Portada del relato Promesas bajo la lluvia
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Fragmento:


—Me veo obligado —contestó Julian, bajando la mirada—. Mi tía Beatrice espera que haga acto de presencia en la cena de Lady Cresswick.

Duración: 08:59

Promesas bajo la lluvia
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Texto de ajuste de pausa.

Había en el aire una dulzura húmeda, el perfume de la brisa al despuntar el verano en la campiña inglesa. La finca de los Montford dormía entre brumas, y el murmullo de las hojas recién lavadas de lluvia era la única compañía de Julian mientras cruzaba el sendero de grava hasta la glorieta. Ocultaba la emoción tras el paso mesurado, tal y como le habían enseñado, aunque dentro de su pecho algo se agitaba como un pájaro atrapado.

Por fin distinguió la figura que esperaba: Alistair Standish, alto, delgado, elegante incluso en la desnudez de una camisa ligeramente pegada por la humedad. Alistair miraba atentamente una hilera de rosales, los dedos manchados de tierra y los labios curvados apenas, como si supiera que estaba siendo observado.

—Llegas puntual —dijo Alistair sin volverse del todo—. Impecable, como siempre.

Julian reprimió el impulso de alisar aún más el chaleco de lino.

—Renunciar a la puntualidad sería cortesía solo para quien no la merece —respondió.

Alistair rió suavemente, el sonido calando como la lluvia en la piel.

—¿Y cómo sabes que la merezco?

—Estoy aquí, ¿no?

Durante un instante, el silencio pesó. Era difícil decir qué los había unido en un primer momento; un leve roce de manos al pasar por el pasillo del club, una mirada sostenida durante algún sermón de domingo, o tal vez la total falta de interés de Alistair por opinar sobre temas de sociedad, cuando todos los demás parecían ansiosos por criticar. Fue suficiente para que Julian se sintiera inexplicablemente a salvo cerca de él.

—¿Qué piensas de las lluvias de este año? —preguntó Alistair, girándose por fin. Tenía los ojos del color de la turba, oscuros y hondos.

—Que serían mejor disfrutadas a cubierto —repuso Julian, una chispa atrevida en su mirada.

Alistair entrecerró los ojos, y luego le ofreció un pétalo rojo entre los dedos.

—A veces es necesario mojarse.

No era solo el doble sentido lo que golpeó a Julian, sino la honestidad derramada entre las palabras. Tomó el pétalo y lo guardó en el bolsillo interior de la chaqueta, un talismán secreto.

Sabían, con la certeza callada de quienes deben moverse con cautela, que lo suyo debía ser conveniente y privado; la Inglaterra victoriana no concedía comprensión a historias semejantes. Sin embargo, la atracción se había impuesto; era como una corriente subterránea que los acercaba día a día, a pesar de las ataduras.

—Sales esta noche —dijo Alistair de pronto, su voz apenas un susurro. No era una pregunta.

—Me veo obligado —contestó Julian, bajando la mirada—. Mi tía Beatrice espera que haga acto de presencia en la cena de Lady Cresswick.

—Bailarás con la señorita Hartwell, como siempre.

Julian esbozó una sonrisa cansada.

—Ella baila conmigo solo porque sabe que su madre la observa.

Alistair avanzó un paso. Pese a la mojadura y al fresco de la tarde, olía a madera y a una colonia almizclada y suave.

—Cuánto me gustaría robarte un baile —suspiró.

Julian cerró los ojos un segundo, imaginando el escándalo, el murmullo, el giro vertiginoso de la sala. Imaginó los dedos de Alistair entre los suyos, la presión suave sobre la palma, el calor que recorría las venas. Este brevísimo sueño lo marcaba, a la vez castigo y bendición.

—Prefiero verte aquí —murmuró.

—¿Un lugar seguro? —ironizó Alistair.

—Lo que tenemos —corrigió Julian con decisión— es un lugar propio.

La conversación se quebró como una rama bajo los pies de un ciervo. Sabían que “lo suyo” no tenía ningún espacio asignado: existía en pequeños paréntesis, en rincones de jardín, en cartas cuidadosamente destruidas.

—¿Vendrás mañana al claro? —preguntó Alistair, con ese tono desesperado de quien teme vivir solo de promesas.

—Vendré. —Julian asintió, y sus dedos rozaron los del otro al recibir una flor arrancada al azar.

Guardaron el secreto de ese contacto mientras se alejaban, cada uno perdiéndose en el vasto parque, fingiendo desconocimiento si alguien los veía.

***

La noche siguiente, Julian soportó la velada con su máscara impecable: rió en los momentos indicados, cortejó a la señorita Hartwell con cumplidos cuidadosamente medidos, aceptó la copa de champán que le ofrecía el marqués de Suffolk, y cumplió con el vals protocolario. Todo, sin embargo, era un fondo sordo y borroso. La música, las luces, las risas resultaban ecos apagados ante una única imagen: Alistair, esperándolo, oculto entre las sombras de la arboleda.

Al llegar, mucho después de la medianoche, traspasó el ventanuco de la biblioteca y se adentró por el sendero secreto. Por encima los árboles susurraban, las hojas goteaban agua y el aroma a tierra mojada lo envolvía.

Alistair aguardaba, envuelto en otro de sus inconfundibles abrigos burdeos, con la bufanda blanca apretada al cuello. Al verle llegar, la tensión se evaporó suavemente.

—¿Pensabas que no vendría? —susurró Julian, clavando la mirada en los ojos de su amante.

—Pensé que quizás esta vez el miedo sería más fuerte.

La respuesta era un desafío y una confesión. Julian avanzó, el corazón desbocado por la liberación de estar finalmente a solas. Cuando la distancia entre ambos desapareció, se permitió, por primera vez en la noche, un suspiro auténtico.

—Si el miedo fuera más fuerte, tú y yo no estaríamos aquí.

Alistair extendió la mano y, con una suavidad reverente, la posó sobre la mejilla de Julian. Pese al frío exterior, su tacto ardía.

Aquello, Julian lo comprendió, era amor en carne viva. No podía medirse ni explicarse, porque no respondía a razones ni consideraciones. Había brotado con la fuerza de una raíz buscando la luz, abriéndose paso a través de la piedra más dura del deber y el decoro.

Cerrar los ojos fue simple. Permitirse la caricia, disfrutar del roce de aquellos labios sobre los suyos, se sintió como un acto de resistencia y, a la vez, un alivio insoportable. Era un beso cuidadoso, casi más espiritual que carnal, pero el deseo que palpitaba en sus venas se tornaba urgente e insaciable.

—Necesito verte, necesitarte así es casi un castigo —murmuró Alistair contra sus labios, mientras las manos de ambos exploraban los contornos protegidos en público y ahora expuestos bajo la sombra benigna de la noche.

—En otra vida… —empezó Julian.

—En esta —le interrumpió Alistair, besándole con más firmeza—. Piensa solo en esta.

Las emociones trotaban y danzaban entre los dos, el pulso compartido y los cuerpos presionados el uno contra el otro. Cuando los botones cedieron y la tela fue apartada, ambos se miraron por un momento, casi asombrados de la fortuna de estar solos bajo la bóveda de los árboles, a salvo de ojos extraños.

Los dedos de Julian eran diestros, suaves, impacientes. La piel de Alistair temblaba bajo cada caricia, y el aire entre los dos se volvió un suspiro compartido. Las bocas buscaron y encontraron, las manos delinearon los caminos donde solo existía deseo; el futuro y el pasado desaparecieron tras el manto de la noche.

No hubo palabras innecesarias. Los cuerpos se encontraron suavemente, con la urgencia de quienes temen que cada segundo sea el último. La tierra fría fue testigo muda, mientras el calor se expandía entre ellos, primero tímido, después inevitable, con el ritmo de una música que solo podía escucharse a través del tacto.

Así, entre susurros y promesas de agua, se consumó lo que tantas veces había sido soñado. Nadie los descubrió. El jardín fue clemente, el cielo lluvioso selló el pacto de silencio.

Cuando por fin yacieron exhaustos, envueltos en la penumbra, las palabras llegaron templadas por la delicada atmósfera que crea la verdad compartida.

—Nunca imaginé que encontraría algo así —confesó Alistair.

—Ni yo —admitió Julian, notando que el corazón ya no latía con miedo, sino con gratitud—. Solo puedo prometer que no dejaré de buscarte.

Unas horas más tarde, cuando debieron separarse, supieron que el futuro les sería incierto. Habría cartas escondidas, miradas traicioneras, vigilancias renovadas por quienes guardaban las costumbres. Pero también estaría su claro secreto bajo la lluviosa arboleda; ese reino donde solo existían ellos y la profunda y necia esperanza de que el amor acaba por abrirse camino, incluso cuando no hay sendero visible.

Faltaba mucho para ver la aurora tolerante de un siglo nuevo, y tal vez, si la fortuna lo permitía, ambos vivirían para contemplarla. Pero de momento tenían la promesa, la certeza de que incluso en los intersticios del deber podían robar instantes sagrados.

En la humedad persistente del aire, Julian escuchó todavía las palabras de Alistair, pronunciadas cuando ya se alejaba:

—Lo que no se nombra no muere. Mientras vengas, mientras sigas regresando, esta historia será nuestra.

Con la cabeza alta y el corazón menos solo, Julian volvió a la mansión, llevando consigo el perfume de la lluvia y la memoria de un amor que, aún prohibido, se sentía más real de lo que toda la sociedad victoriana podría imaginar.

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