Fragmento:
Alguien como Lila nunca debía mezclarse con alguien como él. Los Forrester siempre se enorgullecieron de su linaje, sus tradiciones, y su propia madre podía palidecer si oía siquiera hablar de amores prohibidos, mucho menos del tipo que solo existía en cuentos para asustar o consolar viudas solitarias. Sin embargo, era imposible ignorar el llamado que sentía; así que esa tarde, a pesar del frío y la promesa de tormenta, caminó hacia el claro.
Duración: 07:48
Los bosques en otoño huelen a leña y a riesgo, pensaba Lila mientras metía las manos congeladas en los bolsillos del abrigo. Del pueblo se elevaban columnas de humo azuladas y el aire, teñido de humedad, era espeso y eléctrico, como si toda la tierra susurrara secretos a punto de escapar. Carinay, la finca ancestral de su familia, se alzaba más adelante, empapada de historia y sombras, aunque hoy, lo que la atraía no era la heredad familiar, sino el rumor inquietante que rondaba el claro próximo: el fantasma que besaba a desconocidos.
Se suponía que las leyendas solo vivían durante las noches de tormenta, para asustar a los niños, pero desde su regreso al pueblo, las antiguas fábulas habían cobrado carne y hueso en la figura de un hombre—si es que podía llamársele así—que la observaba desde la arboleda cada vez que salía a caminar. Al principio pensó que era un ladrón, luego un leñador estrafalario. No fue hasta que lo vio desaparecer en un destello de luces violetas una madrugada, que empezó a dudar de su propia cordura.
Alguien como Lila nunca debía mezclarse con alguien como él. Los Forrester siempre se enorgullecieron de su linaje, sus tradiciones, y su propia madre podía palidecer si oía siquiera hablar de amores prohibidos, mucho menos del tipo que solo existía en cuentos para asustar o consolar viudas solitarias. Sin embargo, era imposible ignorar el llamado que sentía; así que esa tarde, a pesar del frío y la promesa de tormenta, caminó hacia el claro.
El susurro llegó antes que la figura: un murmullo grave, como si la tierra bebiera la lluvia y la devolviera en palabras. “No deberías estar aquí, Lila.”, advirtió la voz. Y él apareció. Alto, pálido bajo un abrigo antiguo, con ojos oscuros e inabarcables que la observaban con una intensidad que la hizo temblar. Se llamaba Marcus, aunque nadie en la aldea sabía ese nombre. Se lo había revelado en uno de sus encuentros clandestinos, tan intenso que parecía un acto sagrado.
“Te he estado esperando”, susurró ella, y sintió el rubor invadirle las mejillas.
“No puedes quererme, Lila. No soy…”, comenzó, pero ella lo interrumpió.
“No soy niña. Sé lo que ves cuando me miras. Siento lo que haces en el aire cuando acercas la mano. Siempre creí en ti.”
Él la miró entonces, como si decidir pudiera cambiar el rumbo de la luna. “Si tomo tus labios, si te dejo entrar, ya no habrá marcha atrás para ninguno de los dos.”
La lluvia comenzó a caer, delicada al principio, luego impetuosa, y la brisa levantó mechones rojizos del pelo de Lila.
El beso fue un último beso; ardor de despedida envuelto en la verdad del deseo apenas contenido. Los labios de Marcus eran fríos, y en ese contacto, Lila vio fulgores extraños, paisajes y recuerdos que no le pertenecían. El tiempo titubeó y el bosque pareció detenerse, suspendido en un secreto compartido. Ella no sabía cuánto duró. Un segundo. Una eternidad.
Después, Marcus se apartó, jadeando en silencio; lágrimas brillaban en su rostro, imposibles de encajar en la serenidad que siempre le rodeaba.
“Mi amor por ti me condena”, susurró él, “y podría condenarte también. Pertenezco al otro lado. No debería tocarte. Cada vez que te beso, el velo entre nuestros mundos se debilita… pero no puedo evitarlo. He esperado demasiado.”
Desde entonces los encuentros se repitieron, cautelosos, hambrientos, siempre a la sombra de lo prohibido. Por días, Lila vivió en el delirio de ese amor sobrenatural y secreto, hasta que la noticia de las sospechas de su madre la alcanzó, trayendo consigo el peso acerado de la desaprobación familiar.
Lady Forrester esperaba, rígida como una estatua, junto a la ventana del despacho. “¿Dónde has estado?”, preguntó, su tono tan afilado como el trueno. Lila sólo atinó a encogerse, como una niña otra vez, sintiendo el fantasma frío de los besos de Marcus aun adherido a su boca.
“Caminando”, murmuró Lila, sabiendo que el perfume a tierra mojada y a hojas humedecidas la traicionaba.
“¿Has estado con alguien?” El interrogante flotó, tan gélido como la niebla. “¿Con quién te ves todas las tardes, Lila?”
“Con nadie que debiera preocuparte”, respondió con voz ahogada.
Su madre la miró largo y tendido; los ojos, tan grises como la escarcha, se afilaron en incrédulos y tristes reproches. “No arruines el nombre de nuestra familia, Lila. Somos los últimos Forrester de Carinay. Hay cosas inadmisibles incluso para el amor.”
El miedo a la pérdida se mezcló con la furia, y Lila escapó de la mirada materna para refugiarse una vez más entre los árboles, donde Marcus esperaba, mortal y eterno.
Pero esa noche, la tormenta fue diferente. Las ramas azotaban el aire como si quisieran arrancar la luna del cielo. Marcus la esperaba en el claro, sumido en un aura violeta, más traslúcido que nunca.
“No puedo más”, confesó, y la soledad en su voz rompió el corazón de Lila. “Me buscan, quieren devolverme al otro lado. Pero todo mi ser te pertenece ya. Si cruzas conmigo, no volverás. Serás una sombra, una historia en la memoria de tu familia.”
Ella le tomó la cara entre sus manos, sintiendo el escalofrío recorrerla, y aún así, sabiendo que estaba viva sólo porque lo amaba.
“He sufrido la desaprobación de mi sangre toda mi vida, Marcus. Pero nunca tuve una razón para luchar hasta ahora. Si es el precio de nuestra última noche, entonces tomemos lo que queda.”
La pasión creció entre ellos, impaciente, consciente del tiempo robado. Se amaron sobre la hierba mojada, mientras el mundo se sumía en silencio. Cada caricia era un conjuro, cada beso una promesa imposible. Lila sintió cómo el cuerpo de Marcus oscilaba entre la solidez de la carne y la inconsistencia de la memoria; era como aferrarse a una música que se niega a morir cuando el alba llega.
Al separarse, sus cuerpos eran uno solo, unidos por el temblor del deseo y el pánico de la despedida.
“Me quedaré contigo hasta el fin”, juró Lila, aunque los campanarios a lo lejos comenzaban a marcar la medianoche y el otro lado ya susurraba el nombre de Marcus.
Pero el precio era inexorable. El aire se volvió denso, y una niebla sobrenatural intentó llevarse a Marcus. Los gritos de él dejaron a Lila arrodillada, suplicando a fuerzas que nunca entendió, que devolvieran a su amado. Lo sostuvo, como se sostiene el recuerdo de un sueño.
En su último beso, Marcus dejó un soplo de alma en sus labios, un beso que la quemaría toda la vida, incapaz de sanar por completo ni de permitirle olvidar.
Al regresar esa noche, los Forrester la encontraron cabizbaja, perdida en la contemplación de una arruga invisible sobre su boca. Lady Forrester nunca volvió a preguntarle nada, y la desaprobación se transformó en un silencio perpetuo, tan hondo que Lila se convenció de que nadie que no hubiera probado un beso del otro lado podría entender el verdadero dolor de amar para siempre a un fantasma.
Los años pasaron; Lila envejeció lo justo para mantenerse etérea, extrañamente hermosa, como si el tiempo sospechara que no debía tocarla demasiado. Quien la mirara de cerca advertía la sombra de una última despedida bajo sus pestañas. Cada otoño, el bosque devolvía breves destellos violetas en la penumbra, y algunos juraban que Lila paseaba con alguien invisible a su lado, sonriendo triste y dulcemente.
El apellido Forrester sobrevivió, pero la historia de Lila y Marcus se susurraba como advertencia: que hay besos que no curan, amores que desafían a la existencia, y familias que, por miedo, se privan del mayor de los corajes: dejar que el amor, aunque imposible, cumpla su ciclo entre este mundo y el otro.
Así, mientras la lluvia volvía cada año y las hojas cubrían el claro donde todo sucedió, el secreto de aquel último beso sobrevivía, eterno y a salvo, en el rincón más prohibido de los corazones que conocen la pérdida y el deseo.
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