Portada del relato Entre Número y Nombre
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Fragmento:


El teléfono vibró por tercera vez en la noche, intruso incansable entre la penumbra y los suspiros. Victoria se giró entre las sábanas, los ojos abiertos hacia el techo invisible, reconociendo el número que parpadeaba: desconocido, otra vez. Si no fuera por su reciente cambio de operadora, habría ignorado la llamada. Pero ahora, cualquier cosa fuera de lo habitual levantaba sospechas, así que deslizó el dedo y respondió, la voz aún áspera de sueño.

Duración: 09:31

Entre Número y Nombre
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Texto de ajuste de pausa.

El teléfono vibró por tercera vez en la noche, intruso incansable entre la penumbra y los suspiros. Victoria se giró entre las sábanas, los ojos abiertos hacia el techo invisible, reconociendo el número que parpadeaba: desconocido, otra vez. Si no fuera por su reciente cambio de operadora, habría ignorado la llamada. Pero ahora, cualquier cosa fuera de lo habitual levantaba sospechas, así que deslizó el dedo y respondió, la voz aún áspera de sueño.

—¿Hola?

Un suspiro cortante al otro lado, mezclado con estática.

—Tienes que dejar de robarme las ideas, Domínguez —dijo una voz femenina, con un matiz agudo que le era, lamentablemente, demasiado familiar.

Victoria cerró los ojos, la mandíbula apretada.

—Sofía, por el amor de… ¿me estás llamando a las dos y cuarto de la mañana solo para esto?

—No “solo”. También para decirte que, aunque cambies el número, vas a seguir siendo una ladrona si presentas algo remotamente parecido a mi propuesta.

Victoria se sentó, fregándose los párpados. Que, entre las decenas de colegas de su nueva agencia, le tocaría compartir espacio —y aparentemente pesadillas— con Sofía Hernández era, como mínimo, una ironía cósmica.

—Tienes delirios de grandeza. Mi campaña no tiene nada que ver con lo tuyo. Mira, ¿por qué no hablamos de esto mañana en la oficina? O mejor, ¿por qué no dejas de hablarme para siempre?

Se escuchó un crujido, un silencio de indecisión.

—No confío en ti por escrito, Victoria. Hablando es más fácil saber si mientes.

La llamada terminó. Victoria inspiró hondo, porque sí, algo en la voz de Sofía —su tono seguro, implacable— siempre la había hecho sentir al borde de una confesión importante, aunque no supiera exactamente qué.

***

La enemistad con Sofía era legendaria en el mundo publicitario; tanta química, aseguraban, que podrían venderle agua al mar con solo una mirada de odio. Y sí, quizás era cierto. Competían por cuentas, por premios, por la atención del director creativo e incluso por ser la última en marcharse cada viernes. Se había convertido en un juego, uno peligroso y, aunque no lo reconociera, perversamente adictivo.

Aquella mañana, Victoria llegó a la agencia con las ojeras maquilladas y la cabeza zumbando de argumentaciones ficticias. Sofía ya estaba allí, apoyada en la máquina de café, dándole la espalda. El eco del teléfono seguía latente entre ellas, una conversación imposible de olvidar.

—¿Dulces sueños? —preguntó Victoria, intentando la cordialidad por primera vez en meses.

Sofía alzó los ojos, los labios torcidos en una mueca que no supo si era desprecio o diversión.

—Me encanta cuando te haces la simpática.

Victoria la observó, notando los mechones sueltos de su coleta, la blusa remetida de forma impecable. Qué rabia le daba admirar su estilo incluso cuando todo lo demás en ella parecía diseñado para irritarla.

—¿Crees que estoy copiando tu campaña, en serio? —preguntó finalmente, más bajo, casi entre ellas dos, como si en ese rincón del pasillo pudieran, por fin, dejar caer algunas de las armas.

Sofía sostuvo su mirada.

—No, creo que buscas excusas para odiarme porque si dejaras de hacerlo, no sabrías cómo justificar lo mucho que piensas en mí.

Se le escapó una carcajada.

—¿De verdad ese es tu argumento?

—Dime que no es verdad —replicó Sofía, encogiéndose de hombros.

Victoria no dijo nada.

El resto del día transcurrió entre mensajería ultrasónica (“mira tu presentación”, “quítale los colores pastel”, “deja de copiarme o de gustarme tanto, elige tú el verbo”) y miradas robadas en la sala de reuniones. Las cosas parecían hilarse con la lógica de un sueño, y por primera vez en mucho tiempo, Victoria se preguntó si no era más simple caer que seguir luchando.

***

Esa noche, mientras doblaba propuestas para la siguiente semana, el teléfono vibró de nuevo. Victoria reconoció el número, y sonrió pese a sí misma.

—¿Intentas instaurar un nuevo hábito nocturno, Hernández?

—¿Y tú, Domínguez, vas a responder siempre? —la voz de Sofía estaba menos afilada, más vulnerable.

Hubo una pausa.

—¿Por qué me contestas?

Victoria se encogió dentro del edredón, permitiéndose sinceridad con la oscuridad como cómplice.

—Porque nunca me aburro contigo. Porque me gusta discutir y ganar, y tú eres la única que puede ponerme en jaque.

—No quieres ganar conmigo. No en el sentido tradicional —susurró Sofía.

Los latidos de Victoria se dispararon, una ráfaga inútil de adrenalina por la palabra “conmigo”, por ese suspiro contenido.

—¿Por qué tenías tanta miedo que te copiara? —preguntó.

La respuesta tardó en llegar; cada segundo era una gota de tensión.

—Porque si realmente piensas igual que yo, si podemos tener la misma idea al mismo tiempo… tal vez somos más parecidas de lo que me gustaría admitir.

Victoria cerró los ojos, abrazando el teléfono.

—O tal vez llevamos demasiado tiempo mirándonos de lejos.

El silencio al otro lado no era incómodo. Para su sorpresa, era cálido.

—¿Quieres salir a tomar una copa? —se azoró un poco después de soltarlo, no acostumbrada a esa vulnerabilidad.

Sofía rió, honesta y breve.

—¿Es esta una cita? ¿O un armisticio?

Victoria pensó en el cansancio, en la soledad de la ciudad, en la manera en que Sofía siempre la descolocaba. Quiso un nuevo comienzo, uno donde los muros fueran menos altos.

—Que cada una elija. Pero no prometo que debata menos bebiendo.

—Tienes suerte. A mí tampoco se me da mejor —admitió Sofía.

Se citaron en un bar pequeño, casi escondido, con luz tostada y whiskey caro. No había rivalidad en las primeras miradas, sólo un reconocimiento tímido de lo que, por fin, no podían evitar.

—¿Por qué nunca lo intentamos antes? —preguntó Victoria, con el vaso entre las manos.

Sofía giró el hielo en el suyo.

—Tarde o temprano, alguien tiene que dejar de atacar para que empiece la conquista. A lo mejor nos daba miedo lo que iba a pasar si lo hacíamos.

Victoria sonrió, sorprendida por la dulzura en la palabra “conquista”.

—No tienes miedo de muchas cosas, ¿verdad?

Sofía la miró, grave de pronto.

—La gente valiente suele pensar mucho en lo que no se atreve a decir.

Victoria, entonces, permitió el contacto. Su mano cubrió los nudillos de Sofía, el tacto eléctrico, la posibilidad sin resolver latiendo entre las venas. No hubo ninguna huida, sólo ese segundo suspendido donde el pasado parecía tan pequeño y el presente pesaba como el futuro.

***

Los días siguientes fueron distintos porque ellas eran distintas. Dejaron de buscar grietas en las ideas de la otra y se permitieron —en público, al menos— una tregua tensa marcada por sonrisas incipientes que despertaban rumores en la oficina. Algún colega murmuró sobre “las reinas de la guerra haciendo las paces”, pero Victoria sólo escuchaba cuando Sofía reía o le enviaba una nota por chat: “¿Y si hablamos esta noche?”

Las llamadas eran ahora inevitables y buscadas, a horas imposibles, bajo cualquier pretexto: trabajo, películas, salvar al mundo. No siempre eran discusiones; a veces, sólo compartían el silencio o una confesión pequeña: el miedo al fracaso, los cuerpos que alguna vez les rompieron el corazón, la manera en que a ambas les daba miedo dormir con la luz apagada por completo. Había algo embriagador en fiarse de la voz al teléfono, en que la presencia de la otra se filtrara por la línea como una caricia prohibida.

Una noche, después de una semana de estas conversaciones, Sofía la llamó en mitad de una tormenta, con el trueno de fondo y la voz más suave de lo habitual.

—No quiero que esto termine con un simple “buenas noches”.

Victoria le entendió sin necesidad de traducciones. Sacó el paraguas y cruzó media ciudad bajo la lluvia sólo para verla en la esquina de su edificio, ya empapada, temblando entre la furia del clima y la intensidad de lo que ahora se permitían.

No preguntaron nada cuando se encontraron; fue un beso torpe, mojado, con risas y titubeos. Fue la forma más honesta en que habían hablado en años. Se abrazaron largo rato, el temblor de los cuerpos disipando la última sombra de enemistad.

—¿Verdad que era más sencillo pelear? —murmuró Sofía, la cabeza en el cuello de Victoria.

—Sí, pero ya sabes, soy competitiva. Si esto va de amar, no pienso dejarte ganar sola.

Sofía la besó de nuevo, muriendo de risa.

***

La relación no fue sencilla: ninguna de las dos sabía cómo detenerse antes de debatir, cómo ceder espacio sin sentirse vulnerable. Pero algo se liberó entre ellas; ahora, la admiración y la rabia se mezclaban con deseo y ternura. El teléfono era todavía un campo de batalla, pero también refugio; las llamadas nocturnas pasaron de la rivalidad a la complicidad, al placer de escucharse y confesarse, al aprender las inflexiones exactas que delataban una mentira piadosa, un miedo, una alegría.

Con el tiempo, su historia —la de enemigos a amantes— volvió leyenda entre los colegas. Sofía y Victoria ya no peleaban por ideas, aunque, de vez en cuando, inventaban desacuerdos solo para poder darse el lujo de la reconciliación, tan dulce como la primera vez.

Y aunque nadie lo sabía, cada noche, en la tibieza de las sábanas compartidas, Victoria guardaba el antiguo teléfono, ya sin batería, recordando cómo todo empezó entre número y nombre, voz y silencio, hasta que el corazón fue lo suficientemente valiente para dejar de pelear y empezar a escuchar.

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