Portada del relato Susurros en la Niebla
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Fragmento:


Había llegado a Ravenhall apenas tres días atrás, tras el fallecimiento de su tía, Lady Agatha, para hacerse cargo del testamento y ordenar la casa según lo disponía el abogado. A sus veintisiete años, Eleanor contaba con la amarga experiencia del matrimonio fugaz —un enamoramiento que sólo duró hasta que Edmund, su esposo, reveló su crueldad antes de morir en un duelo insensato—, y con el sabor agridulce de una independencia precaria, amasada a fuerza de silencios. Pese a ello, era vigorosa y escéptica. Y, sin embargo, algo en la atmósfera de Ravenhall comenzaba a abrir grietas en sus convicciones.

Duración: 08:52

Susurros en la Niebla
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Texto de ajuste de pausa.

Castañeteaban los cristales de la ventana al ritmo del viento de otoño. Ravenhall Manor se alzaba entre la bruma, una silueta entre sombras y recuerdos, como si el vasto caserón vigilara celosamente secretos sepultados bajo las alfombras y entre las páginas de sus libros antiguos. Eleanor Ashcroft, vestida de luto con un vestido de muselina negra, descendía los escalones, guiando sus pasos con el mero instinto de quien apenas conoce el territorio, pero siente su llamada: un fuego frío que arde en el centro del pecho.

Había llegado a Ravenhall apenas tres días atrás, tras el fallecimiento de su tía, Lady Agatha, para hacerse cargo del testamento y ordenar la casa según lo disponía el abogado. A sus veintisiete años, Eleanor contaba con la amarga experiencia del matrimonio fugaz —un enamoramiento que sólo duró hasta que Edmund, su esposo, reveló su crueldad antes de morir en un duelo insensato—, y con el sabor agridulce de una independencia precaria, amasada a fuerza de silencios. Pese a ello, era vigorosa y escéptica. Y, sin embargo, algo en la atmósfera de Ravenhall comenzaba a abrir grietas en sus convicciones.

La lluvia repiqueteaba sobre el tejado cuando Eleanor, tras una jornada de inventario, sintió el impulso de salir al jardín, casi arrastrada por un presentimiento. El aire olía a tierra húmeda y a hojas podridas; pero había, también, un aroma que desentonaba, delicado y dulce como el recuerdo de un verano perdido: rosas, floreciendo aún fuera de la estación. Siguió el perfume, cruzando el follaje, hasta tropezar con la rosaleda cubierta de hiedra. Allí, a la luz incierta del crepúsculo, vio una rosa solitaria, roja como el vino, temblando bajo la neblina.

Extendió la mano, y una punzada la detuvo; no fue la espina lo que sintió sino la corriente helada de una voz —¡No la arranques!—. Su corazón martilleó en sus costillas. Giró en redondo, pero solo el eco de su respiración contestó al grito contenido en el aire.

Así empezó la inquietud. Eleanor, que siempre había desdeñado las supersticiones, se encontró apagando velas más temprano, revisando dos veces las cerraduras y evitando la rosaleda al caer el sol.

Al día siguiente fue a visitar a Mrs. Beckett, la ama de llaves, una mujer enjuta, de tez curtida, pelo recogido en un moño inflexible. Habían compartido pocas palabras, pero Eleanor, aún temblorosa, necesitaba saber.

—Dígame, Mrs. Beckett, ¿ha notado al… alguna presencia en la casa? ¿O en el jardín?

La mujer la miró con los ojos velados por el miedo y la superstición.

—A veces, mi lady, hay cosas que no buscamos; quedan aquí, entre los muros y la hiedra. Era muy querida esa rosaleda por Lady Agatha. Jamás permitía que se cortaran las rosas. Decía que el lugar tenía memoria.

Eleanor reprimió un escalofrío.

—¿Es cierto que alguien murió ahí?

La ama de llaves bajó la mirada.

—No todas las historias deben ser desenterradas, mi lady.

Esa noche, tras leer una carta empañada por el tiempo, Eleanor se dirigió a la biblioteca. No dormía bien desde su llegada, y el afán de comprender la envolvía en una vigilia tensa. Se sumergió entre los volúmenes hasta hallar un diario de tapas gastadas, con la firma de Clarissa, la hermana menor de Lady Agatha. Sus páginas eran un cúmulo de secretos cifrados en frases a medias, pero una nota cayó al suelo al abrirlo, perfumada con un rastro leve de rosas. Decía: "A medianoche, entre las sombras, ven. No temas a la rosa ensangrentada; es el guardián de lo indecible".

Algo en la frase la impulsó a aventurarse en el jardín cuando el reloj marcó las doce. El aire era húmedo, la luna apenas acercaba vislumbres pálidos entre las nubes. Eleanor avanzó temblando, sin saber si lo hacía por valentía o por fatal fascinación. Al llegar a la rosaleda, divisó una figura distinta entre los setos: un hombre alto, envuelto en una capa oscura, de facciones marcadas y cabellos enmarañados, como un lord desterrado de otro mundo.

El sobresalto hizo que Eleanor buscara su escote, donde siempre llevaba una cadenita con un relicario; la presencia la desarmó.

—Perdonad el susto, señora Ashcroft —dijo con voz profunda—. Me llamo Lucien Tremayne. Fui amigo de Clarissa.

—Os he visto antes. Observándoos desde la colina —replicó Eleanor, tratando de no delatar su miedo, ni la turbación que la recorría—. ¿Por qué os ocultáis?

Lucien vaciló, un temblor de oscuros sentimientos sacudiendo sus palabras.

—No he cruzado este umbral en años. Tenía miedo de lo que encontraría. Pero vos… sois distinta; no os asusta la verdad.

La rosa carmesí, a sus pies, parecía sangrar, como si la tierra no la sostuviera sino la devorara.

—¿Qué teméis, milord? —susurró Eleanor, sintiendo que la respuesta iba a cambiarlo todo.

Lucien se acercó, el peligro y la ternura mezclados en su porte.

—Clarissa se ahogó aquí, bajo estas raíces torcidas, la noche en que le confesé mi amor. Hay rumores de una maldición, pero la verdadera cadena es la culpa.

Eleanor sintió el peso de la historia someterla, pero también el anhelo —ahora latente— de la redención. Avanzó un paso, atreviéndose a llevar la mano al rostro de Lucien, deslizándola por su mejilla marcada por las lágrimas mudas de la noche.

—¿Por qué volvéis ahora?

—Porque vos me habéis llamado. Hay una afinidad en el dolor, y vos también lleváis cicatrices bajo esa piel brillante.

Durante las semanas que siguieron, Lucien y Eleanor exploraron el terreno incierto de la confesión y el deseo. De día hablaban de literatura y política, compartiendo sus opiniones sobre los deberes femeninos y masculinos, buscando consuelo en la inteligencia del otro. De noche, paseaban la rosaleda, como si la luna y la sombra fueran las únicas testigos válidas para pecados y deseos. Lucien, hombre de mundo aunque herido, encontraba en Eleanor la valentía que le había faltado para huir con Clarissa, mientras ella hallaba en él una ternura que transformaba sus propias cicatrices en brazaletes de oro, preciosos y a la vez terribles.

Una velada, en el salón de música, la tensión acumulada entre ambos se volvió insoportable. Eleanor, tras un preludio de Chopin, dejó caer una rosa sobre el teclado. Lucien la miró, comprendiendo el significado de su gesto: la entrega y el miedo, ambos ardiendo al unísono.

Tomó su rostro entre las manos, besándola con la urgencia de quien ha estado muerto en vida. Eleanor sintió el vértigo exquisito del abandono, el roce de los labios que la recordaban humana, deseada y peligrosa. Sus bocas hablaron más de lo que sus palabras jamás podrían; su piel, bajo la muselina de luto, se embriagó del aroma a rosa y a deseo contenido.

Después, mientras yacía en sus brazos, Eleanor confesó sus pesadillas:

—Desde niña he sentido el miedo cerca, como si una sombra me acompañara. Pero ahora en cambio temo perder esto… perderte, después de haberte encontrado.

Lucien alisó las hebras de su pelo, besando su frente.

—No hay nada más aterrador que amar, Eleanor. Pero tampoco nada más hermoso.

Las paredes de Ravenhall, por un instante, dejaron de gruñir bajo el peso de la historia; los fantasmas de Clarissa y de Lady Agatha parecían bendecir la unión, dándoles permiso para su ardiente redención.

Sin embargo, el miedo persistía, insidioso, como la niebla que no se deja barrer del todo. Una última noche, atraídos de nuevo por la rosaleda, Eleanor decidió arrancar la rosa prohibida, desafiando todos los terrores y advertencias. Mientras lo hacía, la espina le rasgó el dedo, brotándole una gota de sangre que cayó sobre los pétalos. El aire se estremeció con un susurro antiguo, y la luna brilló, desvelando entre la niebla la silueta de una joven: Clarissa.

—No temáis amar —palpitaron sus labios espectrales—. La muerte sólo teme al olvido. Traed alegría a Ravenhall, y os devolveré la paz.

Eleanor cerró los ojos, sosteniendo la rosa sangrante entre sus manos temblorosas. Lucien la abrazó por detrás, fundiendo sus miedos en calor y deseo.

—¿Confías en mí? —le preguntó él.

—Hasta el final de la noche y más allá —contestó ella.

En los días que siguieron, la mansión cobró vida. Lucien se instaló como administrador del patrimonio y Eleanor se atrevió a llenar los salones de luz, de risas y de flores, renovando la promesa de amor y de redención. La rosa arrancada, secada entre las páginas del diario de Clarissa, quedó para siempre como emblema de una historia donde el miedo no fue el límite, sino el umbral de una pasión tan poderosa que, incluso los muertos, debieron rendirse a ella.

Y así, bajo la luna y entre rosas, Ravenhall sanó. Eleanor supo entonces que el verdadero terror era vivir sin atreverse; y el mayor de los milagros, amar con todo el corazón, aun cuando el mundo entero parezca desmoronarse entre sombras y deseos.

FIN

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