Portada del relato El pacto del Emperador Espectral
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Fragmento:


"Mi señora," pronunció con voz grave y serena, haciendo una reverencia que, a pesar de los viejos rumores sobre su salvajismo, resultó impecable tanto en cortesía como en sobriedad.

Duración: 09:15

El pacto del Emperador Espectral
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Texto de ajuste de pausa.

El invierno llegaba tardío aquel año a Teravelle, trayendo consigo un viento inquieto que mecía las copas carmesíes de los árboles y azotaba las almenas con promesas solemnes y rumores de cambio. Lanael, fiel a la tradición cada mañana, descendió por las escaleras del torreón principal envuelta en una bata de terciopelo gris, la mirada posada mucho más allá de las murallas de los Elenos donde el río Mirthel brillaba con la primera luz plateada.

No era la reclusión lo que le pesaba, sino la vigilancia constante: las palabras susurradas tras los tapices, las miradas prolongadas de los cortesanos, el aire casi tangible de expectación. Sabía que su destino iba a decidirse pronto, y con él los hilos mismos del equilibrio entre ambos reinos. Aquel día no era diferente, hasta que todo cambió en cuestión de instantes.

Acababa de alcanzar la galería del invernadero, donde las rosas umbrosas tejían sombras dulces y perfumadas. Allí, entre el aroma húmedo y la bruma matinal, Lanael notó la presencia de alguien más. Una presencia distinta; no la de su dama de compañía ni la de los silenciosos guardianes que obedecían sin preguntar. Ésta era poderosa, incluso peligrosa. Giró lentamente... y lo vio.

Estaba vestido de negro, salvo por una faja carmesí que ceñía su talle. Sus cabellos eran tan oscuros como la piedra obsidiana, y sus ojos, de un ámbar imposible, absorbían la luz y la devolvían convertida en centelleante desafío. No necesitó presentaciones. Todos conocían, aunque fuera sólo de rumor y leyenda, al conquistador más temido al norte de las montañas: Lord Kaelith, el Emperador Espectral.

"Mi señora," pronunció con voz grave y serena, haciendo una reverencia que, a pesar de los viejos rumores sobre su salvajismo, resultó impecable tanto en cortesía como en sobriedad.

Lanael tragó saliva, disimulando el temblor que recorrió su espina dorsal. "Lord Kaelith,” contestó con un tono que sonó más seguro de lo que ella sentía. "Debo suponer que la tormenta que azotó anoche nuestros campos vino como preámbulo de su presencia."

El hombre sonrió apenas, apreciando el ingenio. "Vengo buscando algo más duradero que un temporal, Lady Lanael." Y, acercándose, eligió uno de los rosales para acariciar con los dedos una flor abierta. "Un pacto. Por la paz. Por el balance de poder entre los Arvendil y los Sangre de Llama."

Sabía a qué se refería. La propuesta llevaba meses debatiéndose en la sombra: una alianza por matrimonio. Sin embargo, ese acercamiento directo la sorprendió. Lo contempló, desenmascarando la amenaza y la vulnerabilidad tras su aplomo. "¿Por qué yo? Su linaje podría escoger a una princesa de sangre pura, o una amante de apasionada entrega. No soy ninguna de las dos."

Kaelith se giró entonces, muy despacio, con los ojos fijos en los suyos. "He conquistado vastos reinos, pero ninguno me ha ofrecido jamás resistencia con tanto arte." Su cercanía la envolvía, un aura de energía vibrando entre ambos. "No deseo una reina sumisa ni una marioneta. Te quiero a ti, que desafías y dudas, que se enfrenta incluso a su propio destino. Y, sobre todo, porque el equilibrio sólo puede lograrse con poder verdadero. Y tú lo posees."

Hubo un silencio. Lanael se apartó, cruzando los brazos sobre el pecho. "El poder que poseo no se da fácil. Ni al reino, ni a sus enemigos." Luego, musitó: "¿Por qué confiaría en ti? Siempre se dice que tu palabra es tan fina como la niebla y tan letal como la noche cerrada."

El Emperador sonrió, aunque con una sombra amarga. "Entonces, exígeme una prueba. Pídeme lo imposible y lo traeré ante ti."

Ella lo observó, aceptando el reto naciente en el pecho. Lanael recordó una leyenda, apenas susurrada entre las matronas de la corte: la flor del Irathiel, que sólo crecía en el corazón mismo del Bosque de Espejismos, protegido por bestias que se alimentaban de la memoria y el alma. "Tráeme una flor del Irathiel, y creeré que puedes proteger algo valioso sin destruirlo en el intento."

Él asintió, y en esa inclinación de cabeza había una promesa de acero. "Aguardaré tu regreso aquí," añadió, apuntando al invernadero.

"Lo harás," aceptó él, y se marchó sin hacer ruido, como una sombra fundiéndose en la mañana.

Los días siguientes se desgranaron inusuales, la villa de Teravelle sumida en expectación silenciosa, tejiendo historias sobre el propósito del Emperador Espectral. Lanael reprimió la ansiedad a fuerza de ocupaciones y paseos entre los jardines nevados. Cada crepúsculo interrogaba el horizonte, preguntándose si Lord Kaelith sería vencido por los secretos de Irathiel... o si acaso caería rendido ante su propia soberbia.

Cuando el séptimo día amanecía, regresó.

Cruzó los portones herido y cubierto de polvo, la ropa desgarrada y la mirada aún más intensa. En su mano, apretada contra el pecho, relucía la flor del Irathiel: blanca y etérea, como forjada con la luz más pura y los sueños más secretos.

La corte entera pareció contener el aliento mientras la llevaba hasta Lanael. "Tuyo," fue todo cuanto dijo, con voz cargada de derrota y triunfo a la vez.

Ella retiró la flor, sintiendo el temblor en su palma mientras estudiaba sus ojos. Vio el precio pagado: heridas más profundas que las de la carne, un cansancio brutal en los huesos de aquel señor de la guerra. "¿Qué viste allí?" inquirió, buscando en el pozo de sus pupilas.

Kaelith vaciló, en una muestra de humildad insólita. "Vi lo que me sería negado si no fuera digno: los recuerdos de un hogar perdido, voces que no volverán, la ausencia de todo cuanto quise y que la guerra robó. El Bosque te muestra tu mayor debilidad. Y tu mayor deseo."

Se hizo el silencio, tan vasto como el horizonte que Lanael extrañaba de niña, cuando su madre la enseñó a buscar la verdad en medio de las mentiras de palacio. Acarició con delicadeza la flor entre los dedos. "Prometiste proteger. El sacrificio de tu viaje demuestra que quizá puedas."

El palacio estalló en rumores discretos, pero esa noche Lord Kaelith fue recibido a la mesa de honor. Hubo brindis y promesas ambiguas, políticas entretejidas en cada sonrisa. Pero Lanael no veía más que la sombra en la mirada del Emperador, la grieta que había dejado la travesía de Irathiel.

Tras el banquete, Kaelith buscó refugio en el ala más solitaria del castillo, exactamente donde Lanael lo encontró, de pie ante la ventana, observando la luna a punto de llenarse. Al cierne de la penumbra, sus figuras parecían esculpidas en mármol y sombra.

"Confía en mí, sí, pero no he venido sólo por política, Lanael," dijo él lentamente, girando hacia ella. "Quiero algo que ningún tratado puede sellar."

La distancia entre ellos era poca. Lanael avanzó unos pasos valientes. "¿Amor?" preguntó, y la palabra sonó extraña en su voz, como si desenterrara un sentido olvidado.

Kaelith negó con honestidad feroz. "No puedo prometer amor. Sólo lealtad absoluta, deseo innegable y la certeza de que juntos podríamos cambiar la marea de la misma historia. Te ofrezco mi sombra, si me das tu luz."

Ella consideró el trato: la alianza para los reinos, la pasión para sus cuerpos, la guerra declarada contra la soledad de ambos. Y en la piel, bajo el costado izquierdo, las llamas de sangre se agitaron—un antiguo don, la chispa de los Sangre de Llama—que no había permitido desatar plenamente hasta ahora.

"¿Lo juras?" susurró Lanael, una chispa de magia relampagueando en sus palabras.

Kaelith cayó de rodillas, la arrogancia del guerrero destilada en pura devoción. "Por la noche y la niebla; por mi pasado quemado y mi futuro incierto; te lo juro."

Entonces, el pacto se selló. Ella posó la flor entre ambos, y el aire estalló en un aroma embriagador, la esencia del Irathiel atando sus almas con hilos invisibles. Los dos sintieron cómo la magia recorría sus cuerpos, entrelazando sus voluntades, las heridas abiertas tornándose en promesas de cicatriz compartida.

La primera vez que la tocó, Kaelith lo hizo con asombro reverente, como si deseara memorizar la textura exacta de su piel para siempre. Lanael, a cambio, exploró cada frontera de su cuerpo marcado por antiguas batallas, besando las cicatrices, curando lo que la guerra había roto. Si la pasión es una guerra, también puede cerrar heridas si ambos luchan juntos.

En la madrugada, abrazados entre sábanas frescas y promesas nuevas, Lanael retomó la verdad que siempre había sabido: el poder más peligroso no es el que somete, sino el que se entrega. Y en ese acto de entrega mutua, sin realeza ni Corona, sino cuerpo a cuerpo, destino a destino, la historia cambió su curso.

Nadie en Teravelle supo jamás las palabras exactas del juramento que ambos sellaron en la penumbra. Pero, en los años venideros, el reino gozó de una paz inusitada y, entre susurros, las canciones hablaban de una reina de fuego y un emperador de sombra, y de cómo juntos sanaron el tejido mismo del mundo.

Pero sólo ellos, al mirarse a los ojos cada amanecer, sabían que el verdadero pacto no era por los reinos, ni por la paz, sino por la posibilidad—a veces terrible, a veces gloriosa—de renunciar al miedo y reclamar la promesa más audaz: la de vivir y gobernar unidos, imperfectos, invencibles y humanos.

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