Fragmento:
Las cartas que le llegaban de la frontera oeste no eran reconfortantes. El mar, siempre reclamante, se agitaba desde hacía meses, trayendo consigo criaturas de sueño y sal, cosas que ni siquiera sus ancestros, los más antiguos, habrían osado nombrar. Decían que la barrera mágica comenzaba a quebrarse. Decían que la estirpe real, heredera de las promesas juradas bajo la luna nueva, debía renovarla antes de la marea roja.
Duración: 08:11
El salón estaba lleno de luces y risas y música de laúd. Había en el aire el perfume de gardenias, la promesa de alianzas, la amenaza de intrigas. Lady Alina de Aster vale se mantenía a la distancia, detenida al borde de un exquisito tapiz que la separaba del corazón mismo de la fiesta. Atrapada entre la delicadeza de su vestido azul oscuro, bordado con hilos plateados en motivos de olas y lunas, y el peso invisible de su nuevo cargo en la corte, Alina no podía evitar preguntarse cuánto tiempo más podría navegar los corrientes traicioneras de la corte de Vetyrian sin naufragar.
Las cartas que le llegaban de la frontera oeste no eran reconfortantes. El mar, siempre reclamante, se agitaba desde hacía meses, trayendo consigo criaturas de sueño y sal, cosas que ni siquiera sus ancestros, los más antiguos, habrían osado nombrar. Decían que la barrera mágica comenzaba a quebrarse. Decían que la estirpe real, heredera de las promesas juradas bajo la luna nueva, debía renovarla antes de la marea roja.
Pero no era solo la responsabilidad por la que Alina evitaba cualquier compromiso más allá de un intercambio de miradas breves y palabras corteses. El dolor de una traición pasada aún retumbaba en los pasillos de su alma, como ecos de alas rotas. Su esposo, lord Cedoric, había muerto dos años atrás. Y en la última noche, con su último aliento, había susurrado palabras prohibidas en lengua de los Antiguos, sellando —o quizás quebrando— un juramento que ni siquiera Alina había entendido entonces.
Pero ahora lo comprendía mejor. Y entendía también que había ojos fijos en ella. Uno en particular. El Capitán del Ala Obsidiana, señorial, temido, tan poco dado a mostrar su rostro fuera de su legendaria armadura. Y, sin embargo, allí estaba, con el yelmo bajo el brazo, sosteniendo su mirada entre un centenar de posibilidades.
—¿Lady Alina? —La voz del capitán era baja, modulada como si costara mantener el control—. ¿Le place este gentío? ¿O añora las noches silenciosas junto al acantilado?
Alina respiró hondo, el perfume de gardenias se tornó acre y distante, sustituido por la sal y el eco del mar desbocado. Miró aquellos ojos de un dorado insólito, con vetas de un ámbar que no era humano. Se dijo a sí misma que era absurdo sentirse conmovida por unas cuantas palabras, pero el deseo, esa sirena despiadada, le rozó la piel.
—Ciertamente, añoro la brisa marina —repuso, impasible—. Pero las corrientes de la corte son igual de peligrosas, ¿no cree, Capitán Rhun?
Él sonrió apenas, como si compartiera un secreto largamente guardado.
—Las corrientes, lady, suelen arrastrarnos donde menos deseamos ir.
Un estruendo inesperado interrumpió el intercambio. Un caracol silencioso, tallado en ónice, se encendió en la mesa de los heraldos. Nadie osó respirar. El mar reclamaba a sus vástagos: era tiempo del pacto, de extender el juramento que protegía a Vetyrian del olvido y la devastación. Una docena de nobles se adelantaron de inmediato, liderados por la reina joven y sus consejeros. Alina, sin embargo, sintió al Capitán Rhun muy cerca.
—¿Irá usted a la ceremonia? —su pregunta no era ritual, sino una confidencia.
Alina, que recordaba las sombras que acechaban bajo el oleaje y los susurros de su difunto esposo, asintió apenas.
—No lo deseo —confesó, casi en un susurro—. Pero es mi deber.
El capitán ofreció su brazo y, contra todo protocolo, ella lo aceptó. Descendieron juntos a la cripta marina bajo el palacio, donde las olas golpeaban, distantes, pero tan inminentes en su presencia como la propia muerte.
Dentro, un círculo de ancianos aguardaba, portadores de antorchas y libros cuyo lenguaje sólo podía leerse a la luz de la luna filtrándose a través del agua. Alina reparó en el anillo de Cedoric en su propio dedo. Sintió su latir frío, como una advertencia. También Rhun llevaba un anillo, pero el suyo era de hierro azul, un mineral que sólo podía ser forjado con sangre y sal. Un guerrero, sí, pero también un custodio de secretos.
La ceremonia comenzó. Palabras antiguas resonaron entre las piedras y el agua. La reina pronunció la primera parte del juramento, pero cuando llegó el turno de Alina, el aire cambió. Una presión, como de dedos invisibles, rodeó su garganta. La marea parecía mirarla, exigirle algo más...
De pronto, un remolino junto al altar de mármol. Una sombra, no humana, emergió y se alzó. Tenía el rostro borroso, la voz como un lamento antiguo.
—¿Quién jura en verdad? ¿Quién dará fe cuando la luna sangra y la sal hierve? ¿Quién sacrificará la última lágrima?
El capitán Rhun desenfundó su espada. Sin embargo, Alina reconoció el momento. Era igual al de la última noche de Cedoric. El juramento debía sellarse con algo irrevocable, no sólo palabras.
—Yo —declaró— juro por mi sangre y la de quienes me precedieron. Juro por el amor traicionado y el deber cumplido. Que Vetyrian permanezca.
La sombra se giró bruscamente, desnudando por un segundo un rostro amado y odiado a la vez —Cedoric, o algo que había sido él.
—¿Ofrecerás tu alma a cambio? —demandó.
—Mi alma es demasiado costosa —intervino Rhun, con el filo de su espada atravesando la luz de la antorcha—. Ofrezco la mía, por la de la dama.
Alina giró, horrorizada y conmovida. ¿Por qué este guerrero, a quien conocía sólo en susurros y miradas, estaba dispuesto a un sacrificio tal? Sabía que nadie sobrevivía al Pacto si entregaba demasiado.
La sombra, burlona, extendió un tentáculo de agua salada y oscuridad, buscando atarlos en un lazo letal. Rhun la detuvo, apretando su puño sobre el anillo azul.
—No —dijo—. Hay otra manera.
Como si el aire cobrara vida, la magia antigua emergió de los anillos de ambos, entretejiendo sangre, memoria, y el deseo que ni la muerte había podido apagar. Alina comprendió entonces: el verdadero vínculo que mantenía el pacto no era solo sacrificio, sino la fusión de voluntades, la promesa compartida de seguir adelante pese al miedo y la pérdida.
Sin pensar, atrapada por la urgencia y el dolor, Alina enlazó su mano con la de Rhun. Un susurro ancestral fluyó entre ellos, llenando la cámara de luz y música silenciosa.
—Acepto —dijo ella, mirando los ojos dorados del capitán.
—Siempre —repuso él, con ternura salvaje.
El hechizo se cerró, la sombra se disolvió en espuma. Las olas, allá arriba, susurraron victoria y rendición. Los ancianos prorrumpieron en oraciones de alivio.
A solas, ya fuera del ceremonial y entre las columnas de ónice del corredor, Alina clavó la vista en Rhun. Sentía su pulso desbocado, el peso de lo nuevo.
—¿Por qué? —preguntó, la voz temblando por la adrenalina y el agotamiento.
Él la miró, y en su mirada no había sólo deseo, sino una rendición más honesta.
—Porque el amor es el único juramento que salva y renueva, lady Alina. Porque cuando partí a la Guerra de los Vientos fue tu carta la que me mantuvo con vida. Porque sólo tú has visto mis cicatrices y no has retrocedido. Yo juré, hace mucho, que si alguna vez debía costarme mi vida, prefería hacerlo por ti.
Ella, conmocionada, apenas podía responder. Pero el juramento viejo, seco y lleno de obligación, había muerto. Ahora existía otro, hecho de piel, de dolor compartido y de esperanza.
Tomó la mano de Rhun y la llevó a su pecho.
—El deber me trajo aquí. Pero prométeme que alguna vez, cuando la marea esté en calma, podamos amarnos no sólo por piedad, ni por magia, sino sólo por nosotros.
Rhun sonrió, rozando apenas sus labios en una promesa callada.
—Eso lo juro yo también, lady Alina. Hasta que el mar cante mi nombre y más allá.
Y mientras las olas golpeaban los cimientos del palacio, Alina supo que el exilio había terminado, y que la verdadera marea apenas comenzaba: la de dos corazones atados por la voluntad y la esperanza.
Juntos, subieron la escalera, dispuestos a enfrentar tanto la corte como las tempestades. Y bajo la luz de la luna sangrante, por encima de todas las promesas antiguas, el amor reclamó el lugar que jamás había debido perder.
FIN
Copyrights © 2025 Complicidad.es. Todos los derechos reservados.