Portada del relato Bajo la luz ámbar de nuestro adiós
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Fragmento:


Nora y Marcos llevaban meses danzando en la orilla de ese abismo. El amor, tan feroz entre ellos, se había empeñado en arder hasta carbonizar las mejores partes de ambos. No fue una traición, ni los celos, ni siquiera las pequeñas muertes de la rutina. Solo dos almas que arrastraban cicatrices demasiado profundas, heridas abiertas que ni el deseo ni las horas juntos podían terminar de cerrar.

Duración: 07:08

Bajo la luz ámbar de nuestro adiós
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Texto de ajuste de pausa.

En el salón apenas iluminado por la lámpara de mesa, Nora demoraba sus dedos sobre el cuello de una botella de vino abierta hacía demasiado. El día había traído consigo la llovizna persistente que pegaba las hojas de los castaños a las baldosas del patio. Afuera el mundo se mantenía gris, encerrado en el suspiro de una tarde inusualmente silenciosa para el apartamento.

Dentro, la escena era casi un ritual ya conocido. Los libros apilados en la repisa, la manta desordenada sobre el sofá. El olor a sándalo quemado en una varilla olvidada de incienso. Y, frente a ella, Marcos, observando con fijación el vaso entre las manos, como si la superficie del tinto pudiera contener las respuestas para otra despedida.

Nora y Marcos llevaban meses danzando en la orilla de ese abismo. El amor, tan feroz entre ellos, se había empeñado en arder hasta carbonizar las mejores partes de ambos. No fue una traición, ni los celos, ni siquiera las pequeñas muertes de la rutina. Solo dos almas que arrastraban cicatrices demasiado profundas, heridas abiertas que ni el deseo ni las horas juntos podían terminar de cerrar.

—Vamos a follar una última vez, —susurró ella, con una sonrisa torcida, medio amarga, medio incendiaria—. Te lo debo.

Marcos dejó escapar una carcajada breve, ronca, esa que siempre precedía al terremoto. Sin decir más, la observó desatarse la blusa, abriéndose como una flor cansada, revelando la curva delicada de sus hombros. Nora no era pudorosa, no con él, nunca lo había sido. Lo miró como se mira a alguien a quien has amado tanto que ya no cabe un gramo más de pasión ni de pena.

El deseo entre ellos nunca fue problema. Era, de hecho, la parte más sencilla de su historia. La piel siguiendo rutas ya conocidas, los dedos de Marcos explorando el hueco en la base de la espalda de ella, donde solía esconder palabras que nunca llegaron a decirse. Él la tomó entre los brazos y la llevó hasta el dormitorio, rodeada del calor húmedo de esa lluvia constante.

El sexo fue urgente, teñido por la inminencia del final. Nora supo que ninguno de los dos estaba dispuesto a guardar energías para después. Se besaron con la rabia de lo irrecuperable, los cuerpos excitados por el peligro inminente del olvido. Las manos de Marcos eran brújulas que no buscaban norte, solo marcar el mapa de ella una última vez, sin ahorrar detalles. Comenzó a desatarle el sujetador, los labios de Nora siguiendo la línea de la mandíbula de él, mordiendo despacio.

Cuando la tuvo completamente desnuda, se arrodilló a sus pies, besándola por la cara interna de los muslos, hasta perderse en el sabor húmedo y familiar de su centro. Nora arqueó la espalda, permitiendo que el estómago se le encogiera de placer, una mezcla de éxtasis y una pena tan honda que la dejó sin palabras. Le temblaban los muslos mientras él la lame. Sus gemidos eran breves, contenidos, como si supiera que perder el control sería reconocer que aún necesitaba quedarse.

Pero ya estaba decidido. Ambos lo sabían. Esta no era una reconciliación, ni una pausa antes del reencuentro. Era la última vez, y ambos elegían convertir el dolor en deseo, el vértigo del desgarro en la gloria intensa del orgasmo.

Marcos se alzó, besándola los pechos, pellizcando los pezones con el punto exacto entre dolor y placer que arrancó de Nora otro gemido ronco, casi un sollozo. Él la miró a los ojos, sus propias pupilas dilatadas, un par de lágrimas deslizando el rabillo de uno de sus ojos, pero negándose a borrar la sonrisa.

Se adentró en ella despacio, con una ternura que dolía. Empujaba con la cadencia de quien ya no tiene miedo de decir la verdad, de quien quiere quedarse con el sabor exacto de cada curva, la temperatura precisa del aliento del otro. Sus cuerpos se acoplaron con esa facilidad que solo conceden los años y el amor bien aprendido, a pesar de estar por terminar. Por un instante, Nora pensó que podían detener el tiempo si se mantenían así: unidos, sudorosos, envueltos por el ritmo primitivo de toda despedida.

—No cambies nunca, —le susurró Marcos, bajando la cabeza hasta su cuello, besándola allí donde el corazón galopaba desesperado—. No dejes nunca de hacerme esto, aunque sea solo en mis recuerdos.

Ella respondió enredando las piernas en sus caderas, apresándolo, atrayéndolo más hondo dentro de sí. El clímax llegó poco después, intenso, gemidos ahogados en la curva del cuello, los dos temblando, exhaustos, jadeando juntos. Cuando terminó, se dejaron caer, uno al lado del otro, en silencio.

El silencio, de repente, pesaba como el plomo. Nora apoyó la cabeza en el pecho de Marcos, escuchando aún el retumbar apresurado de su corazón. Cerró los ojos, sabiendo ya que lo más difícil no era la pérdida, sino la certeza de todo lo vivido.

—No quiero que me odies, —dijo, suavemente.

Marcos besó su sien.

—No te odio. Solo que te voy a echar de menos toda mi vida, aunque no vuelva a decir tu nombre en voz alta.

La penumbra avanzó mientras la luz de la tarde moría tras la tormenta. Marcos se incorporó primero, recogiendo la ropa sin prisa, como si vistiéndose pudiera aplazar el instante helado del adiós. Nora tardó en sentarse al borde de la cama, mirando la piel marcada por los dedos de él, los muslos aún húmedos y enrojecidos por la pasión.

El silencio ahora era definitivo. No hacía falta discutir más, ni rescatar viejos reproches. Habían compartido algo tan intenso que, por pura lógica, debía terminar así: en un estallido de deseo y tristeza a partes iguales. Marcos la miró una vez más, memorizó cada peca en los hombros, la curva obstinada de su mandíbula, la ternura ruda de sus pupilas.

—Gracias por no irte antes, —le dijo, casi en un susurro.

Nora solo asintió, recogiendo su propia ropa, cubriéndose con la bata. Bajó sola al salón, enredada en la fragancia insistente del sándalo. La botella de vino seguía en la mesa, con dos dedos de líquido oscuro aún esperando. Se sirvió el último trago y, mientras bebía despacio, oyó los pasos de Marcos saliendo al pasillo, recogiendo las llaves.

No se miraron otra vez.

La puerta se cerró con el clik definitivo de lo irremediable. Afuera, la lluvia arreciaba, difuminando la silueta de un hombre que se alejaba con el abrigo oscuro contra el pecho, ya parte de otra historia.

Nora no lloró. No ya. El dolor era concreto, real, pero también hermoso. Habían amado con una intensidad feroz y no se lo debían todo. De algún modo, el sexo, el último encuentro, era la confirmación de que el deseo también podía ser digno, incluso mientras se desvanecía.

Apagó la luz del salón y se sentó junto a la ventana, el vino ardiendo en la garganta. Afuera la ciudad olía a tierra mojada y neón. Un capitulo terminaba. Pero dentro, entre susurros y cenizas, permanecía caliente aún el fuego de todo lo que habían sido.

Quizá algún día, pensó, al recorrer la cicatriz en la base de su espalda, recordaría aquel final sin ira, solo con el temblor de todo lo que duele y vale la pena vivir.

Quizá, después de todo, la última vez era también la única forma honesta de no olvidarse nunca.

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