Fragmento:
Lo vio primero en el Bosque de los Espejos, cinco años atrás, una noche en que las runas de la frontera brillaban en rojo intenso y los cazadores se preparaban para la larga vigilancia. Tenía el cabello negro y largo como la noche nueva, y sus ojos verdes—oscuros y extraños—veían el mundo como si pudiera leer hasta los deseos más recónditos de las criaturas. Pero lo que la atrajo de verdad fue el secreto que guardaba Malik: no era solo capitán de los Guardianes, sino también portador de una maldición fae que lo apartaba de todo lo que amaba.
Duración: 10:07
La noche caía sobre Aradia como una promesa y una amenaza. El aire, impregnado del perfume de los cedros mágicos, parecía arder sobre la piel extendida de la ciudadela, donde las torres de plata y ónice relucían bajo la luna ceñida de nubes violetas. Allí, entre la arquitectura imposible y los jardines cargados de frutos prohibidos, la vida transcurría ajena a los peligros que acechaban más allá de los muros, en la vasta y oscura frontera donde las criaturas del Ocaso esperaban su momento. Era la última noche del festival de las dos lunas, el momento en que los velos entre mundo humano y lo fae se volvían más finos.
Cassandra Caminoti recorría los senderos de la ciudadela, su capa de terciopelo azul absorbía las sombras y el rumor de la brisa, sus pasos se deslizaban silentes como los de una loba hechizada. De familia noble pero venida a menos, se aferraba a su orgullo como una joya secreta; tenía en sus venas sangre de antiguos conjuradores, aunque pensaba que su don se limitaba a presentimientos infalibles y sueños con mensajes en clave. Su corazón, sin embargo, aún latía por culpa de una pasión secreta, honda y abrasadora como un brasero escondido bajo la ceniza.
Aquella pasión tenía nombre: Malik Sartael.
Lo vio primero en el Bosque de los Espejos, cinco años atrás, una noche en que las runas de la frontera brillaban en rojo intenso y los cazadores se preparaban para la larga vigilancia. Tenía el cabello negro y largo como la noche nueva, y sus ojos verdes—oscuros y extraños—veían el mundo como si pudiera leer hasta los deseos más recónditos de las criaturas. Pero lo que la atrajo de verdad fue el secreto que guardaba Malik: no era solo capitán de los Guardianes, sino también portador de una maldición fae que lo apartaba de todo lo que amaba.
Ahora, desplazándose por la explanada central de Aradia entre mascaradas y bailarinas, Cassandra veía cómo Malik sostenía la distancia con esa gracia que solo los condenados parecen alcanzar. Su capa de cuero, los guanteletes adornados con piedras rúnicas, la media sonrisa que nunca terminaba de asomar a sus labios severos. Sus miradas se cruzaron y la electricidad fue brutal: un destello azul en el aire, una sinfonía de peligro. Por un instante, el mundo pareció rendirse bajo esa conexión, y entonces, Malik desvió la vista.
Aquella noche, las músicas ahogaban sus pensamientos. Rogaba por apartarse, porque la prudencia dictaba que para ella el amor era una herida, y para él, un veneno. Pero el instante de duda se consumió cuando una voz susurrante, antigua como la tierra, la reclamó. «Esta noche cruza la frontera, Cassandra. La deuda persiste.» Sabía quién la llamaba: la Reina del Ocaso, la dama de los portales prohibidos, la reina fae exiliada que una vez había salvado la vida de su madre a cambio de un juramento de sangre.
El trámite no podía esperar. Engalanada, Cassandra bordó el laberinto de la ciudad hasta alcanzar la puerta norte, bajo los arcos tallados en obsidiana viviente. Allí, Malik vigilaba, su figura solitaria como la estatua de un dios lejano. Ella avanzó sin hablar, y él, sin dejar de mirarla, murmuró solo para ella:
—No esperes clemencia de lo fae.
—Ni de los hombres que los sirven —replicó ella, decisiva, ocultando su temblor.
Por un instante, los dos se miraron: enemigos, aliados, amantes fracasados, imanes de destinos que se repelen y atraen sin cesar. Finalmente Malik asintió con la gravedad de quien acepta una sentencia irrevocable.
—No es seguro —prosiguió—. Este portal lleva a la sombra, y tú... sabes a qué me refiero. Vuelve atrás, Cassandra.
Pero la luna llena relucía, y su corazón era más testarudo que el acero. Cruzó el umbral, y tras ella, Malik —imposible de disuadir— fue.
*
En el mundo del Ocaso el aire era más denso, los colores más intensos y los sonidos más neblinosos. Avanzaban por un sendero en decadencia, entre raíces entrelazadas que semejaban serpientes hibernando. Cassandra sentía la magia bullir bajo la piel.
—¿Por qué me sigues? —preguntó, aunque conocía la respuesta.
Malik sonrió, la mirada rasgada por la tristeza y el deseo no dicho.—Porque lo haré hasta que deje de respirar, aunque tú no lo quieras admitir.
El silencio entre ellos era una caricia rota. A Cassandra le dolía el pecho. Maldijo el día en que le juró al hada madre nunca amar a un hijo de la frontera, pero el destino es un embaucador cruel. Se detuvo, tocando el amuleto de luna que colgaba junto a su cuello.
—Si cruzas más allá, la maldición te arrastrará conmigo. Ninguno de los dos volverá igual.
—Entonces sea —dijo Malik, y su voz tembló solo un instante—. Prefiero la condena a la ausencia.
Cuando entraron al claro de los olmos centenarios, la Reina del Ocaso emergió. Su piel azulada, sus cabellos destilando luz lunar, sus ojos de jade. Un ejército de sombras le hacía cortejo, pero eran los ojos de la reina los que helaron la sangre de Cassandra.
—Cassandra Caminoti. Traes a un guardián maldito a mi puerta —entonó la reina con voz múltiple.
—Vengo a saldar la deuda —replicó Cassandra, arrodillándose con la dignidad de los caídos en desgracia—. Una vida por una vida: toma la mía, pero libera a Malik. Que salga de este bosque libre, olvidando el ciclo de los portales y la marca que le impusiste.
El corazón le latía en un temblor suicida. Malik la apartó con brusquedad:
—No cederé. Yo acepté gustoso el precio para salvar tu vida aquella noche bajo el sauce mortal. Esta carga es solo mía.
La Reina se inclinó hacia adelante, su aliento olía a flores nocturnas, pero su sonrisa era de acero y miel envenenada.
—Idiotas ambos —dijo, risueña—. Creéis que la salvación es una balanza justa, cuando es un nudo de deseos ciegos. Vuestro amor es último eslabón de una cadena larga y sangrienta. Os propongo otro trato: una noche en mi corte, y os dejaré elegir juntos vuestro destino. Pero sabed que en Arcadia —la corte tras este bosque— los deseos toman cuerpo, y las verdades se bestian.
Sin más opción, los amantes sellaron el pacto.
*
La Corte de Arcadia era una locura imposible: música que se convertía en perfume, baile que se transformaba en tempestad, bestias con ojos humanos que recitaban poemas en alfabetos desaparecidos. Cassandra no sabía si reír, huir o dejarse seducir. Malik, siempre el soldado, tomaba su mano con gentileza y la guiaba en la danza ritual; su piel ardía bajo el tacto, cada roce era un desafío contra la maldición.
El pacto de la reina los llevó, al final de la noche, a la cámara secreta del círculo lunar. Allí, sobre un lecho de rosas vivientes y plumas de ave fénix, Cassandra se vio forzada a mirar sus propios deseos a la cara: allí entendió la verdad insoportable.
—Dime —susurró Malik al acercarse, tan cerca que sus alientos se entremezclaban, embriagados del polen de las flores mágicas—. Si pudieras elegir, ¿te quedarías conmigo aunque significase perderlo todo?
Cassandra vaciló. Siempre había temido este momento: el centro del laberinto interior, el precipicio de lo imposible. Pero Malik era fuego, y su cuerpo reaccionó antes que su mente. Lo besó con rabia, con ternura salvaje, con la furia de una tempestad y la dulzura del rocío. Sintió en carne viva la desesperación de sus caricias, el deseo contenido por años, la ternura escondida tras las cicatrices.
Hicieron el amor entre susurros y magia, mientras la corte fae celebraba la exaltación de los deseos humanos. Al final, tendidos bajo el dosel de luces flotantes, no hubo palabras.
*
Al despuntar la aurora, la Reina apareció. El hechizo de la noche pesaba aún sobre los amantes.
—Habéis elegido —entrelazó los dedos, la voz grave—. Amor sobre todo lo demás. Así sea. Pero como premio y castigo, os ofrezco esto: ninguno podrá volver a Aradia tal como era. Pasaréis vuestras vidas entre mundos, guardianes de los portales, mediadores entre fae y humanos. No habrá hogar fijo para vosotros, pero tampoco la soledad de antaño.
Cassandra y Malik se miraron, exhaustos y temblorosos, con los rostros cubiertos de lágrimas secas, y asintieron. No quedaba otro destino.
*
Durante años, vagaron por los límites de las tierras humanas y fae. Cassandra aprendió a reconocer los diferentes cielos de ambos mundos, a leer los pensamientos de las criaturas mágicas y a sobrevivir en tierras de nadie, donde la luna podía convertirse en sola sangre. Malik se convirtió en algo más que humano: los fragmentos de su maldición florecieron en él, le dieron invulnerabilidad a todo menos al amor.
Los encuentros con la Reina del Ocaso se repitieron cada equinoccio, pero nunca pidió ya su vida, solo sus servicios y su lealtad fronteriza. Su amor, alimentado por la adversidad y el exilio, se tornó leyenda. Los niños humanos relataban historias sobre los Amantes de la Frontera, y algunos eruditos protegidos por runas decían haberlos visto paseando por la lluvia de esquirlas del crepúsculo, inseparables incluso cuando los velos se alzaban y el peligro era máximo.
*
Una noche, bajo una luna doble y roja, Malik se giró hacia Cassandra en mitad de una cacería peligrosa. Su aliento formaba nubes de vapor púrpura en el aire frío.
—¿Alguna vez lamentas haberlo arriesgado todo? —preguntó, tocándole la mejilla con la delicadeza de un músico templando las cuerdas de un laúd hechizado.
Cassandra sonrió, apretando la mano de su amante.
—Solo me arrepiento de no haberte besado antes, cuando aún quedaban más noches inocentes que maldiciones.
Ambos rieron, la risa como trueno suavizado por la lejanía. Juntos, cruzaron otro portal, sabiendo que la vida que habían escogido era incierta, peligrosa, pero era suya en cada latido, en cada noche de pasión, en cada abrazo dado al filo de lo imposible.
Y así, en la frontera entre dos mundos, los Amantes continuaron su peregrinaje, sabiendo que no había mayor fortuna ni peor castigo que haberse encontrado y elegido, una y otra vez, hasta el final de todas las lunas.
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