Portada del relato El Reino Oculto de las Sombras
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Fragmento:


Llevaba un vestido negro, más práctico que hermoso, y una capa de lana que su madre tejió antes de sucumbir a la fiebre. Sus botas hundían huellas profundas en la nieve. El aire vibraba con presagios y la sensación eléctrica que sólo los histriones de la magia podían percibir.

Duración: 08:32

El Reino Oculto de las Sombras
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Texto de ajuste de pausa.

Había oído que el invierno traía consigo criaturas extrañas, no sólo la muerte helada, y nieve cubriendo hasta los corazones más ardientes. Elyra no era una criatura extraña, pero tampoco era sólo una mujer. Por generaciones, la sangre de los guardianes corría por las venas de su familia, los que podían abrir las puertas entre este mundo y el vasto, perfumado reino de Lo Sagrado, donde las cosas sucedían no por deseo, sino por la magia involuntaria de las emociones. Y aquella noche, mucho después de que las últimas luces del castillo se apagaran y sólo el viento ululara entre las gárgolas, Elyra bajó al bosque, segura de que allí, entre la escarcha que cubría las hojas, encontraría respuestas.

Llevaba un vestido negro, más práctico que hermoso, y una capa de lana que su madre tejió antes de sucumbir a la fiebre. Sus botas hundían huellas profundas en la nieve. El aire vibraba con presagios y la sensación eléctrica que sólo los histriones de la magia podían percibir.

Allí, a la sombra de los robles, esperaba Kael. Decían que provenía de la frontera, donde la magia se mezclaba con la niebla y los que entraban pocas veces regresaban. Su linaje era incierto, y su hermosura, peligrosa. Sus ojos a veces eran grises como el acero, a veces verdes como los helechos, y cuando Elyra lo encontró, se preguntó cuál de los dos colores manifestaría esta noche.

—Has venido —susurró Kael, nada sorprendido, como si poseyera el don de la clarividencia.

—Tenías razón. El velo es más delgado durante el solsticio. Dime, ¿qué quieres de mí? —preguntó Elyra, consciente de que lo deseaba desde antes de saber quién era.

Un atisbo de sonrisa ladeó los labios de Kael. La había observado durante semanas, apareciendo y desapareciendo como los reflejos en una esfera de adivinación. Su presencia la inquietaba, pero también la atraía; la tensión entre ambos era como un hilo de seda a punto de romperse.

—El reino de las sombras está sangrando. Los límites entre los mundos tiemblan y sólo tú puedes impedir que la oscuridad lo consuma todo —explicó. Sus palabras eran poesía y advertencia.

Elyra lo miró, intentando descifrar las formas ocultas entre sus runas verbales. No era una mujer fácil de impresionar. Había librado ya muchas batallas, mediado en juramentos y aprendido a desconfiar de las promesas bonitas. Pero la voz de Kael era ronca, tan profunda como la tierra bajo la nieve, y su mirada la ataba a él con la fuerza de una maldición ancestral.

—¿Y cuál es tu papel en todo esto? —preguntó, desafiando la distancia escasa entre ambos.

Kael dio un paso adelante, lo suficiente para que sus alientos se mezclaran en el aire helado.

—Seré tu protector. Tu sombra. Pero también tu otra mitad. Porque sólo juntos podremos sellar las grietas y salvar ambos mundos.

Las palabras cayeron entre ellos, una invitación y, al mismo tiempo, una cadena. Elyra sintió cómo el instinto de huir competía con el deseo de perderse en sus brazos. Levantó la mano y rozó apenas la mejilla de Kael, sus dedos temblorosos por el contacto y el frío.

—¿Y si no quiero ser salvadora? —susurró, casi temiendo la respuesta.

Kael sostuvo su mano entre las suyas. Era cálida, una rareza en pleno invierno y en pleno bosque.

—Entonces huiremos juntos. Cruzaremos el velo y nadie nos encontrará jamás. Ni siquiera los dioses.

Por un tiempo solo fue el silencio, poblado de los sonidos lejanos de la corte de los ciervos y el crujido de la escarcha. Elyra sintió el poder palpitando bajo su piel, ese don oscuro y precioso que había heredado sin pedirlo. Kael lo percibía también, porque la miró como si viera la tormenta que se avecinaba.

—¿Por qué yo? —preguntó de nuevo, buscando una explicación para esa magnetismo feroz.

Kael la atrajo con una delicadeza inusitada. Sus labios rozaron su frente en un beso que era promesa y despedida. Entonces le habló con un acento que no era de este mundo:

—Porque todo en mí ha sido llamado por ti. Porque las grietas no sólo están en los reinos; también en nuestros corazones. Y sólo juntos podemos curarlas.

Elyra le creyó, aunque no sabia si era el destino o el simple calor de su proximidad lo que la convencía. Fue entonces que la magia los envolvió: no el tipo de magia de sortilegios y palabras incantadas, sino la magia más antigua, la del deseo y el reconocimiento mutuo.

El bosque a su alrededor pareció respirar más profundo al sentir el pulso de poder que se encendía entre ellos. La escarcha se derritió bajo sus pies. Elyra sintió cómo una corriente bañaba su cuerpo, renovando cada célula, haciendo que la carne se estremeciera bajo la caricia sin nombre de la magia.

Kael la besó, y ese beso fue el sello de un pacto y una pira encendida en medio de la nieve. Elyra sintió que caía hacia él, un abismo dulce que no tenía fondo. Su boca era una promesa, y su cuerpo, refugio y tentación. Siguieron besándose, como si cada segundo robado pudiera retrasar el final del mundo.

Se dejaran caer sobre el lecho de musgo y hojas secas, lejos del juicio de los hombres y de los dioses. Las manos de Kael encontraron la curva de la cintura de Elyra, la desnudez tibia de su espalda, la piel erizada por cada caricia. Bajo la luna, parecían fundirse, y algo ancestral, antiguo como la tierra, los unía.

—No temas —susurró Kael, mientras su cuerpo reclamaba el de ella, lento, sin apuro, como si tuviesen toda la eternidad para aprenderse el uno al otro.

Elyra arqueó la espalda, entregando su alma en cada gemido ahogado. Eran dos y eran uno, criaturas mejores y peores bajo el influjo de una pasión tejida con el hilo de la magia misma. La presión crecía y crecía, hasta que el placer los alcanzó con la violencia de una tormenta recién liberada; ambos gritaron los nombres del otro hacia las copas de los árboles, que temblaron ante la fuerza de su revelación.

Pero la magia tiene precio, y apenas los ecos de su pasión se retiraron, el bosque gimió en protesta. Un viento ululó por entre las ramas, trayendo consigo una sombra que era la encarnación de las grietas de las que Kael había hablado.

—Debemos acabarlo —dijo el, recobrando el aliento.

Elyra sostuvo la mirada de Kael. Ya no era la misma. Algo en su interior había cambiado, crecido, adquirido madurez y coraje.

—Vamos juntos —dijo, y supo que su destino era ahora indivisible del de Kael.

Avanzaron hacia la sombra, que brillaba con un azul antinatural, sus manos entrelazadas. Elyra sintió cómo el poder fluía entre ambos, no sólo el suyo, sino el de Kael, ambos entrelazados en una sinfonía de poder.

A cada paso, la sombra adquiría forma y fuerza, creciendo, roída por el resentimiento de siglos.

—No es una criatura cualquiera —dijo Kael, con la voz tensa—. Es la manifestación de lo que el deseo no cumplido puede volver. Las grietas de ambos mundos, las heridas que se niegan a cerrar.

Elyra levantó la mano, el poder chisporroteando en su palma.

—No más grietas. No más soledad.

El hechizo salió de ella como un dardo de luz, alimentado y multiplicado por el amor recién nacido entre ambos. La sombra gritó y se agitó, pero la luz la envolvió, sanando los cortes invisibles que recorrían el bosque, el mundo, el corazón de Elyra y el de Kael.

Cuando todo terminó, quedaron exhaustos sobre el lecho de hojas, el resplandor de la magia esfumándose poco a poco.

Kael la miró con ternura poblada de admiración, tocando su rostro como si temiera que sólo fuera una visión.

—¿Qué somos ahora? —preguntó él.

Elyra sonrió, besando sus labios con suavidad.

—Lo que siempre hemos debido ser. Magia y carne. Corazón y guardián. Alienados y completos, de ambos mundos y de ninguno.

El bosque vibró, y por un instante las estrellas parecieron girar más despacio, rindiéndose ante la unión de dos corazones destinados a salvar y destruir, amar y pertenecer. Elyra supo que ningún invierno podría derrotarla ahora, mientras tuviera a Kael, y que la nieve y la magia, la pasión y la promesa, serían su destino.

Y así, en el cruce de la frontera entre la realidad y los sueños, Elyra y Kael sellaron no sólo los mundos que habían heredado, sino su propia eternidad. Con cada caricia, cada beso en la penumbra, tejieron un universo donde la magia surgía de la pasión y la salvación era el acto, a la vez sencillo y supremo, de entregarse al amor.

Permitiendo que los ecos de su unión vertieran nueva luz sobre la noche, supieron los dos que el verdadero pacto no estaba en salvar el mundo, sino en salvarse, juntos, una y otra vez, contra todos los inviernos venideros.

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