Portada del relato Reflejos en la Lluvia
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Fragmento:


—No suelo encontrar a nadie aquí abajo —comentó Valeria, quitándose un mechón de pelo empapado de la frente—. Aunque agradezco la compañía. Esta ciudad parece un enigma bajo la lluvia.

Duración: 08:50

Reflejos en la Lluvia
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Texto de ajuste de pausa.

El primer día que Claudia se instaló en el pequeño apartamento de la calle Virgen de Lucía, lo hizo con una maleta roja y un revoltijo de dudas. Había dejado atrás Valencia, una relación de años marchitada en reproches y silencio, y a su madre, cuyo afecto era tan incontenible como a veces asfixiante. La ciudad de Granada era ahora su promesa: calles de adoquines, aroma a jazmín y dulzura de nuevos comienzos.

El apartamento era diminuto pero lleno de luz. Dos ventanas daban al Albayzín, y las mañanas, apenas rozando el mes de marzo, se llenaban de voces: panaderos, vendedores de flores y ese murmullo de ciudad viva que tanto había añorado. Por las noches, en cambio, el silencio era profundo y pesado, y con él venía el miedo y la esperanza entrelazados, la expectativa palpitante de que algo, cualquier cosa, podría ocurrir.

En su primera semana, Claudia se redescubrió a sí misma, desayunando bajo el ventanal con el aire algo frío en la nuca, garabateando ideas para el mural que la casera le había encargado en las escaleras del edificio. La creatividad le costaba trabajo aquellos días, como si aún estuviera destilando la amargura de su ruptura reciente, pero pintaba cada tarde, manchándose los dedos de azules, verdes y amarillos, tratando de convencerse de que los colores podrían traspasar la piel y aferrarse al corazón.

Una noche de viernes, mientras el cielo lloraba una lluvia tibia, bajó los tres pisos de la casa para tirar la basura. Salía a menudo con el pelo recogido y ropa de estar por casa —jamás pensó que la belleza se escondía entre escombros y prisas— pero ese día, el destino quiso que se cruzara con Valeria.

Valeria era la chica del tercer B, recién mudada desde Barcelona, amante de los gatos y del café oscuro. La encontró encorvada bajo el paraguas, un par de bolsas de supermercado colgando torpemente de las muñecas y la risa coqueteando en sus labios mientras la lluvia la salpicaba de brillo. Claudia la ayudó sin pensarlo, estirando sus propios brazos y recibiendo un “gracias” tan dulce que tuvo que esforzarse por devolver el aire a sus pulmones.

La lluvia azotaba las piedras y enredaba sus palabras, pero Claudia se ofreció a acompañar a Valeria hasta su puerta. Subieron juntas el tramo de escalera, abriéndose paso entre las sombras azuladas y un murmullo de confidencias inesperadas.

—No suelo encontrar a nadie aquí abajo —comentó Valeria, quitándose un mechón de pelo empapado de la frente—. Aunque agradezco la compañía. Esta ciudad parece un enigma bajo la lluvia.

Claudia sonrió, sintiendo cómo algo suave y cálido le recorría la columna. —Yo tampoco suelo hablar mucho con los vecinos —admitió en voz baja—. Pero a veces, el universo tiene otros planes.

Rieron las dos, y cuando Valeria cerró la puerta tras de sí, Claudia se quedó unos segundos inmóvil frente al rellano, tocándose el pecho, confundida y maravillada a la vez por la chispa insólita de una conexión apenas nacida.

No volvieron a verse hasta la semana siguiente. Valeria tocó la puerta de Claudia con unas galletas que horneaba por placer (“tienen un poco de jengibre, espero que no seas alérgica”), y Claudia, sorprendida y emocionada, la invitó a pasar. Tomaron té en las tazas desparejadas que Claudia había traído de su antigua vida y compartieron historias de desamores, de trabajos precarios y ciudades extrañas.

La atmósfera en el pequeño apartamento se tensó poco a poco, como si ambas midieran hasta dónde les estaba permitido acercarse. Claudia se sorprendió a sí misma buscando el roce de los dedos de Valeria sobre la mesa, distraída por la cadencia lenta que marcaban sus palabras y la curva de su sonrisa. Hablaban de literatura y películas, y de repente, Claudia se atrevió a preguntar:

—¿Has estado enamorada alguna vez de alguien que no debías?

Valeria la miró sin pestañear y luego, muy despacio, asintió.

—Sí —dijo—. A veces el corazón no sabe de normas ni de límites. Solo quiere lo que quiere.

Durante unos segundos inmensos, el mundo pareció quedarse en suspenso. Claudia notó que su propia respiración era un secreto compartido, una invitación apenas insinuada.

El ritual de los encuentros continuó. Algunos días cocinaban juntas. Otras veces iban al mercado del Realejo y discutían sobre la mejor manera de cortar las berenjenas para la parmigiana. Una noche, tras un paseo bajo las estrellas, Valeria tomó la mano de Claudia breve y audazmente, y ese gesto, tan simple y tan hondo, encendió una corriente eléctrica por debajo de la piel.

El primer beso fue justo en la escalera. Regresaban de una función de cine, celebrando con risas y helados derretidos, cuando una oleada repentina de valentía llevó a Claudia a detenerse a media altura y mirarla sin disfrazar ya el deseo.

—¿Está bien si…? —susurró, y la pregunta se diluyó en la humedad de la noche.

Valeria contestó inclinándose, las dos manos en las mejillas de Claudia, y el beso fue torpe al principio, suave como una pregunta, luego lleno de una ternura tan profunda que a Claudia no le cabía en el cuerpo.

No dijeron nada. No hacía falta. Subieron cogidas de la mano, y la noche fue la caja de resonancia para ese mensaje clandestino y radiante: hay mil formas de volver a empezar.

En las semanas siguientes, el deseo entre ellas creció, bullendo bajo la superficie de los días rutinarios. Compartían desayunos y miradas cargadas de lo no dicho. A veces, Valeria se detenía a observar cómo Claudia pintaba el mural de las escaleras; otras, Claudia la sorprendía corrigiendo capítulos de sus relatos tumbada en su sofá, apenas vestida con una camiseta demasiado grande.

La primera vez que compartieron la cama, fue un martes. Había sido un día largo, y una discusión banal sobre si las tapas se comían mejor en el bar de la esquina o en la Taberna de la Plaza se disolvió en risas y caricias. La pasión fue amable al principio, cada una temerosa de mover demasiado rápido el engranaje de sus heridas.

Claudia besó cada una de las pecas de Valeria, sintiendo cómo el deseo se abría paso como la primavera tras un febrero largo. Valeria, por su parte, se detuvo en el contorno de la cadera de Claudia, en ese lugar secreto donde a veces una historia de amor encuentra su epicentro. Sus cuerpos se buscaron despacio, con la delicadeza de quien recuerda que la piel ajena encierra a la vez pasado y promesa.

El tiempo se dobló, y el viejo apartamento fue testigo mudo de jadeos, susurros y confesiones entre lágrimas y risas bajas. El sexo entre ellas fue un redescubrimiento: no solo un intercambio de placer, sino un lenguaje nuevo, una forma de reconciliarse con todas aquellas partes de sí mismas que nunca habían tenido permiso para nombrar en voz alta.

El miedo, sin embargo, no desaparecía del todo. Había detrás una sombra persistente: el temor de haber construido demasiado rápido, el miedo a romper lo frágil. Una noche, bajo el resplandor plateado de la luna, Claudia confesó:

—Siempre he sido la segunda opción.

Valeria la abrazó desde atrás, acercando su cuerpo desnudo al suyo y susurrando en la curva de su oído:

—Pero para mí, eres el centro. Eres la primera, la última y la única.

En ese momento, Claudia decidió creerle.

Los meses se derramaron en pequeñas anclas de felicidad: una excursión al Sacromonte, la costumbre de comprar flores los martes, los desayunos de domingo con música y luz entrando desde el ventanal.

Pero también hubo cicatrices y temblores. Una llamada de la madre de Claudia trajo una tarde de lágrimas: “No sé si algún día podré comprenderlo, hija”. Valeria estuvo allí, sosteniéndola en silencio, y Claudia aprendió que a veces el amor no era una isla, sino un puente: vulnera, pero salva.

El verano trajo consigo el aroma de las granadas y el eco de fiestas en las plazas. Una noche, después de volver de la verbena, con los oídos zumbando de risas y flamenco, Claudia se atrevió por fin a pintar el último tramo del mural. Esta vez, en la esquina más visible, dibujó dos figuras apoyadas una en la otra: una con el pelo corto y azul, la otra de cabellos largos y oscuros como el café de la mañana.

Al bajar, Valeria la reconoció enseguida.

—¿Eso somos nosotras? —preguntó, besando la frente de Claudia, con la certeza de quien ya no teme ser vista.

Claudia asintió, temblorosa pero dichosa.

Fue entonces cuando supo que la ciudad, los colores, los silencios y las risas, todo era ahora parte de un mismo cuadro. Que no había que ser valiente todo el tiempo, solo cuando el corazón latía demasiado fuerte para callar, solo cuando el amor era la única respuesta.

Y entre la lluvia y el jazmín, entre la promesa del futuro y el consuelo del presente, Claudia y Valeria aprendieron que el mayor acto de coraje es elegir cada día al otro. Y que, a veces, los grandes romances comienzan en la escalera de un viejo edificio, con el olor a pan caliente, y la certeza de que, por fin, han encontrado un hogar en la mirada de la otra.

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