Portada del relato Cenizas de los Inviernos Pasados
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Fragmento:


Eliana cometió el error —o la suerte— de dejar que sus ojos se detuvieran demasiado tiempo en la curva del cuello de Lucía, en cómo se deslizaban unos cabellos color miel, en ese aire distraído e inalcanzable. "¿Buscas algo?", preguntó Lucía en voz baja, sin girarse del todo. Eliana se sobresaltó, ruborizándose con furia. "Quería… saber si necesitas ayuda. Trabajo aquí", mintió. Claro que trabajaba allí, pero no era ese el impulso, claro que no.

Duración: 09:03

Cenizas de los Inviernos Pasados
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Texto de ajuste de pausa.

La primera vez que Eliana vio a Lucía, la tarde ardía como si el sol quisiera derretir la ciudad. Las baldas de la biblioteca exhalaban un aroma añejo, casi sagrado, y el murmullo de las páginas daban la impresión de que los libros susurraban entre sí secretos atemporales. Eliana jamás podría precisar cuándo su corazón empezó a latir con esa nueva urgencia, sólo que Lucía estaba allí, de espaldas, revisando la sección de poesía y acariciando distraídamente el lomo de un ejemplar de Plath.

Eliana cometió el error —o la suerte— de dejar que sus ojos se detuvieran demasiado tiempo en la curva del cuello de Lucía, en cómo se deslizaban unos cabellos color miel, en ese aire distraído e inalcanzable. "¿Buscas algo?", preguntó Lucía en voz baja, sin girarse del todo. Eliana se sobresaltó, ruborizándose con furia. "Quería… saber si necesitas ayuda. Trabajo aquí", mintió. Claro que trabajaba allí, pero no era ese el impulso, claro que no.

El hechizo se rompió y la rutina se impuso, pero algo en el aire cambió desde entonces. Lucía empezó a frecuentar la biblioteca cada tarde, sentándose junto a las ventanas altas para aprovechar los últimos rayos. Eliana, cada vez menos disimulada, encontraba excusas para acercarse: libros que colocar, recomendaciones espontáneas, preguntas acerca de las preferencias literarias de Lucía. Esperaba, con el corazón palpitando, alguna señal palpable.

Fue en la quinta visita de Lucía cuando el juego secreto comenzó en serio. Entre párrafos y risas suavemente derramadas tras estanterías, ambas compartieron la confesión expectante del primer roce de manos al recoger simultáneamente un volumen de Neruda. El contacto duró apenas un segundo, pero ambas sintieron cómo se desplomaba el muro invisible del miedo y el deseo.

En una ciudad pequeña donde los rumores pueden viajar más rápido que el viento, Eliana vivía con una prudencia astuta. Llevaba años ocultando su naturaleza incluso de sí misma; Lucía, en cambio, parecía llevar la rebeldía tatuada bajo la piel, como una corona incómoda que la hacía caminar erguida pero le pesaba agotadoramente.

Esa diferencia de coraje las seducía y asustaba a partes iguales. Se sentaban, día tras día, en el mismo rincón, hablando con la cercanía de quien se reconoce sin necesidad de palabras. Sin embargo, cuando la biblioteca cerraba y la ciudad apagaba las luces, Eliana recogía la basura y almacenaba en su pecho el perfume de Lucía, preguntándose si alguna vez podría atreverse a besarla.

La oportunidad llegó con la honestidad contundente de la lluvia. Un sábado, la biblioteca se vació temprano tras una tormenta inesperada. Eliana cerraba las persianas cuando Lucía se acercó y, tras limpiar el vaho del cristal, miró más allá del parque desierto y preguntó: "Si pudieras revelar un solo secreto, aunque te desterrara de todo lo que conoces, ¿lo harías?"

La pregunta quedó flotando, frágil. Eliana dudó, enfrentada a los mil temores que llevaba acallando años. "Depende del secreto", musitó, temiendo que la tierra se abriera a sus pies. Lucía la miró, con esa intensidad suya casi feroz. "A veces hay secretos que son más grandes que el mundo entero. He estado esperando que cruces esa línea conmigo, Eliana."

La confesión era un faro; podían naufragar o podrían salvarse. Eliana sintió que la vida se le condensaba en ese instante. Trató de pensar en su madre, en las vecinas con ojos de cuervo tras las cortinas, en la iglesia con la que había roto a medias. Pero lo único nítido era el deseo de no seguir temiendo.

Se acercó. Lucía no retrocedió. La besó con un temblor de vértigo y promesa, un beso que no era sólo caricia, sino un símbolo, una toma de tierra, la victoria sobre tantos años de huidas. Lucía respondió aferrándola de la cintura, como si quisiera memorizar la forma de su cuerpo, tan real y tan imposible.

En adelante, cada momento compartido fue un acto de amor clandestino. Cuando las tardes eran demasiado grises, se citaban en un café junto al río, a veces solo para cruzar miradas cómplices entre multitudes indiferentes. Las manos se rozaban bajo las mesas, los suspiros se camuflaban en diálogos anodinos sobre el clima, sobre novedades editoriales o sobre cualquier cosa que tapara la emoción rugiente por debajo.

Pero la clandestinidad tiene un precio. Lucía, brava, cansada de los secretos, empezó a alejarse algunos días. Esperaba quizás que Eliana diera el paso de tomar su mano en público, ser vistas, desafiar el frío del entorno con la calidez de un gesto. Eliana, en cambio, retrocedía: su deseo de proteger a Lucía y protegerse a sí misma la empujaba a esa cruel distancia donde ambas se herían por amor.

Una tarde, Eliana recibió una carta en lugar de la visita diaria de Lucía. Un sobre blanco, la caligrafía elegante: "No sé si puedas hacerlo, pero estoy en la galería Amaranta, hasta que cierren. Quiero mostrarme contigo. Ojalá quieras venir. Lucía."

Eliana sintió un pánico tan agudo que le dolía respirar. Pero bajo el miedo se enredaba la certeza: si no iba, perdería a Lucía y, al hacerlo, se perdería a sí misma.

La galería estaba casi vacía; las obras relucían bajo la tímida luz eléctrica, y Lucía la esperaba ante un cuadro de mujeres abrazadas, delineadas en sepia y azul profundo. Era un cuadro que no se podía ver sin reconocerse, sin entender la audacia de amar distinto.

Lucía se volvió al notar su presencia. No hubo palabras, solo una invitación muda en sus ojos. Eliana se acercó temblando, y Lucía le tomó la mano, cruzándola sobre ambas, a la vista de los escasos visitantes. Eliana sintió la fuerza y la fragilidad del momento.

Una anciana las observó de lejos, asintiendo apenas. Un hombre frunció el ceño y desvió la mirada. Eliana, por primera vez, no se encogió. Miró a Lucía con el corazón latiendo salvajemente, y supo ya sin espacio para el engaño que ninguno de los errores posibles dolería tanto como perderse la experiencia de ese amor.

"La gente nos mira", susurró Eliana. Lucía apretó su mano. "Por eso estamos aquí."

Después de la galería caminaron bajo la llovizna creciente. Eliana, helada y temblorosa, se paró de súbito en el andén. Lucía, de inmediato, la cobijó bajo el paraguas, envolviéndola en el calor de su sonrisa. "No quiero esconderme más", dijo Eliana, casi sin aliento. Lucía, con una ternura infinita, la besó bajo el farol, sin testigos más que la lluvia y el crepitar de una nueva vida.

Aquella noche la intimidad se desbordó con la fuerza de lo inevitable. En el dormitorio de Lucía, entre las paredes pobladas de libros y arte, se desnudaron de prejuicios y de ropa, explorándose con la calma asombrada de quien se encuentra por primera vez. No hubo palabras, sólo estremecimientos, suspiros, dedos deslizándose lentos y miradas que decían más que cualquier juramento.

La entrega fue total: cuerpos y miedos, temblores y risas, todo entretejido en caricias, besos y la determinación renovada de descubrirse mutuamente incluso en la sombra de sus inseguridades. Cada centímetro de piel era una promesa y una declaración de libertad. Lucía fue la guía esa noche, y Eliana la aprendiz dispuesta a asomarse a un abismo luminoso. Se dieron nombres secretos con la lengua, viajando con los labios por los mapas de sus cuerpos, jurándose en silencio que jamás volverían a negarse esa plenitud.

En el amanecer, aún entre sábanas y el cabello entrelazado, Lucía pronunció lo que ambas sabían: "Nunca vamos a dejar de tener miedo. Pero podemos decidir no dejar que eso nos detenga."

A partir de entonces, aunque no gritaron su amor a los cuatro vientos, ya no se apartaban en público. Compartían miradas, abrazos tímidos, y cuando los chismes empezaron a rodar por la ciudad, Eliana encontró una serenidad inesperada: cuidar de ese amor era más importante que la aprobación de un mundo pequeño.

La clandestinidad no desapareció del todo; había días de dudas, de nostalgias agudas de pasados imposibles, de heridas reabiertas por recuerdos de desprecio. Pero juntas aprendieron a trenzar sus soledades y borrar las líneas del miedo con gestos cotidianos: el desayuno compartido, la risa en el supermercado, las caminatas nocturnas por plazas desiertas.

Pronto, la biblioteca se convirtió en un refugio para ambas. Sus charlas sobre libros adquirieron un matiz distinto, público y privado a la vez. Otras mujeres jóvenes comenzaron a acudir, buscando referencias que antes no se atrevían a formular en voz alta. Sin premeditarlo, Eliana y Lucía se convirtieron en un faro pequeño, plausible, para quienes necesitaban creer en las posibilidades de un amor sin secretos.

El relato de Eliana y Lucía fue siempre, en el fondo, una lucha entre la oscuridad y el deseo de ser vistas. Un romance tejido de miradas furtivas que florecieron hasta hacerse invulnerables. Quizás el mundo jamás lo entendería por completo; pero ellas sabían, bajo el manto de los días compartidos, que en la intimidad y el coraje residía ese amor secreto, ahora ya indudablemente propio.

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