Portada del relato Ecos entre Sombras
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Fragmento:


Ella no supo si fue el tono o la cercanía repentina, pero por un momento la atmósfera se volvió eléctrica.

Duración: 10:29

Ecos entre Sombras
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Texto de ajuste de pausa.

El aire de principios de otoño tejía extrañas danzas en los pasillos ancestrales del Thornwood Manor. Cada piedra, cada viga doblada por siglos murmuraba una historia distinta, todas ellas perfumadas por un misterio que se intensificaba cuando el sol se ocultaba tras las colinas carmesíes. Lady Eleanor Ashford, heredera contrariada y dueña de aquel legado espectral, se hallaba recluida en su habitación, contemplando a través de las cortinas translúcidas el aleteo de las hojas secas, absorta en una inquietud que no sabía nombrar.

No mucho después de la muerte de su madre, Eleanor se había sentido atrapada en una atmósfera viscosa, como si el propio aire le negara la paz. El personal de la casa murmuraba que la señora de la casa jamás había partido del todo, y que velaba con temor maternal por el destino de su única hija. Pero Eleanor, educada en Londres, se resistía a creer en susurros.

No obstante, algo cambió la noche en que Radcliffe Wren, el último y más misterioso invitado de su estancia, llegó con la tormenta. Era un hombre de palabras escasas y mirada oscura, y traía consigo un secreto aún mayor que su destierro voluntario de la ciudad. Había entre ellos una chispa inmediata, un reconocimiento animal que asustó a Eleanor tanto como la fascinó. Su voz arrastraba un eco irreprimible, un acento elegante teñido de tristeza.

En pocos días, Radcliffe ocupó el lugar central en las conversaciones del personal. Excepto para uno: Greta, la institutriz rubicunda, joven y de mirada ardiente, que desde la infancia de Eleanor había reclamado para sí un extraño poder sobre quienes la rodeaban. Greta lo observaba todo y, más pronto que tarde, Eleanor sentiría el gélido filo de su rivalidad, pues Greta se alimentaba de cada atención que el nuevo huésped dedicaba a la joven señora.

Pero la noche era larga, y Thornwood imitaba el mar: ocultaba sus monstruosidades en las profundidades.

***

Radcliffe se hacía notar especialmente con el crepúsculo, cuando las sombras alargadas recorrían los salones y el fuego del hogar luchaba contra el frío persistente. Aquella noche fue diferente. Eleanor lo encontró en la biblioteca, sus dedos largos paseando sobre las cubiertas de terciopelo de los volúmenes más antiguos. El relámpago que iluminó su perfil dejó suspendida en el aire una pregunta que Eleanor no supo cómo pronunciar.

—¿Lees para olvidar o para recordar? —preguntó, pretendiendo voz serena.

Radcliffe alzó la mirada, sus ojos gris tormenta.

—Ambas cosas —susurró, y el brillo de sus dientes blanqueó el instante—. ¿Y usted, Lady Ashford?

Eleanor avanzó, notando el latido acelerado en sus muñecas. El peso de su soledad, que de pronto se sentía tan liviano, la llevó a sentarse cerca de él.

—Me gustaría recordar. Algunas cosas. Y otras… dejar que se pierdan en la casa.

—¿Cree en fantasmas? —La pregunta de Radcliffe se deslizó con suavidad venenosa.

Eleanor sonrió, desafiante.

—No lo sé. Pero sí creo en las cosas que no podemos decir a plena luz.

La tensión se enroscó entre ambos, como una cuerda invisible. Radcliffe cerró el libro y lo dejó a un lado.

—¿Y si le susurrasen un secreto al oído, Lady Ashford? ¿Lo guardaría usted para siempre, o lo traicionaría en un grito?

Ella no supo si fue el tono o la cercanía repentina, pero por un momento la atmósfera se volvió eléctrica.

—Dependería de quién lo susurrara.

Fue en ese instante que la puerta se abrió, y Greta irrumpió en el salón, el vestido oscuro ciñéndosele a las caderas, los ojos de zorro clavados en la silueta de Eleanor y su huésped.

—Lady Eleanor, su té está listo —afirmó, con veneno disfrazado de cortesía. No era invitación, era sentencia.

Greta no se fue; más bien, se quedó apoyada cerca de la puerta, sus labios rojos en un mohín dividido, demasiado atenta al roce accidental de las manos de Eleanor y Radcliffe, al hilo invisible que los unía.

Radcliffe se levantó, y en medio segundo, Eleanor supo que él ya sabía que la estaban vigilando. Le ofreció el brazo de manera formal, sin tocarla realmente. Pero su mirada le prometió todo lo que la sociedad le negaba: el desborde silencioso de una pasión imposible.

***

La noche se desplegó desde allí en un crescendo de tensiones cada vez más afiladas. Los encuentros furtivos entre Eleanor y Radcliffe estaban regidos por un magnetismo oscuro, por el juego tácito del descubrimiento y la distancia. La rivalidad con Greta tejía su propia red: la institutriz parecía multiplicarse, reapareciendo en cada rincón, escuchando tras cada pared, apuntalando sus encantos con un nerviosismo que a veces rozaba la desesperación. Eleanor temía y deseaba a la vez ese enfrentamiento.

Una madrugada, después de una cena en la que Radcliffe no dejó de lanzarle miradas sugerentes entre las sombras, Eleanor se retiró a su aposento incapaz de soportar más la tirantez de su anhelo. La lluvia repiqueteaba suave contra los cristales. Encendió una vela, y durante un tiempo que pareció un hechizo sostuvo la llama contra el espejo, como si esperara que algo —o alguien— revelara su forma en el reflejo ondulante.

No supo cuánto tiempo había pasado cuando por fin oyó el leve crujido de la puerta. Un espectro de dudas la asaltó. Radcliffe apareció en el umbral, vestido con una bata de terciopelo azul oscuro, el pelo algo húmedo, los ojos más profundos aún bajo la luz temblorosa.

—¿Le incomoda la tormenta? —preguntó con voz baja.

Eleanor negó con la cabeza.

—Mucho menos que el silencio —susurró.

Sin más palabras, él se acercó. La habitación se encogió a su alrededor. Radcliffe la miró durante un largo minuto, y ella supo que si él la tocaba, sería un punto sin retorno; una rendición total. El latido de su sangre era el único sonido en el universo.

Radcliffe extendió la mano y, despacio, le retiró un mechón de pelo del rostro. El contacto fue leve, pero incendió toda la piel de la joven viuda.

—No tiene que temerme —murmuró Radcliffe, pero Eleanor no era tonta. Sabía de historias en las que el amante era peligroso precisamente porque escondía sus propias heridas.

Sin embargo, el deseo pudo más que cualquier miedo. Dejó caer la bata de lino que la protegía de la noche: no estaba desnuda, pero la transparencia de la ropa reveló más de lo que ocultó. No fue un grito, ni un desmayo victoriano. Eleanor dio un paso al frente y lo besó.

La respuesta de Radcliffe fue la de un hombre consumido por la sed de los exiliados. Sus labios, sus manos: todo él la exploró con una delicadeza voraz. Los cuerpos se encontraron en la penumbra, presos de esa lujuria callada que durante días se había estado gestando bajo el decoro. Radcliffe la tumbó en la cama antigua, entre las sábanas aún perfumadas por el jazmín del verano anterior, y Eleanor se dejó llevar. Ninguno de los dos pronunció palabra, pero en la elocuencia del tacto se dijeron todo lo que los límites de la razón no permiten.

En el clímax del deseo, Eleanor sintió, mezclada con el placer, la fría caricia de otra presencia. Una sombra pareció cruzar la estancia. La piel de Radcliffe se erizó, y algo en su abrazo se endureció, como si luchara contra un enemigo invisible. Eleanor jadeó no solo por la pasión, sino por el vértigo de saberse acechada por fuerzas ancestrales. Entre las ráfagas de placer, oyó un susurro: el nombre de Greta, pronunciado en la lengua de los desesperados.

***

La mañana encontró a Eleanor exhausta, con el cuerpo aún temblando por lo vivido y una duda cruel martilleándole el pecho. Greta apareció al alba, como si hubiera sabido de la trampa invisible tendida en la noche.

—¿Ha dormido bien, milady? —preguntó, con la sonrisa justo en los labios, demasiado tensa.

—Lo suficiente —murmuró Eleanor, incapaz de negarle la mirada.

Greta se acercó con una flor entre los dedos: una siempreviva, blanca como el temor.

—Las flores no mueren aquí —dijo en voz baja—. Son como los secretos.

Aquella tarde, Eleanor encontró a Radcliffe en el invernadero envuelto en un haz de luz polvorienta. Sus ojos tenían el brillo febril de los fantasmas. Sin preámbulo, él la tomó entre sus brazos.

—Debemos marcharnos, Eleanor. Esta casa… hay algo que no quiere que estemos juntos.

Ella se aferró a él, besándolo casi con rabia.

—¿Y Greta? ¿Qué eres para ella?

Radcliffe endureció el gesto.

—Greta no es quien parece. Ha estado aquí mucho antes de que tú o yo naciéramos. Es hija del invierno… y de la venganza.

Eleanor sintió que el mundo se desmoronaba bajo sus pies. La sospecha se volvió certeza: Greta no era simplemente una mujer celosa, sino una entidad atada a la casa, su vigía y su carcelera.

Esa noche, la luna llena rompió el velo de las nubes. Eleanor se encontró de pie frente al espejo de su madre, invocando el nombre secreto de Greta, mezclado con una plegaria desesperada.

La institutriz apareció a su espalda, reflejada como un espectro joven y antiguo al mismo tiempo.

—Crees que has ganado —le susurró al oído—, pero Radcliffe no pertenece a este mundo, ni tú a él. Si eliges el placer, perderás el alma de la casa.

Eleanor tembló, pero no retrocedió.

—Prefiero perder la casa a perder la posibilidad de ser amada verdaderamente.

Greta sonrió, pero la sonrisa era antinatural, eléctrica.

—Entonces prepárate para pagar el precio.

***

El desenlace se tejió entre la vigilia y el sueño esa misma noche. Eleanor se deslizó a la cama de Radcliffe, segura de que ningún poder podía interponerse en el deseo compartido. El amor físico, sombrío en su plenitud, reclamó cada gemido, cada roce, cada lágrima, hasta que, con el primer rayo de sol, el cuerpo de Radcliffe se hizo humo, acariciando el aire una última vez. Eleanor lo vio desaparecer, oyendo su promesa:

—Siempre regresaré a ti, mientras las sombras vivan en Thornwood.

Cuando la casa despertó, Greta fue sólo un suspiro en la brisa. Eleanor, en cambio, heredó no solo los bienes sino la maldición y el pacto: viviría entre los dos mundos, guardiana y amante, reina de un reino donde el amor y el deseo cruzan la frontera de lo imposible.

Y, aunque a veces la soledad la devoraba, nunca más volvió a temerle a los ecos entre sombras. Porque cada caricia no era solo carne, sino también memoria. Y cada noche, al sentir el roce de un ser invisible en su lecho, Eleanor sonreía sabiendo que nada, ni vivos ni muertos, pueden atarle las manos al verdadero deseo.

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