Portada del relato La Amante del Espejo
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Fragmento:


—Tengo un encargo para usted —dijo—. Uno que no debe mencionar jamás.

Duración: 09:46

La Amante del Espejo
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Texto de ajuste de pausa.

París, noviembre de 1836. La ciudad, hundida en la niebla, parecía suspirar nombres que nadie ya recordaba. Los faroles raquíticos, iluminando apenas las aceras mojadas, bailaban sombras sobre las paredes desconchadas. Y era en Montmartre, tras los aullidos de la tormenta, donde todo aquello comenzó: con un relámpago y el crepitar de un viejo reloj en el taller olvidado de Madame Virelay.

Aquel taller era la última reliquia de una época perdida. Conservaba en sus entrañas los secretos de un París casi irreal, poblado de ecos y promesas incumplidas. Era un refugio para almas extraviadas, donde los objetos antiguos, de porcelana cuarteada y metales ennegrecidos, parecían alimentar las leyendas. Ahí, entre óleos y telas cubiertas de polvo, la vi por primera vez.

Yo era Anatole Voronin, un ruso exiliado, y apenas encontraba sentido al vaivén de mis días. Todo cuanto poseía cabía en una maleta raída y en los bolsillos del abrigo. Mi búsqueda era simple: pretendía sobrevivir inventariando herencias, catalogando lo ajeno con precisión de notario. Pero, en aquella noche de relámpagos, la sombra de un encargo inesperado me condujo al taller de Madame Virelay.

Los relojes marcaban la medianoche cuando se cerró la puerta tras de mí. El aire olía a cera derretida y a un perfume indefinido, como jazmín mezclado con algo más oscuro e intenso. Al principio pensé que el sonido del tictac era una fantasía de mi febril melancolía, pero todo se desdibujó cuando la contemplé.

Madame Virelay, admirada entre coleccionistas por su intrepidez en rescatar piezas imposibles, era tan joven que su reputación parecía contradecir su edad. Sus cabellos caían como hilos de obsidiana sobre sus hombros; los ojos, de un gris indescriptible, destellaban bajo la llama oscilante de una vela. Vestía de negro, pero el corsé marcaba una silueta imposible de obviar ni para el más casto de los hombres. Me recibió con un gesto ambiguo, entre el desdén y la burla.

—Señor Voronin —dijo, su voz era un susurro afilado—, he oído que conoce bien los legados difíciles.

No supe entonces si se refería a los muertos o a los objetos malditos que tanto obsesionaban a los parisinos.

—Madame, todo legado difícil es, en realidad, una puerta entreabierta. Detrás de ella hay más de lo que estamos dispuestos a descubrir.

Ella no respondió. Me ofreció una copa de vino oscuro. Bebí, sintiendo su mirada clavada en mí. Durante un instante, el reflejo de sus pupilas pareció tornarse de plata y el perfume me rodeó como una niebla más densa que la que languidecía afuera.

—Tengo un encargo para usted —dijo—. Uno que no debe mencionar jamás.

Entonces, lo vi. Al fondo del taller, sobre una pequeña mesa cubierta por un tapiz carmesí, descansaba un espejo antiguo. Su marco dorado, cubierto de intrincadas figuras que recordaban huesos humanos, contenía un azogue empañado y pálido. No reflejaba mi imagen, sino una habitación desconocida, saturada de luz lunar y de sombras que danzaban en la superficie con vida propia. El corazón me dio un vuelco.

—Debe llevarlo esta noche al cementerio de Montmartre. Allí sabrá dónde dejarlo. No mire dentro del espejo mientras camina.

No me permití preguntar nada. Recogí el espejo, sintiendo un frío punzante en los dedos y, sin despedirme, salí nuevamente a la tormenta.

La noche se había tornado aún más opaca. Caminé siguiendo la línea de los faroles, el espejo envuelto en una manta, pero el frío traspasaba las capas. A medida que me adentraba entre los panteones, la niebla se espesaba, y el pulso de mi sangre martillaba en mis sienes. De pronto, sentí su presencia.

Detrás de mí, apenas audible, el roce de unos pasos femeninos. Giré, pero sólo la niebla danzaba. Continué andando, pero pronto comprendí que la silueta de Madame Virelay había comenzado a insinuarse en cada gota de humedad, en cada sombra. Tal era su poder sobre mi pensamiento que ya no podía distinguir entre mi recuerdo y la realidad helada.

Llegué a la tumba de un tal Lucien Arnauld. Sobre la losa, encontré una inscripción casi borrada: “Lo que es tuyo, vuelve a ti.” De pronto sentí el peso del espejo pulsando en mis manos, como si latiera con vida propia. Sin pensarlo, lo posé sobre la tumba.

Fue entonces cuando lo vi de verdad. Su reflejo ya no era una habitación, sino dos figuras entrelazadas: una era ella, sin duda, y la otra yo. Nos amábamos con una pasión secreta, más allá de las leyes humanas. Me estremecí, presa de una febril turbia excitación y angustia; ese amor imposible, ese destino irrevocable.

El dibujo de nuestros cuerpos palpitaba en la superficie como si el azogue ardiera. Me sentí súbitamente descarnado, expuesto, como si mi alma misma me hubieran arrancado para depositarla en aquel objeto maldito. Y a pesar del terror, lo único que deseé fue tocarla, besarla, fundirme en su reflejo más allá de la muerte.

Algo se desató en la noche: un viento helado barrió la niebla y, de pronto, ella estuvo allí, de carne y hueso. Madame Virelay, pero envuelta en un resplandor imposible. Sus labios, rojos como la sangre fresca, se curvaron en una sonrisa perversa.

—Esta es la verdad de mi linaje, Anatole. Yo soy lo que el París oscuro engendra, lo que los espejos roban. Puedo darte lo que tu realidad te niega, pero debes pagar el precio.

No tuve palabras. La belleza mortal y helada de Madame Virelay era la de una diosa perversa, un ángel caído en busca de compañía eterna. Sentí sus manos frías en mi rostro; su perfume era ahora más embriagador y peligroso que nunca. Me besó. Su lengua descubrió la mía, su cuerpo, aunque gélido y vaporoso, parecía modelarse perfectamente al mío. Nunca antes una mujer me había poseído de tal forma: casi caí de rodillas, dominado por una mezcla de éxtasis y dolor.

El tacto de su piel quemaba con un hielo que me corroía los sentidos, y su voz era apenas un murmullo junto a mi oído:

—Dentro del espejo se ocultan todos los amores imposibles. Si cruzas conmigo esta frontera, ya no volverás jamás.

La excitación, mezclada con la certeza de la condena, me hizo caer en su abrazo de sombra. Nos amamos allí, bajo la lluvia, el grito ahogado del deseo perdido resonando entre los ángeles de piedra. Mi piel temblaba bajo la suya, y mi espíritu se deshacía gota a gota en esa comunión infernal.

Nunca sabré cuánto tiempo duró nuestra unión; fue algo más allá de la carne, como una danza de almas ebrias, un diálogo mudo entre lo olvidado y lo prohibido. Su sabor era el de la adormidera y el lamento, y cada embestida suya era una promesa de eternidad. Cuando al fin me desplomé entre sus brazos, comprendí que ya no sentía el frío de la bruma; sólo el calor perverso de su magia.

Pero el amanecer tiene siempre la crueldad de lo inevitable. Me desperté solo, el espejo intacto sobre la tumba. Corrí la mano sobre la superficie: los reflejos ya no mostraban nada, salvo mi mirada perdida. Sentí el regreso del vacío: algo de mí había quedado preso para siempre en aquel azogue maldito.

Volví al taller de Madame Virelay. Me recibió con la misma sonrisa enigmática. Ahora advertía en su rostro un nuevo fulgor, como si llevara dentro una partícula de mi alma.

—¿Estuvo a la altura del encargo, Anatole Voronin?

No pude responder. Sólo pude entregar el espejo, con una mezcla de alivio y nostalgia. Ella lo guardó con delicadeza, sus dedos rozando los míos en un último vestigio de electricidad oscura.

—Nuestra historia ya está escrita en ese objeto. Si deseas verme otra vez, ya sabes dónde buscarme.

Salí de allí renqueante, perturbado y exultante en partes iguales. Cada paso me alejaba del taller y del fulgor oscuro de su presencia, pero sentí que algo, una corriente invisible, me ataba para siempre a ella.

Las noches siguientes, mi existencia se tornó un vaivén entre el deseo irrefrenable y el temor a perderme en esa pasión condenada. A veces, en el reflejo de los cristales, en el iris de los charcos nocturnos, veía la sombra de su figura esperándome. Otras veces, sentía en mi cama el peso invisible de su cuerpo y el roce de su aliento en mi cuello.

Recogí mis pertenencias y busqué marcharme de París, pero la ciudad misma parecía negarse a dejarme ir. Los pasajes se evaporaban; las cartas, escritas a mis parientes en Moscú, regresaban siempre sin abrirse. Finalmente, entendí la naturaleza de mi prisión: yo era ahora parte del secreto de Madame Virelay, un eco más en la larga cadena de amantes atrapados entre el deseo y la muerte.

Un mes después, incapaz de resistir más la soledad quemante, regresé al taller. Toqué la puerta con dedos temblorosos. París seguía cubierto de niebla; la tormenta, ahora interna, jamás amainaba.

Madame Virelay me abrió, envuelta en una bata de terciopelo negro, el cabello cayendo libre y sus ojos, grises, centelleando en la penumbra. Sin palabras, me condujo ante el espejo. Me miré, y de nuevo lo vi: dos amantes condenados a amarse sólo en el reflejo y en la noche.

Ella se inclinó, su boca rozando la mía, esta vez dulce y amarga como un adiós imposible.

—Si cruzas conmigo… —susurró— esta vez no habrá retorno.

Abracé el espejo y, de la mano de mi amante, crucé el umbral. Mi antiguo yo, hastiado y errante, quedó del otro lado. En la eternidad de los espejos, en la pasión que es condena y fuego a la vez, comprendí que el romance más oscuro es aquel que no distingue entre la muerte ni el deseo. Y desde entonces, cada vez que cae la niebla sobre Montmartre, pueden encontrarnos: dos sombras enlazadas para siempre, celebrando la única pasión que vale la pena morir —o revivir— por ella.

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