Portada del relato El susurro del ángel caído
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


Selene intentaba atribuir su insomnio al cambio, lejos del bullicio de la ciudad, el dolor aún fresco de un divorcio que la templó y la dejó, al mismo tiempo, rota. Pero las pesadillas no eran sueños comunes: un suspiro oscuro cruzaba su habitación, el reflejo de un hombre apuesto y adusto la contemplaba, medio oculto entre las sombras. Juraría que cuando abría los ojos, todavía escuchaba su nombre murmurándose en una lengua olvidada.

Duración: 08:22

El susurro del ángel caído
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

Había algo feroz y hermoso en la noche cuando las hojas temblaban bajo la caricia suave de un viento extraño, como si el bosque retuviera la respiración ante el paso de Selene. Cada noche, desde que se instaló en la antigua casona al borde de Ashwood, Selene sentía el peso de unos ojos que la vigilaban, la rozaban, la atraían. El rumor de las antiguas leyendas del pueblo la empujaba a quedarse tras las ventanas empañadas, escuchando los ecos de voces que nadie más oía. Decían que Ashwood estaba protegido, o condenado, por criaturas que no conocían piedad ni olvido.

Selene intentaba atribuir su insomnio al cambio, lejos del bullicio de la ciudad, el dolor aún fresco de un divorcio que la templó y la dejó, al mismo tiempo, rota. Pero las pesadillas no eran sueños comunes: un suspiro oscuro cruzaba su habitación, el reflejo de un hombre apuesto y adusto la contemplaba, medio oculto entre las sombras. Juraría que cuando abría los ojos, todavía escuchaba su nombre murmurándose en una lengua olvidada.

Aquel 15 de marzo la luna encendía el bosque en plata, errante y casi salvaje. Selene descendió al jardín, descalza sobre el césped húmedo, siguiendo la llamada de sentimiento inexplicable: una nostalgia que no podía ser suya, una promesa de algo suspendido más allá del miedo. En la penumbra, un frío denso la envolvió. Entonces lo vio.

Apoyado entre los olmos, un hombre. Su piel era pálida, casi luminosa bajo la luna. Ojos tan oscuros que absorbían la noche misma. Era alto, elegantemente vestido con ropas cuyo estilo no podía ubicar. Selene supo, sin saber cómo, que era él, aquel cuya presencia transitaba sus sueños y sus días.

—No debes haber salido sola —dijo el desconocido, su voz un susurro, dentro y fuera de su cabeza al mismo tiempo.

Buscó la lógica, la razón. “Puedes irte”, quiso gritar, pero la palabra se disolvió en la noche. Él dio un paso adelante; la brisa se tornó un redoble en sus oídos.

—Sé quién eres —le confesó. —Llevo noches aguardando el valor de presentarme.

—¿Valor? —preguntó Selene, el desconcierto destellando entre sus costillas— ¿Quién eres tú?

Él, por un momento, pareció debatirse entre una respuesta fácil y otra pesada como siglos.

—Me llamo Caelan. Soy... algo así como un guardián.

Selene rió, nerviosa, pero la risa no brotó. Una descarga eléctrica recorrió la distancia que los separaba, como si la noche, los árboles y el rocío conspiraran para acercarlos.

—¿Guardián de qué? —musitó.

—De ti —fue su respuesta, tan rotunda que la dejó perpleja.

Él no se movió, pero con un gesto, la luna cambió encima de ellos; las sombras bailaron en círculo y, de pronto, el aire estaba impregnado de un aroma a inciensos y promesas rotas. Caelan acercó una mano, apenas rozando su mejilla. Su toque era fuego y caricia, delirio y memoria.

—No sé si quiero estar protegida por alguien como tú —replicó Selene, temiendo creer siquiera en lo obvio. —No te conozco.

—No necesitas conocerme, Selene. Me has sentido desde el primer momento aquí. Esta tierra… esta casa… han sido testigos de nuestro lazo.

Ella se apartó, buscando un escape imposible. El jardín se cerró a su alrededor. El misterio en su voz sugería secretos oscuros y, sin embargo, la ternura en sus ojos la desarmaba.

—Las mujeres McAllister siempre han sido perseguidas por sombras —explicó Caelan, la voz reverente—, pero tú me elegiste cuando tu tristeza tocó este suelo. Yo existo entre mundos para proteger tu vida… aunque a veces proteja también tu soledad.

Selene, contra todo impulso, notó cómo parte del frío se derretía dentro de su pecho. ¿Podía un ser así, mitad humano, mitad mito, comprender su dolor mejor que cualquier amante pasada?

—¿Por qué yo? —susurró, la pregunta llenando el aire entre ellos.

Caelan se acercó. Ella sintió la gravedad de su cuerpo, la tentación de su piel. Él parecía debatirse entre el deber y el deseo: la luna en sus ojos, en su aliento, en la caoba de sus cabellos. El deseo ardía, imposible de ignorar.

—Porque en otra vida me curaste, Selene —dijo con voz trémula—. Y en cada vida desde entonces, si puedo, vengo a devolverte la paz. Pero… hay más.

De pronto, la noche se llenó de susurros, como si la historia temiera ser contada. Caelan la miró con el dolor de siglos clavado en el ceño.

—En cada generación, una McAllister muere cuando el bosque reclama lo suyo. Yo impido que la oscuridad se alimente. Pero me está prohibido… amarte. Si lo hago así, de carne y deseo, la maldición despierta.

Selene sintió el vértigo de comprender: lo que la llamaba cada noche, el anhelo, el peligro inminente…, todo era parte de un ciclo inquebrantable. Pero ella no era de las que huían. Se encontró tocando la muñeca de Caelan, sus dedos resbalando como seda sobre mármol tibio.

—¿Y si yo te amo, Caelan? —sus palabras fueron ruegos, dagas, promesas— ¿El ciclo cambiará?

Él cerró los ojos, conteniendo la tormenta. El deseo creció, burbujeante, entre ellos.

—Lo intentamos año tras año —confesó él, la voz rota—. Solo una vez, si una McAllister y su guardián se unen más allá del temor… la maldición podría romperse. Pero toda la oscuridad del bosque caerá sobre ti si fallamos.

Selene no podía ignorar el hambre primigenio en su interior, una necesidad antigua como las raíces del bosque. Se acercó, las respiraciones al compás. Rozó su pecho, descubriendo que Caelan latía rápido, tenso. Su cuerpo era carne, no sombra; sus labios, deseo, no leyenda. Se miraron, y sin más aviso, Selene alzó el rostro y dejó que la bruma de sus bocas se uniera en un beso.

El primer contacto fue un estremecimiento sagrado, dolor y gozo mezclados. Caelan la sostuvo, temblando. Bajo la luna, el jardín vibró, y un círculo de flores murió y floreció de nuevo a su paso.

Su beso era hambre, absolución, promesa. La lengua de él reclamó la suya, la sujetó por la cintura, y juntos se dejaron arrastrar hasta la hierba perlada de rocío. La noche se llenó de jadeos, de promesas ancestrales que renacían. Selene no había sentido nada igual: el amor, el miedo, el éxtasis la cruzaron como relámpagos.

—No tienes idea de cuánto lo deseé, año tras año —murmuró Caelan, los labios afiebrados contra el cuello de ella, sus manos temblando al descubrir cada secreto de su piel.

—Hazme tuya, aunque sea mi condena —pidió Selene, y el universo pareció crujir con su ruego.

Caelan la amó con una ternura salvaje, como si la estuviera aprendiendo de nuevo, mientras la luna descendía, bañándolos de perla y peligro. Supieron, en medio del placer, que la oscuridad acechaba, pero que la pasión era el único conjuro capaz de desafiar el destino.

El mundo, la maldición, todo desapareció hasta que el sol asomó tímido, trayendo la luz y la esperanza. Exhaustos, enredados, temblorosos por el amor y la magia, Caelan y Selene supieron que ese era el principio y el posible final de su historia.

Él se levantó primero, los trazos de su piel comenzaban a desvanecerse. Las sombras gimieron entre los troncos. Si no se separaban ahora, la oscuridad tomaría a Selene.

—Debo marcharme antes de que sea tarde. El alba es la frontera —advirtió Caelan, su voz una herida abierta— Pero regresaré, cada noche, hasta que sepas si quieres luchar contra esto, o rendirte. Elige, Selene. Este amor cobra un precio.

Ella lo miró, el alma desgarrada de deseo y coraje. ¿Podía enfrentarse a la maldición, a la soledad de siglos, solo por una noche de pasión? No era una decisión sencilla, pero el roce de Caelan quedó grabado en su piel, dictando lo inevitable.

—Ven mañana. Ven todas las noches —dijo, eligiendo el amor, la condena y la vida en la misma sentencia.

La nueva oscuridad del crepúsculo selló el pacto. A partir de entonces, Selene se supo marcada, dueña de un secreto ardiente, lista para pelear, para ceder, para amarse y perderse en el guardián de las sombras.

La promesa de la luna oscura era, al fin, suya —y con ella, la posibilidad violenta y dulce del destino.

Copyrights © 2025 Complicidad.es. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.