Portada del relato En el Jardín de los Espíritus
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Fragmento:


Irina la saludó con un simple asentimiento. Sus ojos cobalto examinaron a la recién llegada, descubriéndola como a una flor extraña en una invernada inclemente. Durante la cena, la joven noble observó desde el otro lado de la mesa cómo Irina cuidaba de la anciana lady: la ropa acomodada en los hombros, el vaso de licor pequeño justo a su alcance, cada gesto contenido de ternura vigilante. Entre ellas, percibió un río subterráneo de afectos y secretos.

Duración: 08:48

En el Jardín de los Espíritus
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Texto de ajuste de pausa.

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El crepúsculo tejía hilos rosados entre las ramas desnudas cuando Ailén llegó a la Casa de las Cornamentas. El carruaje había dejado tras de sí la niebla de los caminos, y ahora solo quedaban silencio y el latido sereno de su miedo. La atendió una doncella tocada de gris, que la miró con ojos de luna: "Bienvenida, señora," murmuró. Las palabras apenas rozaron el zaguán antes de disolverse en una ráfaga fría.

Ailén no era extraña al exilio. Su familia, de apellidos antaño relucientes, había perdido majestad con la muerte prematura de su padre y el lento desvanecerse de su madre tras la guerra. Cuando Lady Whist, una pariente lejana, la invitó a pasar ese invierno apartado en la mansión, aceptó, orillada por la necesidad y un anhelo secreto de alivio. Había escuchado rumores: el lugar era misterioso, la dueña excéntrica y sus ocupantes poco dados a la compañía forastera.

Ya la primera noche, mientras la nieve golpeaba los cristales, Ailén conoció a Irina. Ella entró como si emergiera de la ventisca: alta, con cabello oscuro atado al descuido, llevando un abrigo varonil. No era sirvienta ni familiar. "La enfermera de Lady Whist", explicó la doncella, pero Ailén sospechó que Irina, con su andar desafiante y moderación feroz, era mucho más que eso.

Irina la saludó con un simple asentimiento. Sus ojos cobalto examinaron a la recién llegada, descubriéndola como a una flor extraña en una invernada inclemente. Durante la cena, la joven noble observó desde el otro lado de la mesa cómo Irina cuidaba de la anciana lady: la ropa acomodada en los hombros, el vaso de licor pequeño justo a su alcance, cada gesto contenido de ternura vigilante. Entre ellas, percibió un río subterráneo de afectos y secretos.

Las noches en la mansión eran largas y quietas; Ailén paseaba entre los salones, buscando la paz que el día no le ofrecía. La luna, reflejada en el hielo del jardín, parecía vigilarlas. Una noche, incapaz de dormir, encontró a Irina escuchando una melodía baja al piano desafinado. Oculta tras una columna, la contempló. La música era áspera, desgarrada. Ailén soltó un suspiro, y la enfermera se detuvo:

—¿Os place la música, lady Ailén?

Ella se sonrojó, consciente de estar espiando.

—Me place… y me inquieta. Sus notas parecen lamento y esperanza a la vez.

Irina asintió.

—No hay música que no se arranje con un poco de desgarro.

Las palabras pendieron entre ellas, electrizadas.

Empezaron a buscarse. Los paseos matutinos devinieron conversación compartida; los comentarios, al principio corteses, se volvieron desarmados y personales. Ailén aprendió a distinguir los matices en la voz de Irina, a interpretar sus silencios. En alguna ocasión, cuando la nieve caía a cántaros, se refugiaban en la biblioteca, compartiendo libros y recuerdos. Irina le contó de su tierra natal, más allá del mar de Bretaña, donde la guerra había arrasado su hogar. Tras perderlo todo, emigró como pudieron tantos otros: con orgullo herido y secretos irreparables.

—Fui soldado —dijo una noche, mientras la lámpara ardía baja—. Fui amante de una mujer que no sobrevivió al fuego. Aquí busco sombra para curarme y olvido para no maldecir.

Ailén sintió una oleada de algo cálido y doloroso. Su propia vida, apretada por corsés sociales, anhelaba liberación. La noche siguiente, se atrevió más allá de los límites de la costumbre: le llevó a Irina un ramo de lirios, robados del invernadero. Se sentaron juntas bajo el lampadario encendido, tan cerca que los silencios se volvían casi susurros.

—¿Teméis a lo que puedan decir? —preguntó Irina, la voz convertida en grave caricia—. Harían de esto un escándalo, si supieran de mi pecho cómo arde por vos.

Ailén tomó la mano de Irina entre las suyas. La piel era dura y fuerte por el trabajo, pero había en su calor una delicadeza que ninguna mujer ni hombre le había ofrecido jamás.

—No temo —respondió—. Antes de conocerte, vivía solo en la sombra de los otros. Ahora me despierta el anhelo de pertenecer a tu deseo.

El primer beso fue inesperado, torpe, más hermoso por su falta de artificio. Irina temblaba levemente, caricia contenida años. En la penumbra, se atrevieron a explorar la frontera donde la piel se vuelve confesión y promesa. Los labios se buscaron, lentos; las manos aprendieron el relieve del deseo callado. Cuando la aurora pálida filtró la vergüenza tras la ventana, Ailén supo que el amor era como la nieve: silencioso y brutalmente hermoso.

Debieron guardar la pasión entre susurros y miradas veladas. Lady Whist, a veces, las sorprendía en su compenetración; era perspicaz y piadosa a su modo. Una tarde las encontró en la solana, leyendo juntas el mismo poema. Sus ojos, nublados por la edad, se encendieron brevemente:

—La Casa de las Cornamentas acepta toda clase de bestias, incluso las que bailan juntas en la tormenta.

Ailén enrojeció, Irina desvió la vista, pero la anciana no añadió más, retirándose con un dejo de sonrisa.

Así, entre el invierno y la clandestinidad, el deseo floreció. Cada noche era una expedición al milagro del cuerpo ajeno: besos como promesas, caricias sin palabras, el roce de las pieles encendidas. Ailén aprendió a amar sin miedo, a reír abierta en los brazos de Irina, quien la tomaba con el respeto de quien sabe del precio del amor prohibido.

Con cada crepúsculo, el rubor del cielo parecía benévolo a su secreto; las rosas del jardín, despiertas aún en el frío, se abrían como si celebraran su dicha. Hicieron suya la noche y el alba, la inquietud y la ternura. Irina le contaba historias de su país mientras la peinaba, le enseñó a bailar valses hostiles descalzas en la biblioteca y a beber licor amargo mezclado con mermelada.

Pero el amor, como la nieve, presagia su propio deshielo. Un día, un primo de Ailén llegó sin anunciarse, cabalgando en nombre de la necesidad. Era un hombre frío, pulido en la corte; olió el secreto en la atmósfera densa de la mansión y acechó con mirada de halcón.

Ailén y su amante se hicieron prudentes. Los encuentros menguaron, pero la pasión, como agua subterránea, creció en profundidad.

El primo, al cabo, encaró a Ailén una tarde de viento recio:

—Las criadas hablan. Dicen que te entregas a vicios extranjeros. Piensa, Ailén, en el bochorno.

Ella, por primera vez, no tembló. Había en sus venas la certeza de una felicidad inalienable.

—Calla tú, que nunca supiste del valor de un deseo. Irina es más noble que cien linajes juntos.

El hombre palideció. La vergüenza no es nada contra el amanecer tras una noche de amor. Se marchó, furioso y humillado.

La víspera de la partida del primo, Ailén acudió a la habitación de Irina, como tantas otras noches. Encontró a la enfermera frente al fuego, murmurando a la llama luminosa:

—¿Si te pidiera huir? —preguntó Ailén.

Irina la observó, los ojos envueltos en sombras azules—. Donde vayas, iré. Ya no temo la intemperie, si es contigo.

Aquella noche fue diferente—despojada de miedo, se amaron hasta que la luna colapsó en el alfeizar. Cada beso fue una ofrenda, cada caricia un voto de permanencia; entre sus brazos, Ailén aprendió la eternidad posible en el tiempo fugaz.

Llegó la primavera, con su luz nueva y su promesa de cambio. Lady Whist llamó un día a la joven a su gabinete.

—He visto lo que ocurre. Esta casa ha albergado a todos los parias de mi estirpe. Amar, niña, siempre es un riesgo. Más vale hacerlo con grandeza.

Ailén lloro lágrimas de alivio y de amor.

La Casa de las Cornamentas guardó su secreto. Los jardines florecieron. Nadie volvió a mencionar vicios ni linajes rotos. Ailén e Irina, libres a su modo entre las paredes antiguas, aprendieron a amarse en el refugio de los días limpios y los crepúsculos rosados. Donde antes había miedo, ahora ardía la luz suave de la pertenencia.

Irina, con voz lenta y segura, recitó para ella, bajo los brezos:

—No temáis, amada mía,

la noche es sólo el manto

bajo el cual las rosas se prometen

ser eternas hasta el alba.

Y así, mientras las sombras bailaban con la llama y el jardín tejía su sortilegio, la Casa guardó para siempre la historia sagrada de dos mujeres que aprendieron, entre el dolor y la esperanza, la virtud desafiante de amar sin miedo.

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