Portada del relato Las huellas del laurel
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


Allí, en el pasillo, una débil luz titilaba. Alan aguardaba, de pie, con un farolillo entre las manos, vestido formalmente pero con un aire de desamparo que le encogió el corazón.

Duración: 09:24

Las huellas del laurel
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

Apenas la mansión Ashcroft despuntaba sobre el sendero abovedado de magnolias, Eleanor sintió ese ya conocido escalofrío que le visitaba cada año en la víspera del solsticio. La primavera aún temblaba en el aire, y las paredes encaladas respiraban historia, como si guardaran en sus grietas todos los susurros de los Ashcroft de antaño. Apresurada, con las manos cubiertas por los guantes de encaje blanco que su madre le había obligado a ponerse, avanzó hacia la entrada principal mientras el lastimoso sonido de las campanas lejanas marcaba el tiempo.

Cada año, el baile de Midsummer prometía a las jóvenes casaderas la posibilidad de recibir, en secreto y bajo el resguardo de la medianoche, un presente escogido por un pretendiente. Regalos escondidos bajo almohadas, entre las páginas de un libro de poesía, o, las menos discretas, dispuestas sobre el tocador. Era una costumbre que gran parte de las familias estimaba como inocente y encantadora, aunque en los salones se rumoreaba sobre los pactos a espaldas de los padres, sobre anillos y misivas sólo para ojos de dos. Eleanor, que hasta entonces sólo había recibido flores silvestres y cintas, sentía aquel año una expectación distinta. Y temía, sí, siempre un poco temía.

Mientras la tarde descendía, Eleanor se dejó vestir por su doncella, apretada en un corsé que le robaba el aliento y le hacía, quizás, sentir los latidos demasiado cerca del recuerdo. Desde pequeña había escuchado hablar, con una mezcla de asombro y desaprobación femenina, de la historia de Lady Lynette: cómo una noche de Midsummer recibió un relicario con la trenza de un soldado, y al reunir el valor para buscarlo, desató un escándalo que aún se narraba en las cocinas. Eleanor no buscaba escándalos; buscaba certeza.

Pero el verdadero motivo de sus nervios era Alan. No le veía desde octubre, cuando su padre había sospechado de unas cartas -nunca interceptadas, pero sí adivinadas por la repentina palidez de Eleanor al escuchar su nombre durante la cena. Alan era el nieto de un terrateniente venido a menos, un joven que gastaba horas en la biblioteca, reorganizando libros y midiendo las sombras que caían sobre las sílabas de Tennyson. Pero a los ojos de la señora Ashcroft, que pensaba en dotes, herencias y viñedos, Alan jamás sería suficiente.

Esa mañana, Eleanor había hallado una nota bajo su ventana, donde sólo había dos palabras: “Esta medianoche.” Fue entonces cuando decidió que esta vez, ella también regalaría.

El salón se llenó primero con las luces, luego con los colores de los vestidos, y, por fin, con el murmullo: damas en crespón color lavanda, caballeros ceñidos en fracs, copas de ponche y ventiladores mecánicos ruidosos bajo el calor que se negaba a disipar. Eleanor bailó toda la velada como una autómata, atendiendo a los pasos de cada galanteo, a cada mirada que le adivinaba inquietud. Cuando, en los breves descansos, se asomaba al ventanal, buscaba una figura en el jardín que le confirmara el presentimiento, pero sólo hallaba la promesa temblorosa de la noche.

A las once y media, cuando la orquesta comenzó un vals lento y las madres pasaban lista a sus hijas con la mirada, Eleanor pidió permiso para subir a sus aposentos, alegando un leve mareo. Su madre asintió, preocupada por la tenacidad de su palidez. En el tocador, Ellen fingió ausentarse, sabedora de que esta era una noche para secretos.

Eleanor abrió el pequeño compartimento de su armario y extrajo la cajita de madera de cedro que había preparado. En ella, un mechón trenzado de su propio cabello y un pañuelo bordado con las iniciales “E.A.”, besado la noche anterior para guardar su promesa. Dejó la caja entre pliegues del chal azul, y luego se arrojó en la cama, latiendo como un ave cautiva.

No supo cuánto esperó. O si acaso durmió y el sueño se mezcló con el rumor del viento entre las magnolias. Pero cuando el reloj marcó la medianoche y la luna relució casi plena sobre los campos, Eleanor se incorporó, y con los pies descalzos avanzó hacia la puerta secreta del ala este, la puerta que Alan y ella habían descubierto en una de sus incursiones de la infancia, mucho antes de entender que lo prohibido era el verdadero precio del deseo.

Allí, en el pasillo, una débil luz titilaba. Alan aguardaba, de pie, con un farolillo entre las manos, vestido formalmente pero con un aire de desamparo que le encogió el corazón.

—Has venido —susurró ella, sabiendo que el murmullo podía perderse en la corteza de los viejos muros.

—Siempre vengo, Eleanor —dijo él, como si esa certeza bastara para todo.

Alan era más alto de lo que recordaba. O, al menos, había olvidado cómo su sombra se alargaba sobre el empedrado, cómo sus ojos se tomaban el tiempo de recorrerle el rostro con la devoción de un monje ante un ícono. El instante se alargó, tenso, luminoso.

—Es tu noche, Eleanor —dijo él entonces—. Sé que hay otros, y sé que deberías estar bailando ahora. Pero he traído algo para ti.

De entre los pliegues de su chaqueta, sacó un libro encuadernado en terciopelo verde. Eleanor lo tomó, temblorosa.

—Es... ¿Poesía de Byron?

Alan asintió.

—Hay versos subrayados, versos en los que pienso cada vez que te recuerdo. No puedo regalarte tierras ni joyas, pero puedo ofrecerte lo que soy: mi palabra, mi vida.

Eleanor apretó el libro contra el pecho. El regalo era un acto de osadía; la declaración, pura ternura. Se debatió, un instante, entre la audacia y la prudencia… y decidió responder.

Sacó la cajita de cedro y se la ofreció.

—Esto es mío; es de mi corazón. No es grande, pero es verdadero.

Alan lo abrió y sonrió al ver el mechón y el pañuelo bordado. Cerró los ojos y se inclinó para besarle la mano.

—No hay joya en el mundo que iguale esto.

La luna pintaba la estancia semicircular de luz pálida. Cayeron, irremediables, en un silencio preñado de posibilidades. Alan sujetó a Eleanor por la cintura con una delicadeza devastadora.

—¿Qué sucede si esta noche decides abandonar la obediencia? —preguntó, apenas rozándole el oído.

—¿A qué te refieres?

—Huir. Escaparnos. Hacer, por una vez, lo que realmente deseamos y no lo que esperan de nosotros. Tengo un coche esperando en el sendero, más allá del seto. Podríamos estar en la costa antes de amanecer.

Eleanor, por un instante, vio su vida entera contenida en la exhalación de esa propuesta: la sala de su madre, el retrato de los Ashcroft, las horas consagradas a la decencia y el deber… y aquel instante, único, irrepetible.

—¿Y si no soy valiente suficiente?

—Eres más valiente de lo que piensas. Ya lo has demostrado al venir esta noche.

Eleanor se mordió el labio, y despacio, sin palabras, recurrió a ese antiguo lenguaje de manos entrelazadas y miradas que temblaban por la fe en un futuro propio. Alan la acercó más. El roce de sus labios fue tibio, primero nervioso, luego urgido por años de espera. Se besaron con el miedo propio del amor temprano, ese amor que no acepta el mundo y que aún así se arriesga a desafiarlo. Y entre los pliegues del chal y el terciopelo, él acarició su mejilla como quien explora un texto sagrado.

El reloj irrumpió la escena con su campanada. Medianoche era ahora pasado, y el baile seguía abajo, ignorante.

Eleanor, con el pulso incendiado y el pecho apretado de deseo y dudas, preguntó:

—¿Y si te elijo ahora, Alan? ¿Podrías prometerme que este amor resistirá la distancia? ¿Que no naufragará cuando se nos acaben las cartas y los versos?

Alan sonrió. Su sonrisa era grave, dolida y, sin embargo, indispuesta a ceder.

—No puedo prometerte el para siempre. Pero prometo buscarte en cada sitio donde una rama de magnolia tiemble por el viento y tu perfume se reconozca en el aire.

Ella supo que no hacía falta más. El amor, en la primavera de Ashcroft, era promesa y peligro; era la osadía de quienes se regalaban el uno al otro, más que objetos, la libertina apuesta de los propios anhelos.

Tomó la decisión. Caminó junto a Alan hasta el umbral. La casa entera parecía retener la respiración mientras cruzaban, furtivos, bajo la luna. Iban sin equipaje, sin peso, únicamente armados con las palabras y los regalos intercambiados.

En la oscuridad, bajo el manto sagrado de las magnolias, Alan le susurró al oído:

—Te amaré, Eleanor, aunque el mundo decida no recordarnos.

Y, en esa madrugada, con los primeros rayos de una aurora que sólo se atreven los amantes, ambos se entregaron, en cuerpo y deseo, en el cobijo de la nueva vida elegida. Los abrazos fueron torpes y hermosos, entremezclados de lágrimas, anhelos y juramentos que sólo la juventud y el amor verdadero saben pronunciar.

Nadie supo del todo cómo explicar la desaparición de Eleanor Ashcroft, y el baile de Midsummer continuó año tras año, pero entre las jóvenes que reían la siguiente primavera, se contaban historias en voz baja sobre la muchacha que tuvo el coraje de elegir su propio regalo y regalarse a sí misma.

Y así, bajo cada magnolia florecida, durante los futuros Midsummers, se creía sentir el eco de dos amantes que se atrevieron a desafiar las sombras, dejando como único testimonio de su amor aquella cajita de cedro y un libro de versos subrayados, escondidos, para siempre, en la memoria de una casa que recuerda más de lo que parece.

Porque, en la historia de Ashcroft, cada regalo dejado en secreto era un mensaje: un recordatorio de que el auténtico deseo es, al final, el más precioso presente que uno puede dar.

Copyrights © 2025 Complicidad.es. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.