Fragmento:
Thaevir emergió, esta vez corpóreo, el agua evaporándose a su paso como si su sola presencia cambiara las leyes de lo posible. Era apabullante en su hermosura, su piel dorada deslumbraba bajo la luz lunar, y sus manos, cuando atraparon la de Azalea, enviaron descargas de calor a través de sus venas.
Duración: 08:34
La luna creciente teñía de nácar las torres más antiguas del reino de Eryndel, arrojando su luz sobre los vitrales emplomados, el mármol cincelado, y los secretos bien guardados entre sus muros. Algunos de aquellos secretos caminaban entre los corredores envueltos en seda y misterio, y otros, los más antiguos, yacían al otro lado de las montañas, gobernando reinos apenas recordados por las sagas. Pero en esa noche—más perfumada a brea y a jengibre que a misticismo—todo cambiaría.
Azalea Rys envuelta en un manto azul oscuro como el ánimo que llevaba en el pecho, descendía por los pasillos internos del palacio, apenas consciente del eco sordo de sus propios pasos. Al atravesar la arcada que daba al jardín sur, el rumor del viento jugó con sus cabellos oscuros. Había dejado atrás la celebración en el gran salón, donde danzaban cortesanos y nobles enmascarados, sus risas ahogando el retumbar de la tormenta inminente. Azalea había sido la anfitriona, la bruja noble cuyo linaje fundía la vieja sangre humana con la magia ancestral de los primeros Hijos del Fuego.
Temblaba de anticipación y no por el frío. Sabía que aquella noche iba a romper el único juramento que había prometido nunca desafiar: el pacto que prohibía a los hechiceros invocar o invadir el reino de los dragones. Pero ese secreto, entre todos, la devoraba con hambre creciente, porque bajo sus costillas palpitaba el sello de un amor que ni el tiempo ni el temor habían logrado extinguir.
Frente al estanque del jardín, distinguió la delgada línea de cenizas que había trazado horas antes—protegida de los curiosos por los relieves de la piedra volcada y el camuflaje del arrayán. Sacó del bolsillito de su vestido la perla incandescente que colgaba de una cadenita encantada, un retazo de escama dorada que crepitó entre sus dedos. La magia creció, cálida y punzante, vibrando en la piel, y con un murmullo de antiguos nombres, Azalea comenzó el conjuro.
El aire se agitó, la brisa olía a azufre y a miel, y cuando terminó la última palabra, el estanque negro reflejó no su propio rostro, sino el de un hombre de ojos como el ocaso: ámbar, dorado, peligrosamente bellos. Irrumpió del agua, etéreo, apenas más que una silueta, pero sus palabras fueron tan ardientes como una llamarada.
—¿Por qué me llamas, Azalea? —su voz era música y trueno a la vez—. Sabes lo que arriesgas.
Azalea contuvo el aliento. Llevaba tres años soñando con su sonrisa, tres años negándose a recordarlo y fracasando siempre. Thaevir, príncipe de los dragones, su amante prohibido, la fuerza irresistible que había cambiado el curso de su destino.
—Porque no puedo olvidarte —susurró, las palabras vibrando entre ellos como un dolor antiguo—. Porque el mundo se desmorona y sólo tú comprendes el peso que llevo. Y porque te amo mucho más de lo que me aterra el castigo.
Thaevir emergió, esta vez corpóreo, el agua evaporándose a su paso como si su sola presencia cambiara las leyes de lo posible. Era apabullante en su hermosura, su piel dorada deslumbraba bajo la luz lunar, y sus manos, cuando atraparon la de Azalea, enviaron descargas de calor a través de sus venas.
—¿Y por ti desafiarías a ambos reinos? —su voz se suavizó, una caricia en la noche—. ¿Traicionarías los votos de tu linaje y los míos?
Azalea buscó su mirada. Sus dedos se aferraron al broche de su manto, por un instante flaqueó, pero la verdad ardía —no se puede vivir sin aire, ni rehusar a quien es tu alma gemela, aunque mil prohibiciones lo sellen.
—Lo haría todo por ti —admitió—. Rompería pactos, correríamos juntos, conquistaríamos los cielos. O caeríamos, juntos, bajo la condena de ambos mundos.
La tentación dibujó una sombra de sonrisa en el rostro de Thaevir. Se inclinó, rozando la frente de Azalea con la suya. El calor de su aliento le erizó la piel.
—Entonces danse conmigo esta noche —pidió—. Al menos hasta que el alba nos devuelva al mundo real.
Giraron hacia la penumbra del jardín, los lirios cerrando sus corolas mientras avanzaban. Thaevir, aún con restos sutiles de escamas doradas en la clavícula, alzó a Azalea en sus brazos y el mundo se fundió a su alrededor. Volaron, literalmente, impulsados por la magia roja y dorada, alejándose del palacio rumbo a la arboleda más densa, donde las enredaderas tejían túneles de sombra y el rumor de las aguas ahogaba cualquier sonido del reino.
Cuando aterrizaron, el aire vibró por un momento, el hechizo desvaneciéndose lentamente. Azalea observó las alas translúcidas de Thaevir replegarse en su espalda, como joyas vivas. Era hermoso y salvaje, etéreo y totalmente real. Se preguntaba si alguna vez sería capaz de controlarse ante él, de contener el deseo abrasador que latía en su interior.
No hicieron falta palabras. Thaevir la atrajo hacia sí, sus bocas buscándose con hambre y ternura. El roce de sus labios le supo a fuego, a cielo abierto y fruta prohibida. Las manos de él, calientes, se deslizaron por su nuca, hundiéndose en el cabello, mientras la lengua exploraba su boca con exquisita paciencia y una promesa feroz.
Azalea se rindió en sus brazos, el cuerpo temblando al descubrir la piel bajo el vestido, la sensación de los dedos de Thaevir marcando un sendero de lava por su espina dorsal, cada beso más profundo que el anterior, arrancándole gemidos que sólo el bosque escuchó.
Él la sostuvo con reverencia, pero cuando la tendió sobre el lecho de musgo, el ambiente cambió. En los ojos dorados de Thaevir titilaba el fulgor de la posesión, un fuego líquido que anunciaba tormenta. Azalea arqueó la espalda, su corazón galopando, la necesidad creciendo en una sinfonía imparable mientras las manos de su dragón recorrían su cuerpo, arrancando la ropa con una delicadeza salvaje que la hizo sentir adorada y devorada al mismo tiempo.
Las palabras murmuradas entre besos no tenían ya sentido, eran chispas de magia y deseo, nombres olvidados de antiguas deidades, promesas de eternidad y placer. Thaevir descendió por el cuerpo de Azalea, su boca marcando cada curva, probando, saboreando, hasta descubrir el manantial de su placer más íntimo. Azalea gritó su nombre sin miedo, cada onda de éxtasis llevando consigo el dolor de la separación que sabían inminente.
Thaevir se deslizó de vuelta, encajándose en el calor de Azalea, sosteniéndola en un abrazo que prometía resguardar cualquier dolor del mundo. Se movieron juntos, los dos, como dos llamas ardiendo en la oscuridad, respirando en el compás de un amor prohibido que transformó la noche en eternidad breve.
Cuando alcanzaron el clímax, el bosque entero pareció estremecerse, la magia liberada tejiendo una red de oro en torno a sus cuerpos. Se quedaron abrazados, el aliento compartido, los corazones desbocados, hasta que una brisa fría anunció la llegada del alba.
—¿Ven conmigo? —susurró Azalea, la voz quebrada de esperanza—. Aléjate de tu mundo, deja atrás el reino de las llamas.
Thaevir la miró largo y profundo, los ojos dorados ardiendo de tristeza y deseo.
—Si me marcho, mi pueblo perderá su príncipe —dijo suavemente—. Si tú huyes, sellarás el destino de tu linaje y de todos los que dependen de ti. Pero nuestro tiempo aquí… este amor… ha cambiado el destino de ambos mundos.
Azalea asintió, comprendiendo que la vida a veces se escribe en interludios, y que incluso los suspiros pueden cambiar el curso de las eras. Recogió su vestido, lo ajustó sobre la piel aún ardiente, y entrelazó sus dedos a los de Thaevir por una última vez.
—Te esperaré —prometió—. En cada luna nueva, en todo sueño imposible. Si alguna vez encuentras el modo de romper las cadenas de la sangre y la magia, yo estaré aquí.
El sol comenzó a trepar entre los árboles, las ramas dorándose. Thaevir besó su frente y, con el último destello de su forma humana, se transformó en un dragón. Las alas resplandecieron, lanzando destellos de fuego donde las lágrimas de Azalea caían al musgo.
Voló alto, dibujando un lazo en el cielo, y desapareció tras la montaña.
Muchos dirían que la hechicera de Eryndel guardó luto por un amor imposible. Otros juraron haberla visto, cada luna creciente, caminar hacia el bosque, con una rosa de fuego en la mano. Nadie supo qué secretos susurraban las sombras ni cuán profunda era la promesa entre una hechicera y su dragón.
Pero algunos, los que aman sin miedo, saben que el amor verdadero no se marchita, ni siquiera entre las brechas de dos mundos enfrentados, bajo la vigilancia celosa de antiguos pactos. Saben que todo puede arder, pero hay fuegos, como el de Azalea y Thaevir, que nunca podrán ser apagados.
Copyrights © 2025 Complicidad.es. Todos los derechos reservados.