Portada del relato Susurros de una Niebla Encantada
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Fragmento:


La noche antes de su compromiso oficial, la joven princesa se deslizó hasta el pabellón de mármol. El crepitar de la tormenta en el cielo subrayaba el temblor de su determinación, porque esa vez no llevaba solo miedo, sino deseo.

Duración: 07:57

Susurros de una Niebla Encantada
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Texto de ajuste de pausa.

En el confín del imperio de Valoria, donde los bosques arden en tonos carmesí y la niebla baja de las montañas como un manto hechizado, Elara miraba el horizonte desde la terraza de obsidiana. Sus ojos, tan grises como las nubes tempestuosas que traían los vientos del norte, brillaban de ansias no dichas y sueños prohibidos. Nadie, ni su madre la reina, sabía lo que aguardaba en su pecho: la extraña chispa, el hambre de ese algo que los días grises del palacio jamás lograban saciar.

Las razones eran muchas y mezquinas—protocolo, deber, tradición—esa lista interminable que su dama de compañía recitaba cada mañana en los preparativos. Pero las verdaderas causas de su inquietud no podían nombrarse sin estremecer las costuras de su realidad. Había empezado con el despertar de la primavera, esa noche que oyó el aullido. Un lamento dorado que se filtró entre las columnas del palacio y la arrancó de un sueño vigilado por susurrantes pesadillas.

Aquella misma noche, Elara se aventuró entre las sombras del jardín amurallado, guiada por la melodía de una desesperación ajena. Traspasó la fuente de piedra escondida y se internó en la espesura, donde la niebla abrazaba su cuerpo como manos invisibles. Allí lo vio, herido, roto y magnífico.

Él era todo lo opuesto al mundo que conocía: un hombre con alas desgarradas y fuego danzando bajo su piel translúcida. Su cabello caía como una catarata de cenizas y los ojos ardían como carbón entre la nieve. Tras ese primer encuentro, supo que caminaría la línea del escándalo sin vacilar.

—¿Quién eres?—había susurrado ella, con la voz apenas un temblor en el aire frío.

—Un exiliado. Un error.—La respuesta, envuelta en la ronquera de su agonía, fue una daga y una invitación al mismo tiempo.

Sin titubear, Elara rasgó el dobladillo de su propio manto para vendar las heridas del desconocido. Una pequeña luz brotó al contacto de sus manos, como si sus dedos bendijeran la carne magullada con promesas de verano.

Días después, mientras la corte se sumía en los preparativos de su inminente compromiso con el príncipe Calder, Elara volvió al lugar del encuentro. Lo halló de pie junto a la fuente, apoyado en el mármol resquebrajado, sus alas ya menos maltrechas. Sus noches se llenaron de palabras furtivas y caricias robadas a la severidad de las constelaciones.

Elara aprendió que su nombre era Malen y su linaje más antiguo que el bosque mismo. Explicaba el origen de sus alas con palabras que hormigueaban en la piel, relatando leyendas de una raza evanescente caída en desgracia por desafiar los pactos de sangre y magia. En sus relatos, Elara alcanzó a ver el reflejo de su propia jaula, dorada y asfixiante.

El peligro era un tercer convidado en cada encuentro: mordiendo la nuca de Elara cuando el roce de Malen le alborotaba la sangre, cuando su aliento encendía un torbellino dentro de su vientre. Pero no pudo—ni quiso—escapar a esa fiebre.

La noche antes de su compromiso oficial, la joven princesa se deslizó hasta el pabellón de mármol. El crepitar de la tormenta en el cielo subrayaba el temblor de su determinación, porque esa vez no llevaba solo miedo, sino deseo.

Malen la aguardaba entre los arbustos de lirios azulados. Sus alas, ya casi intactas, destellaban cada vez que un rayo iluminaba el paraje prohibido.

—Esta noche todo cambia—dijo él, su voz grave y cierta.

Elara sintió cómo pesaba todo el futuro encima de sus hombros. El miedo y la sed, entretejidos como hilos gemelos en una bandera de batalla.

—Entonces bésame—pidió, antes de acobardarse.

Él obedeció y el mundo se resquebrajó en colores y frío, en relámpagos, en la certeza de que nada quedaría igual. La lengua de él era un conjuro y las manos de ella un sacrificio voluntario. Durante ese encuentro—a la vez tierno y salvaje—Elara supo lo que era ser vista, tocada, adorada como jamás ningún cortejante había imaginado.

Su niebla y su fuego, su fría dignidad de princesa y la pasión oculta bajo el deber, chocaron y se fundieron en una sola llama. Más allá, en las murallas, las trompetas anunciaban el alba y con ella, el vínculo de su destino.

A la mañana siguiente, la corte bullía en rumores. Alguien había visto a un hombre-ave en los jardines reales y la reina, con sus ojos duros como piedra volcánica, llamó a Elara a su presencia.

—Dicen que te has manchado con magia antigua—la acusó, su voz tan cortante como el invierno del norte.

—Prefiero la mancha de la verdad a la pureza de la mentira—respondió Elara, encendiendo aún más la furia de su madre.

El castillo entero se convirtió en prisión: cada salida vigilada, cada carta interceptada. Pero no consiguieron despojar a Elara del vínculo nacido bajo la lluvia y el fuego. Sus sueños eran ahora un eco de Malen, que se colaba por rendijas de insomnio y esperanza, con promesas de una vida arriesgada y libre.

Cuando el príncipe Calder llegó, no encontró en Elara a la prometida dócil de la que le habían hablado. Su mirada altiva y sonrisa cautelosa, su voz educada y tibia. Sofisticación sin pasión.

En secreto, Calder pidió audiencia con la reina para declinar la boda.

—La princesa es hermosa y fuerte—dijo—pero algo en ella se ha vuelto indomable. No me pertenece, ni debe hacerlo.

Para la familia real, aquello fue casi un alivio. Los cambios sociales, los problemas de frontera con el reino del oeste, la amenaza de las bestias encantadas: todo era menos inquietante que el germen de rebelión en su hija, cuya sangre ahora olía a magia.

Aquella noche, Elara, esposada por el miedo ajeno y las historias de la nobleza, contemplaba la luna de sangre desde la torre más alta. Fue ahí donde Malen apareció, convocado por el poder de su deseo y la promesa de su amor irrefrenable.

Surgió de la penumbra como una pesadilla hermosa, envuelto en una niebla iridiscente. Sin palabras, rompió los cerrojos con sus manos candentes y la atrajo hacia él, alas extendidas protegiéndolos de todo lo mundano.

—¿Vendrás conmigo?—preguntó, apenas un susurro entre el aullido del viento.

—Siempre supiste mi respuesta—susurró ella, aferrándose a la promesa de la libertad.

Salieron volando de la torre, una línea de fuego cruzando el cielo ennegrecido. Abajo, en la corte, todos notaron el estrépito, pero las lenguas se rellenaron de terror y silencio.

No todo fue fácil a partir de entonces. La vida en los márgenes del reino, entre las criaturas mágicas y las ruinas de palacios antiguos, les exigió más de lo que habían soñado y menos de lo que estaban dispuestos a ceder. A menudo, la nostalgia y el miedo se ensañaban con Elara, pero la cercanía de Malen hacía que cada sacrificio, cada noche temblorosa bajo la bóveda de las estrellas, mereciera la pena.

Y nunca olvidó el riesgo. Sabía que podían cazarlos, que el mundo les negaría su sitio, que la magia era un estigma difícil de limpiar. Pero también aprendió que el amor era, como la niebla y el fuego, una fuerza indomable que ni las coronas ni los barrotes logran encerrar.

Así Elara entendió el verdadero poder: no el de gobernar con temor, sino el de rendirse a la pasión, con los ojos bien abiertos. Juntos, ella y Malen tejieron una nueva leyenda, una donde la princesa no era rescatada ni sacrificada, sino salvada y transformada por su elección.

El crepúsculo cayó una vez más sobre los bosques de Valoria. Entre ramas doradas y raíces que escondían secretos, dos figuras danzaban: fuego y niebla, carne y aliento. Durante mucho tiempo, susurros de ese amor indómito recorrieron aldeas, sembrando en otros corazones la semilla de la rebelión. Porque, como aprendieron Elara y Malen, a veces la magia más peligrosa es simplemente atreverse a sentir.

Y en cada rincón donde la luna miraba como una diosa silenciosa, el eco de su historia persistía, haciendo estallar las cadenas del deber, celebrando el triunfo del deseo sobre el destino.

A lo lejos, casi imperceptible, la niebla volvía a cantar.

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