Portada del relato El secreto de los jardines de Rosethorn
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Fragmento:


La puerta retumbó en la entrada y Evelyn bajó, apretando nerviosa la cadena de oro que colgaba en su cuello. Un lacayo le murmuró con respeto:

Duración: 09:37

El secreto de los jardines de Rosethorn
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Texto de ajuste de pausa.

El viento de la tarde se arremolinaba entre los arbustos de Rosethorn House, arrancando pétalos de los rosales que bordeaban el ala oeste. El sol caía sobre la campiña inglesa y la luz dorada hacía brillar las columnas del gran portón de entrada casi con la promesa de un hechizo. Lady Evelyn Fairfax suspiró suavemente, sujeta de la fría baranda del balcón mientras observaba la llegada del carruaje. Desde la muerte de su padre, el duque de Allingsham, el mundo parecía hecho de pequeños destellos de nuevas responsabilidades y de promesas nunca cumplidas.

Aquel día se cumplía justo un año desde que el testamento la obligaba a vivir bajo el mismo techo que el nuevo tutor legal de su hermano Thomas: lord Nicholas Harrow. Evelyn jamás había conocido a Nicholas, pero los rumores le precedían: era el duque más joven en el Parlamento, guerrero de Waterloo y dueño de una reputación con las damas que resultaba tan espinosa como su propia mansión en Derbyshire.

La puerta retumbó en la entrada y Evelyn bajó, apretando nerviosa la cadena de oro que colgaba en su cuello. Un lacayo le murmuró con respeto:

—El duque de Harrow ha llegado, milady.

Apretando con dignidad la mandíbula, Evelyn descendió las escaleras del vestíbulo. Cuando la puerta se abrió con un crujido, vio primero la figura alta y oscura de Nicholas: estricto uniforme negro, bicornio en la mano, ojos de un gris acerado. Antes de poder pronunciar palabra alguna, él se inclinó con una cortesía estricta:

—Lady Evelyn. Es un honor.

Su voz seguía todas las reglas de la aristocracia, pero el leve destello de ironía en su comisura puso nerviosa a Evelyn.

—Sea bienvenido, duque. Espero que haya tenido un buen viaje.

—Todo lo agradable que permite el barro de la campiña —contestó él, cruzando el umbral y deteniéndose justo frente a ella—. Pero dudo que mis inconvenientes superen su incomodidad al tenerme aquí.

Evelyn alzó el mentón:

—Estoy convencida de la utilidad de cumplir el testamento de mi padre, nada más.

Nicholas esbozó una sonrisa apenas perceptible, y por un instante, Evelyn creyó ver el eco lejano de pena en sus ojos; después todo fue cordialidad y frases convencionales mientras él hacía las presentaciones a Thomas, un niño vivaz al que Evelyn amaba con ternura maternal. Aquella noche, la cena discurrió entre el hielo y la cortesía inglesa, pero Evelyn no podía dejar de observar —de forma tal vez demasiado persistente para su propio bochorno— la elegancia severa de los gestos de Nicholas, su carcajada contenida ante los comentarios agudos de Thomas, la leve arruga de preocupación al mencionar la hacienda.

Tras despedirse de su hermano y subir a su cuarto, Evelyn tomó una decisión impulsiva: bajaría al jardín. El aire le haría bien, necesitaba quitarse de la cabeza la extraña perturbación que Nicholas provocaba en su interior. Cuando cruzó el vestíbulo, escuchó un ruido en la biblioteca. La puerta estaba apenas entornada; dentro, Nicholas estaba de pie ante una pintura de la difunta duquesa, el semblante suavizado, el perfil vuelto hacia la antorcha parpadeante.

Sin pensar más, Evelyn empujó la puerta y su repentino impulso la traicionó:

—¿Le agrada la pintura, duque?

Nicholas se giró levemente, la luz perfilaría con franqueza brutal sus facciones.

—En realidad contemplaba las diferencias entre los semblantes: dicen que un retrato revela más de lo que oculta.

—De mi madre —contestó Evelyn, insegura—. Era gentil, pero también orgullosa. Nadie lo diría al ver la dulzura en sus ojos.

Por un momento, Nicholas la inspeccionó con esa manera rápida y certera de los hombres acostumbrados al campo de batalla.

—Hay orgullo en usted, lady Evelyn, aunque lo camufle tras hermosas palabras.

El silencio se alargó entre ellos, intensificado por la proximidad y la penumbra. Evelyn estaba demasiado cerca; podía sentir el olor a cuero y tabaco de su chaqueta, un aroma viril y peligroso que le agitó la respiración.

—Me pregunto, milady, ¿a qué teme? —murmuró él, bajando la voz.

Ella replicó, desafiando el temblor que amenazaba su compostura:

—No temo a nada, señor.

Él se le acercó un poco más, franqueando la última distancia prohibida.

—Todos tememos a algo, Evelyn. ¿Que alguien vea demasiado dentro de nosotros, tal vez?

El leve temblor de sus labios —tan cerca de los de ella— fue la advertencia del peligro y también del deseo. Evelyn recuperó la compostura, apartándose:

—Es tarde, duque. Que descanse bien.

Nicholas sonrió suavemente.

—Usted también, Evelyn. Y piense que no he venido a arrebatarle su hogar. Solo a proteger lo que su padre me encomendó.

Durante los días que siguieron, la tensión entre ambos creció, tomando la forma de pequeños gestos elocuentes: el roce de unas manos al entregarse una carta, las confidencias junto al fuego durante una tarde de lluvia, la discusión acalorada sobre la administración de las tierras, que siempre acababa en un duelo dialéctico que a ambos encendía la sangre. Para el resto de la casa, sólo eran los guardianes de Thomas y el legado Fairfax, pero en la intimidad de la biblioteca, el jardín o la sala de música, cada palabra era una caricia, cada mirada, una promesa apenas rota por el decoro.

Fue en la noche del baile de aniversario, una celebración improvisada en Rosethorn, cuando la tormenta se desencadenó finalmente. Nicholas la convidó a bailar con inusual solemnidad.

—¿Me concedería esta pieza, lady Evelyn?

La música ascendió en el aire. Los invitados aplaudieron, los criados susurraban, pero ni el mundo ni las estrellas existían para Evelyn más que la presión firme de la mano de Nicholas en su cintura, el ardor de su otra palma envolviendo sus dedos.

Bailaron con la precisión elegante de los que han nacido para la danza, pero bajo la superficie hervía algo más peligroso. Cuando se detuvieron junto a la ventana, Nicholas bajó la voz:

—Hay ciertos secretos en este lugar que claman por ser revelados.

—¿Por ejemplo? —susurró ella, aunque lo sabía.

—Por ejemplo —el calor de sus palabras en su mejilla la estremeció— que hay veces en que la pasión supera el deber.

El violín alcanzó un clímax y sus cuerpos se rozaron, apenas un leve contacto, suficiente para encender un incendio entre ambos.

—Mi deber es protegerla, Evelyn, pero cada día esa tarea me resulta más imposible—. Nicholas la miró, los ojos grises tempestuosos—. No porque usted sea difícil sino porque deseo poseerla más de lo que jamás he deseado nada en mi vida.

Atrapada entre el escándalo y el éxtasis, Evelyn titubeó.

—No puedo —murmuró, sin convencimiento real—. Este vínculo solo puede traer dolor. Usted es mi tutor, y el escándalo nos destruiría.

—¿Escándalos? He sobrevivido a Waterloo. No temo a una partida de viejas entrometidas.

Pero en sus ojos había ternura, y Evelyn comprendió al instante lo que nunca antes había comprendido: el peligro mayor era amar sin reservas. Cuando Nicholas rozó sus labios apenas con los suyos, fue como la chispa que inflama la pólvora. Sus bocas se buscaron, se encontraron, y el beso fue hambre, fue abandono y también promesa.

Después, Nicholas apoyó la frente en la suya, jadeando:

—Déjeme protegerla, Evelyn. No solo porque su padre me lo pidió. Déjeme protegerla porque no sabría sobrevivir si algo le ocurriera.

—No necesito protección —replicó ella, aun temblorosa—. Necesito saber que soy más que un deber.

—¿No lo ha sentido ya? —susurró él—. No sabe cuántas noches he soñado con este momento.

Aquella confesión fue la rendición. Se refugiaron en la biblioteca, donde el crepitar del fuego y las cortinas cerradas les aislaron del mundo. Nicholas la tomó en sus brazos con una delicadeza feroz.

—Nunca he hecho esto con nadie más —aseguró, besándola—. Nunca de este modo.

Sus caricias se deslizaron, pacientes, sobre el corpiño y la piel satinada del escote, llevándola a respirar hondo, a cerrar los ojos y dejarse llevar por la embriaguez del deseo largamente contenido. El vestido de Evelyn cayó al suelo dejando al descubierto su silueta; sintió contra su cintura la presión firme de Nicholas, la suave demanda de sus labios recorriendo el cuello, el murmullo de palabras en francés en su oído.

—Quiero ver qué secretos oculta la dama de Rosethorn.

—Y yo —jadeó Evelyn, enredando los dedos en el cabello oscuro—. Quiero conocer todos los misterios del duque.

La pasión los arrastró. El contacto de piel contra piel se volvió urgente, desesperado, pero también tierno, salpicado de risas y de miradas en las que ambos se reconocieron sin máscaras, desnudos no solo de ropa sino de miedo. Cuando se fundieron —cuerpos y almas— fue tan natural como respirar. Después, exhaustos, Nicholas tomó la mano de Evelyn y la besó con una devoción casi reverente.

—¿Qué haremos ahora? —preguntó ella, apoyada en su pecho.

—Me aseguraré —prometió él— de convertir cada día en Rosethorn en una historia digna de usted.

—Y si el mundo nos condena…

—Que venga el mundo. Ya no le temo.

Evelyn rió, la risa de una mujer que, tras años de soledad, veía en el futuro algo más que obligaciones. El secreto de los jardines de Rosethorn ya no era solamente el rumor del amor prohibido: era la certeza de que, aun bajo las reglas severas de la sociedad, hay pasiones tan poderosas que ninguna ley escrita ni susurros pueden detener. Y así, mientras el alba despuntaba tras los rosales, Evelyn y Nicholas supieron que el verdadero escándalo no era su amor, sino la posibilidad de que hubieran vivido una vida sin atreverse a buscarlo.

El destino, tramador incansable de pestillos y casualidades, les había ofrecido una última oportunidad. No pensaban desaprovecharla.

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