Portada del relato El Jardín de Sombras Susurrantes
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Fragmento:


La condesa, de cabellos del color de la miel oscura y ojos que podían oscurecerse hasta el azul del flogisto, velaba en espera de su amante, el vizconde Ewald, quien cabalgaba desde el sur, sorteando los bosques y las leyendas, trayendo consigo la promesa de una nueva alianza y la memoria reciente de una guerra perdida. Leonora era mujer de secretos y de pasiones alimentadas por la lectura de libros prohibidos, que atesoraba bajo el dosel carmesí de su lecho, y de un apetito que se desbordaba sólo en la penumbra y en la soledad.

Duración: 09:34

El Jardín de Sombras Susurrantes
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Texto de ajuste de pausa.

***

A lo largo de la vía láctea de nubes que cruzaba el cielo, el castillo de Graustein se recortaba como una herida de piedra en la vastedad plateada de la noche. El rumor del mar se elevaba en vapor melancólico y, envuelta en el sudario de sus propias dudas y deseos, la condesa Leonora de Eltz miraba desde la arquería del torreón oriental. Afuera, los rosales del jardín parecían almas cautivas, agitadas por una brisa que olía a tormenta y a frailecillos húmedos de neblina.

La condesa, de cabellos del color de la miel oscura y ojos que podían oscurecerse hasta el azul del flogisto, velaba en espera de su amante, el vizconde Ewald, quien cabalgaba desde el sur, sorteando los bosques y las leyendas, trayendo consigo la promesa de una nueva alianza y la memoria reciente de una guerra perdida. Leonora era mujer de secretos y de pasiones alimentadas por la lectura de libros prohibidos, que atesoraba bajo el dosel carmesí de su lecho, y de un apetito que se desbordaba sólo en la penumbra y en la soledad.

Esa noche, un pájaro de luto —pecho alquitranado, ojos como carbones— golpeó la ventana. Leonora oyó el crujido del cristal, el alarido ahogado. Quiso ignorarlo, pero el presagio cruzó su alma como el filo de una daga. Envuelta en la bata de terciopelo azul, bajó los escalones de caracol, ondeando entre las sombras, hasta la gran galería donde siempre se agrupaban los retratos de los antepasados —con sus miradas de hielo, condenadas a mirar eternamente la misma escena, como actores de una tragedia sin fin.

El pájaro estaba allí, en el alféizar, entre las vasijas de flores muertas, y apoyado junto al animal, como si su proximidad fuese natural, había alguien más. Oscuro como el ala de un cuervo era su manto; de su espalda sobresalían plumas que parecían a punto de prenderse fuego. Un ángel caído, o quizás un demonio enmascarado con el rostro de un príncipe legendario. Sus labios delineaban una media sonrisa rebelde.

—Habéis traído la tormenta —susurró Leonora. Sus palabras quedaban atrapadas en la garganta, asediadas por el deseo y el temor.

El ángel —o demonio— inclinó la cabeza. Sus ojos, de un verde profundísimo, la traspasaron. Hablaba como los ecos que resuenan en los pozos antiguos.

—En noches como esta, cuando sopla el viento desde el fin del mundo, las fronteras entre los reinos se vuelven delgadas… y todo lo prohibido es posible.

Leonora se estremeció; la realidad vacilaba. Y, sin embargo, extendió la mano, tentada por aquello que se anidaba entre lo conocido y lo imposible.

—¿Quién sois, espíritu?

—Para vos, soy sólo quien anheláis encontrar. Aquél con el que soñáis bajo el peso del deber, la carne bajo los pliegues del nombre y de la sangre. Soy Orpheus, traído aquí por la llamada de vuestro corazón y del destino que danza entre la belleza y el abismo.

El nombre era una fragancia perdida. La condesa sintió en su piel el temblor del recuerdo, como si en alguna vida olvidada hubiese pronunciado ya ese nombre, temiendo las consecuencias.

—Decís palabras de ensueño. Y, sin embargo, vuestra mirada pesa más que todas las cadenas de la razón —respondió ella, con un rubor que afloraba feroz, como llamas en la roca del decoro.

Detrás de ellos, en el corredor donde dormían los tapices, se oyó de pronto el galope de un caballo. Una figura en penumbra detuvo su impulso: el vizconde Ewald, manchado de barro y palidez, se presentó en el umbral, la capa ceñida, los ojos grises exhalando la derrota del exilio y del anhelo. Había cruzado los bosques, dejando atrás alianzas quebradas, extraños juramentos y rumores de hechizos en las aldeas apartadas.

Orpheus se desvaneció como bruma. Nadie, salvo Leonora, reparó en el leve aletear de plumas negras, o en la huella de perfume de acacia y destrucción flotando en el aire.

El vizconde dobló la rodilla ante la condesa. No era sólo una cortesía; era, en su manera, una súplica urgente, una promesa. Y Leonora, atrapada aún en la hambre de otro mundo, temió verse reflejada en el hielo implacable de aquellos ojos.

—Mi señora, os traigo la paz de una ciudad de ruinas y la promesa de nuestro pacto en la sangre. Allá donde los hombres callaron, sólo vos resististeis. Pero he venido para recomenzar, en carne y en deseo.

La condesa, que había soñado con palabras así —pero pronunciadas por bocas de ángeles y no por hombres—, se debatió entre el deber y una sed recién desatada, lo que la carne ansía y lo que el alma niega.

Se celebró el banquete de bienvenida. En la sala de armas, bajo la calidez de las antorchas, se sirvieron faisanes asados y pan de semillas, pero Leonora sentía frío. Un vacío palpitante en la nuca, un susurro como de alas la seguía siempre justo al borde del oído.

Aquella noche, en el lecho compartido, Ewald la despojó con dedos temblorosos, como ladrón ansioso y temeroso. Era un cuerpo vigoroso, marcado por lances y fatigas, pero su embestida llevaba la torpeza de quien regresa después de la guerra y la herida. Leonora se dejó arrastrar. Él descendió por su cuerpo con labios ansiosos, pero el fantasma de Orpheus se cernía a cada caricia. Fue sólo en el breve instante de la consumación que la condesa gritó su nombre —pero no el de Ewald. Un estilete de frío hendió el aire. Ewald se apartó. Sospecha y temor se le encendieron en los ojos.

Pasaron los días entre intrigas, lluvias y festines, pero el castillo se llenó de fantasmas y de presagios. Doncellas juraban ver la sombra de un hombre con plumas negras cruzando los corredores tras los pasos de la condesa. Los niños lloraban al pasar bajo las ventanas del torreón. Las flores nocturnas crecían marchitas cada mañana. Y, en sus sueños, Leonora descendía a un jardín encantado donde Orpheus tallaba ramas de jacinto en forma de espirales, sus dedos húmedos de rocío y pecado.

El susurro de encuentros imposibles se convirtió en tormenta. Una noche, incapaz de soportar más la prisión de sus anhelos, Leonora se levantó de la alcoba marital y descendió al jardín bajo la lluvia. Allí la aguardaba Orpheus, envuelto en neblina. Sin palabras, se arrojó a sus brazos, y la pasión fue un vértigo. El tacto de su piel era espuma y abismo, fuego y ceniza. Los cuerpos se entrelazaron entre las rosas, ignorando el filo de las espinas; la sangre y el éxtasis se confundieron en la tierra húmeda.

—Ven conmigo —suplicó Orpheus, los ojos resplandeciendo con un brillo inhumano—. Hay caminos que el tiempo no conoce, donde los nombres y las fronteras se pierden. Pero he de advertirte: mi reino exige un sacrificio.

Leonora, empapada en fragancia y deseo, cerró los ojos. El precio era claro: debía renunciar al mundo de la vigilia, al amor mediocre pero palpable del vizconde, y a la seguridad que brinda el miedo. Tocó la mejilla de Orpheus y asintió.

El alba los sorprendió desnudos, fundidos contra la realidad que retrocedía. Orpheus le tendió la mano, y la condujo al bosque, en un sendero en el que las raíces parecían latir como venas bajo la piel del mundo.

En el límite del claro, la detuvo. El ala de Orpheus rozó la cara de Leonora, dejándole una hendidura ardiente en la mejilla. Bastó ese roce para sentir el peso del otro reino, la carga de lo inmortal. Atravesaron el umbral de espinas y el viento dejó de ser terrenal; bajo sus pies, el suelo vibraba con un canto antiguo.

Al otro lado, ni día ni noche. Ni muerte ni vida. Los amantes se despojaron de todo lo que no fuese pura sed y se consagraron el uno al otro en oscuridad y luz entrelazadas. Allí no existían nombres, ni familias, ni deberes; sólo la conciencia palpitante de dos almas perdidas en una danza interminable.

Pero el precio no se paga nunca en una sola moneda. Ewald, desterrado ya en la cama vacía, se internó en el bosque tras las huellas frescas. Nadie osa buscar a los que cruzan el velo, pero el vizconde era un hombre llevada al límite. En el corazón del claro, halló la marca de las alas negras, el perfume de Leonora, la sangre de una pasión que lo expulsó para siempre del círculo de lo humano.

Tantos años han pasado que ya nadie recuerda cómo era la condesa joven o el vizconde ambicioso. El castillo permanece, ruina devorada por musgo y leyendas. En las noches de tormenta, cuando el jardín enciende sus rosas nocturnas, algunos aseguran ver dos figuras danzando entre la niebla: un hombre alado y una mujer de ojos incendiados. La tempestad aúlla, los fantasmas se estremecen… y el susurro del deseo nunca saciado sigue flotando, como una promesa o una maldición, en los recodos del tiempo.

Quizás fue amor. Quizás sólo un reencuentro de almas condenadas a buscarse en los pliegues de lo imposible, abandonando todo salvo la memoria de ese instante —el instante en que un ser humano se atrevió a besar la boca de un espectro y a desvanecerse en el resplandor de la noche más larga.

Después, cuando la luna es un ojo entre las ramas, algunos afirman que el jardín de Graustein aún espera, y sus rosas susurran nombres prohibidos a quienes tienen el oído prestado a las cosas invisibles. Allí, en el linde entre lo que pudo ser y lo que jamás será, la pasión nunca duerme, y la leyenda reescribe su interminable estrofa en la lengua de los románticos y los condenados.

Y así termina este relato: en la frontera de los sueños y el espanto, donde las alas negras cruzan la carne y los amantes prueban —por última vez— el sabor inmortal de la fatalidad. Porque todo verdadero amor, como la rosa en el jardín prohibido, florece precisamente allí… al borde afilado de la noche y del olvido.

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