de los hoteles cálidos y los despachos compartidos. Estaba el hijo de ocho años que la esperaba cada noche, la rutina calculada para que nadie pudiera acusarla nunca de descuidar algo, ni siquiera por amor.

Suspiró, y la servilleta arrugada le pareció de pronto la representación perfecta de sus miedos: blanda, machacada y, a pesar de todo, entera.

—No soy buena en esto, David. No después de todo.

Él escuchó con esa calma imperturbable con la que siempre había gestionado el caos del trabajo, el fuego cruzado de los clientes. No contestó. Entendía.

—No necesitas serlo —dijo al fin—. Solo tienes que querer intentarlo.

Al fondo, el camarero recogía copas y miraba el reloj, sutil, sin apremios. Fuera seguía lloviendo. Nicole notó que la culpa le pesaba siempre más que la esperanza, pero, por alguna razón, aquella noche ambas fuerzas parecían encontrarse en la línea exacta de equilibrio.

Pensó en los detalles minúsculos que la habían enamorado poco a poco, casi sin atreverse, en los mensajes fuera de horario; en el respeto absoluto a sus silencios, en la paciencia con la que la dejaba ser. Pensó también en lo fácil que sería decir que sí, y en lo difícil de pronunciarlo sin culpa.

David se puso de pie cuando el camarero llegó con la cuenta, y entonces ocurrió lo inesperado: le tendió la mano. Nada de roces prohibidos ni invitaciones a habitaciones de hotel, solo la mano franca y abierta, como el que ofrece un pacto.

Nicole titubeó un instante y luego, curioso, descubrió que era ella la que apretaba. La piel le ardía, y de pronto el temor se hizo entusiasmo.

Caminaron bajo la lluvia, sin paraguas, hasta la esquina. París los envolvía con su olor a tierra mojada y semáforos histéricos. Ninguno habló, y tampoco fue necesario. Cuando llegaron al puente, David se detuvo. El agua removida y el reflejo de la ciudad parecían el espejo de la vida.

—No sé por qué lo hacemos tan difícil —murmuró, como si los dos pudieran disolver el miedo solo con desearlo lo suficiente—. Al menos una vez, deberíamos intentarlo sin poner excusas.

—¿Y si sale mal? —Nicole tembló, sin importarle si era el frío o la verdad lo que la sacudía.

David la miró de frente, serio por primera vez en la noche.

—Entonces seremos dos adultos con un error más. Pero... y si sale bien.

La imagen de su hijo, de la logística de otra vida, de todas las veces que se juró no arriesgar por nadie... todo apareció y desapareció en segundos. La línea estrecha entre cobardía y prudencia le pareció, esa noche, más fina que nunca.

—No sé cómo se hace esto —confesó.

David le rozó la mejilla con los dedos, tan ligeros como un suspiro.

—Aprendemos juntos.

Nadie los apuró ni las campanas del Notre Dame anunciaron nada. El mundo siguió siendo ese lugar poblado de riesgos, de dudas razonables. Pero, entre las luces y los charcos, Nicole se permitió un gesto que no se parecía a ninguno de sus días anteriores: le encajó la mano a David y besó la comisura de sus labios. No fue un beso robado ni un acto premeditado. Fue la aceptación, sin más.

El resto de la ciudad desapareció a ratos bajo la lluvia que arreciaba, la gente corriendo a refugiarse, el destello de las farolas moliendo los charcos nuevos. Pero ellos se quedaron un rato más.

—¿Café mañana? —preguntó él, tan suave que casi dudó si lo había dicho en voz alta.

Ella asintió, sonriendo.

—Café mañana.

**

Al día siguiente la oficina retomó su ruido familiar, el murmullo de teclados y el ritual del ascensor. Nicole repasó la bandeja de reuniones, gestionó llamadas y, casi a las once, David apareció junto a su mesa con dos vasos de cartón humeantes.

El primer café compartido fue rutinario, casi inocente. Hablaron de notas y de informes, pero había algo debajo, como un acuerdo tácito, la espera de lo próximo.

David nunca la presionó. Siguió llamando a la puerta de su vida sin forzarla, asumiendo los días en que Nicole se descolgaba, ocupada entre el colegio de su hijo y las videollamadas tardías. Incluso llegó a conocer a Samuel, que lo miró inquisitivo la primera vez que apareció cerca del parque de bolas. Nicole sintió terror, pero David fue un adulto; aceptó el reto y se dejó ganar a la pelota.

Con los meses, la rutina se volvió otra. Nicole se acostumbró a los mensajes de good morning y las risas al salir del trabajo. Aprendió de nuevo a caminar de noche sin mirar el reloj.

Pero lo más difícil fue rendirse ante la soledad compartida; permitir que alguien la viera en las derrotas cotidianas, en el cansancio y en los días en que la maternidad parecía un combate desigual.

David nunca fue héroe. La cuidó como una persona de verdad, con lentitud y sin grandes promesas. Se hizo parte de la vida de Samuel primero como amigo, después como referente pequeño: los viernes de películas, las carreras en los parques, la paciencia con los caprichos de un niño y la presencia sin imponer.

Un sábado cualquiera, Nicole se sorprendió gritando desde la cocina: "Hey, ¿quieres quedarte a cenar?" Le sorprendió la naturalidad. No hubo ceremonia. David asomó al marco de la puerta y, antes de contestar, la observó como quien reconoce un lugar familiar.

—Claro —dijo, y en ese claro iba cargada una promesa.

Meses después, entre platos en el fregadero y un niño dormido en el sofá, Nicole lo miró y pensó en la improbable felicidad que encuentra quien, después de las ruinas, decide quedarse aunque solo sea un poco. David la besó en la frente y le apartó un mechón de pelo.

—Nunca es fácil, ¿verdad?

Nicole negó con la cabeza. Se permitió el privilegio del cansancio en la confianza.

—Pero empiezas a querer que se repita, ¿no?

Y así lo hicieron. No hubo epílogo espectacular ni confesiones virales. Solo dos adultos que escogieron quedarse, tentados por el futuro a pesar del miedo. Nicole supo entonces que a veces el romance ocurre a destiempo, en mitad del caos y la vida real, con tazas de café y la promesa de una cena cualquiera.

De tanto esperar el momento perfecto, había terminado en los brazos de la mejor posibilidad: ese amor que no brilla de lejos, pero arde cuando nadie mira.

Y afuera, en algún lugar, la lluvia seguía cayendo sobre París.

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