Portada del relato El velo de los susurros
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Fragmento:


—¿Quién es usted? —susurró, intentando dotar su voz de la firmeza que carecía.

Duración: 11:07

El velo de los susurros
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Texto de ajuste de pausa.

Había una niebla densa esa tarde de octubre sobre la mansión Ashcombe, una niebla que convertía los jardines en un mar de espectros y convertía la gran escalera en una extensión de gris indefinido. Luisa D'Aubigny apretó la empuñadura de su paraguas mientras subía los escalones de piedra, con el corazón resuelto y las medias empapadas. El carruaje se había vuelto imposible de encontrar en aquel confuso laberinto y, además, había algo en el aire que la llamaba, algo que atravesaba la llovizna y le prometía que esta noche sería diferente.

No era propio de Luisa acudir sola a un lugar así. Hija menor de un comerciante arruinado, había aprendido a moverse con dignidad en los salones de Bath y Londres, nunca provocando ni dando pie a los cotilleos que pudieran perjudicar lo poco que le quedaba: su reputación. Pero esta invitación de lady Eleanor Valcourt, tan inesperada e imponente, era una oportunidad imposible de rechazar. Y, si bien la mansión Ashcombe tenía fama de estar habitada por más que sirvientes y jardineros, Luisa no era tan crédula. O, al menos, decidió no serlo mientras presionaba el timbre y sus nudillos, en vez de la campanilla, despertaron un eco antiguo en el interior.

La puerta se abrió con un susurro inesperadamente suave y Luisa se encontró ante un vestíbulo cuyas sombras avanzaban, reticentes, a la luz de un candelabro sostenido por un lacayo de uniforme. Los tapices oscuros y el mármol pulido ofrecían poca calidez, pero el criado la condujo cortésmente hasta el salón principal, donde fue recibida por lady Eleanor, alta, encorvada y con una expresión tan inexpresiva como el mármol de las estatuas.

—Señorita D'Aubigny —pronunció la anciana con voz temblorosa—, bienvenida a Ashcombe. Espero que el viaje no haya sido demasiado penoso.

Las convenciones siguieron su curso. Té servido, conversaciones sobre el clima, las rosas desgraciadamente afligidas por los fríos tempranos. Pero debajo de la cortesía y los comentarios vacíos, Luisa sintió un latido extraño en la atmósfera, una vibración apenas perceptible que le erizaba la piel o le aceleraba el pulso en ocasiones sin motivo.

Mientras el reloj daba las siete, lady Eleanor murmuró, mirando la ventana en la que, reflejado, el crepúsculo parecía azul oscuro:

—Ashcombe siempre ha sido un lugar... curioso por las noches. ¿Sabe usted de los susurros?

Luisa negó, fingiendo ignorancia. Había escuchado en Bath historias sobre voces en la bruma, manos invisibles que rozaban los rostros mientras uno dormía, luces donde no había candiles. Sin embargo, escuchar la pregunta de labios de la anfitriona era otra cosa.

—Le aconsejo —prosiguió lady Eleanor, sus ojos clavados en la oscuridad del jardín— que permanezca en su habitación después de la medianoche. Los pasillos pueden ser... traicioneros. Asegúrese de no dejar la puerta sin asegurar.

Era una advertencia dicha en tono más grave que cualquier instrucción social, y Luisa asintió con gesto firme, aunque la curiosidad despertaba en ella como si una llama le quemara la garganta. Cenaron temprano y, acompañada de la doncella, fue conducida a una habitación de techos altos y cortinados pesados. La doncella, una joven pelirroja de expresión nerviosa, murmuró excusas y se retiró, dejando a Luisa sola ante la tarea de desempacar.

Ignorar la advertencia hubiera sido fácil si no fuera por el hecho de que, cuando la luna subió y el reloj marcaba media noche, no se podía reprimir el impulso de sentarse en la cama, envuelta en su bata, escuchando el silencio. Y el silencio en Ashcombe no era nunca completo. Había, de fondo, un murmullo: como hojas secas rozando una ventana, como agua que corre bajo las tablas, como palabras demasiado bajas para ser descifradas. Luisa cerró los ojos y pensó en señor Gilroy, el joven abogado de modales intensamente correctos al que su tía trataba de animar. Cuánto más sencillo habría sido quedarse en Bath, con sus bailes y cenas insulsas, en vez de dejarse arrastrar por la fascinación de los rumores y los riesgos.

De pronto, un crujido. No el típico de una casa vieja: era un clic suave, proveniente de la puerta. Luisa, contra toda prudencia, se levantó descalza, y comprobó que el picaporte se movía, empujado desde fuera. Ningún compañero de corrillos ni doncella subía a esta hora; había algo en la insistencia de aquel clic que helaba y atraía al mismo tiempo.

La puerta se abrió con lentitud. En el umbral había una neblina más densa que el aire, concentrada en un punto, como si el rocío mismo hubiese decidido tomar forma. Luisa retrocedió y, de repente, tuvo la certeza de que veía una figura en el vapor: alta, masculina, de hombros anchos y perfil noble, aunque envuelta en bruma.

—¿Quién es usted? —susurró, intentando dotar su voz de la firmeza que carecía.

La figura avanzó, y, a medida que lo hacía, la niebla se fue disipando. El espectro se volvió más tangible, revelando un rostro intensamente atractivo, melancólico y pálido; ojos oscuros llenos de un dolor antiguo.

—No tema, Luisa —dijo, llamándola por su nombre—. Yo no le haré daño.

El aire a su alrededor se volvió eléctrico, como si estuviese en la antesala de una tormenta. Podía oler la tierra húmeda, la madera calcinada, la fragancia extraña de lilas y ruinas.

—¿Cómo conoce mi nombre?

El espectro sonrió, apenas una sombra de sonrisa.

—He esperado mucho tiempo para verte. He observado cómo entraste en el jardín, cómo tu espíritu no es de los que se quiebran al primer rumor. Tenía la esperanza de que vinieras, como ya viniste en otro tiempo.

Las palabras eran insólitas y fascinantes. Luisa, en vez de retroceder, se sintió inexplicablemente atraída por la figura; algo en su voz la envolvía en promesas de secretos, nostalgia y deseo. El espectro tendió su mano y se materializó por completo. Llevaba ropas de una moda pasada, finos encajes y terciopelo negro; en la solapa, una llave dorada que relucía misteriosamente con la luz de la luna.

—¿Quién es usted? —Volvió a preguntar, más suavemente ahora.

—Me llamaban Lucien Valcourt —admitió él, y algo en la familiaridad del apellido la hizo estremecerse—. Fui amo de esta casa y, como tú, me rebelé contra el destino que otros habían dispuesto para mí.

Lucien. El nombre era objeto de susurros, de cuentos que la servidumbre murmuraba antes de apagar las velas. Luisa recordaba incluso una vieja canción que hablaba de un joven amo caído en desgracia, desaparecido tras una noche de tormenta y venganza.

—Muero y renazco cada madrugada, aquí, entre estos muros. No conozco el paso del tiempo salvo por las huellas que deja en los huéspedes... y las mujeres valientes —su voz era un leve temblor de nostalgia.

Luisa echó un vistazo instintivo al pasillo, pero la noche estaba vacía, y la puerta se cerró detrás de ambos sin ruido. No sentía el terror que una criatura sobrenatural debería inspirar; más bien, la sensación era la de haber caído en un sueño inevitable. El deseo y la ternura brotaban entre ambos como lianas.

—¿Por qué estoy aquí? —preguntó ella, casi en un susurro. La razón y la locura se trenzaban en su sangre, el peligro y la atracción marchaban en terrible armonía.

Lucien sacó la llave dorada y la depositó en la palma de Luisa.

—Porque solo tú puedes devolverme la libertad —susurró—. Hay una puerta en la biblioteca, una puerta que solo se abre con el valor de quien no es prisionero de la costumbre. Debes desear verme libre más que cualquier otra cosa, y así romperás el cerrojo.

Luisa estrechó la llave en el puño. Era real, sólida, ligeramente fría. Su mirada buscó la de Lucien y, en sus ojos, vio un mar de anhelos incumplidos, un deseo desesperado de redención, de contacto, de amor. Por una extraña comunión, supo que él la ansiaba: su calor, su boca, su alegría. Supo, también, que debía elegir su destino. Si lo ayudaba, nada le garantizaba gozar lo prohibido y sobrevivir, pero si no, viviría para siempre como una espectadora de su propia tibia existencia.

—Te ayudaré —dijo, y la voz le tembló de decisión.

El pasillo parecía ahora hipnotizador, y ambos avanzaron. El espectro la rozó apenas, pero tal contacto produjo una descarga dulce y punzante, un anticipo de pasión retenida mucho más poderosa que cualquier galantería mundana que Luisa hubiese conocido. La biblioteca estaba sumida en penumbras, solo algunos rayos de luna filtrados a través de la vidriera tallada. Lucien indicó la esquina más oscura, donde el tapiz ocultaba una puerta pequeña, vieja, de madera apenas visible.

—Pon la llave, Luisa, y piensa en lo que de verdad deseas —susurró su amado espectro.

Acarició la madera, sintiendo vibrar su deseo en los dedos. Sus pechos palpitaban bajo la seda fina, la garganta se cargaba de ansiedad y abandono. Colocó la llave y, con un giro lento y decidido, la cerradura cedió.

Un soplo de aire caliente les envolvió, y de pronto la bruma que rodeaba a Lucien comenzó a disiparse. Ante ella tuvo por fin a un hombre completo: de aroma sensual, piel tibia, mirada encendida y labios que sonreían con la promesa de todos los secretos. El hechizo se había quebrado. Como quien sucumbe a un impulso de vida, Luisa se lanzó a sus brazos.

El primer beso fue una fusión agónica de todas las pasiones guardadas. Lucien correspondió con un hambre febril, ambas bocas explorándose con una avidez que años de soledad y anhelo habían incubado. Sus manos, al fin corpóreas, buscaron las curvas de Luisa, y cada caricia era una promesa cumplida. Se tendieron sobre una alfombra de terciopelo, y la noche de Ashcombe albergó, por vez primera en siglos, risas y respiraciones precipitadas, susurros de placer, el noble temblor de la entrega mutua.

Sus cuerpos se descubrieron en la penumbra, la seda y el terciopelo caían al suelo, y la piel contra piel era un milagro tangible. Lucien la exploró con una dulce reverencia, como si cada curva fuera un regalo largamente esperado. Luisa se entregó sin reservas, aprendiendo el terreno inexplorado del deseo, del goce; su boca encontraba la de él y, cada vez que Lucien murmuraba su nombre, otra barrera caía entre el mundo de los vivos y el de los sueños.

El reloj marcó las tres antes de que, exhaustos y dichosos, se encontraran tumbados, cuerpo a cuerpo, bajo la luz de la luna.

—¿Ahora eres libre? —preguntó Luisa, entre caricias y risas bajas.

—Lo soy solo si tú sigues a mi lado —susurró él—. Puedo permanecer en este mundo, no como sombra sino como hombre, siempre y cuando me elijas cada medianoche.

Y, bajo el manto resplandeciente de la luna y los ecos de la pasión cumplida, Luisa supo que la aventura que había comenzado en el umbral de Ashcombe sería solo el principio: la iniciación deliciosa de unos amores prohibidos por la muerte pero bendecidos por el deseo, la imaginación y el valor.

La niebla se desvanecía sobre la mansión, y, con ella, los límites entre las sendas del pasado y el futuro se volvían tan difusos como los bordes del alba, tanto como el fulgor dorado de la llave que aún colgaba en la mano de Luisa.

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