Portada del relato Flores que no mueren
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Fragmento:


Fue en otro atardecer, quizás el primero de otoño, cuando la rutina del café cambió de sentido. Irene se sentó frente a Martina, los ojos oscuros y serios, y acertó a decir: «Quiero que salgamos esta noche. Hay un bar nuevo, y va a estar Elisa». Elisa era la ex, el fantasma al que temía Martina. Pero lo que más le dolió fue la naturalidad con la que Irene lo dijo, como si no hubiera en ello ningún abismo.

Duración: 09:48

Flores que no mueren
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Texto de ajuste de pausa.

El aroma cálido del café recién hecho impregnaba el pequeño departamento, mezclándose con el perfume sutil de pétalos secos que reposaban en un jarrón de cristal sobre la mesa. Martina los miraba mientras removía el café en una taza blanca, su mirada perdida entre los colores apagados y la promesa de recuerdos que siempre flotaba con ellos. A unos metros, su amante, Irene, avanzaba descalza hacia la cocina, sus pasos ligeros pero su presencia ineludible, como la sombra de una tarde de verano.

Martina aún recordaba el primer día que Irene había llegado a su vida, trayendo consigo un ramo de flores frescas. Era primavera, y todo eso parecía una metáfora imposible. En el departamento la luz caía como caricia, pero el mundo afuera era asfalto y humo, igual a la ciudad: gris, tensa, insuficiente para contener la intensidad de ese primer latido. El tiempo había pasado, y las flores, doce rosas blancas, lentamente se habían convertido en esa pieza seca y perseverante sobre la mesa, custodiando secretos.

La relación entre las dos había nacido de la cercanía y del anhelo. Martina, recién separada de una relación larga y gris, había buscado refugio en la amistad de Irene, sin saber que detrás de su risa y su mirada había tormentas. Irene, por su parte, desbordaba de una sensualidad espontánea, el tipo de mujer que parecía conocer los atajos del deseo. Pronto, compartieron las primeras noches de intemperie, donde el calor y la vulnerabilidad se hacían uno. Martina nunca había sentido de esa forma antes; jamás se le había encarnado tanto el vértigo de entregarse, sin saber si sería correspondida o herida.

Con el paso del tiempo, el amor creció, pero también lo hicieron las inseguridades. Irene aún veía a su exnovia en algunas ocasiones—una promesa de amistad, decían—pero a Martina eso le producía una ansiedad corrosiva. No eran celos comunes, sino algo más profundo: el temor a nunca ser suficiente, la certeza de ser siempre la flor marchita entre las rosas frescas.

Fue en otro atardecer, quizás el primero de otoño, cuando la rutina del café cambió de sentido. Irene se sentó frente a Martina, los ojos oscuros y serios, y acertó a decir: «Quiero que salgamos esta noche. Hay un bar nuevo, y va a estar Elisa». Elisa era la ex, el fantasma al que temía Martina. Pero lo que más le dolió fue la naturalidad con la que Irene lo dijo, como si no hubiera en ello ningún abismo.

Martina sintió el filo de los celos cortarle la garganta, pero guardó su dolor tras una sonrisa helada. Asintió, incapaz de decir que no, pues aún, a esas alturas, tenía miedo de perderla.

El bar estaba lleno de risas y luces neón. El aire olía a una mezcla de sudores, perfumes y corazones dispuestos a romperse. Allí estaba Elisa, rodeada de un pequeño grupo de chicas, entre sorbos de ginebra y miradas chispeantes. Irene la saludó con un abrazo efusivo, y Martina pudo ver cómo se apretaban los cuerpos, cómo los labios de ambas rozaban la mejilla de la otra más cerca de lo necesario. Se sintió invisible, una sombra estéril en la periferia de ese reencuentro.

Elisa era indudablemente bella y segura. Tenía el cabello corto, casi como el de un chico, y unos ojos verdes que se posaron sobre Martina como quien estudia una planta ajena en un jardín. Le preguntó si quería un trago, y ella aceptó, aunque no tenía ganas. A los pocos minutos, Irene se sumó, trayendo consigo una botella de vino.

En la mesa, los tres conversaron. Elisa dejó caer algunos comentarios sobre anécdotas pasadas con Irene; bromas privadas, recuerdos compartidos. Martina reía, pero en sus adentros sentía que la estaban deshojando lentamente, pétalo por pétalo. La incomodidad se le fue quedando pegada como una segunda piel, y cuando Irene, después de reírse demasiado fuerte de algo que Elisa había dicho, le apretó la pierna bajo la mesa, sintió que la herida crecía, maldita y fértil.

Hay heridas que cierran, pero hay otras—más traicioneras—que se inflaman con gestos pequeños. Martina trató de sacar tema propio, hablar de lo bien que cocinaba Irene, o de sus proyectos de mudanza, pero cada vez que le hablaba directamente, la exnovia parecía mirar con un destello irónico en los ojos, casi dueño de una verdad que Martina no podía comprender.

Al salir del bar, la noche era fría. Irene caminaba entre ellas, oscilando entre el abrazo de una y de otra, como si el deseo de no elegir fuera un juego en sí mismo.

«¿Vamos a casa?», preguntó Irene a ambas, como si de pronto la noche pudiera prolongarse en infinitos posibles. Martina dudó, pero Elisa fue más rápida.

«No, otro día. Hoy solo vine por un trago». Su voz era firme, no exigiendo nada, pero el tono cargaba un matiz antiguo, una especie de derecho de antigüedad.

Elisa se despidió con un gesto y se alejó. Quedaron solas Irene y Martina bajo una farola. Silencio. Martina tragó saliva, conteniendo las lágrimas; se sintió de repente vieja, frágil como las flores secas sobre la mesa.

Irene notó la tensión. Le acarició la mejilla: «¿Qué tienes?». Pero en ese instante, la caricia dolió más que el rechazo. Martina se apartó.

«¿Por qué lo haces? Estar cerca de ella, delante de mí. ¿No ves cómo me siento?».

El viento les movió el cabello; Irene bajó la mirada. «Para mí, Elisa es parte de mi vida. No quiero perderte, Martina, pero tampoco quiero cortar esa parte de mí».

Martina cerró los ojos, sintiendo una presión detrás de los párpados. «Pero yo no soy como ella. No tengo esos recuerdos contigo. Me siento reemplazable».

Irene se acercó más, y en su voz tembló la confesión: «Eres mi aquí y ahora. Pero el pasado... no puedo borrarlo. Yo te elijo cada día. Si no lo sientes así, tienes que decírmelo».

El regreso a casa fue en silencio. Martina se encerró en el baño, miró su reflejo: la tristeza le caía sobre el rostro como una hoja muerta. Recordó la primera vez que sintió celos en serio, cuando era adolescente y su mejor amiga le dejó de hablar por un chico. El dolor era el mismo, pero ahora más complejo, más adulto. Inspiró hondo y se lavó la cara.

Por la noche, cuando Irene entró a la habitación, la vio sentada en el borde de la cama, sosteniendo una de las rosas secas entre los dedos.

«¿Por qué guardas esas flores?», preguntó Irene, sentándose a su lado.

Martina dudó. «Me recuerdan cómo empezó todo. A veces siento que esa belleza, al marchitarse, guarda algo que no supe cuidar».

Irene le quitó la flor y la besó suavemente. «O tal vez es solo un símbolo de que las cosas pueden cambiar y seguir siendo hermosas. Aunque se sequen, las guardaste porque te importaban. Eso dice más de ti que cualquier cosa».

A Martina le temblaron las manos. Sintió la urgencia de decirle cómo su amor la hacía frágil y poderosa a la vez. Las palabras le ardían en la lengua, pero solo logró acercarse más, pegar su frente a la de Irene. El deseo entre ambas era palpable, pero esa noche, entre caricias y susurros, hubo una ansiedad distinta, de querer ser suficiente, de querer fundirse una en otra para prohibirle al pasado cualquier influencia en lo que construían.

Hicieron el amor con una calma inusual, como quien se empeña en no dejar espacio para la duda. Martina se aferró a la espalda de Irene como si temiera que, al soltarse, todo podría desaparecer.

Al amanecer, Irene dormía aún. Martina se levantó, miró el jarrón de las flores secas y lo llevó hasta la ventana. Abrió los cristales y dejó que el viento fresco se colara, revolviendo los pétalos. En silencio, eligió uno y, con extrema ternura, lo deslizó dentro de un libro. Como un recordatorio de que incluso la fragilidad merecía ser preservada.

El día transcurrió ligero. Irene preparó un desayuno especial, y rieron como si la noche anterior fuese una mancha imposible de limpiar, pero también inofensiva bajo la luz del día. Martina no mencionó a Elisa, como si el peligro merodeara ya para siempre en la periferia, una amenaza invisible para la armonía lograda a base de silencios.

Pasaron los días y las semanas. Martina fue aprendiendo a respirar entre los celos; a veces le punzaban como pequeños alfileres, sobre todo cuando Irene recibía un mensaje en mitad de la noche. Pero entonces, en la intimidad de la habitación, Irene se entregaba sin reservas, como si con cada caricia le prometiera algo que no sabía cómo poner en palabras.

Una tarde, Irene llegó con un ramo nuevo, de violetas pequeñas y azucenas, todos colores intensos, vivos. Reemplazó a las flores secas del jarrón y las puso a un lado, como un pacto entre lo que fue y lo que sería.

Martina sintió un alivio inesperado, y también una punzada de nostalgia. Se miraron a los ojos, cómplices de una confesión muda. Sabían que ningún amor es perfecto y que, con cada flor que se seca, otras aún pueden florecer, si una se atreve a cuidarlas.

Aquella noche Martina volvió a abrir el libro donde había guardado el pétalo seco. Rozó su textura, áspera y delicada, y por primera vez pensó que los celos no solo eran una amenaza, sino una prueba de lo que había en juego. El amor de Irene era complicado, sí, pero también real, denso, como la memoria de un aroma que no se deja olvidar.

Miró desde la ventana la vida que circulaba debajo, autos, gente, mundo, y entendió que elegir permanecer, a pesar del miedo, era la verdadera valentía. No porque no pudiera marchitarse, sino porque, aún así, merecía la pena cada instante de fragancia compartida.

Quizás los celos nunca morirían del todo—como las flores secas. Pero entre los brazos de Irene, el amor se le antojaba menos frágil y más cierto. Y si el pasado acechaba, ella apostaría a que el presente podía, finalmente, ganarle la partida.

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