Portada del relato La distancia de un Guante
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Fragmento:


El frío nos obligó a aproximarnos. Su aliento era cálido y olía a especias orientales: cardamomo, un vestigio de mundos remotos. Nadie nos veía ya, pues solo la verja de hierro forjado y la luna nos acompañaban. Allí, fuera del tiempo y del deber, habló:

Duración: 08:37

La distancia de un Guante
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Texto de ajuste de pausa.

Había en Viena, en los días en que el invierno se extendía como un vestido de tul sobre el Danubio, fiestas que no eran más que justificaciones elegantes para el roce de manos cosmopolitas y miradas que narraban todo lo que no podía decirse en voz alta. Los arcos de los palacios vibraban con música, y los secretos se intercambiaban bajo el parpadeo de los candelabros. A mí, sin embargo, me seducía más aquello que sucedía en las esquinas donde la luz era menos generosa: los encuentros con extraños y los paseos robados al protocolo.

Mi historia comienza la noche de la Fiesta de la Nieve, en la casa de los von Arendt, cuando la ciudad ya dormía acunada bajo su abrigo de escarcha. Había asistido, como era costumbre, con mi madre viuda y un vestido bordado que aspiraba a la modernidad, pero aún obedecía rigurosamente a los dictados del decoro. El salón era un mar de tonos marfil y dorado, crepitando con incienso y el susurro de damas que fingían rubores, con caballeros que medían distancias con precisión aritmética.

No fui ajena a la promesa que traía la danza nocturna: la posibilidad de un roce accidental, una palabra innecesariamente tenue, un paso fuera de lugar. Pero fue cerca del balcón, donde las monedas de nieve caían obstinadas, que noté a aquel hombre de perfil irregular, mucho más oscuro que la plétora de rostros afables y correctos. No era austríaco; la línea de su mandíbula hablaba de tierras más ásperas. Su chaleco de terciopelo parecía absorber más luz de la que devolvía, y sus ojos eran, decididamente, demasiado sinceros para esa habitación llena de disfraces.

No me habló. Tampoco yo rompí el silencio. Simplemente compartimos la embriaguez sutil del anonimato mientras la orquesta atacaba un vals exigente. Fue entonces, en el breve caos de un cambio de violines, que me tendió la mano enguantada, y sin esperar consentimiento, me invitó fuera, hacia el jardín cubierto de escarcha. Aquel gesto era una transgresión sorda, pero lo seguí: los pasos de ambos dibujaban sobre la nieve rutas que nadie más conocería jamás.

El frío nos obligó a aproximarnos. Su aliento era cálido y olía a especias orientales: cardamomo, un vestigio de mundos remotos. Nadie nos veía ya, pues solo la verja de hierro forjado y la luna nos acompañaban. Allí, fuera del tiempo y del deber, habló:

—No me atreveré a preguntarle su nombre, señorita, ni el voto que la ata a estas paredes. No quiero saber de usted sino lo que su boca, por pura voluntad, desee entregarme.

Yo había leído novelas en las que los extraños ofrecían anillos o flores robadas. Él no ofreció nada; solo las palabras, y estas eran casi indecorosas en su ternura. Sentí cómo mis pezones se erizaban bajo el vestido, una vergüenza íntima y propia de quien descubre, en medio del invierno, una hoguera invisible.

Nos sentamos sobre la piedra helada de un banco, y no supe bien si temblaba por el frío o por el peligro delicioso que él significaba. Sus dedos, entrelazados en los míos, encontraron el borde de mi guante, y con una lentitud inusitada, lo deslizó hasta que mi muñeca quedó desnuda.

—Es la parte más sincera del cuerpo de una dama —me dijo—. Nadie mira nunca las muñecas.

No supe qué responder, así que permanecí, respirando muy despacio, mientras él trazaba con la yema de su pulgar una caricia tan leve que parecía una pregunta.

El jardín se abrió a nosotros como un escenario privado. En algún punto, los ecos de la fiesta se renderizaban como una simple nota sostenida, distante. Le hablé de mi infancia entre botones de nácar y libros escondidos en la biblioteca paterna. El relató que venía de tierras donde la lluvia era menos piadosa, de una familia que lo había desterrado por elegir la música antes que la guerra.

Cuando la conversación callaba, compartíamos el idioma más antiguo: la mirada que busca, el leve temblor en la comisura de los labios, el roce de nudillos según él señalaba algún rosal congelado. Por primera vez, sentí que el tiempo tenía compasión de mí: se detenía para que pudiera registrar la rareza de cada segundo, cada sensación que era, también, una infidelidad silenciosa a mi vida ordenada.

—¿Nunca nota usted —me preguntó en voz muy baja— cómo las costumbres nos hijan hasta olvidar el hambre que alguna vez nos movió?

Le respondí con la única osadía de la que fui capaz: coloqué sobre su muslo la mano desnuda. El roce de su pantalón bastó para que una corriente subiera por mi columna vertebral. Cerré los ojos y sentí cómo el mundo giraba un poco más rápido de lo habitual.

Entonces me besó, y descubrí que el beso de un desconocido tiene el sabor exacto de los sueños. No era torpe ni impetuoso, sino un beso que exploraba, casi como si no buscara placer, sino permiso. Yo, que había sido educada para resistirme a la urgencia, no me moví ni lo rechacé. En aquel beso estaba todo el cansancio de los domingos inacabables, de los bailes polvorientos y de las horas esperando ser amada.

Nos separamos, uno frente al otro, con la respiración agitada. Su mano se deslizó bajo la manga de mi abrigo, acariciando mi antebrazo desnudo, y yo sentí que el frío mordía donde él no alcanzaba a tocarme.

—Esta noche —dijo con voz ronca—, si lo desea, podemos morir y nacer tantas veces como lo permita este jardín.

Así, las normas que me ceñían fueron perdiendo fuerza, suplidas por las alas nuevas de ese deseo que, al inflarse, me hizo sentir vareada y fuerte al mismo tiempo. Me guió más allá de la fuente congelada, hacia el rincón cubierto por una pérgola donde el invierno era menos tirano. Allí, a la sombra de las hiedras rígidas, me permitió quitarle el sombrero y enredar mis manos en su cabello espeso, húmedo de escarcha.

Su boca descendió por mi cuello, y mis dedos, torpes, buscaron los botones de su camisa. Sus manos, siempre cálidas, descubrieron mi corsé y, en lugar de tratar de vencerlo, se detuvieron a sentirlo, a oprimirlo levemente, haciéndome consciente de la presión exacta en mis costillas, de la vida contenida bajo la tela.

El placer más intenso no fue el de la piel, sino el de la expectativa: el deseo agazapado en la idea de lo que vendría. Cuando al fin conseguí desabrochar uno de mis ligueros, sus labios besaron la piel recién expuesta, y sentí que el aire entre nosotros se encendía como un fósforo.

Me tumbó suavemente sobre una banca larga de madera, abrigándome con su capa. El roce de su boca sobre mi abdomen, la forma en que me miraba mientras sus dedos dibujaban líneas de fuego en mis muslos, fue un descubrimiento sin nombre. No hubo prisa, solo la cadencia de la nieve al posarse en el cabello de ambos, pero nuestra fiebre evaporaba cualquier rastro de hielo.

Me abracé a él y, en silencio, le di permiso para convertirme en algo más que una hija, en algo más que una heredera: en una mujer capaz de decidir por sí misma cuánta luz y cuánta sombra quería en su vida. Y cuando nuestros cuerpos finalmente se reconocieron en el silencio de la noche helada, sentí que cada célula de mi ser era una carta robada al destino, un secreto imposible de traducir a la lengua de los días comunes.

Al término del acto, nadie dijo una sola palabra. Simplemente permanecimos abrazados, escuchando la respiración del otro y el viento que azotaba los cristales de la casa todavía festiva. No prometió regresar, ni yo le pedí su nombre. El placer de aquella noche no vivía en la promesa del futuro, sino en la realidad perfecta de lo efímero: dos extraños que, por un instante, ahondaron más profundamente en sí mismos al mirarse en el otro.

Antes de marcharse, deslizó mi guante en mi mano y besó la punta de mis dedos.

—Esta noche existió solo porque nadie la verá repetir.

Sonreí. Caminé de regreso a la fiesta, recogiendo la compostura. El rubor en mis mejillas pasó por hija del frío y nadie podría haber imaginado que, bajo los encajes y la seda, palpitaba una historia que solo el invierno y yo—así como aquel hombre sin nombre—conocíamos.

Los días volvieron a ser días. Los bailes, bailes. Pero cada paseo en el jardín, cada conversación con un extraño, guardaba en mí la memoria de una noche en la que fui de verdad, completa, y sin pedir permiso.

Nunca supe si volví a cruzarme con él, quizás alguna vez sentí pasar a un desconocido en el mercado y mi corazón tembló, aunque no alcancé a mirar su rostro. Pero aprendí lo importante: hay placeres que existen por única vez, y su verdad eterna reside en no repetirse jamás.

Desde entonces, cuando el invierno vuelve a llenar de escarcha los rosales y los tejados de Viena, la memoria de aquel paseo nocturno me quema, dulce y poderosa, recordándome que una noche puede ser suficiente para vivir una vida entera.

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