A veces creo que todo lo que perdí lo busco en las calles de esta ciudad, donde las ventanas siempre resplandecen con promesas ajenas. Es un día de otoño, los árboles han aprendido por fin a rendirse, y yo, Inés, me debato entre quedarme o huir, como siempre. Mi buzón está vacío excepto por las cuentas y la propaganda, pero a veces palpo los sobres por si las huellas de alguien querido hubieran quedado en el papel. Es mi superstición secreta: tocar el tiempo de otros con las yemas de mis dedos.
Marta decía que la vida en Madrid era una suma de azares calculados. Nos conocimos en mitad de ese azar, porque mi piso daba justo enfrente del suyo, porque el verano fue más lluvioso de lo normal, porque mi perro escapó hacía el portal equivocado. Nos miramos a través de las puertas de cristal como quien intuye que el naufragio ya es imposible.
El primer mensaje que Marta me escribió no fue digital ni directo. Se atrevió con palabras de verdad, carne y grafía: apareció pegada en mi puerta, escrita en azul sobre un papel color vainilla perfumado, torpe y hermoso. “Te escucho cantar algunas noches”, decía. “No sé de qué va esa canción, pero me pregunto si la escribirías solo para llenar el silencio, o para que alguien más la escuchara contigo.”
Yo no tenía costumbre de decirle a alguien que cantaba por no llorar. Así que no contesté esa carta. No sé contar desde la sinceridad, prefiero transformar la verdad en melodía de fondo, en ruido blanco. Pero, al día siguiente, Marta puso la siguiente nota: “Está bien si cantas solo para ti. A veces yo también lo hago frente al espejo.”
Así empezó todo. No nos hablamos en persona durante semanas. Nos escribíamos cartas que nos dejábamos en el felpudo, como ejercicios de equilibristas incapaces de mirarse a los ojos. Y en cada papel, el nombre del otro al final y una pequeña posdata: cuídate, no dejes la ventana abierta, ayer vi a la vecina del seis llorar. La intimidad era tan íntima que hacía daño.
Una noche de lluvia, timbró a mi puerta. Tenía el pelo mojado y en la frente las marcas de una semana difícil. Llevaba una carta rota, doblada en la mano. Me la entregó en silencio.
“Perdona”, dije, “no sé si es bueno seguir con esto. Tengo miedo de lo que venga después del papel”.
Marta me miró como si toda la ciudad se hubiera detenido para mirarnos juntas. “No necesitas contestar, Inés. Solo ven a mi casa, si quieres. Tengo sopa y whisky. Podemos perdernos donde nadie nos escuche menos nosotras”.
Salí sin abrigo, con las manos temblando como cartas al viento. Ella me esperaba en el umbral, como espera la gente que nunca fue dueña de nada, solo del instante. Un apartamento pequeño, paredes de libros, una lámpara con luz naranja. Era extraña la ciudad a esa hora: desde su ventana, los coches parecían insectos perdidos, y las farolas, ojos cansados.
Me senté en la alfombra. Me ofreció sopa y whisky, y con cada sorbo las palabras fueron menos difíciles. Me habló de su vida: de un padre que prefería no saber, una madre que cose sus soledades igual que sus suéteres viejos, una hermana siempre en otros países. Yo le conté de mi abuela, la que me enseñó a fregar el miedo, de mi madre que se fue y nunca volvió, del hermano pequeño que a veces soñaba conmigo pero que no reconocería mi voz por teléfono.
El silencio entre nosotras era denso y cálido. Podías oírlo respirar en cada esquina de la habitación. Marta sacó una caja de fotografías. “Son cartas también, ¿sabes? Cosas que no supe decirle a nadie”. En las imágenes, vi su rostro más joven, vi besos robados en portales, vi abrazos a chicas de nombres que no volverían. Y comprendí que todos llevamos cartas nunca enviadas, palabras que deseamos rompen la distancia pero que al final se pierden entre las luces de la ciudad.
Nos besamos con la torpeza de quien abre una puerta demasiado pesada, pero después, todo fluyó como si siempre hubiéramos estado en esa habitación. Sus labios buscaban los míos en la oscuridad, nos desnudamos sin pudor, tampoco urgencia; éramos dos cartas al borde de ser quemadas, listas para volar. El deseo tenía la textura de las sábanas recién lavadas, de una canción baja, del sonido de la lluvia contra el cristal. Mi nombre en su boca era distinto, era un verbo, un pronombre nuevo.
Hicimos el amor despacio. Sus manos dibujaban palabras sobre mi piel, como si quisiera aprenderme de memoria. Me miró fijo cuando terminamos y me acarició la mejilla. “No hace falta escribirlo”, susurró. “Lo que no se puede decir se queda aquí.”
La mañana nos encontró amontonadas bajo la manta, mientras Madrid se desperezaba con su desfile de cláxones y prisas. Nos acomodamos en el mundo como pueden dos forasteras: con miedo, sí, pero también con una clase de coraje que solo entienden quienes han sobrevivido a la inmensa ciudad solas.
Comenzamos a salir juntas en público. Caminábamos por la Gran Vía entre turistas y oficinistas, compartíamos cigarrillos en bancos impares, veíamos las luces de Callao como quien se promete un futuro. Era otra forma de escribir cartas: tomarnos de la mano cuando el mundo no quería ver, rozarnos los nudillos en ascensores, dejarnos mensajes en la palma del otro con un solo dedo.
Claro que hubo quien nos miró raro, quien nos llamó lo que no éramos, quien pensó que dos mujeres juntas es solo una amistad de esas profundas. Madrid tiene muchas ventanas, pero no todas abiertas.
Una tarde, Marta me esperó en la esquina de siempre, pero esta vez tenía el gesto de quien ha leído una mala noticia. “Me han ofrecido un trabajo en París”, dijo, “es solo por seis meses, pero podría convertirse en algo más”. Apreté su mano. Supe entonces que todas las cartas pueden romperse si el viento sopla fuerte. Me quedé muda. Se supone que el amor verdadero es una promesa, pero el amor verdadero necesita sobrevivir al calendario.
Esa noche, quemamos juntos algunos de los papeles que ninguna de las dos se atrevió a dejar en el buzón. Vimos cómo la caligrafía se transformaba en ceniza y, al final, nos abrazamos sin palabras. Hicimos el amor como quien prepara una despedida demasiado larga. Nadie nos dijo que las ciudades son inmensas porque están llenas de gente que espera a quien no va a volver.
Cuando Marta se fue a París, sentí que la distancia no era un mapa de kilómetros, sino un idioma que solo hablan los cuerpos ausentes. No contesté a sus primeros mensajes; cada palabra me arañaba más que el silencio.
Los días pasaron. Seguí con mi vida, pero algo de mí permanecía en el hueco del colchón. De vez en cuando encontraba por el piso una nota antigua, una letra azul que salía de entre los libros y los cajones. A veces las releía, a veces las rompía con rabia, otras las guardaba en el bolsillo, esperando un milagro.
Un mes después, decidí escribirle una carta. No sabía si la leería, si Paris era tan grande como para olvidar una pequeña hoja desde Madrid. Le conté cosas pequeñas: el sabor de las naranjas de mercado, el nuevo perro de la vecina, lo mucho que odiaba los domingos. Y, al final, solo puse: “Sigo cantando por las noches. Por si vuelves y escuchas, o por si el silencio también canta”.
No recibí respuesta durante semanas. Aprendí a vivir con la incertidumbre, esa compañía silenciosa de quienes aman a distancia. A veces salía sola, me perdía entre los mercados, tomaba el metro solo para observar a la gente. Veía parejas abrazarse bajo neon y sentía una ternura dolorosa.
Una tarde lluviosa, como la primera vez, escuché un timbre largo en mi puerta. Abrí sin preguntar quién era. Frente a mí, empapada y temblando, estaba Marta. Tenía una maleta y una carta rota en la mano. La reconocí: era la primera que me escribió, vuelta a pegar con cinta adhesiva.
“Lo intenté en París, Inés. Lo intenté todo”, dijo, “pero no podía dormir, ni cantar, ni leer. Me faltaba la mitad del aire”.
La abracé antes de que terminara. Lloramos como dos chicas cansadas de la ciudad, como dos personas que aprendieron a pedir perdón antes que permiso.
A veces leemos las cartas equivocadas, o las rompemos antes de tiempo. A veces, la ciudad es demasiado grande para encontrar lo que perdimos. Pero, en el reflejo de Marta, supe que el amor también es saber volver, aunque la distancia deje cicatrices, aunque las cartas acaben rotas y las canciones terminen a mitad del estribillo.
Hoy vuelvo a mirar mi buzón cada mañana. Casi nunca hay cartas, pero hay una promesa: mientras una de las dos siga cantando, la otra sabrá el camino de vuelta, incluso en esta ciudad inmensa.
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