Portada del relato Las horas y el perfume
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Fragmento:


A esa hora la luz era azul y fría, filtrándose apenas a través de los cortinajes de gasa fina. Había aprendido a distinguir los días de suspiros de los días de promesas únicamente por la velocidad de las sombras en la pared. Esa mañana en particular, el silencio del pasillo se vio interrumpido por un leve roce, apenas audaz: su doncella, Hetty, dejaba una carta al pie de su puerta, acompañada por una mirada esquiva.

Duración: 10:07

Las horas y el perfume
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Texto de ajuste de pausa.

***

El invierno se hizo largo en Norwich, aquel año de 1817. Las chimeneas bostezaban con torpeza al caer la tarde, y los relojes parecían retener el tiempo entre sus engranajes, como si también ellos sufrieran el peso de la distancia impuesto por la nieve. Anastasia Lively, con sus manos pequeñas casi siempre enfundadas en lana, solía pasar las tardes en la habitación recubierta de paneles de madera, apoyada sobre el alfeizar de la ventana. Desde allí había aprendido a observar la lenta respiración del mundo; las ramas peladas sacudidas por el viento, los carruajes que se arriesgaban sobre el empedrado y, en raras ocasiones, una figura inusualmente familiar cruzando el portón que daba al jardín trasero.

A esa hora la luz era azul y fría, filtrándose apenas a través de los cortinajes de gasa fina. Había aprendido a distinguir los días de suspiros de los días de promesas únicamente por la velocidad de las sombras en la pared. Esa mañana en particular, el silencio del pasillo se vio interrumpido por un leve roce, apenas audaz: su doncella, Hetty, dejaba una carta al pie de su puerta, acompañada por una mirada esquiva.

Anastasia esperó a estar sola para desdoblarla. Reconoció la caligrafía al instante; inclinada, imperfecta como unas alas inquietas. El remitente era James Ashcombe, amigo de la familia y, en los últimos años, confidente furtivo, poseedor de ese aire mundano y a veces compungido de los hombres que han vuelto de la guerra cambiados para siempre.

“Hoy, tras el almuerzo, me atreveré. Si aún lo desea, espere junto a la ventana”, decía la breve nota. Nada más. Ningún nombre, ninguna firma, pero era él. Anastasia repitió las palabras como quien transporta en el pecho una llama pequeña pero indócil. Si aún lo desea.

Recordó entonces el primer abrazo que compartieron, una noche de septiembre, bajo las ramas de los pinos. No fue ni codicioso ni torpe, sino un refugio; dos cuerpos temblando ante la certidumbre de que después de la guerra y de la ausencia, aún existían para el otro. Habían hecho de ese contacto algo sagrado, nunca consumado del todo, como si al rozarse evitaran la catástrofe de ser encontrados.

El tiempo transcurrió con lentitud de menesteroso. La casa olía a carbón encendido y a tomillo seco. Afuera, la tarde trazaba heladas sobre el sendero. El reloj apenas concedía compás a los pensamientos. Anastasia esperó junto a la ventana, como prometido, sus manos temblorosas recorriendo el enrejado tallado en la madera. Vio entonces aparecer la figura inconfundible: James, envuelto en el abrigo oscuro, la cabeza desnuda y el andar nervioso de quien desafía una tormenta mayor a la que la naturaleza pudiera brindar.

Se detuvo, sin levantar la vista hacia la casa. Ella, le escondía apenas tras las cortinas, corrió un dedo por el cristal empañado. Se vieron sin verse, y supieron.

Deslizando por la escalera, silenciosa como una sombra, Anastasia cruzó el recibidor hacia la puerta lateral. El corazón le martillaba en la garganta. Abrió apenas, dejando escapar un vaho cálido a la tarde helada. James aguardaba, la nieve amarilleando sus botas. Se miraron apenas un segundo, ese lapso microscópico que se extiende en la memoria por décadas.

“Inglaterra duele menos en tu casa, Ana”, murmuró él, y sus labios apenas dibujaron una sonrisa. Ella no respondió, pero abrió un poco más la puerta, invitándolo a entrar.

En la penumbra del vestíbulo, los dos quedaron tan próximos que a Anastasia la invadió un súbito mareo. El perfume de James—limón, cuero, pólvora y madera vieja—la envolvía y la trasladaba automáticamente a antiguas correspondencias y veladas interminables. El roce de sus brazos al caminar por el pasillo parecía tan significativo como un juramento. Subieron juntos por la escalera trasera para evitar miradas, rozando apenas la baranda, midiendo cada movimiento.

La habitación estaba caldeada. Anastasia se quitó cada carta de encima y las apartó sobre el escritorio. James dejó el abrigo y miró, perdido, el exterior a través de la celosía. Afuera, el mundo era un lienzo blanco, pero adentro había otra clase de invierno.

Devino entonces un silencio dulce y tenso. Nadie desafió el recuerdo que los envolvía. James fue el primero en hablar: “Debí escribir más, debí insistir en volver antes”.

“Ambos sabemos que no era posible”, replicó ella, y en su voz vibró toda la resignación de los meses pasados. “Todo lo que podía esperar era tu regreso, o tus palabras, y aún así me encontraba midiéndome a mí misma entre los muros de esta casa. Acercándome a la ventana… creyendo verte cada vez que el viento alborotaba las ramas”.

A James le tiembla el labio inferior, una vulnerabilidad ajena al uniforme que alguna vez portó. “Hay noches en que solo el recuerdo del abrazo que compartimos me mantiene cuerdo. Tocarte, saberte... Eso, más que nada, me salvó.” El tono de su voz es ronco, como el que se permite soñar en voz alta.

Ella queda apenas a una distancia de un suspiro. El alféizar de la ventana está tibio. Se permite tocar la madera, como si acariciara la piel de un animal adormilado. “¿Y hoy?”, pregunta, trasluciendo el pedido de algo imposible de retroceder.

Él se acerca, pero antes busca con la mirada el permiso en sus ojos. El azul destartalado de la tarde se proyecta sobre los contornos de su rostro. Finalmente, el roce ocurre—sólo la yema de sus dedos sobre su mejilla, tan etérea como el vapor sobre el cristal.

El abrazo surge, al principio torpe y vacilante, luego firme. Anastasia se acurruca bajo el mentón de James, aspirando el aroma de un pasado irrecuperable, etiquetando la memoria en cada latido. El calor de sus cuerpos no detiene el invierno, pero lo vuelve soportable. Así, juntos, mirando el mundo tras la ventana, parecen formar una promesa—la clase de juramento tácito que solo los amantes que han sufrido la guerra conocen.

James soltó una risita breve, casi adolescente. “Siempre soñé con encontrarte aquí, aguardándome. Mi madre decía que la paciencia es la mayor virtud de una dama. Jamás la tuve, hasta conocerte.”

“Y yo jamás supe lo que era esperar hasta que aprendí a contarte los pasos de regreso”, respondió ella, y una ternura primitiva le creció en el pecho, expandiéndose por toda la casa.

La intensidad creció de modo natural, como la sombra alargada del crepúsculo en la alfombra. James deslizó la mano por su espalda, percibiendo los contornos frágiles bajo la tela del vestido, los huesos bajo la piel; la existencia entera de Anastasia contenida en ese pequeño y valiente cuerpo. Ella, por su parte, sintió la urgencia del hombre que había vagado por campos extranjeros, reconociendo en él el anhelo desesperado de pertenecer a una sola persona, al menos por un instante.

Cuando sus labios, finalmente, se encontraron, fue un contacto embriagador; leve y profundo como la primera gota de lluvia sobre tierra reseca. La ventana tras ellos parecía contener la respiración del propio universo, y el cristal empañado guardaba testimonio de lo que allí ocurría. No hubo palabras; solo el rumor del invierno y el latido apremiante del deseo.

El abrazo se transformó en algo más: una comunión. El cuerpo de James recorriendo el de Anastasia, la tela cediendo entre dedos ansiosos pero respetuosos. El roce de piel sobre piel, la timidez rota de antiguos amantes. Ella, con los ojos brillando, permitió que la luz se filtrara entre los pliegues del vestido hasta acariciar el muslo desnudo. Él besó su clavícula, los hombros, cada cicatriz invisible tejida en la piel y el alma.

La primera unión fue lenta, reverente; un reencuentro de cuerpos que llevaban la impronta del otro grabada en la memoria. El placer surgió envuelto en lágrimas y risas, en susurros apresados por la cortina. Afuera, el mundo continuaba, desprendido e ignoto: carros sobre el lodo, una veleta chirriando, un niño llamando. Aquí, en ese recinto sagrado junto a la ventana, solo existía el instante.

Tras el éxtasis y el temblor, permanecieron abrazados. James acariciaba su cabello, deshaciendo las trenzas, y Anastasia apoyó una mejilla sobre el pecho de él, escuchando el tambor persistente de la vida. “Siempre quise despertar junto a ti”, murmuró ella, sabiendo que aún el presente se escapaba de las manos.

“No despertaré en otro sitio”, contestó él, sin precisar dónde terminaría la noche.

El crepúsculo giró hacia la oscuridad. Afuera, la nieve atenuó los sonidos, y la luna trepó, curiosa, sobre la cornisa. Anastasia, envuelta en el cuerpo y el olor de James, pensó en lo insensato que había sido temer tanto a la incertidumbre, cuando justo allí—al abrigo de un abrazo, bajo la mirada de la ventana—la eternidad cabía.

No hubo promesas futuras. No hablaron de la posible separación, ni de la condena inevitable del deber militar, de las cartas interceptadas, de los rumores que acabarían filtrándose por las paredes. Solo existió el presente devorado lentamente, como si pudieran comulgar eternamente de ese único crepúsculo.

Cuando, tras horas de descanso y caricias, James se levantó para marchar, la ayudó a envolver su cuerpo desnudo en la frazada y la besó, largo, bajo el marco de la ventana. “No olvides mirar hacia la calle mañana, Ana. Mi corazón estará ahí, llueva, truene o hiele”.

Ella asintió, sin lágrimas, solo con la alborada creciente en la mirada. Guardó para sí cada roce, cada exhalación, la geometría exacta de sus acoplamientos y el calor insólito de su abrazo. Supo entonces que podría sobrevivir a todos los inviernos futuros si, por cada uno, conquistaba así un crepúsculo. Por cada abrazo junto a la ventana, sería capaz de esperar toda la vida.

Cuando la puerta tras James se cerró, y la casa recuperó su rumor de brasas, Anastasia permaneció allí, desnuda y radiante ante el vidrio azulado, confiando en que el mundo, al otro lado, nunca comprendería del todo la vastedad de lo que había ocurrido entre esas paredes; el abismo vencido por dos amantes que transformaron el invierno en hogar, y la espera en amor.

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