El día en que Mara decidió dejar la oficina temprano, la ciudad ardía con la promesa de un verano que apenas comenzaba. Caminó sin rumbo, dejando a su espalda edificios que se volvían humeantes bajo el sol, y fue a refugiarse en el parque más cercano, un remanso de calma en medio del bullicio de la gran urbe. No era la primera vez que terminaba allí por casualidad, aunque en el fondo supiera que ninguna de esas visitas eran realmente fortuitas. Algo la empujaba hacia esos bancos de madera, esas veredas llenas de hojas secas y promesas, a ese pedazo de tierra que resistía el paso del tiempo y del asfalto.
Se acomodó en uno de los bancos de hierro, estirando las piernas como quien se sacude el día de encima. Abrió su libro favorito, pero no leyó. Dejó que las palabras se mecieran, sueltas, igual que sus pensamientos, mientras observaba el suave discurrir de la gente: niños jugando, ancianos paseando, adolescentes en cómodos shorts, perros saltando entre risas y voces. Había en el aire una mezcla de tilo, césped recién cortado y algo indefinido, algo parecido a la nostalgia.
Mara nunca antes había notado cuánto cambiaban los colores del parque al atardecer. Las hojas parecían volverse de oro y cobre, y hasta la grava de los caminos brillaba bajo la caricia oblicua de esa luz cansada de junio. Aguardó, con el libro sobre las rodillas, esperando que la calma la llenara como alguna vez la llenaron los cuentos que le leían en la infancia. Sabía, aunque no quería admitirlo, que estaba esperando algo más que serenidad.
No tuvo que esperar mucho. Un hombre se acercó con paso distraído, deteniéndose ante un manchón especialmente verde del césped. Llevaba pantalones claros, camisa remangada y una barba de varios días que le daba un aire descuidado pero atractivo. Se agachó junto a un arbusto y pareció absorto en la inspección de una pequeña flor. Mara lo miraba sin querer mirar. Había en su rostro algo familiar, aunque no lograba ubicarlo entre los compañeros de trabajo, los amigos de la universidad o los vagos conocidos de otros parques. Fue solo cuando él levantó la vista y la descubrió observándolo, que Mara sintió un inexplicable rubor en las mejillas.
—¿Te gustan las plantas? —preguntó él, directo pero sin invadir.
—Supongo que sí —contestó Mara, con una ligera risa. La pregunta era tan inesperada que la hizo sentirse menos sola, parte de aquel instante.
—Dicen que estas flores sólo abren cuando la luz del sol ya no es tan fuerte —comentó él, señalando la flor diminuta de cinco pétalos blancos—. Yo vengo todos los días a ver si es cierto.
—Es bonito tener algo así —apuntó Mara—. Yo solo vengo a sentarme.
Él sonrió, y el parque, tan lleno de gente y sonidos, pareció de golpe vaciarse.
—Me llamo Alex.
—Mara.
La sencillez de la presentación la sorprendió. No había títulos, ni pretextos; solo la coincidencia, la tarde, y los rayos menguantes que teñían de ámbar los hombros de ambos. Alex se sentó, sin pedir permiso, a una prudente distancia en el banco. Tenía la expresión de alguien que escucha incluso cuando nadie le habla.
Mara volvió la vista a su libro. Él se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas.
—¿Te puedo confesar algo? —dijo de pronto, mirándola de lado—. A veces vengo aquí no por las flores, sino por el color que toma todo al atardecer. Es cuando creo que las cosas se ven un poco… menos implacables.
—¿Implacables? —repitió Mara, con curiosidad.
—Sí. El mundo entero. Lo duro del día, las noticias, el trabajo… —Se calló, y sus hombros parecieron caer una fracción—. Es como si pudiera encontrar aquí otra versión de mí, sólo por un rato.
Mara pensó en las jornadas infinitas frente al ordenador, en las llamadas apremiantes, en el contrato que aún no firmaba, en las dudas que le pesaban como una losa. Se reconoció en las palabras de Alex más de lo que habría querido.
—A veces solo hace falta sentarse —dijo—. Esperar a que las sombras se alarguen un poco.
Así, sin proponérselo, establecieron un pequeño acuerdo silencioso: no hablaron en lo que quedó del atardecer, pero tampoco evitaron mirarse de reojo, ni sonreírselo todo en minúsculos gestos. Llegó el momento en que la luz, al fin, comenzó a marcharse, y los niños se dispersaron. Mara recogió el libro y se levantó. Alex no hizo ademán de moverse, pero su mirada la siguió un instante.
—¿Vendrás mañana?
Mara titubeó.
—Tal vez.
Lo dijo sabiendo que volvería. No porque el parque hubiera cambiado, sino porque en la conversación breve y genuina, había sentido el pulso acelerado de una anticipación apenas reconocible: la promesa, la semilla de otro encuentro.
Las siguientes tardes se convirtieron en una necesidad tranquila. Desde el jueves, contaba las horas que faltaban para salir de la oficina. Siempre encontraba a Alex ya instalado: unas veces con un cuaderno, otras con la cámara de fotos colgada al cuello. Mara llegaba con la excusa de su libro, pero rara vez abría más de una página; descubría que escuchar a Alex le resultaba mucho más estimulante, incluso en su esporádico silencio.
El parque, testigo de su encuentro, se volvía también cómplice de un lento acercamiento. A veces Alex señalaba pájaros en vuelo; otras, Mara le contaba pequeñas anécdotas triviales de su pasado. Había risas y confesiones minúsculas, como la vez en que Mara le admitió que de niña pensó que podía volar si se subía a ciertos árboles, o la ocasión en que Alex suplantó a un amigo en un examen de química. Se reían ligeros, como si en el parque quedara la mitad de sus preocupaciones cargadas en cada banco.
Una tarde en especial, el cielo empezó a teñirse de rosado mucho antes de lo habitual. Mara se sentía inquieta, vulnerable. Había discutido con su jefe, y Alex pareció comprenderlo al instante, aun antes de que ella hablara.
—Hoy trajiste tormenta contigo —dijo en broma, mirándola—. Cuéntame.
Mara suspiró y le relató la discusión entre palabras truncas y miradas evasivas. No buscaba soluciones, solo ser escuchada, y Alex le regaló el raro lujo de una atención irrestricta. Cuando terminó, el parque estaba casi vacío. Alex la miró fijamente y exhaló.
—Mara, ¿alguna vez sales de aquí conmigo? —preguntó, titubeando por una fracción—. No como los dos que ocupan el mismo banco, sino como esos que se atreven a buscar el parque fuera del parque.
Un rubor encendido coloreó sus mejillas. No tenía dieciséis años, ¿pero acaso los sentimientos genuinos sabían de edades? Ella asintió, tímida pero resuelta, como quien da un salto sin medir el suelo.
Caminando juntos fuera del parque, las luces de la calle parecían más cálidas; el tránsito sonaba más lejano. Fueron a una pequeña cafetería a pocas cuadras. Hablaban de sus sueños, de los miedos que enfrentaban cada día —el miedo al fracaso de ella, el miedo al cambio de él— y de las cosas pequeñas que traían consuelo: una canción vieja, el aroma a madera. Por primera vez, Mara lo miró sin buscar explicaciones, y se permitió abrazar la posibilidad de un futuro ligero, inesperado.
Las tardes siguientes ya no fueron solamente de parque. Alternaban entre cafés, pequeñas galerías de arte, librerías de viejo. Y, sin embargo, el parque seguía siendo el punto de encuentro, el refugio definitivo. Había algo en esas caminatas entre álamos y senderos que les era propio, una suerte de promesa tácita bajo la luz de los días menguantes.
Un viernes cualquiera, cuando el calor del asfalto comenzaba a rendirse y el parque era ya solo de ellos dos, Alex se atrevió a tocarle la mano. Fue un roce apenas perceptible, pero en ese contacto se condensó todo lo que venían callando las semanas anteriores.
Mara lo miró. Él aguardó, expectante. No hubo palabras grandes, ni confesiones ampulosas; solo un suspiro, y el rastro tibio de la mano de Alex que se enredaba, dubitativa, en la de ella. Durante un largo minuto, todo lo que existía era ese contacto: sencillo, sincero, ineludible.
—No sé si sé cómo se hace esto —susurró Mara, con una vulnerabilidad que la sorprendió.
—Tampoco yo —contestó Alex—. Pero tal vez podamos aprender juntos.
La noche comenzó a cubrir poco a poco el parque y, lejos de sentir la desazón del final, ambos se permitieron pensar que recién era el comienzo. Las oscuridades ya no eran implacables, y la certidumbre de que podían ser imperfectos juntos los volvió valientes.
Siguieron el camino de regreso, quizá por última vez como extraños. Atrás, las flores que solo se abrían al atardecer permanecían como testigos. Los días venideros tendrían otros paisajes, otros huecos por llenar; pero en cada uno, el recuerdo de ese parque —y de aquel primer atardecer compartido— los acompañaría, señal de que el amor, como la luz oblicua y las sombras suaves, puede encontrarse de pronto, cuando menos se lo espera y justo donde más se necesita.
FIN
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