Fragmento:
Su razón gritaba que cerrara el libro, que huyera, pero la curiosidad siempre le había ganado la partida. Sosteniendo la lámpara por delante, Rosamund cruzó el umbral. Todo estaba tan oscuro que era como adentrarse en una tumba, el latir de su corazón repitiendo la marcha fúnebre de generaciones.
Duración: 11:29
***
El crepitar del fuego era el único sonido que se oía en el salón principal de la mansión Corvine. Afuera, la tormenta batía sin compasión contra los antiguos vitrales, haciendo que las cenizas del hogar saltaran danzando en el aire. Rosamund Ashcroft, envuelta en una bata de raso azul, observaba la lluvia desde la ventana, con una copa de jerez entre los dedos. Un escalofrío reptó por su espalda, uno que la bebida no podía disipar. La soledad no era algo desconocido para ella—la había abrazado la mayor parte de su vida—pero esta noche se sentía como un frío tangible, un susurro en las sombras.
Vivir en la mansión Corvine era más un castigo que una herencia. Nadie en el pueblo se atrevía a acercarse mucho después del anochecer, y no solo por respeto a la memoria de la familia. Era común escuchar murmullos sobre las tragedias que la habían rodeado por generaciones: accidentes inexplicables, muertes prematuras, desapariciones. Pero Rosamund, lógica y sensata, atribuía esas habladurías a la superstición rural y a la tristeza de aquellas paredes cubiertas de hiedra.
A pesar de todos sus esfuerzos por mantener alejada la superstición, había un rincón de la casa al que jamás se atrevía a entrar después del anochecer: la biblioteca. De día, la habitación le parecía acogedora, con su luz dorada y la fragancia embriagadora de libros antiguos. Pero al caer el sol, la biblioteca absorvía las sombras con avidez, y el aire parecía espeso, cargado de promesas incumplidas.
En aquella noche particularmente lúgubre, sin embargo, una fuerza inexplicable empujó a Rosamund hasta la puerta de roble de la biblioteca. Atravesó el umbral como si respondiera a una antigua llamada. Sus pasos resonaron en el silencio, inquietos. Afuera, el trueno retumbó. Tomó una lámpara de aceite y buscó en la penumbra, convencida de que encontraría la causa de la inquietud que la devoraba desde hacía días. Tal vez era solo soledad, pero había aprendido a fiarse de su instinto.
El fuego de la chimenea titilaba, proyectando figuras movientes en los antiquísimos tapices. Rosamund vagó por los estantes repletos, sintiendo casi el palpitar de las palabras no pronunciadas, las voces atrapadas en las hojas encuadernadas. Allí, entre los libros polvorientos, notó algo fuera de lugar: uno de los volúmenes resaltaba, apenas millares de un milímetro más adelantado que los demás, como si hubiera sido manipulado recientemente.
Se acercó. “La historia de Lord Peregrine Corvine,” murmuró, leyendo el dorado casi borrado del lomo. No reconocía aquel tomo. Con dedos temblorosos, tiró de él, sintiendo un extraño cosquilleo recorrerle el brazo. Un chasquido—a su espalda, uno de los paneles de la pared se deslizó, revelando una abertura secreta. Una ráfaga de aire frío le erizó la piel.
Su razón gritaba que cerrara el libro, que huyera, pero la curiosidad siempre le había ganado la partida. Sosteniendo la lámpara por delante, Rosamund cruzó el umbral. Todo estaba tan oscuro que era como adentrarse en una tumba, el latir de su corazón repitiendo la marcha fúnebre de generaciones.
El corredor secreto desembocaba en una salita circular, empapelada con tapices de escenas invernales. El centro lo ocupaba un atril sobre el que reposaban cartas antiguas, selladas con lacre rojo y la insignia de los Corvine. No tuvo tiempo de examinar más: una corriente helada recorrió la estancia, apagando la lámpara. Atemorizada, Rosamund retrocedió, su respiración se tornó rocosa. Fue entonces cuando lo vio—o más bien, lo sintió—emergiendo de las sombras: una figura masculina, etérea, de cabellos oscuros y ojos tan hondos como la noche, vistiendo las ropas de un caballero de otra era.
Podría haber gritado, pero algo en la presencia la mantuvo en silencio, no paralizada de miedo sino de expectación.
—¿Quién eres? —susurró—. ¿Qué quieres de mí?
La figura flotó hacia ella, sólida y nebulosa a la vez. Su voz fue como una caricia cálida pese al frío—profunda, con matiz de tristeza secular.
—Rosamund…—dijo, pronunciando su nombre con una familiaridad imposible—. Al fin has respondido a mi llamado. He estado esperando mucho tiempo.
A pesar de la irrealidad de la situación, Rosamund no dudó.
—¿Eres… un fantasma?
—Soy lo que queda de Peregrine Corvine. Fui el último de mi linaje en amar sin permiso, y en pagar el precio de la ambición humana.
Rosamund estaba temblando, pero ya no de miedo. Había una atracción inexplicable, una punzada en su pecho, como si el desconocido le resultase conocido desde tiempos ancestrales.
—¿Por qué yo? —preguntó.
El espíritu sonrió con dulzura. Su rostro era bello, pero la melancolía le confería una gravedad irresistible.
—Porque eres la última. Y porque el destino de Corvine siempre ha estado entrelazado al tuyo.
Rosamund sintió cómo ese lazo invisible comenzaba a tensarse, como si recordara en sus células la historia completa, aunque jamás la hubiera vivido.
—¿Qué pasó? —se atrevió a preguntar, ahogada en el misterio.
Peregrine suspiró, y el aire se impregnó de frío y añoranza.
—Me enamoré de una mujer prohibida. Una bruja, decían, aunque solo era una joven sabia, como tú. La amé más allá de la vida, y el precio fue mi alma. Mi familia maldijo el linaje, encadenando a los Corvine a un ciclo de soledad y deseo insatisfecho. Solo el amor verdadero podría romper la maldición. Durante siglos, he vagado entre las sombras, esperando el regreso de ella… o de alguien tan puro de corazón como tú.
Rosamund parpadeó, un sacudón de emociones contradiciéndose en su pecho: incredulidad, compasión, y algo más oscuro y profundo, un deseo adormecido.
—¿Y crees… que yo podría amarte? —dijo, con una voz más baja que su respiración, sorprendida por sus propias palabras.
—No lo sabremos hasta intentarlo— respondió Peregrine—. Pero debes saber que hay un precio. Cualquier vínculo entre nosotros podría costarte—o salvarte. Si mi maldición no se rompe, me veré forzado a llevarte conmigo al otro lado, o condenarte a la misma soledad.
El fuego de la lámpara, contra todo pronóstico, resplandeció apenas traslucido, iluminando la silueta fantasmal. Rosamund se acercó, atraída, casi hipnotizada. Sintió el roce de los dedos etéreos de Peregrine en su mejilla. Un torrente de deseo creció en ella; la soledad de años gritaba por un contacto, un lugar donde descansar. Si era un sueño, era el más hermoso y peligroso jamás soñado.
—Prefiero arriesgar mi corazón a condenarlo a la desolación para siempre—susurró—. Enséñame a recordar, si alguna vez te amé antes.
Peregrine la miró largo rato, y luego la besó. O, más bien, la sensación fue como un beso: un torbellino cálido, plata líquida en las venas de Rosamund, una explosión de imágenes—un jardín cubierto de nieve, risas al atardecer, manos entrelazadas, un dolor atroz, y una promesa. Lágrimas brotaron de sus ojos sin que lo notara.
La estancia vibró. Los tapices se agitaron, y un viento invisible arrancó las cartas antiguas, desparramándolas a sus pies. Rosamund supo que era verdad—lo conocía, lo había amado, en otra vida, en esta casa.
Atrapados en un abrazo, el tiempo perdió significado. El roce de su piel era frío y fuego; su deseo, antiguo y feroz. Peregrine la cubrió de besos etéreos, el aroma a sándalo y manzanas en flor envolviéndolos. Rosamund se entregó, sintiendo cada caricia como una plegaria respondida—a pesar del temor, a pesar de la posibilidad de la condena.
El peligro era tangible, y la pasión, insaciable. El mundo alrededor se disolvía: solo el roce de las almas, uno al otro, la promesa de unidad eterna pese a la oscuridad. Antes de desvanecerse, Rosamund escuchó, como un eco, una advertencia:
—Tienes hasta el último amanecer de invierno. Si en ese momento tu amor permanece constante, la maldición se romperá. Si dudas, solo el vacío será tu herencia.
Despertó horas después, tendida sola en la biblioteca, el techo alto recibiendo las primeras luces de la mañana. Por un instante creyó haberlo soñado. Pero en su cuello, una caricia helada permanecía como una huella.
***
A partir de esa noche, Rosamund vivió entre dos mundos. Peregrine venía a ella como el viento—en los espejos, en el sonido de la lluvia, en el perfume de los manzanos. La pasión creció a cada encuentro; cada roce era un tormento delicioso. Llegó a esperar la noche con ansias febriles, sedienta de promesas incumplidas y besos furtivos.
El pueblo comenzó a murmurar: que la señorita Ashcroft vagaba sola por la noche, que hablaba con las sombras, que una luz extraña recorría la mansión. Una anciana, la comadrona del pueblo, la interceptó un día:
—No desafíe a los Corvine, señorita—advirtió—. Las mujeres de esta casa nunca han encontrado paz. La oscuridad reclama lo suyo.
Rosamund sonrió, agradeciendo el consejo, pero se sentía más viva que nunca. Por primera vez, deseaba lo imposible.
Mientras las semanas se arrastraban hacia el solsticio de invierno, el amor entre Rosamund y Peregrine floreció en medio de antiguas ruinas. Descubrió secretos de la mansión: pasadizos ocultos, los diarios de la bruja amada por Peregrine, antiguos rituales olvidados. Juntos buscaron un modo de romper la maldición: ofrendas, palabras susurradas a la luna, un lazo de cabello trenzado con plata.
Pero el miedo también crecía. La sombra de la duda reptaba en Rosamund. ¿Era una pasión real, o una manipulación espectral? ¿Podía amar verdaderamente a un fantasma, o solo ansiaba dejar de estar sola?
La última noche del invierno llegó, fría y pura, la luna en cuarto creciente. Rosamund caminó hasta la biblioteca, donde Peregrine aguardaba, más definido que nunca, casi corpóreo. El amor le bailaba en los ojos, junto al anhelo.
—Esta noche decides nuestro destino —dijo él.
Sin vacilar, Rosamund se acercó, cuyas lágrimas se mezclaron con las del espíritu.
—Es amor verdadero —declaró—. Ni el tiempo, ni la muerte, ni la soledad pueden destruirlo. Te amo, Peregrine. Y si tengo que arriesgarlo todo por un solo instante más contigo, lo haré, cien veces.
El reloj marcó la medianoche. Las paredes resonaron. Una luz dorada inundó la biblioteca, envolviéndolos. Rosamund no sintió miedo. Tomó la mano de Peregrine, y, por primera vez, estuvo caliente y firme entre las suyas.
Ambos supieron, en ese momento, que el ciclo de soledad había concluido. Rosamund y Peregrine se abrazaron fuerte mientras la maldición se deshacía como escarcha al sol: sus cuerpos se sintieron llenos, vivos, completos. Afuera, el viento cesó, y los manzanos florecieron aún en pleno invierno.
En el pueblo, nadie volvió a hablar de tragedias en la mansión Corvine. Y quien se atrevía a pasear por los jardines en las noches de luna, juraba haber visto dos figuras entrelazadas, riendo y susurrando promesas al abrigo de los manzanos en flor.
Así fue como Rosamund y Peregrine, finalmente, encontraron su hogar el uno en el otro. Donde hubo oscuridad, quedó amor. Donde vibró la soledad, solo resonó la esperanza.
Y la mansión Corvine, por primera vez, se llenó de vida.
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