Fragmento:
No podía saberlo, y sin embargo, asentí. Sentí el roce de su aliento en mi mejilla y cerré los ojos, anticipando un beso que no llegó. En vez de eso, hubo un suspiro, apenas un temblor en la bruma, y mis labios tocaron la nada.
Duración: 09:46
No sé exactamente qué me retuvo aquella tarde en el parque, cuando la niebla resbalaba entre los arbustos y las sombras comenzaban a alargarse. Siempre he confiado en mi instinto, y sin embargo, esa tarde lo ignoré por completo. En el aire flotaba una fragancia de lilas y tierra húmeda, insinuando la llegada de una tormenta que nunca se decidiría a romper. La familiaridad del sendero me resultaba extrañamente nueva, como si caminara sobre un sueño del que aún no había despertado.
Me llamo Alaric, y he amado una sola vez. Dicen que los espectros se alimentan de recuerdos y devuelven a la vida sólo aquello que no pudo reposar en paz. No he contado esta historia jamás, ni siquiera a mis más allegados. Pero en las noches húmedas, cuando la bruma sube desde el río y azota contra la ventana de este apartamento, siento el roce de unos dedos helados en mi nuca y sé que nada de lo que viví fue un espejismo.
Fue entre las últimas rosas del verano donde la vi por primera vez. Caminaba entre la niebla como si no tocara el suelo, sus pies parecían deslizarse sobre la hierba, y el vestido marrón que llevaba relucía con las gotas de rocío prendidas al dobladillo. No había ningún gesto deliberado en su andar, pero su presencia me golpeó como un compás que marca el principio de una sinfonía. Cuando nuestros ojos se encontraron, tuve la extraña certeza de conocerla de otra vida, o quizá de otro sueño. Su cabello era de un negro profundo, casi azul bajo la pálida luz del atardecer. Extendió la mano, como si me invitara a acercarme, y sentí una corriente subterránea recorriendo mi espina dorsal.
No dije mi nombre ni le pregunté el suyo; parecía innecesario. Caminamos juntos entre los setos silvestres, en silencio. La ciudad, a distancia, era una silueta difusa; allí, en el extraño remanso del parque, sólo persistían nuestros pasos y el murmullo distorsionado de la fuente cubierta de hiedra. Cuando por fin nos detuvimos ante un sauce envejecido, ella habló, y su voz era el eco claro de una melodía de infancia, inasible y sin embargo precisa.
—¿Sabes por qué has venido, Alaric?
No podía saberlo, y sin embargo, asentí. Sentí el roce de su aliento en mi mejilla y cerré los ojos, anticipando un beso que no llegó. En vez de eso, hubo un suspiro, apenas un temblor en la bruma, y mis labios tocaron la nada.
Volví noche tras noche, como un animal domado por el anhelo. Si llovía, si el frío muerdía las piedras, permanecía esperando, convencido de que escucharía el rumor de sus pies en la gravilla. Ella parecía obedecer a reglas propias, apareciendo y desvaneciéndose de repente, como un espejismo asentado sobre los huesos del crepúsculo.
Aprendí a distinguir los gestos con que evocaba sus recuerdos: una sonrisa rápida, un giro de muñeca, el modo en que sus dedos se entrelazaban en mi palma, tibios a veces, otras tan helados como el mármol antiguo. No pregunté nunca de dónde venía ni por qué siempre estaba el mismo vestido húmedo y la misma fragancia de lilas a su alrededor. Supuse al principio que era una obsesión, el resultado de demasiados insomnios y libros leídos bajo la lámpara trémula de mi estudio. Pero el tacto de su boca, cada vez más cercano a la mía, más insistente y real, disipó cualquier mediocridad en mis temores.
Una noche de luna nueva se atrevió a preguntarme si le temía. Sonreí, fingiendo engañar la ansiedad que, en verdad, me oprimía el pecho. El parque estaba vacío, las sombras parecían multiplicarse y su figura era más nítida que nunca, como iluminada desde adentro por una luz invisible.
—Tienes miedo porque sabes lo que soy, —susurró.
No respondí. Puede que el deseo tenga su propia lógica, una lógica que escapa a la razón. Aunque todo en ella resultaba innegablemente humano, su perfume, su calor fugaz, susurros e inflexiones secretas, notaba siempre una frontera, una delgada línea de escarcha entre la vida y la muerte. Sin embargo, al mirarla, no importaba cuán insoportable resultaba el enigma: la deseaba con una urgencia animal.
—¿Quieres conocer mi secreto? —dijo ella.
Asentí. El parque parecía repentinamente más frío. Una ráfaga barrió hojas secas y su vestido palpó el aire, extendiéndose a mi alrededor como el ala de una nube. Con un gesto me guió hacia la fuente cubierta de hiedra; en la superficie opaca del agua, nuestras dos siluetas danzaban como reflejos distorsionados.
Entonces ella se inclinó y sus labios sangraron sobre los míos una tristeza honda, una pena casi insoportable, y supe sin palabras que allí mismo, hacía más de cien años, algo —o alguien— había renunciado a vivir. Sentí en mi pecho una punzada helada, la separación súbita de todo lo familiar, como si estuviera pendiendo de un hilo entre dos realidades.
Supe su nombre en ese instante: Helena.
Helena me mostró en retazos sus memorias. La danza en el pabellón, los jardines iluminados por faroles, la promesa de un amor jamás consumado. Vi al joven oficial de caballería, el lazo de seda negra, el arma que resbaló en una mano temblorosa y la sangre que oscureció la grava. Helena quedó allí, atrapada entre las raíces del sauce y el rumor de esa fuente. Era prisionera de fragmentos, de lazo incompleto, del eco de un “te amaré” ahogado en el silencio. Vi todo como se ve en un mal sueño y de pronto, al abrir los ojos, ella estaba a mi lado, tangible, su carne como la mía, sudando y temblando en mi abrazo.
Fue con el cuerpo que la amé esa noche, desesperado, hambriento de toda presencia. Su piel era fresca como el agua, pero ardía al contacto. Mi deseo fue el suyo, su nostalgia, mi herida. No hubo palabras; porque ¿qué lenguaje soportaría el peso del pasado? Sus manos exploraron mi pecho, mi espalda, mis labios, y sus gemidos eran tan reales que el mundo entero crujió bajo la presión de nuestro encuentro. Quise ahogarme en su diminuta eternidad, perderme allí donde se pierden las almas que aún buscan un refugio.
El orgasmo fue violento y puro, y, sobre el fondo del clímax, escuché llantos de niños y risas ahogadas, relinchos de caballos, campanadas y, aún más agudo, el eco de mi propio nombre susurrado en todos los tiempos posibles. Helena lloró y reímos juntos, atados por un instante a la mentira de que el amor puede redimir incluso a los muertos.
Pero el alba llegó y con ella la división inevitable. Me desperté solo, la humedad en el pecho y el olor de lilas adherido a los dedos. Volví una y otra vez, durante semanas, durante meses. Cada noche, nuestro acto era una súplica, una plegaria consumada y jamás satisfecha. Helena parecía volverse más real con cada encuentro y, al mismo tiempo, más diáfana, como si el exceso de placer diluyera la frontera de su prisión. Yo mismo noté el cambio en mis sentidos: la comida comenzó a perder sabor, los rostros en la ciudad me eran extraños, y el color del sol se convirtió en el gris de la niebla perpetua.
Una tarde, bajo la lluvia, rogué saber la verdad: ¿era yo quien le permitía anclarse al mundo de los vivos? ¿O acaso cada beso no hacía sino arrastrarme, poco a poco, al lado de los muertos? Helena sonrió con infinita dulzura y me besó en la frente, su lengua fría como el mármol, y en ese beso sentí que ambas líneas se fundían, que ella y yo éramos reflejos invertidos de un mismo deseo.
Entendí que había un precio. Aquello no era un regalo ni una casualidad. Era un pacto, una especie de redención a cambio de otra condena. El parque se convirtió en mi prisión, y después de cada noche de amor cometí el error de regresar al mundo, sólo para descubrirlo más opaco, menos resistente a la irrealidad. Los días comenzaron a desdibujarse; los amigos dejaron de llamarme, el trabajo fue una fachada vacía, y hasta el aire de mi apartamento olía cada vez más a humedad y lilas.
Durante la última noche, al llegar al sauce, Helena me recibió con lágrimas que se deslizaban por sus mejillas incorpóreas como perlas líquidas.
—Esta es la última vez, Alaric. A partir de hoy uno de los dos permanecerá en el exilio.
Comprendí, como lo hace el animal ante la trampa. Nos amamos con desesperación, conscientes de que cada caricia, cada apretón, era una despedida eterna. El placer fue feroz, y la tristeza también. Cuando me rendí bajo el temblor de su carne, supe que el mundo que había conocido hasta entonces desaparecería. La niebla fue más espesa y el parque mismo retoñó en colores imposibles, violetas y azules, perfumes antiguos, murmullos de besos ajenos.
Cuando abrí los ojos, una claridad casi intolerable me hería los párpados. El sol brillaba, la ciudad palpitaba y el parque estaba vacío salvo por el sauce, ahora ya joven, y una única rosa florecida junto a la fuente. No sentí frío ni extrañeza, sólo una paz que al principio confundí con resignación. Caminé entre los setos. Nadie me veía. Nadie respondía mis llamados.
Comprendí entonces que la frontera se había invertido: era yo quien ahora transitaba el reflejo, y Helena, quizá, despertaba al sabor del café y la tibieza de las sábanas, en algún lugar más allá de mi alcance. Mi condena era la memoria de su carne, la promesa de que nuestros labios se unieron en todos los crepúsculos posibles, pero nunca, jamás, en el mismo mundo.
Desde entonces recorro el parque noche tras noche, invisible a los paseantes, guardián de la fuente y de la única rosa blanca. Si alguna vez adviertes un perfume de lilas en la niebla, quién sabe, tal vez seas tú quien deba elegir entre el amor y el olvido.
Y si eliges el amor —te lo aconsejo—, hazlo sabiendo que en cada caricia acecha la eternidad y que, entre los vivos y los muertos, sólo los susurros sobreviven. Porque el deseo no concede redención, y a veces, el único pacto verdaderamente eterno es el del recuerdo.
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