Portada del relato Ecos de medianoche en Hawthorn Hall
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Fragmento:


—Lady St. Claire, ¿le han dado todo lo necesario para su descanso?

Duración: 10:35

Ecos de medianoche en Hawthorn Hall
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Texto de ajuste de pausa.

El tic-tac del gran reloj de pie se confundía con el retumbar distante de un trueno, oculto entre las nubes que a esas horas encapotaban el cielo sobre Hawthorn Hall. El regente de la imponente mansión, lord Sebastian Ashcroft, se inclinó sobre la ventana de su biblioteca, desdeñando la cena y a los invitados por la visión de la noche. A través del vidrio repiqueteado por la lluvia, apenas distinguía las azaleas que su madre había plantado veinticuatro años atrás en el jardín sur. Las flores se mecían, temblorosas bajo los asedios del aguacero, como tan a menudo hacía su propio corazón.

Nadie lo sabía, pero para Sebastian, las tormentas traían consigo no solo humedad y frío, sino también recuerdos. De un tiempo en que la voz de su padre, el viejo duque, retumbaba con la misma crudeza que ahora resonaba el trueno y la tormenta era apenas un comentario del clima, no un eco en su pecho. Ahora, en su trigesimonoveno año, había heredado no solo el título sino las sombras del pasado que anidaban en Hawthorn Hall.

Ya no había risas infantiles en los corredores—ni felicidad ni juventud. Había baile y conversación, sí, pero nada que pudiera suplantar el vacío. Por eso, cuando aquel carruaje cubierto por el barro chirrió a mitad de la noche bajo la galería, Sebastian apenas dirigió una mirada. Los retrasos eran frecuentes, la costa de Yorkshire inhóspita, y si algún invitado había osado desafiar el clima solo por asistir a su velada, tenía la necedad o el coraje de alguien no corriente. No obstante, la sorpresa aguardaba en el umbral.

Lady Rosamund St. Claire no tenía la menor intención de quedarse en Yorkshire. Su presencia en la finca era, como la propia tormenta, un accidente de circunstancias desafortunadas. El viaje con su familia hacia Edimburgo había sido interrumpido por el lodo y los daños en el puente cercano; su carruaje se había desviado apenas por consejos de un carretero local. No había esperado hospedaje en una mansión como Hawthorn Hall, pero allí estaba, empapada pese a la capa de viaje, sus cabellos color castaña asomando en rizos mojados bajo el sombrero, con la barbilla elevada en un gesto de autodeterminación.

En el vestíbulo, la mayordoma, la señora Kettleworth, ni bien vislumbró las credenciales y el familiar apellido St. Claire, dispuso una habitación y ropa seca. Rosamund recorrió el corredor alfombrado con los pasos suaves del que no quiere molestar, consciente de las miradas de los criados y del ambiente de vigilancia y misterio que impregna ciertas casas señoriales. Era una mujer acostumbrada a las expectativas: su padre era vizconde y ella la única hija, pretendida por varios caballeros. Pero Rosamund era también testaruda y suspicaz, cualidades nacidas de años sorteando la política social londinense.

Esa noche, cuando por fin estuvo vestida cálidamente, con el fuego danzando en la chimenea de su cuarto, Rosamund se permitió un respiro. No era momento de perder los nervios; Hawthorn Hall le ofrecía una noche y quizás una cena si las convenciones se mantenían. Se obligó a repasar la correspondencia que traía consigo, mas antes de lograr concentrarse, un golpeteo suave en la puerta la hizo sobresaltarse.

Se trataba de Sebastian Ashcroft, que comparecía ante ella sin la formalidad del recibimiento oficial, pero sí con la dignidad de su linaje. La sorprendió la magnitud del hombre: alto, de facciones esculturales, y un brillo áspero en la mirada, como si cada palabra hubiera sido elegida con cautela antes de pronunciarla.

—Lady St. Claire, ¿le han dado todo lo necesario para su descanso?

—Sí, milord —contestó ella, esforzándose por reprimir el temblor de su voz—. No quise ser un estorbo.

Sebastian negó con gentileza.

—Esta casa ha acomodado a muchos viajeros de fortuna incierta —replicó—. Quizás así gane la benevolencia de los dioses, algún día.

Lejos de los salones donde los otros huéspedes departían, conversaron junto al fuego. Rosamund encontró en Sebastian no solo la cortesía propia de la nobleza sino una honestidad rotunda, como si ambos supieran que cualquier máscara sobraba en aquel refugio temporal. Halagada por su atención, Rosamund confesó su fastidio por el viaje y su inquietud por la vida en Londres, y Sebastian, estimulado por su franqueza, compartió detalles de su soledad.

—La sociedad en Londres es una partida de ajedrez sin fin —dijo él, vigilando el crepitar de las llamas—. Aquí, lejos de la mirada pública, uno encuentra otras verdades.

—¿Y cuáles son esas verdades, milord?

Interrogado así, Sebastian se tomó un momento antes de hablar.

—Que hay anhelos que no se admiten a la luz del día —admitió él, sin mirar a Rosamund—. Y deseos que no dejan de crecer, aun cuando uno se obliga a ignorarlos.

Había en la sala un olor a brea y cera, el inconfundible aroma de las mansiones antiguas, y algo en la voz de Sebastian la trastornó. Ella era sensata, pero dentro de sí reconoció esa grieta, esa fisura en la lógica y la calma: la promesa de que una noche, bajo otra lluvia, sus labios podrían encontrarse.

La tormenta prosiguió, y en las horas siguientes, mientras los rayos cincelaban la noche, la conversación se transformó en confesión. Hablaron de passados y pérdidas; él de la muerte de su hermano menor —cuya ausencia había ensombrecido Hawthorn Hall desde entonces—, y ella de su temor a ser atrapada en un matrimonio arreglado.

Había algo inesperadamente sencillo en esa intimidad improvisada. Cuando Rosamund, vencida por el cansancio, se retiró, la acompañó en silencio hasta la puerta de su recámara.

Esa noche, ambos soñaron inquietos.

Al día siguiente, con el sol apenas asomando, las noticias empeoraron: el puente seguía intransitable. El destino, parecía, los había atado durante al menos otro día. Los huéspedes matutinos cuchichearon, pero Sebastian evitó la compañía ajena: tras finalizar sus asuntos, fue a buscar a Rosamund, encontrándola bajo los arcos del invernadero, acurrucada entre helechos y camelias, leyendo una carta.

—¿Le place la lectura? —preguntó él, interrumpiendo lentamente el silencio.

—La carta de una amiga —respondió—, que me urge a no dejarme convencer de ningún compromiso.

—Hay compromisos que no pueden rechazarse —anotó él con ironía—. Ni siquiera por la más determinada de las damas.

—Quizá algunos hombres estarían agradecidos de no ser arrastrados a matrimonios por conveniencia —replicó Rosamund, con una chispa en los ojos—.

—Otras veces, es el destino el que se encarga de hacerlo, incluso cuando no lo buscamos.

Hubo una pausa en la que los dos apartaron la mirada. Alzo la mano, como para arrancar la bruma que los separaba.

—Lady Rosamund —dijo Sebastian, y las palabras, titubeantes, parecieron cortadas de su pecho—, si le dijera que a veces una noche basta para que se siembren nuevas raíces, ¿me tomaría por un necio?

—No sería la primera vez —respondió ella, sonriendo con tristeza—, pero me temo no sería deshonrado.

Sebastian avanzó hasta un resquicio de luz, donde el cristal del invernadero imprimía en su rostro una calidez inusual.

—Hawthorn Hall siempre ha sido un lugar para fantasmas, lady Rosamund. Fantasmas de lo que no se dijo, de lo que no se hizo. Pero por primera vez en muchos años, siento el deseo de cambiar el destino de sus habitantes.

—¿Y ese destino depende de mí? —preguntó ella, más suavemente de lo que hubiera querido.

—Depende de ambos.

Sin pensar en el escándalo ni en las consecuencias, Sebastian tomó la mano de Rosamund. El contacto fue como un laúd afinándose: el temblor recorrió el aire, y los dos se miraron sin máscaras ni reservas. El beso fue inevitable; inocente al principio, como una promesa sellada entre el perfume de las camelias y la fragancia tibia de la lluvia próxima. Cuando Sebastian la estrechó contra sí, el invernadero cobró vida, las hojas susurrando, la luz cayendo en cascada sobre la unión de sus labios. Rosamund, por un instante, se permitió la ilusión de que no era una invitada accidental, ni una joven refugiada de la tormenta, sino una mujer deseada y deseante, y correspondió con toda la pasión que el hambre de sus años le había negado.

El sortilegio se rompió solo cuando la señora Kettleworth apareció con noticias: el puente aún no estaba listo. Pero la decisión ya latía en las venas de ambos.

La noche cayó otra vez, pesada y plomiza. Sebastian caminó hasta la recámara de Rosamund sin pedir permiso, guiado por el deseo y una urgencia que ni el decoro ni la costumbre pudieron frenar. Ella lo aguardaba, los cabellos sueltos, la piel iluminada por el fulgor dorado de la lámpara de aceite. Con dedos trémulos, Sebastian tomó su mentón, la miró profundamente, y al besarla sintió que todo el dolor de años, la soledad y la culpa, se disolvían con cada caricia sobre su piel.

Los ropajes cayeron con el silencio de la lluvia sobre las rosas. El primer contacto fue devoto, casi reverencial; pronto, sin embargo, el beso se convirtió en una demanda, un llamado antiguo que hizo a Rosamund estremecerse. Él la sostuvo por la cintura, ella arqueó el cuello y se dejó invadir por la certeza de un deseo compartido. Sebastian, temblando, la guió hasta el lecho, y allí las palabras resultaron superfluas.

Los labios de Sebastian descendieron por su garganta, las manos exploraron territorios desconocidos, y Rosamund inquieta y ávida anhelaba más; que la despojara de las dudas, los miedos, la prudencia impuesta por años de crianza rígida. Sus cuerpos se encontraron despacio, con la torpeza dichosa de los que se descubren por vez primera, como si las lluvias, el tiempo y el universo hubieran conspirado para el encuentro. La pasión creció sin prisas, pero sin tregua, hasta que ambos encontraron redención en un clímax tembloroso y profundo.

Más tarde, ella dormía abrazada a su pecho, y la tormenta finalmente cedía. Sebastian supo que el amor tenía cabida aún en Hawthorn Hall, donde el destino los había confinado. Y mientras contemplaba el rostro de Rosamund, satisfecho y en paz, se permitió pensar en un futuro distinto; en días sin fantasmas, en noches plenas, y en la bendición de una pasión que, como el aroma de las camelias, persistiría mucho después de que la tormenta se disipara.

Aquel encuentro forzado por la lluvia no fue un simple accidente de viaje, sino el principio de lo que un corazón herido y una voluntad no domada podían cambiar. Y así, entre la promesa de jardines despiertos y el calor de cuerpos entrelazados, Hawthorn Hall volvió a la vida, rejuvenecida por el más antiguo de los milagros: el del amor redimido.

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