Portada del relato Susurros en el Umbral
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Fragmento:


Aun así, se entregó a la rutina. Revisó los libros polvorientos, los diarios antiguos, tratando de encontrar la razón para este desasosiego. En el despacho principal halló un retrato oscuro: un hombre de mirada azul y seria, elegantemente vestido, cuya expresión era demasiado humana para la pintura. Había algo en el recorte de sus labios, un dejo de melancolía. La placa rezaba: “Lord Elias Holloway, 1839-1872. Jamás olvidado”.

Duración: 08:46

Susurros en el Umbral
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Texto de ajuste de pausa.

Desde la ventana polvorienta que daba al bosque, la mansión Holloway observaba la noche, tan paciente como un predador hambriento. Había llovido durante horas, y el rocío en las hojas centelleaba bajo la luna recién despierta. Amanda Karnes nunca había sido una persona supersticiosa, pero cada vez que pisaba el zaguán de la mansión sentía la acumulación de historias pasadas, de secretos espesos como la niebla que atesoraba el valle. Nunca creyó, tampoco, que el amor pudiese presentarse vestido de imposibles. Hasta este invierno.

Eligió refugiarse allí tras el último fracaso amoroso, segura de que el retiro le haría bien. Heredó la casa de una tía lejana, junto con una fortuna de leyendas locales sobre fantasmas, protectores y maldiciones antiguas. “El último Holloway aún camina por estos pasillos al caer la medianoche”, insistían las ancianas de la aldea. Amanda, quien apreciaba las historias sólo cuando eran literatura, se había reído en más de una ocasión. Pero la risa se fue mitigando desde la primera noche, cuando los sueños comenzaron.

Eran vívidos, demasiado reales. Siempre caminaba a través del bosque envuelto en neblina, persiguiendo el eco de unas campanadas que no encontraba. Bajo los árboles, la silueta indistinta de un hombre aguardaba sin moverse, vuelto hacia ella aunque nunca distinguía su rostro. “Ven”, susurraba la voz, grave y resonante, deslizándose en los intersticios de su soledad.

Para el tercer amanecer, Amanda despertó con la palpitación de un nombre en la lengua. Un nombre anglosajón, antiguo, imposible de recordar cuando salía el sol, pero que la llenaba de anhelo y saudade. La casa se sentía más viva de lo que debería. Escuchaba pasos detrás de las paredes, la radio se encendía sola en la biblioteca, y los espejos empañados reflejaban estancias donde nadie estaba.

Aun así, se entregó a la rutina. Revisó los libros polvorientos, los diarios antiguos, tratando de encontrar la razón para este desasosiego. En el despacho principal halló un retrato oscuro: un hombre de mirada azul y seria, elegantemente vestido, cuya expresión era demasiado humana para la pintura. Había algo en el recorte de sus labios, un dejo de melancolía. La placa rezaba: “Lord Elias Holloway, 1839-1872. Jamás olvidado”.

La obsesión comenzó allí, con esa imagen. No era hermoso en el sentido convencional, pero el magnetismo del retrato la inquietaba. Sintió, en lo profundo, que lo conocía. No tenía idea de cómo o por qué. Contrariando su carácter escéptico, indagó en los diarios de la familia, leyendo fragmentos dispersos sobre “el guardián del umbral” y la maldición por la que el linaje estaba atado a la mansión hasta que alguien devolviese “lo que fue tomado en la medianoche”.

Los días se vaciaron de propósito mientras la noche crecía vibrante. Aquella cuarta noche, después de un vino demasiado fuerte, Amanda soñó de nuevo. Esta vez, el hombre del bosque la tocó, tomó su rostro entre las manos, y un estremecimiento recorrió cada fibra de su ser.

Awaken, Amanda. Despertad.

No era un susurro, sino una orden antigua, inexorable. Amanda abrió los ojos y, sin saber si estaba aún dormida, se encontró de pie en el pasillo de la mansión. Bajo el resplandor plateado de la lámpara de gas, el aire olía a tierra húmeda y a rosas marchitas. Y, cruzando el corredor, estaba él.

Vestido como en el retrato, impecable y tangible, el hombre la miraba con una intensidad que parecía calarle los huesos. Sin moverse, leyó todo en su mirada: la soledad, el amor olvidado, la desesperación. Amanda tembló, pero no fue de miedo. Algo, o alguien, susurraba en su interior que lo conocía.

—Elias —dijo, sin comprenderse a sí misma.

Una chispa de reconocimiento cruzó los ojos del fantasma.

—Por fin —susurró él—. Has venido.

El silencio se volvió un lazo entre ambos. Amanda, atrapada en el instante, preguntó lo único que tenía sentido.

—¿Por qué yo?

La figura de Elias parecía tan real como el eco de la madera vieja bajo sus pies.

—Porque eres la última de la sangre Holloway que aún cree en algo más que este mundo. Porque llevas el anhelo, y porque yo… —tragó saliva, un gesto tan humano que dolió—. Yo te he esperado desde que la sangre y el destino lo quisieron así.

Amanda sintió una emoción creciente, una fuerza que la arrastraba. Estaba al borde del delirio o de una revelación. Elias extendió la mano, y ella, sin dudar, la aceptó.

La tocó, y el universo se contrajo en ese instante. Vio flashes de vidas pasadas: bailes bajo candelabros, besos robados entre helechos, cartas selladas con lágrimas. Cada vida terminaba en separación y muerte, pero el anhelo nunca moría.

La realidad regresó cuando Elias retiró la mano.

—Estoy atado. No puedo cruzar el umbral sin tu ayuda —explicó, los ojos llenos de fatiga y esperanza.

—¿Qué ocurrió? Cuéntame.

Se sentaron en la escalera, y la noche les prestó susurros y sombras. Elias relató, con voz temblorosa, el viejo pacto sellado en sangre y deseo. Un amor prohibido con una mujer que, en otra vida, había sido Amanda. Aquella pasión desencadenó la furia del linaje: para evitar la catástrofe, su espíritu se selló en la casa, vagando en la frontera entre los mundos, hasta que la reencarnación del amor perdido reclamara su derecho.

—¿Y cómo te ayudo? —Amanda preguntó.

—Debes devolver lo que fue tomado: la llave de la medianoche. Es un relicario, oculto en el corazón del bosque. Pero advierto, Amanda, no estarás sola. Hay guardianes: ecos de nuestro peor miedo.

Al amanecer, Amanda buscó el relicario. Un colgante de plata, decorado con una rosa y una inscripción sólo visible con la luz de la luna llena. La frase estaba en latín, pero comprendió instintivamente su significado: “Lo que se ama, nunca se pierde.” Al tocarlo, una ráfaga helada envolvió el aire y la tierra tembló suavemente bajo sus pies. Oyó risas, aullidos apagados en la niebla. Vio, en un destello, la figura de una mujer con ojos vacíos, y supo que era la guardiana.

La figura bloqueó su regreso, arrastrando cadenas espectrales.

—No estás autorizada —dijo, la voz grave, flotando sobre el aire húmedo—. No mereces romper el ciclo.

Amanda, guiada más por la intuición que por la razón, apretó el relicario contra su pecho.

—Te equivocas. Lo que merezco, lo decido yo.

Repitiendo la frase del relicario, la niebla se disipó. La mujer gritó y se desvaneció en la penumbra. Amanda corrió hacia la mansión, el corazón desbocado.

Ya en el vestíbulo, Elias aguardaba, su silueta nítida, expectante. Amanda le tendió el relicario y, en ese momento, el fantasma cobró plena corporeidad. Amanda contempló la fusión de pasado y presente en un solo rostro.

Elias se acercó y la besó. No fue como en un sueño, ni fue el roce etéreo de los fantasmas. Fue tangible, profundo, como si el peso de todas sus vidas desembocara en ese contacto. Los labios de él eran cálidos y humanos, el aliento dulce y vivo. Amanda sintió que la energía latía en espiral alrededor de ambos, una descarga eléctrica que los elevaba del suelo.

Al separarse, Elias respiró de nuevo, como si el aire hubiera estado esperando siglos por él.

—¿Qué sucede ahora? —preguntó Amanda, temerosa de que el hechizo se rompiera con el alba.

—Ahora elegimos —dijo Elias—. El destino ya no está escrito. Podemos seguir aquí, como guardanes, o cruzar juntos al siguiente mundo.

—No quiero perderte de nuevo —susurró Amanda.

Elias apoyó su frente contra la suya, y el tiempo se diluyó, volviéndose nada ante la promesa de un futuro, aunque incierto.

—Mientras el amor exista, no habrá exceso de noche que pueda apartarnos.

La casa vibró suavemente, como agradecida. Un viento reparador barrió el polvo de los años, y las paredes susurraron una bendición.

Amanda y Elias cruzaron el umbral, ya sin cadenas ni miedos, hacia el bosque donde todo recomenzaba. Entre la niebla y el perfume de la tierra húmeda, una nueva historia germinaba, distinta a todas las que la mansión Holloway había albergado antes.

En el crepúsculo, si uno escucha con atención en los viejos corredores, aún puede percibir una risa suave y el latido del corazón compartido —prueba inquebrantable de que, a veces, el amor y lo sobrenatural están hechos de la misma materia: un anhelo que desafía el tiempo, la muerte y la oscuridad. Porque el verdadero pacto es el del corazón, firmado no con sangre, sino con la certeza de que algunas pasiones nunca mueren, sólo aguardan el momento exacto para renacer en alguien dispuesto a recordar y redimir.

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