Fragmento:
Más tarde, durante la recepción, todo fue una sucesión de gestos automáticos y conversaciones banales. El director brindó por el éxito. Los periodistas le preguntaron por futuros proyectos. Entre tanto, Mateo se mantenía a una distancia prudente, apenas lo suficientemente cerca para sentir su presencia, apenas lo bastante lejos para elegir palabras solo cuando fueran necesarias.
Duración: 09:58
El telón se había cerrado apenas unos segundos antes y el estruendo de la ovación aún reverberaba en la gran sala del Teatro del Lustro. El público, con su ansia y su aplauso, envolvía a Natalia como una brisa incontenible de reconocimiento y admiración. Ella, en el centro del escenario, tragó saliva y sonrió radiando esa luz especial que solo tienen los que han ofrecido algo de sí mismos al mundo. Sin embargo, al reparar en la primera fila, su atención no buscó los rostros asombrados de los críticos ni la mirada titilante del director; no, sus ojos se buscaron a sí mismos en los del hombre que, noche tras noche, ocupaba siempre el mismo asiento.
Mateo nunca faltaba. Aunque el mundo se hubiera derrumbado tras la pandemia y la costumbre de todo el mundo fuera el miedo, él regresaba siempre a la butaca 1A, extremo del pasillo, vestido con su austera elegancia de camisa blanca y pantalón oscuro, como si enarbolara una promesa ancestral. Natalia había escuchado historias sobre él desde los tramoyistas hasta las coristas: el enigmático abogado de éxito, dueño de una fortuna discreta y una pasión inconfesable por el teatro. Pero para ella, Mateo era mucho más. No recordaba un solo ensayo, ni una función, sin el peso embriagador de su mirada recorriéndola desde la oscuridad.
Al salir del escenario esa noche, su pecho latía a un ritmo distinto al de otros estrenos. Había algo contenido en el ambiente, una tensión nueva, casi eléctrica, que emanaba de esa presencia constante y aún así tan esquiva. Alguien del equipo le pasó un vaso de agua; otros la abrazaron con efusividad, la felicitaron con palabras que se perdieron en la niebla de su concentración. Ella sentía solo la vibración de aquellos ojos posados sobre ella como una mano que nunca llegaba a tocarla del todo.
–Natalia, tienes visitas en el camerino –dijo Marta, su mejor amiga y también actriz secundaria.
–¿Quién?
–Lo sabes perfectamente –respondió en voz baja, arqueando las cejas.
Natalia disimuló una sonrisa mientras avanzaba por el pasillo entre cortinas, carteles y el embate de diez mil emociones que cada noche la asaltaban. Abrió la puerta y encontró a Mateo, impecable como siempre, sosteniendo un ramo de lirios que apenas disimulaban la rigidez de sus dedos.
–No necesitas traerme flores cada vez –le dijo con suavidad, aunque su corazón revoloteaba.
–Lo sé –respondió él, y sus palabras parecieron un eco de algo mucho más profundo–. Pero lo haré mientras quieras recibirme.
Podría haberse perdido en esa simple frase y en la intensidad con que la pronunciaba. Sin embargo, lo que más la inquietaba de Mateo no era el fervor de sus atenciones, sino la forma en que parecía comprender cada resquicio de su alma. Él no la miraba como lo hacían los periodistas ni los admiradores, sino como si adivinara todos sus miedos, sus anhelos, incluso los dolores que no había confesado a nadie.
–¿Te quedas esta noche para la recepción? –preguntó intentando camuflar los nervios.
–Por supuesto. Pero vengo por más que celebrarte a ti –su voz era baja, casi una vibración cálida–. Vengo a decirte algo que se está haciendo demasiado grande por dentro.
Natalia apartó la vista. Siempre había algo magnético, casi peligroso, en el modo en que Mateo exponía sus emociones. Parecía que el mundo entero podía desaparecer y él seguiría allí, amándola sin medida.
Más tarde, durante la recepción, todo fue una sucesión de gestos automáticos y conversaciones banales. El director brindó por el éxito. Los periodistas le preguntaron por futuros proyectos. Entre tanto, Mateo se mantenía a una distancia prudente, apenas lo suficientemente cerca para sentir su presencia, apenas lo bastante lejos para elegir palabras solo cuando fueran necesarias.
Al terminar la noche, mientras los focos se apagaban y las luces del vestíbulo centelleaban las últimas promesas del día, Natalia salió al aire frío de la ciudad. Mateo esperaba, como siempre, junto al portón lateral tras el vestíbulo. No se ofreció a acompañarla, no intentó rozar su mano ni invadir su espacio. Simplemente, en el silencio de la calle, se detuvo ante ella.
–Necesito decirlo, Natalia –murmuró con esa determinación cortés que lo hacía tan único–. No puedo seguir guardándomelo.
Ella lo miró, con la respiración clavada en el pecho. Nunca antes había sentido esa mezcla de curiosidad y temor.
–Mateo…
Él respiró hondo y entonces, sin apartar la vista, se giró mirando al teatro iluminado y gritó:
–¡Te amo, Natalia!
Lo dijo sin temblor, con la voz firme que hace callar todas las dudas. Un par de transeúntes se detuvieron. Algunos de los últimos técnicos que recogían escenografía se asomaron discretamente. Natalia, de pronto, se sintió iluminada desde dentro, tan vulnerable como mil veces poderosa.
Mateo se giró de nuevo hacia ella. Había algo crudo en su expresión: adoración, desesperación, la promesa de un hombre que solo conoce una forma de querer.
–No sé si es justo –prosiguió, su voz ahora más suave pero todavía trémula–. No sé si es sano. Llevo años viniendo aquí, viéndote en el escenario, tratando de entenderte, de adivinar cada rincón que quieres ocultarme. He amado tu talento, tu luz. Pero también he amado tu soledad, tus ganas de huir. No sé si existen límites para lo que siento, solo puedo decir que no concibo el mundo sin la certeza de tu existencia.
Natalia, abrumada por la franqueza brutal de aquella declaración pública, sintió que la piel del rostro le ardía. No podía irse, no podía abrazarlo tampoco; había en Mateo algo tan hermoso y vertiginoso como un abismo.
–Mateo, me asusta la intensidad con que me amas –musitó al fin, su voz temblando tanto como sus manos.
Él dio un paso hacia ella.
–No tienes que corresponderme igual. No te lo pido. Pero quiero que sepas que mi vida está teñida de ti. No soy capaz de querer menos. Si te asusta, dime que me marche. No lo haré fácil… pero te juro que me iría antes de dañarte.
El silencio era tan grueso como un terciopelo. Natalia no supo qué decir de inmediato. La noche, la calle, todo parecía vaciarse a su alrededor salvo la certeza fulgurante de ese amor casi devoto, casi doloroso. Recordó los gestos: la primera vez que él le llevó café en un ensayo agotador, los mensajes discretos preguntando por su salud, la forma en que miraba cada ovación del público, como si aplaudieran su propio milagro.
Sabía que ese amor, por profundo que fuera, podía tener dos alas: la que salva y la que quema. Pero cuando Mateo tomó su mano, no de forma súbita, sino como quien pide permiso a cada molécula de su ser, supo que estaba ante una encrucijada.
–No quiero que desaparezcas de mi vida –dijo ella en voz baja, sabiendo que era su corazón quien hablaba y no la prudencia.
–No desapareceré. Pero tampoco te forzaré a amarme así –respondió, la vulnerabilidad dibujada en cada palabra.
–No sé si algún día podré amarte con esa voracidad, Mateo. No sé ser tan absoluta… aún.
Él bajó la cabeza, los labios curvados apenas en una sonrisa de resignación.
–Amarte así no ha sido una elección –admitió–. No sé cómo parar. Vivo para verte, para escucharte, para saber que existes. No quiero cargar ningún amor que sea una jaula para ti. Pero si alguna vez despiertas y sientes que quieres arriesgarte conmigo, aquí estaré.
El aire entre ellos tembló. Natalia pensó que quizá era eso lo que la había mantenido tan nerviosa todos aquellos meses, incluso años: no la presencia de Mateo, sino el espejo inclemente en que él la convertía, obligándola a enfrentar sus propios deseos y miserias, a mirar dentro de sí misma y preguntarse qué quería de verdad.
El teatro detrás de ellos era ahora una silueta dormida y lejana. Natalia, con la mano aún asida a la de Mateo, se atrevió a preguntarle:
–¿No temes perderte en alguien que tal vez nunca pueda corresponderte?
Mateo alzó la mirada, esa mirada hambrienta de alma, y sonrió con ternura.
–No temo nada si eres tú el destino –contestó.
Esa madrugada, cuando ambos caminaron hasta el parque y se sentaron en una banca, Natalia lo escuchó hablar de sus días sin ella, de cómo coleccionaba la luz de sus sonrisas, de cómo su felicidad era el único termómetro fiable que conocía. No hubo besos esa noche. Solo confesiones. Solo la posibilidad, apenas esbozada, de un futuro distinto, de un amor capaz de detener el tránsito entero porque ambos se reconocían en su irremediable vulnerabilidad.
En las semanas que siguieron, Mateo no la atosigó. No dejó de ir al teatro, pero aceptó los tiempos, la distancia razonable, la oscilación entre deseo y temor que marcaba cada uno de sus encuentros. En cada nueva ovación, Natalia buscaba instintivamente sus ojos, ansiando quizás una promesa menos arrolladora y más humana, menos absoluta y más cotidiana.
Hubo días en que ella se sintió lista para dejarse arder, para entregarse a ese amor de océano infinito y hundirse sin miedo. Hubo otros en que el mundo la asustaba y solo podía pedirle a Mateo que se quedara en la sombra, esperando, con la paciencia desesperada de quien sabe que todo lo que importa debe merecerse.
Al final, no hubo una gran boda, ni un final de comedia romántica. Hubo una tarde gris en que Natalia, agotada y feliz después de una función, encontró a Mateo esperándola bajo la lluvia. Sin palabras, lo abrazó y le permitió, por fin, besarla. Nunca le prometió un amor igual de obsesivo, ni una entrega sin reservas. Pero esa noche, en silencio, los dos supieron que a veces la pasión no busca reciprocidad perfecta, sino el coraje de ser dicha en voz alta, y la nobleza de jugarse la vida en ella, a la vista de todos.
El amor de Mateo –fiero, público, incondicional– nunca fue pequeño. El de Natalia, al principio tímido, creció a su modo y en sus tiempos, empapado de vértigo y de verdades. Y así, entre cortinas y confesiones, aprendieron juntos que la verdadera declaración no es la que se grita desde un auditorio, sino la que se sostiene, día tras día, cuando bajan las luces y queda solo la verdad entre dos.
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