Portada del relato El Guardián de Cristal
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Fragmento:


—No temas. No he venido a hacerte daño —dijo él suavemente—. Al contrario, vengo a protegerte de aquello que ni siquiera imaginas.

Duración: 10:15

El Guardián de Cristal
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Texto de ajuste de pausa.

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Los ecos del reloj resonaban con una cadencia inquietante en el salón desierto de la mansión Westcliffe. El fuego chisporroteaba en la chimenea de mármol, proyectando sombras danzantes sobre cortinas añiles y muebles antiguos, mientras Brynne Devereux recogía el último de los relojes de bolsillo para revisarlo. La noche se presentía profunda; el viento, cargado de una llovizna pertinaz, aullaba junto a los ventanales, y las manos de Brynne temblaban, aunque no por el frío que dominaba la vasta casa victoriana.

Era mediados de octubre, y el aniversario de la muerte de su padre había traído consigo más que los recuerdos habituales. Desde que regresó a Westcliffe tras cinco años en París estudiando restauración de arte, Brynne había sido acosada por sueños vívidos: susurros en lenguas olvidadas, un aroma a sándalo y hierro, la silueta oscura de un hombre tras los visillos mientras la noche caía. Se reía de sí misma en las mañanas, atribuyendo aquellas pesadillas a su recién adquirida soledad… hasta esta noche.

Mientras Brynne daba cuerda al reloj, sintió cómo la temperatura descendía. Fue entonces cuando escuchó el crujido, un sonido leve en la galería del piso superior, allá donde ningún mortal había puesto un pie desde la muerte de Lord Devereux. El miedo le rozó la piel como una caricia gélida, pero se recordó a sí misma la razón de su vuelta: descubrir el secreto del escudo familiar, oculto en algún lugar de la mansión, y hallar la clave que su padre juró le garantizaría una vida plena y… segura.

Subió la escalera, atenazada por un pánico que era también anticipación. Con la lámpara de aceite en alto, sus pasos parecían resonar en el silencio como si cada uno de ellos fuera vigilado. En la galería, una sombra se deslizó, rápida, y el pulso de Brynne se aceleró. No pudo evitar pronunciar un murmullo: “¿Hay alguien ahí?”

La risa, profunda y aterciopelada, emergió de la nada y le heló la sangre.

—Estaba esperándote, Brynne.

La lámpara vaciló, y la luz cayó de lleno sobre la silueta reclinada contra la puerta de la biblioteca privada. Esbelto, alto, de cabellos azabache y piel más pálida de lo que sería natural. Sus ojos, de un gris acerado, destilaban inteligencia… y algo más oscuro, un brillo oculto en la penumbra. Vestía a la antigua usanza, en tonos de negro y azul, como si no hubiese asimilado el paso del tiempo.

—¿Quién es usted? —preguntó la joven, agitando la lámpara como si fuese arma suficiente—. ¿Cómo entró aquí?

Él sonrió, dejando entrever unos colmillos inusualmente largos y perfectos.

—Mi nombre es Lucien Thorne, y esta casa… fue mía, mucho antes de que los Devereux la reclamaran.

Brynne retrocedió involuntariamente, su respiración se volvió agitada. Lucien avanzó muy despacio. Cada paso parecía producir ecos en algún lugar de su interior, reacciones viscerales, recuerdos intrusivos de vidas que no recordaba haber vivido. Porque así era la presencia de Lucien: antigua, abrumadora, arrastrándote hacia abismos desconocidos.

—No temas. No he venido a hacerte daño —dijo él suavemente—. Al contrario, vengo a protegerte de aquello que ni siquiera imaginas.

Ella reprimió la tentación de reírse; las palabras, tan teatrales, solo podrían salir de los labios de un lunático… y, sin embargo, Lucien era alarmantemente real. En su interior, algo le susurró que hiciera caso, pero la realidad insistía en negar la evidencia de lo sobrenatural.

—Déjeme pasar —susurró ella, y se aferró a la perilla de la puerta de la biblioteca.

Lucien ladeó la cabeza, observándola como quien contempla a una criatura fascinante y peligrosa a la vez.

—Durante generaciones, las mujeres Devereux han guardado la llave del umbral. El escudo familiar protege a los vivos y encarcela a los monstruos. Pero el sello se debilita. Esta noche, debes tomar una decisión.

Brynne tragó saliva, la determinación endureciendo su gesto.

—¿Y usted qué quiere de mí? ¿Por qué está aquí?

—Soy el Guardián del Límite —contestó él, inclinando la cabeza en un gesto de galantería algo anticuado—. Atado por tu sangre durante siglos… Desde antes de que nacieras, tu destino y el mío estuvieron entrelazados.

Brynne sintió, contra su voluntad, una electricidad subiendo por la columna. No era frío ni miedo: era deseo, un anhelo oscuro aflorando bajo la piel. Se odió por sucumbir tan fácil al embrujo de esa voz, esa mirada; pero algo en la confesión de Lucien resultaba extrañamente… cierto.

En ese instante, un viento súbito se coló por la galería. Ambos giraron la vista hacia la escalera, donde se dibujaba una silueta neblinosa, y las llamas de las lámparas vacilaron, luchando por no extinguirse.

—Ha comenzado —murmuró Lucien—. Brynne, ahora... solo juntos podremos mantener la oscuridad a raya. Pacta conmigo.

La joven sintió la garganta seca mientras lo miraba.

—¿Qué clase de pacto?

Él alargó su mano, blanca y fuerte, y las venas azules se marcaban apenas bajo la piel translúcida.

—Dame tu confianza. No te pido más que me permitas protegerte, cuidarte… y que me dejes entrar, completamente, en tu vida. Sin reservas.

Brynne dudó; pero el vórtice de sombra avanzaba con rapidez, y la sensación de peligro real precipitó su elección. Dejó que Lucien tomara su mano. Al contacto, la energía pulsó entre ellos como una corriente eléctrica: imágenes dispersas acudieron a su mente, batallas antiguas, un antiguo amor, miradas deseosas y promesas rotas.

Lucien pronunció unas palabras en latín, y el escudo Devereux—enterrado bajo la biblioteca—latió como un corazón en la lejanía. La sombra chilló, una especie de agónica protesta que heló la sangre de Brynne, pero retrocedió, absorbida por la luz dorada que surgió del suelo y les envolvió a ambos en un aura palpitante.

Brynne se tambaleó, y Lucien la sostuvo. De cerca, su fragancia la envolvió; una mezcla de madera, especias y algo indefinible, eterno. De repente, fue consciente de cada centímetro de su cuerpo templado contra ella, de la fuerza contenida en esos músculos, de la devoción absoluta que centelleaba en sus ojos de acero.

—¿Qué eres realmente? —preguntó ella, la voz casi quebrada.

Lucien acarició su mejilla con el dorso de los dedos, e inclinó su rostro hacia el suyo.

—Mitad humano, mitad guardián. Un ser nacido del deseo de proteger y del precio de amar lo que no debe ser amado. Llevo siglos vagando en busca de la mujer capaz de liberar mi alma y sellar el pacto para siempre. Solo tú, Brynne, tienes ese poder.

La incredulidad de Brynne se vio ensombrecida por una súbita e incontrolable oleada de pasión. Sus labios temblaban, entreabiertos, cuando Lucien la besó. El contacto fue fuego y tormenta: su boca era dulce y salvaje, familiar y nueva a un tiempo. El beso profundizó, y la joven sintió que, por un instante, el mundo flotaba suspendido entre dos latidos. No había oscuridad ni miedo, solo deseo y una claridad casi sagrada.

La sombra había huido, pero la tensión entre ellos se mantenía, vibrando, como el hilo de un arco. Brynne se apartó con suavidad, enredando sus dedos en la solapa de la chaqueta de Lucien.

—¿Qué significa esto para nosotros? —susurró.

Él la contempló con vulnerabilidad inesperada.

—Que ahora estamos unidos. Cada vez que la oscuridad intente colarse en el mundo, deberé protegerte. Pero también, tú eres ahora la guardiana de mi propio corazón.

La confesión ardió en la atmósfera, y el deseo, esa sombra deliciosa, envolvió a Brynne. Lucien la condujo hacia el diván, donde el fuego proyectaba destellos de oro y naranja sobre la piel de ambos. Brynne notó que su vestido parecía pesado, ardiente de anticipación, cuando Lucien la despojó de él con una reverencia casi ceremonial. Cada caricia era un ritual, cada beso, una promesa sellada con siglos de soledad y esperanza.

La pasión de Lucien era distinta a la de cualquier mortal —y Brynne, de algún modo, lo supo—. Cuando la adoró con la lengua y las manos, sus cuerpos se fundieron en una diáspora de sensaciones, músicas secretas compuestas bajo techos centenarios. El placer fue tanto físico como metafísico: recovecos de su alma resonaron a un ritmo ancestral, el mismo que parecía alumbrar la casa desde sus cimientos.

Y cuando el clímax sacudió a Brynne, tuvo la certeza de que había quebrado algo en el mundo: una cadena, quizá, o una promesa sellada hacía mucho tiempo. Lucien se estremeció a su lado, incapaz de controlarse, y los dos explotaron en una tormenta de fuego, lágrimas y risas vencidas.

Después, permanecieron acurrucados en el diván, mientras la tormenta afuera se difuminaba en la bruma de la madrugada. Brynne jugueteó con los cabellos oscuros de Lucien, y este le susurró palabras de otro tiempo, el idioma que su madre le había enseñado cuando era niño.

—¿Crees que estoy loca por creerte? —musitó ella.

—La locura y el amor siempre han sido aliados peligrosos, Brynne.

Ambos sonrieron, y el eco de la oscuridad parecía haberse disipado… por ahora.

—¿Y si vuelven esas sombras? —preguntó ella.

Lucien deslizó los dedos por su mejilla, con una ternura infinita.

—No dejaré que te toquen jamás. Ahora eres mía… y yo, tuyo, por toda la eternidad.

Pero, cuando las primeras luces del alba rozaron los cristales, Brynne se dio cuenta de que nada de lo que había ocurrido era un simple sueño. El escudo familiar había cambiado: brillaba ahora con un fulgor púrpura, y una nueva inscripción, en latín, había aparecido en el borde. Lucien besó su cuello mientras la calidez mortecina del sol asomaba por el horizonte, un recordatorio de que los límites entre luz y sombra pueden desdibujarse, pero el verdadero peligro y la más dulce pasión siempre acechan allí donde menos se espera.

Y así, en la mansión Westcliffe, bajo las miradas antiguas de generaciones silentes, dos almas condenadas a proteger —y a amarse— entre la vida y la muerte sellaron su promesa, sabiendo que las sombras regresarían. Pero también sabiendo, por fin, que juntos podían resistirlo todo.

FIN

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