Portada del relato Madrugada líquida
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Fragmento:


Pero Vincent, mi Vincent, era territorio marcado por límites. Nunca hablaba más allá de aquello que podía sostener la luz del sol. Sus ausencias se estiraban como el humo de los cigarrillos que fumaba sólo en la ventana, sólo cuando creía que yo no veía.

Duración: 08:13

Madrugada líquida
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Texto de ajuste de pausa.

Mi piel no recuerda las cicatrices de Paris, pero sí la sombra que, en las tardes de marzo, deambulaba tras mi ventana. Hablo de Vincent como si fuera un fantasma; pero ¿no es el amor, a veces, eso mismo? Había llegado a Barcelona en uno de esos veranos de huidas, con una maleta pequeña y una colección de cartas que nunca envié. Pero todo empezó la noche en la que escuché por primera vez su voz, no en persona aún, sino entre los ruidos blancos del pasillo de mi edificio, una interrogación en francés filtrada bajo la puerta antaño sellada para siempre.

Vincent era la promesa no cumplida de la juventud: andaba lento, casi arrastrando los pies, como quien ya ha caminado todos los caminos posibles. Unos ojos grises, profundos, que se reían sólo por dentro. Sus palabras se tejían con una cadencia extraña, a medio camino entre la caricia y la amputación. Nos conocimos realmente en el ascensor, ese mediodía en que los cables chirriaban y la luz parpadeaba como en una película francesa de los años sesenta.

—No sabía que alguien más vivía aquí, —me dijo, con una sonrisa de comisura apenas visible—. ¿Eres real?

Preguntar si soy real. Nadie me lo había preguntado antes. Respondí como suelo responder a lo imposible: con un pequeño vértigo, bajando la cabeza mientras sentía el calor treparme por la nuca.

Las semanas se tejieron con encuentros puntuales. Una taza de café en la terraza plagada de glicinias, donde las abejas, ebrias, nos orbitaban las manos. Un intercambio de libros antiguos en el mercado de Sant Antoni. Yo tocaba el lomo de un volumen, él comentaba sobre Marguerite Duras y la alquimia de sus palabras. El deseo, decían sus miradas, puede ser tan sutil como una respiración postergada.

Pero Vincent, mi Vincent, era territorio marcado por límites. Nunca hablaba más allá de aquello que podía sostener la luz del sol. Sus ausencias se estiraban como el humo de los cigarrillos que fumaba sólo en la ventana, sólo cuando creía que yo no veía.

En una de esas noches plomizas, apareció frente a mi puerta con una botella de absenta y una invitación a mirar las estrellas desde la azotea. Era pleno agosto, y el calor era tan punzante que me vi obligada a vestirme sólo con la leve tela de un camisón de lino. Él sostenía la botella como quien sujeta un secreto privadísimo.

—¿Por qué tienes esa urgencia en los ojos? —le pregunté, ya arriba, entre las macetas de albahaca maltrechas.

Me miró largo, la absenta brillando en sus labios.

—Porque todo lo nuestro es apenas para ser contemplado y nunca tocado, —susurró.

No supe responderle. Dejé que el silencio se impusiera, largo y con costuras rotas.

La noche prosiguió en pequeños actos. Compartimos el vaso, la amargura líquida ardiendo en nuestra garganta. Vincimos imágenes: él decía que la ciudad, desde allá arriba, parecía un tablero de ajedrez abandonado; yo respondí que prefería imaginarlo como un cuadro cubista, lleno de ángulos y rostros superpuestos. Su mano, cálida y sobre la mía, era la música lenta de un preludio nunca interpretado.

Esa madrugada empezó y terminó con la imposibilidad. Lo intuí cuando intenté rozar su mejilla y él, casi imperceptiblemente, respiró hondo, como si preparar el cuerpo ante un golpe.

Vincent amaba las cosas que no podía tener. Aquello me lo confesó semanas después, en la sala con cortinas translúcidas, la lluvia proyectando sombras en la pared.

—Si tuviéramos el valor de ser honestos acerca de lo imposible, —dijo, con una voz de niño viejo— viviríamos más libres, ¿sabes?

Pasaba algo cada vez que yo empezaba a ceder: él se retiraba, esperaba en la frontera, allí donde la palabra 'nosotros' no tenía eco. Yo empezaba a intuir que la imposibilidad era el verdadero objeto de su deseo, más aún que mi cuerpo o incluso mi vida.

Aún así, me sumergí en esa corriente, como quien sabe que las heridas serán tibias y dulces. Nuestra liturgia se fue refinando: encuentros fugaces en bares de jazz, lo prohibido de un roce, la tensión sostenida entre la risa y el desencanto. Jugábamos a escribirnos cartas a la manera de otros amantes; leía mis líneas y las respondía con aforismos ajenos, prestados de un autor olvidado.

Vivíamos en vilo.

El amor, me dije, es una prueba de resistencia, una danza en el filo del deseo y la negación. Un día, le propuse irnos juntos a Marsella para perdernos entre callejones anónimos, comer pesacdo con las manos y hacer el amor en un hotel de paredes descascaradas. Me miró atónito, como si yo hubiera revelado un crimen largamente planeado.

—No puedo, —dijo.

—¿No quieres?

Guardó silencio. Sostuvo mi rostro entre sus manos y besó mis párpados, luego mordió la comisura de mis labios con una delicadeza que dolió.

—No es lo mismo, —susurró—. Yo pertenezco a otra historia, ¿sabes? Esto nuestro debe quedarse a salvo, nunca consumido del todo.

Esa noche lloré. No por perderlo, sino porque reconocí mi propia complicidad en el juego. Yo también ansiaba lo imposible; elegí a Vincent precisamente porque él me garantizaba el vértigo y la frustración, la belleza intocada de lo jamás tenido del todo.

Los días pasaron sin urgencia. Él subía silencioso las escaleras, cruzaba mi puerta sólo con la mirada. A veces, rozaba mi hombro en pasillos, compartía su silencio, dejaba notas entre las páginas de mis libros. “Hay una ciudad bajo nuestros pies donde nunca llueve”, escribió una vez.

Y así vivimos, como pájaros que anidan en ramas separadas pero se buscan en el viento.

Una tarde, el ascensor se quedó atascado. Íbamos juntos, por primera vez en semanas. El aire era denso, cada uno refugiado en su vértigo privado. Le tomé la mano. Era la primera vez que yo tomaba algo sin pedir permiso.

—Esta vez no hay escapatoria —dije, intentando una sonrisa.

—¿Y si no queremos escapar? —respondió, buscando mis ojos.

El ascensor tardó una eternidad en volver a funcionar. Le abracé bajo la única luz, sentido el latido de su pecho retumbando contra el mío. Parecía una última oportunidad, una grieta en el muro de lo imposible.

Cuando salimos, no dijimos nada. Caminamos juntos hasta su puerta. Me besó suavemente, una caricia suspendida en lo irreal. Y esa noche, por primera vez, se quedó conmigo hasta el amanecer. Hicimos el amor como dos intrusos en una casa ajena, conteniendo la respiración, sabiendo que incluso el placer es efímero, fronterizo, apenas tolerado por el universo.

La mañana era radiante. Todo parecía a punto de resolverse, de abolirse milagrosamente la ley de lo imposible. Nos miramos largo, la realidad filtrándose por entre los barrotes de la cama.

—¿Y ahora?

—Ahora volvemos a no tenernos —dijo él, besando mi frente—, pero esta vez, guardamos esto como un país secreto, a salvo de todo.

Vincent se fue esa tarde. Dejé la ventana abierta, esperando tal vez el regreso, una frase más, un cierre imposible. Pero sabía, y él seguramente también sabía, que lo nuestro era una ecuación con una sola solución: la presencia fugaz, la imposibilidad hecha carne y luego evaporada.

Pasaron los días, las semanas. Volví a los libros, a las noches blandas, a los cafés en la terraza donde las glicinias florecían sin él. Guardé su voz y sus silencios como quien atesora un perfume antiguo, demasiado frágil, condenado a disiparse.

A veces lo veo, evanescente, en otros rostros, en los trenes que cruzan la ciudad al atardecer. Sonrío. Comprendo. Escribo cartas que nunca envío. Y, en secreto, agradezco la dádiva breve de lo imposible, la música de dos cuerpos que se eligieron sólo para saborear el abismo de no pertenecer.

Quizá el amor más real es el que nunca termina de suceder. Quizá sólo podemos tocar lo imposible con la yema de los dedos, confiando en que quede en la memoria el temblor, el instante suspendido, la verdad insinuada apenas como el último eco de una madrugada líquida.

Así es como guardo a Vincent: no como una pérdida, sino como esa leve herida que es a la vez origen y destino. No hay conclusión, sólo una puerta entreabierta. Por ella, aún, entra la noche, y en su perfume —amargo, azul— se repite el milagro de lo nunca consumado.

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