Fragmento:
Una noche, después de la cena, Julia se enfermó repentinamente. El médico acudió y diagnosticó solo un enfriamiento, pero la señora Hawthorne, presa de su ansiedad, se mostró comprensiva y me permitió permanecer con la niña hasta que la fiebre remitió. Jonathan pasó varias veces junto a la puerta, tal vez por preocupación, tal vez porque la agitación de la casa no le permitía dormir.
Duración: 10:42
La tarde se depositaba sobre Westhaven con la mansedumbre de una madre apaciguando a su hijo inquieto. El viento, cargado de la fragancia pálida de los membrillos maduros y de los jazmines que trepaban el muro de la rectoría, había traído consigo la promesa de cambio. A pocos kilómetros del pueblo se alzaba Hawthorne Manor, casa ilustre y vieja, con balaustradas tan pulidas por el roce de los años como por el de las manos. Era aquí donde la historia de mis sentimientos comenzó, cuando llegué al umbral entre la resignación y el anhelo, en las postrimerías de un otoño que parecía inclinarse hacia la melancolía.
Me llamo Beatrice Witherspoon y tenía veintiocho años cuando ocupé el puesto de institutriz en Hawthorne Manor. Había resignado mis aspiraciones de juventud por causa del albur familiar, la bancarrota y la ruina del apellido. Cuando Lady Hawthorne respondió a mi misiva, ofreciéndome empleo para la instrucción de sus hijas, Julia y Catherine, lo acepté con una mezcla de alivio y temor. Mi futuro era incierto, pero en esos días toda perspectiva me parecía un avance sobre la oscuridad absoluta que amenazaba con tragarme.
Llegué al atardecer, en un carruaje alquilado, mi único vestido presentable doblado con esmero, mi cofre lleno apenas con unos pocos libros y recuerdos de un pasado en declive. El portón se abrió con un rechinar solemne; el largo sendero estaba flanqueado por hileras de cerezos en florantes, teñidos de un rosa crepuscular, una visión tan inesperada que, por un momento, apaciguó mi ansiedad.
Lady Hawthorne me recibió en la biblioteca. Era una viuda imponente, con el blanco en las sienes acentuando la gravedad de su expresión, aunque sus ojos mantenían cálidas chispas de inteligencia. Me condujo, con la formalidad debida, a mis aposentos y a las pequeñas, a quienes encontré encantadoras en sus ingenuos juegos. Pronto me sumergí en la rutina de lecturas y paseos, de clases de pianoforte y discusiones sobre ética y poesía.
La vida en Hawthorne, sin embargo, tenía más que su apariencia de calma doméstica. Apenas había pasado una semana cuando me encontré por vez primera con el señor Jonathan Hawthorne, hijo mayor de la difunta baronesa y heredero del título y las tierras. Había regresado de Londres tras un exilio provocado, según su madre, por la rebeldía propia de los hombres con demasiado tiempo y dinero.
Nos cruzamos en el jardín a la hora del crepúsculo. Yo paseaba con las niñas, recitando versos de Wordsworth, cuando su figura alta y oscura surgió por entre la penumbra de los cerezos. Su porte era elegante, el rostro grave, sus cabellos negros, y sus ojos quedaban indescifrables bajo el ala del sombrero. Hizo una leve reverencia, y apenas el temblor en la voz -mezcla de cortesía y fatiga- delató alguna emoción.
—Señorita Witherspoon, un gusto tenerla en nuestra casa —dijo, con tono tan correcto que me pregunté si sería afable o inabordable.
Nos saludamos y cayó entre ambos, de manera inexplicable, un silencio cómodo. Julia, niña traviesa, rompió el encantamiento.
—¡El señor Hawthorne estuvo en la India! —exclamó—. ¿Es cierto que allí las serpientes vuelan?
Su hermano esbozó una sonrisa desterrada de nostalgia.
—A veces parecen volar, pequeño gorrión. En ciertos días cálidos, uno duda de lo que es posible.
Hubo en su mirada un brillo, dirigido a mí, que me dejó inquieta mucho después de que la hora de las lecciones concluyera.
A partir de ese día, los encuentros con el señor Hawthorne se sucedieron. Al principio eran fortuitos, un cruce en la escalera, un saludo apurado en la sala de desayunos. Luego, parecía que las coincidencias obedecían a un patrón invisible; a menudo me ofrecía escoltarme por los jardines durante mis descansos, o me invitaba a acompañar a las niñas a la biblioteca durante sus estudios de historia. Descubrí que había en él una sed de conversación y un humor seco, sutil, que a menudo me hacía reír incluso en mis momentos más sombríos.
Una noche, después de la cena, Julia se enfermó repentinamente. El médico acudió y diagnosticó solo un enfriamiento, pero la señora Hawthorne, presa de su ansiedad, se mostró comprensiva y me permitió permanecer con la niña hasta que la fiebre remitió. Jonathan pasó varias veces junto a la puerta, tal vez por preocupación, tal vez porque la agitación de la casa no le permitía dormir.
Fue esa noche, en la soledad del pasillo iluminado a medias por lámparas de aceite, cuando le vi detenerse ante mí. Sus ojos tenían una intensidad que no se atenía solo a los hechos de la enfermedad.
—Se preocupa usted conmigo como si fuera su propia hija —dijo suavemente—. No cualquiera muestra ese tipo de devoción por unos niños ajenos.
Yo, presa del cansancio, murmuré:
—No hay nada ajeno cuando los afectos intervienen, señor Hawthorne.
Sus labios se curvaron en una sonrisa. Bajó la voz:
—Es usted… muy diferente a lo que esperaba.
No supe responder. En ese instante creí entender que algo crecía entre nosotros, como un lenguaje tácito, formado por la delicadeza de los momentos compartidos y la intimidad de los secretos guardados.
Los días siguientes confirmaron mi intuición. Las atenciones del joven señor aumentaron con la excusa de “interesarse por la instrucción de sus hermanas” y no pasó mucho antes de que aquel trato distinguido suscitara las especulaciones del servicio y el recelo apenas disimulado de Lady Hawthorne, quien me observaba con creciente escrutinio. A pesar de mi propia prudencia, no podía evitar anhelar sus palabras, sus miradas furtivas, las conversaciones profunda y honestamente reveladoras bajo la pérgola de glicinas.
La vida en Hawthorne Manor se llenó de pequeños rituales compartidos: la lectura al atardecer, la discusión de poemas, los paseos a caballo por senderos flanqueados por robles centenarios. Pero fue una tarde, al final de septiembre, cuando el señor Hawthorne se atrevió a algo más.
Habíamos cabalgado hasta el límite norte de la propiedad. Yo desmonté primero, apartando una rama baja con torpeza, y su mano, segura y fuerte, me sostuve el codo. Aquella leve presión significaba el mundo para mis sentidos agitados. Nos detuvimos ante la ribera del río, donde el agua corría breve y limpia. Las hojas caían en espirales lentas a nuestro alrededor.
—Señorita Witherspoon —dijo, y su voz fue suave pero firme—, le ruego perdone mi atrevimiento. Sé que mis atenciones pueden ponerla en una situación difícil. Mi madre lo ve, y el pueblo murmura.
Volví el rostro, repasando inconscientemente los pliegues de mi falda, incapaz de mirar directamente a esos ojos oscuros que encarnaban mi deseo y mi amenaza.
—Sabe usted que mi posición es… —empecé, pero no supe terminar.
Él se acercó, lo suficiente para que pudiera sentir el calor que emanaba de su cuerpo.
—Beatrice —susurró—. He esperado por alguien que viera más allá de mi título y mi fortuna. Usted es… la única persona, desde la muerte de mi padre, que me ha hecho sentir como el hombre que aún puedo llegar a ser.
Sentí que mi corazón se abría, atónito y vulnerable, y acaso, por vez primera, comencé a responder de igual modo.
—Yo… —balbuceé—. Jonathan, no busco nada, pero tampoco puedo negarle lo que siento.
En ese instante, nos fundimos en un beso, apenas contenido por la reticencia educada que aún dominaba los movimientos de hombres y mujeres en la campiña inglesa. Fue suficiente, sin embargo, para unirnos de un modo irrevocable.
Esa noche, volví a mi habitación con el vértigo propio de quien sabe que ha traspasado una frontera. Lady Hawthorne observó mi actitud ausente en la cena y, en días posteriores, la atmósfera de la casa se tornó aún más tensa, los rumores entre el personal adquirieron mayor intensidad, y en las miradas de mi patrona leí la duda y la angustia de una madre temerosa por el porvenir de su linaje.
No fue sorpresa cuando, una semana después, se me convocó a la sala principal. La señora Hawthorne, solemne, me invitó a sentarme frente al ventanal, sus anillos tintineando contra la mesa.
—Señorita Witherspoon —comenzó—. Mi hijo es joven, apasionado y, como tantos de los nuestros, propenso a sentirse atraído por lo que parece imposible. Nadie duda de su integridad ni de la estima que se ha ganado aquí, pero debe comprender que… —calló un instante, escudriñando mi rostro—, las diferencias sociales raramente pueden salvarse sin consecuencias.
Me descubrí temblorosa. Observé su rostro, duro pero no carente de compasión.
—Entiendo, señora —dije—. No deseo causar escándalo ni desdicha.
La conversación terminó en esos términos, y días después recibí una oferta, cortés y generosa, para abandonar la mansión a fin de que no sufriera yo el escarnio del rumor o las consecuencias de un pecado social.
Jonathan, sin embargo, no dejó que mi partida se decidiera por decreto. La última mañana, poco antes de embarcar el carruaje para el pueblo, él interceptó mi camino en el vestíbulo; su decidido rostro era el de un hombre que no se rendía.
—¡No puede usted irse! —exclamó, olvidando cualquier atisbo de discreción—. No permito que el miedo o la costumbre me condenen a una vida sin usted.
Lo miré, las lágrimas aflorando, pero firme.
—Jonathan, no soy noble ni rica. No tengo poder frente a la opinión pública. Si ambos perdiéramos, ¿quién ganaría?
Me tomó la mano y la llevó a su pecho, latente como un tambor de guerra.
—No me importa el escándalo. Lo único que temo es perderla a usted. Si debe marcharse, lo haré con usted. Si se queda, le pido que acepte mi nombre y mi destino.
Así, en ese vestíbulo ceñido en penumbras, acepté convertirme en su prometida, sabiendo que de mi decisión surgiría una vida marcada por la desaprobación de algunas voces oscuras, pero también por la autenticidad de un amor forjado en el crisol de todos los obstáculos.
Westhaven habló, y muchos apartaron la mirada por un tiempo, pero otros, reconociendo la verdad de nuestro afecto, se sumaron a nuestra dicha. La vieja Lady Hawthorne, en su sabiduría maternal tras el dolor inicial, aceptó finalmente que la felicidad de su hijo no era menos valiosa que las tradiciones que la sostenían.
A la sombra de los cerezos, con el murmullo del agua cercana, pronuncié mis votos delante de aquellos que se atrevieron a mirar la vida —y el amor— de otro modo. Los cerezos, cada primavera, florecían con mayor esplendor, y los años, suaves como la caricia de una brisa en el poniente, convirtieron a Hawthorne Manor en el hogar de todo cuanto alguna vez soñé: una historia de amor sencilla y audaz, que se convirtió en leyenda para quienes creen que no existe mayor dicha que la de amar, cuando, como una fruta madura, se entrega sin miedo, a tiempo y sin reservas al destino que uno mismo ha elegido.
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