Portada del relato El regreso del Crepúsculo
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Fragmento:


El nombre de Aedron era pronunciado pocas veces, y sólo para maldecirlo. Pero Valeria lo repetía cada noche. Las noches –casi siempre solitarias, salvo por la visita de su hermana Daria, que lloraba por ella en silencio– se le hacían interminables. Soñaba con el pasado y la ira se le mezclaba con los recuerdos como vino turbio en agua pura.

Duración: 08:02

El regreso del Crepúsculo
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Texto de ajuste de pausa.

Una nevada sobre el Valle de Esteleth terminaba de cubrir, con un brillo dorado, las enormes casas de piedra de los Altos Nobles. Todas aquellas mansiones guardaban secretos tras sus gruesos muros, pero el mayor de todos vivía entre sus corredores, intocable desde hacía una década: la historia rota de Valeria y Aedron.

Aedron había huido. Así decían los criados. Decían también que, en la víspera de su boda, había sido tentado por fuerzas oscuras que nada tenían que ver con la magia luminosa propia de la familia de Valeria. Se hablaba en susurros de un trato sellado con la mismísima Reina Exiliada del Norte, una mujer envuelta en brasas negras capaz de ofrecer eternidad a cambio de amor. Nadie preguntaba a Valeria y nadie se atrevía a preguntarse a sí mismo si Aedron había amado de verdad.

El nombre de Aedron era pronunciado pocas veces, y sólo para maldecirlo. Pero Valeria lo repetía cada noche. Las noches –casi siempre solitarias, salvo por la visita de su hermana Daria, que lloraba por ella en silencio– se le hacían interminables. Soñaba con el pasado y la ira se le mezclaba con los recuerdos como vino turbio en agua pura.

Esa noche, sin embargo, la luna parecía estrenar forma. Quizá por el regreso del general Errin, quizá porque el frío traía consigo una promesa. Cuando la puerta vieja de la mansión cruzó el rumor de la tormenta, Valeria corrió con el corazón azotando sus costillas como si pudiese escaparle el alma. Quiso que fuese Aedron, en un acto desesperado, pero sólo era Errin, con el cabello gris perlado bajo la capucha y el abrigo lleno de nieve.

–Han venido del bosque –dijo Errin, sacudiéndose la nieve del hombro–. Han dicho que vuelve la Reina Exiliada. Y traen un mensaje.

Una espina se le insertó a Valeria en mitad del pecho. Rezar no servía, pero no rezó por Aedron. Rezar no servía, y sin embargo pidió perdón a un dios que no conocía por aún amar tanto a quien la había traicionado.

La mañana siguiente llegó un ciervo blanco al portón. En sus astas pendía una cinta roja. Valeria la cortó, ignorando el temblor de sus dedos. El mensaje era claro como el cristal y cruel como el hielo:

*El amor puede florecer bajo tierra, y el perdón convertirse en llama bajo la luna nueva. Si quieres la verdad, ven sola al claro donde la nieve nunca pisa.*

No firmaba Aedron. Lo firmaba la Reina Exiliada. Era la trampa perfecta.

La noche era una fiera cuando Valeria se vistió la capucha y tomó el cancionero de hielo. A cada paso que daba hacia el bosque, recordaba el rostro de Aedron, la línea arrogante de su mandíbula, la promesa rota en sus ojos. ¿Buscaba venganza o anhelaba aún la redención? ¿Cómo distinguir el deseo de la condena?

Cuando llegó al claro, el aire era denso, aromático como el vino robado. Y en el centro, vestido de azul nocturno y con la mirada de quien ha visto el abismo, estaba él.

Aedron.

La luna se cernía encima de sus cabellos oscuros, moteados de escarcha, y la Reina Exiliada lo flanqueaba, envuelta en sus llamas sombrías.

–No es una trampa –dijo él antes de que Valeria pudiera alzar la voz–. Es… la única forma.

Aedron parecía mayor. Su boca era la misma, pero en sus ojos se deslizaban secretos de una vida robada por la culpa. Únicamente los magos caídos aprendían tan deprisa el arte de la soledad.

–No tienes derecho… –susurró Valeria, con la voz ronca de tanto callar.

La Reina Exiliada sonrió. Era hermosa de un modo imposible, frío, como encantada en hielo y fuego. Extendió una mano, y el aire resplandeció.

–El muchacho quebró el juramento. Lo que ha aprendido, puede devolverse… o perderse para siempre. Pero sólo lo entregará si tú estás dispuesta a escuchar la verdad.

Gotas de sudor perlaron la frente de Valeria pese al frío. No quiso apartar los ojos de Aedron y, sin embargo, todo su cuerpo gritaba para regresar a casa, a la seguridad de su rabia, de su dolor justo y conocido.

–Habla –dijo, con el corazón en las manos.

Aedron la miró como si, en ese instante, hubiese olvidado el infierno para recordar lo que era el amor.

–No te traicioné por ella –dijo, por fin–. Me fui porque no podía protegerte de la guerra que se avecinaba. La Reina me prometió que, con su magia, podría… sobrevivir. Hacerte sobrevivir. Pero no soy más que un hombre.

–Mentira –escupió Valeria–. Podrías haberlo dicho. Podrías haber confiado en mí.

–Como tú confiaste en mí cuando trajeron mi nombre entre insultos, cuando me negaron el pan porque mi sangre no era noble –replicó él, suave pero firme–. El miedo corrompe el amor, Valeria. El miedo por ti, por ver este rostro legendario destrozado, me llevó a un pacto del que apenas he podido regresar.

La Reina Exiliada observaba, implacable.

–Tienen una sola noche –dijo–. Luego, cualquier fuego que arda aquí será mío. Tu redención, muchacho, puede ganar o sellar tu condena. Y tú, Valeria, puedes elegir la venganza, o renunciar a tus memorias.

Desapareció, dejando tras de sí huellas de ceniza y un bosque paralizado por el hechizo.

Valeria no supo qué decir. Se sentía despellejada, aturdida por la verdad y la violencia frágil de la confesión.

–¿Por qué regresar ahora? –susurró–. ¿Por qué no confiar en que podía luchar contigo, y no sólo ser protegida?

Aedron avanzó un paso. El pequeño gesto quitó años de vida al recuerdo que ella conservaba de él.

–No quería arrastrarte a la oscuridad que he conocido. Pero la oscuridad es vivir sin ti.

Las palabras, tal vez cursis dichas en voz alta, alcanzaron a Valeria de un modo inesperado. Recordó la ternura entre las cortinas de su cuarto, la torpeza de las primeras caricias, los besos prohibidos en los arcos de olivo. Recordó el pánico y la sed de amor, la ilusión de un futuro por el que luchar.

–Yo… –empezó, y no supo cómo terminar.

La luna ascendía, y el claro se llenaba de las sombras doradas de la Reina. Era ahora o nunca.

–Quiero creer en ti –expresó, apretando el cancionero de hielo–. Pero tienes que pelear conmigo. No para mí. No por salvarme, sino por vivir juntos.

Aedron extendió la mano, tembloroso.

–No sé si merezco tu perdón, Valeria. Pero cada día lejos de ti fue peor que mil guerras. Me he roto a mí mismo y lo único puro que guardo es esta esperanza de redención. ¿Me darás un lugar a tu lado de nuevo?

El silencio entre los dos lo llenaron los sonidos del bosque, el crujido de la escarcha, las constelaciones como brazaletes de dioses ajenos. Valeria camina hacia él y sus dedos se rozan. Es apenas un contacto, pero en ese roce vibra todo el pasado y una promesa.

–No busco un héroe –dice ella, al borde del llanto–. Quiero tu verdad, tu miedo. Quiero que construyamos algo nuevo, aunque esté hecho de ruinas.

El beso tarda, pero es feroz. Más pleno que cualquier otro, porque ahora saben la fragilidad del deseo, la astucia del miedo y la poderosa ficción de la redención. Aedron la sujeta como si el aire pudiera arrebatársela, como si el resplandor de la Reina Exiliada fuera a consumirlo todo en el siguiente aliento. De algún modo, el beso es un conjuro más fuerte que la propia magia.

Las primeras luces separan los labios de Valeria y de Aedron.

La Reina Exiliada regresa, entre llamas suaves.

–El amor sólo es real cuando abraza la sombra –susurra–. Hoy, os libero. Pero no olvidéis: mi fuego aún habita en los pecados que compartís. Ni la luz ni la oscuridad son eternas. Sólo lo es vuestra elección, en cada amanecer.

Cuando el sol rompe las ramas, Aedron y Valeria se saben nuevos. Él lleva el peso de lo perdido, pero en los ojos de Valeria la esperanza arde, infinita como si la destrucción de una época también pudiera ser el alba de un amor tan ardiente como antiguo.

Hay entre ellos rescoldos que jamás sanarán, heridas que serán legendarias. Pero en el lenguaje de los amantes, donde cada nombre es una promesa y cada sombra una redención, descubren que quizás, sólo quizás, merecen otra oportunidad para escribir su historia.

En la nieve fresca del claro, los dos marchan hacia su antigua vida, sabiendo que la verdadera magia será enfrentar juntos, día a día, todo lo que haya de venir.

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