Fragmento:
Al alba, sintió la maldición: el calor dejó su piel, y la soledad regresó envuelta en una pena insondable. Desde entonces, Lucien estaba atado al espejo, atrapado en la frontera entre la vida y la muerte. Su último susurro fue de amor… y de acusación: “¿Por qué no me dejaste ir?”, y Amanda repitió esa pregunta todas las noches, mientras la culpa sumaba capas de hielo a su corazón.
Duración: 07:42
El viento de finales de abril entró con fiereza por los ventanales abiertos; trajo consigo un aliento de flores nocturnas y el rumor lejano de una tormenta que no terminaba de llegar. En el salón de la antigua casa, el fuego de la chimenea apenas podía disuadir la humedad que ya se sentía pegada a las paredes de piedra. Allí estaba Amanda, envuelta en una manta de lana, leyendo una carta con la tinta casi borrada. La delicada caligrafía de Lucien, dibujando palabras de amor y de arrepentimiento, aún vibraba entre sus dedos.
No solía permitir que las memorias la asaltaran tan tarde, cuando la realidad y los sueños se confunden peligrosamente. Pero esa noche, la luna mostraba una faz pálida e incompleta, y las sombras le contaban historias que creía olvidadas. Nueve años habían pasado desde la última vez, desde el último abrazo y el último beso, cuando Lucien prometió lo imposible: “Volveré, aunque el infierno me lo impida.” Y el infierno, Amanda lo sabía bien, podía ser cruelmente literal.
El reloj marcó las once y, como si fuera guiada por un impulso invisible, Amanda cruzó la casa, subió la escalera que crujía bajo su peso y llegó al desván. Allí, entre cajas polvorientas y retratos velados, se encontraba el espejo. No era un espejo común; tenía un marco de ébano negro, tallado con runas que sólo Lucien sabía traducir. Su superficie nunca mostraba el reflejo con exactitud, sino la verdad del corazón de quien se miraba.
Amanda tembló, pero alzó el candil frente al cristal. Lo que vio fue lo de siempre: su rostro pálido, ojeroso, con los labios marcados de memoria y de soledad… pero detrás de ella, una sombra. La oscuridad que rodeaba su figura femenina se abría a una figura masculina, alta, inconfundible. El corazón de Amanda latió con fuerza dolorosa, y la culpa -su compañera constante- la envolvió más fuerte que la manta tibia horas antes.
La familia de Amanda custodiaba ese espejo desde hacía tres generaciones. Era un legado y una maldición. “Nunca permitas que el alma de alguien amado, si está extraviado, te busque en ese reflejo después de la medianoche”, le advirtió su abuela la noche en que Lucien desapareció. Pero Amanda no pudo resistirse a la tentación del consuelo, y aquella vez —la única vez—, lo llamó.
Aquella noche, mientras la tormenta golpeaba los cristales y el espejo vibraba con energías ancestrales, Amanda había suplicado por Lucien. Él acudió, pero no fue él mismo. Su sombra atravesó el cristal y la acarició, llenando la habitación de frío ártico y anhelos insatisfechos. Y Amanda, desesperada, le acogió. Cuando ambos cuerpos se fundieron, el placer fue salvaje, inmenso y doloroso, hecho de caricias fantasmales y suspiros de ultratumba.
Al alba, sintió la maldición: el calor dejó su piel, y la soledad regresó envuelta en una pena insondable. Desde entonces, Lucien estaba atado al espejo, atrapado en la frontera entre la vida y la muerte. Su último susurro fue de amor… y de acusación: “¿Por qué no me dejaste ir?”, y Amanda repitió esa pregunta todas las noches, mientras la culpa sumaba capas de hielo a su corazón.
Volviendo al presente, Amanda lanzó un suspiro ahogado. Afuera, la tormenta estaba cerca. Gotas gigantes golpearon el techo, y las velas danzaron con la corriente de aire. En el reflejo del espejo, la sombra de Lucien se destacó más nítidamente que otras veces. Amanda tragó saliva. El deseo era como un veneno que no la dejaba descansar, y la angustia de su condena colmaba el silencio.
—¿Por qué vuelves, Lucien? —susurró, sabiendo que podía responderle.
La figura, más densa, casi corpórea, se delineó detrás de ella. Ojos de obsidiana, labios curvados en una sonrisa dolorosa.
—No puedo partir. Me tienes aquí. Mi alma nunca se fue del todo, Amanda.
Ella cerró los ojos, y una lágrima rodó, silente y amarga.
—No fue mi intención. Yo solo… solo quería verte una vez más. No sabía que te ataría…
La sombra se acercó, una mano nebulosa posándose, invisible pero real, en su hombro.
—No llores, Amanda —murmuró Lucien—. Yo volvería a ti en cada ocasión, elegiría esta condena solo por tocarte otra noche.
La intensidad de su voz, hecha de recuerdos y deseo, causó que su piel se erizara. El deseo nunca la había abandonado, solo estaba envuelto en luto. Amanda, presa de ese anhelo, se giró —o lo intentó, porque no había nadie tangible— y apoyó la frente en el espejo. El contacto heló su piel, y la sombra se deslizó hasta rozar sus labios con los suyos.
Aquella caricia espectral la dejó sin aliento, un escalofrío la recorrió de pies a cabeza y, de pronto, la intensidad del deseo superó cualquier asomo de miedo o razón. El candil cayó al suelo, y en penumbra, entre relámpagos, Amanda sintió los brazos de Lucien ceñir su cintura. Aquella noche, el límite entre el mundo y el más allá se desdibujó, y la pasión entre ambos resucitó: piel contra sombra, boca contra suspiro. Cada caricia era un recordatorio de lo que habían perdido y del precio que ambos pagaban.
El espejo reflejaba la escena: Amanda arqueada hacia atrás, y una sombra amorfa doblándose sobre ella, devorando sus gemidos y bebiendo las lágrimas de su arrepentimiento. El placer era denso, extraño, indescriptible, y cada uno de sus latidos tenía el eco de lo prohibido y lo irremediable.
—Lucien… —gimió Amanda, y por un instante, el mundo fue solo calor y frío, culpa y redención—. ¿Cómo puedo liberarte?
La respuesta le llegó envuelta en caricias: Solo enfrentando la noche en que me llamaste, solo recorriendo ese dolor sin miedo.
Y así, entre relámpagos y pasión, Amanda permitió que los recuerdos la invadieran de nuevo. Revivió la tormenta de hacía nueve años, la angustia, el temor, la decisión fatal de usar el espejo. En la vorágine de deseo y terror, lloró en brazos de su amante espectral, y su llanto arrastró las palabras que nunca dijo:
—Perdóname. No quería condenarte, solo no quería perderte…
El espejo vibró, una onda invisible sacudió la casa. El clímax, tanto del placer como del dolor y el arrepentimiento, llenó la habitación. Por un breve instante, Lucien fue completamente sólido: la abrazó, la besó con labios que quemaban y acariciaban a la vez, susurrando palabras de amor y consuelo. Entonces todo pareció a punto de romperse: Amanda separó los labios, y de su boca salió un gemido, mezcla de nombre y deurrimiento.
Las lágrimas se secaron en sus mejillas. Lucien, de frente a ella, la miró con amor infinito.
—Ya no debes sufrir, mi vida —dijo, con una ternura implacable—. El amor no es una prisión. Yo sigo aquí por elección. La culpa es tu verdadera cadena. Si me amas, déjala ir.
Amanda se sintió vacía y, por primera vez en años, ligera. Cuando la tormenta cesó y el alba empezó a deshojar la oscuridad, supo que debía despedirse. Acarició por última vez el espejo, que ahora le devolvía solamente su reflejo. Lucien ya no estaba; o tal vez, su sombra permanecía en la memoria y no en el cristal.
El día llegó con tibieza, como todas las primaveras. El eco de los susurros de Lucien se apagó, pero la paz, tan largamente negada, llenó por fin el corazón de Amanda. Caminó hacia el jardín, dejando atrás tanto el deseo como la culpa, y la promesa de un amor inmortal se transformó, silenciosamente, en una esperanza renovada.
Desde la ventana polvorienta del desván, el viejo espejo brilló un instante con luz propia, y luego se apagó para siempre.
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