La fina línea que separa la noche del amanecer parece trazar su propia frontera sobre los tejados de la ciudad. Álvaro la observa desde la ventana de su pequeño estudio, donde cámaras antiguas y rollos de película en blanco y negro se apilan como testigos mudos de otro tiempo. Hoy, como tantas otras veces, ha estado revisando negativos, buscando quizás algo más que la imagen congelada en una fotografía. Hay una inquietud en él, un anhelo inexplicable que crece cada vez que mira el mundo desde el visor de su Leica, el mismo que heredó de su abuelo y al que atribuye cierto poder místico: no capta únicamente la luz, sino algo más sutil, efímero, que a menudo desafía la razón.
El olor de los químicos en el laboratorio improvisado llena el aire, y el ritmo ritual del revelado tranquiliza su pulso. Como un sacerdote antiguo, ansía el milagro del revelado, ese instante en que la imagen emerge del vacío y toma forma con cada destello tenue. Hay noches en que jura ver figuras ajenas a la realidad conocida: sombras que se asoman en sus fotos, halos de luz donde nada debería brillar, un rastro de presencia que escapa al ojo humano.
Aquella madrugada, sin embargo, será la que marque el giro irrevocable de su existencia.
La tomó por primera vez semanas atrás: una figura en la esquina de la Plaza Mayor, envuelta en el rumor plateado de la bruma. Cierra los ojos y recuerda el instante: ella lo miraba, pero no como lo hacen los extraños, sino como quien reconoce en otro la huella de una herida común. Sus ojos —claros, inmensos, pétalos de luna— atraparon la mirada de Álvaro a través de la lente, y durante un segundo el tiempo pareció colapsar sobre sí mismo.
La fotografía está revelada. La observa bajo la luz roja: la mujer está allí, nítida, más tangible que el resto del mundo, y sin embargo, no recuerda disparar en ese instante exacto. A su alrededor, las sombras ondulan, y su silueta parece delineada por un fulgor que desafía las leyes de óptica. Pero lo imposible está en su mirada: sus ojos, antes gris perla ante la niebla, aquí son de un azul imposible, y le devuelven la mirada desde el papel como si hubiera atrapado algo más que una imagen.
Las noches se suceden, y la inquietud de Álvaro se convierte en obsesión. Empieza a recorrer la ciudad cámara en mano, acechando la aparición de la extraña. Comienza a notar que ciertos detalles se repiten: las farolas parecen atenuar su luz en presencia de la mujer, hay una melodía apenas perceptible en el aire, un escalofrío que le recorre la espalda cuando presiente que está cerca.
La encuentra de nuevo una noche frente a la entrada de una vieja iglesia abandonada. No lleva cámara. Entre ambos se forma un círculo invisible, tenso como una cuerda. La mujer lo mira, y esta vez sonríe, apenas un gesto de comisura. El mundo se queda en silencio. Siente la urgencia de decir algo, cualquier cosa, pero las palabras se le quedan atoradas en la garganta.
—¿Por qué me sigues? —pregunta ella, con una voz que acaricia y duele.
—Porque no puedo evitarlo —responde él, tembloroso—. No sé quién eres, pero siento que… te he visto antes. No solo en las fotografías.
La mujer baja los ojos, y un suspiro escapa de sus labios.
—No soy alguien que deberías buscar —replica—. Mi historia no pertenece a la luz.
Él fuerza una risa nerviosa, intentando no parecer un completo iluso.
—Nunca he sabido fotografiar la luz, solo la sombra. Hay cosas en tus ojos que no deberían ser reales… pero lo son.
Ella sonríe de nuevo, aunque en su expresión hay una melancolía ancestral.
—Mi nombre es Selene —dice, y al pronunciarlo parece que la noche se vuelve más densa—. No deberías querer mirar lo que yo guardo en mi interior.
El silencio se estira entre ambos, hasta que Selene da media vuelta y se pierde entre la niebla, pero antes de desaparecer, se detiene y lo invita sin pronunciar palabra a seguirla.
El trayecto tiene el vértigo de lo onírico: la ciudad parece distorsionarse, las callejuelas son más angostas, los pasos resuenan en un eco antiguo. Llegan hasta un antiguo parque donde las estatuas parecen vigilar y las sombras se alargan con vida propia.
Selene se sienta en un banco de piedra y le hace un gesto para que se acerque. Por fin, Álvaro se sienta a su lado, sintiendo un calor extrañamente reconfortante cerca de ella.
—¿Qué eres? —la pregunta surge, suave, apenas un rumor.
—¿Importa? —contesta Selene con una pregunta—. Solo quiero que mires.
Él la contempla de cerca: su piel, la textura irreal, el perfume de madera vieja y tormenta en su aliento. Sus ojos contienen reflejos que no son de este mundo, y de pronto Álvaro comprende: no es el miedo lo que siente, sino un deseo abrumador de descubrir, de comprender el límite mismo de la visión.
Ella acerca su rostro y le pide en un susurro:
—Cierra los ojos y deja que te muestre lo que soy.
Duda apenas un segundo, pero se rinde a la certeza de que no puede resistirse. Un escalofrío le recorre la columna mientras siente la calidez de su aliento en la mejilla. De pronto, el mundo se despliega en imágenes superpuestas: es como si la vida entera —muerte, amor, soledad— pudiera archivarse en un solo parpadeo. Siente recuerdos que no le pertenecen: una vida atravesando los siglos, el tedio de la inmortalidad, el peso de querer olvidar y no poder. Sentimientos tan antiguos que resultan insoportables, y sin embargo, bellos.
Cuando abre los ojos, está jadeando. Selene lo sostiene entre sus brazos; su expresión ahora es vulnerable y letal al mismo tiempo.
—Acabas de mirar a través de mi esencia —dice—. Aquello que los humanos llaman “el alma”.
Las palabras apenas encuentran sentido, pero Álvaro se siente invadido por la revelación: ha atravesado un umbral invisible, y ya no regresará ileso.
Las noches siguientes son una mezcla de persecución y complicidad, un juego peligroso entre dos mundos que nunca debieron rozarse. Selene y Álvaro deambulan por la ciudad, y él la fotografía en cada rincón sagrado o profano. Lo que descubre es siempre distinto: a veces su figura es apenas una mancha espectral, otras, la imagen es tan nítida como una confesión.
Sus cuerpos se acercan, las miradas se vuelven más densas, hasta que una noche, en su estudio, el deseo los arrastra sin remedio. Los nervios de Álvaro vibran bajo la caricia de la mano etérea de Selene. Ella lo consume y lo rodea, y en el acto de amarse, él se siente diluido y pleno, como si la misma noche le palpita bajo la piel. Sus cuerpos no siguen las reglas humanas: Selene puede volver tangible lo intangible, volverse carne sólo para él, tejida de luz, de sombras, de secretos.
Entre susurros y jadeos, Selene le explica su maldición: condenada a observar el mundo sin que el mundo la observe realmente, nómada en la frontera entre vida y muerte, condenada a no dejar huella si no es en los ojos de quien se atreve a mirar más allá.
—Fuimos muchos, hace siglos —le cuenta, con voz amarga—. Algunos nos llamaron dioses, otros fantasmas. Nuestro verdadero poder era la mirada: podíamos ver más allá del tiempo, captar las verdades ocultas; pero sólo mantenemos forma en la mente de quien quiere vernos de verdad.
Álvaro siente que su alma se va cuarteando, que perdió la inocencia de los simples mortales. Ahora su existencia se mueve en la cuerda floja de la obsesión. Ya no le basta con retratar imágenes; ansía capturar la esencia, el suspiro invisible que Selene parece llevar atada a sí.
Una madrugada, tras una larga noche de pasión y confesiones, Selene le advierte.
—Pronto tendrás que decidir. Yo sólo puedo permanecer en este mundo mientras seas capaz de mirar sin miedo lo que soy. Cada mirada tuya me sustenta; cada desvío de tus ojos me arrebata de este plano. Si te cansas, si eliges la cordura, volveré al otro lado, y sólo me quedará tu recuerdo—o lo que retuviste en tus fotos.
Álvaro sabe entonces que el amor que siente es abismo y salvación. ¿Qué es mirar, sino amar con los ojos desnudos, sin máscaras? Los días a su lado se vuelven iridiscentes, pero también pesan la fatiga y el terror. A veces, en las fotos más recientes, Selene aparece desvanecida, más sombra que cuerpo. El precio de sostener una pasión así es alto. Sabe que pronto tendrá que elegir entre la realidad humana o la locura de la mirada eterna.
En la última noche juntos, Selene le entrega un abrazo que es despedida. Se recuestan desnudos, piel con piel, en el lecho improvisado entre negativos y copias fotográficas, y el amanecer comienza a teñir la habitación con luz dorada y cruel. Él intenta aferrarse al instante, mirar profundo, memorizar cada detalle, pero siente cómo la imagen de Selene se vuelve transparente.
—Álvaro, aprenderás que todo mirar es elegir entre el olvido y la memoria —susurra ella, y tras una última caricia, Selene desaparece, dejando una estela de perfume y una soledad luminosa.
El fotógrafo sigue su vida. Nadie más ve en él que una ligera tristeza, una mirada un poco más honda que antes. Pero cuando cierra los ojos delante de su lente, sabe que en cada fotografía hay un eco de Selene: una sombra, una luz, una mirada que no es de este mundo. Y comprende que amar es también aprender a soltar la imagen de aquello que nunca fue enteramente real, y que la verdadera pasión siempre vive en la frontera invisible entre el ver y el ser visto.
Copyrights © 2025 Complicidad.es. Todos los derechos reservados.