Portada del relato Susurros entre magnolias
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Fragmento:


—¿Quién teme a quién, señor Butler? —dijo, con una voz que fingía más seguridad de la que sentía—. No soy ninguna de sus damas de Nueva Orleans.

Duración: 08:53

Susurros entre magnolias
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Texto de ajuste de pausa.

La noche descendía sobre Tara como una caricia, envolviendo la tierra rojiza y los jardines perfumados en un abrazo cálido. Los grillos cantaban en la espesura y el aire cargado de fragancia a madreselva buscaba colarse por cada ventana abierta. Entre columnas blancas y cortinajes ondeantes, la silueta de Scarlett O’Hara se recortaba contra la luz temblorosa de la lámpara.

Había sido un día largo y, pese al júbilo que la vencía tras la fiesta en Doce Robles, ahora resultaba imposible arrancar de su mente el recuerdo de unos ojos verdes, chispeantes de deseo y desafío. Sus pies descalzos apenas hacían ruido sobre la madera pulida. La noche la llamaba, y en su pecho vibraba un presentimiento.

La casa dormía, o fingía dormir. Mammy roncaba suavemente en la habitación contigua, y el resto del personal susurraba historias a la distancia. Scarlett, sin embargo, no podía hallar descanso ni en la almohada más mullida. Sus manos se entrelazaron sobre la pechera de su camisón, intentando sosegar el inquieto palpitar de su corazón.

Una brisa cálida hizo flamear la cortina y Scarlett se acercó al ventanal, dejando que la luna plateada acariciara su rostro. Ahí, entre la penumbra, se movía la sombra inconfundible de Rhett Butler. Él apareció bajo el porche, con ese andar lento y seguro, con la arrogancia divertida de quien sabe que el mundo le pertenece.

—Señorita O’Hara… —pronunció Rhett apenas con un murmullo, pero su voz se coló por la ventana como si fuera brisa nocturna.

El primer impulso de Scarlett fue volver la espalda y fingir indiferencia, pero la emoción la envolvía. Su corazón, traicionero, aceleró aún más el compás. Él supo leer su silencio y avanzó, deteniéndose en el umbral de la puerta. Los minutos se estiraron como hilos de azafrán, tirantes, palpitantes.

—¿No teme que la sorprenda así, despierta en mitad de la noche, vestida apenas con un camisón? —dijo Rhett. En sus ojos bailaba la burla, pero también otra cosa, indómita.

Scarlett sintió que el calor ascendía por su garganta, inundando su rostro de rubor. Pero no retrocedió. Solo alzó la barbilla, altiva.

—¿Quién teme a quién, señor Butler? —dijo, con una voz que fingía más seguridad de la que sentía—. No soy ninguna de sus damas de Nueva Orleans.

Él avanzó un paso, y la distancia entre ambos se redujo a un suspiro. Su aliento era ron y deseo, tan denso como el aire antes de una tormenta. La miró largamente, como si intentara recorrer cada curva, cada sombra bajo la tela.

—No. Usted es mucho más peligrosa que cualquiera de ellas —murmuró.

El silencio se pobló de promesas inconfesas. Scarlett vio, en la sonrisa ladeada de Rhett, un reflejo de sus propios anhelos, y mientras la luna derramaba su luz de plata sobre la alfombra, él alzó una mano para rozar la tela delgada sobre su hombro.

—¿Puedo pasar?

Ella, desafiando el recato que la sociedad le imponía, asintió apenas. La puerta se cerró tras él con un leve crujido. Estaban solos, tan solos como dos deseos largamente enjaulados.

Rhett la rodeó despacio, sin tocarla aún. Sus ojos, devoradores, la recorrían. Scarlett sintió que su respiración era cada vez más errática. Un estremecimiento, delicioso y alarmante, la recorría mientras el calor iba ascendiendo desde su vientre.

—Scarlett —musitó Rhett, y la forma en que dijo su nombre fue una promesa—. Siempre supe que bajo esa mirada orgullosa y ese ingenio implacable, dormía una pasión furiosa.

Ella sonrió, burlona y temblorosa a la vez.

—Me conoces menos de lo que crees —replicó, pero la voz le salió ronca.

Rhett retrocedió apenas. Tomó su barbilla entre el pulgar y el índice, forzándola a mirarlo a los ojos.

—¿De verdad?

Scarlett sintió cómo su voluntad se quebraba. La noche, la soledad, el roce de los dedos de Rhett, todo era un caldero donde sus certezas se disolvían. El poder del deseo lo coloreaba todo: los manteles de encaje, la madera perfumada, el temblor en su vientre.

Él bajó su mano hasta el lazo de seda que cerraba su camisón. Los dedos fuertes y diestros supieron desatarlo en silencio, y la tela resbaló sobre la piel de Scarlett, que ardía como si la luna fuera un sol secreto. Rhett no la desnudó del todo. Se detuvo, observando la curva de su cuello, la caída de sus pechos apenas velados.

—Eres magnífica —susurró—. Como la misma tierra de Tara.

Esa comparación, tan extraña, tan íntima, acabó de derribar las defensas de Scarlett. Su respiración era un jadeo entrecortado.

Él besó su hombro, lento y paciente, dejando que la lengua siguiera la línea de su clavícula. Scarlett cerró los ojos, sintiendo que un incendio nacía bajo cada caricia, creciendo hacia su pecho, descendiendo luego, indomable, entre sus piernas. Rhett besó la curvatura de su pecho, rozando con sus labios el pezón, y ésta se erizó al punto de dolor.

Un gemido escapó de la garganta de Scarlett, sorprendida de sí misma.

Con un instinto que no sabía que poseía, alargó las manos hacia el pecho de Rhett y hundió los dedos en la tela de su camisa. Quiso arrancarla, sentir su piel caliente contra la suya. Él la ayudó, desabrochando cada botón sin apartar los ojos de ella, con una concentración fiera, como si estuviese desmontando la armadura de un enemigo y de un amante a la vez.

Sus torsos desnudos se encontraron y la electricidad fue fulminante. El pecho de Scarlett subía y bajaba al compás de suspiros, y la piel de Rhett era cálida y firme bajo sus palmas.

Él atrapó su boca, al principio suave, sólo con el roce carnoso de sus labios, pero pronto la besó con toda la hambre de años reprimidos. Sus lenguas se encontraron, intricadas, presionando, jugando. Scarlett sintió que sus rodillas flaqueaban.

Rhett no permitió que cayera. La alzó en brazos y la depositó en la cama, entre sábanas frescas. Se tendió a su lado, adorando cada palmo de piel con las yemas de los dedos, con la boca, con la respiración.

—Voy a adorarte hasta hacerte olvidar cualquier otro pensamiento, Scarlett —susurró, y comenzó a besarla de nuevo, bajando lentamente, dejando rastros húmedos y cálidos hasta perderse bajo la tela que aún cubría sus muslos.

Scarlett jadeó, sorprendida por la intensidad de su propio deseo. No le importaron ni la casa adormecida, ni el escándalo que podría montarse si fuesen descubiertos. Todo lo que existía era el roce hábil de la lengua de Rhett, el peso cálido de su cuerpo sobre el de ella.

Sus manos se deslizaron por la espalda de Rhett, explorándolo. Él la besaba y la acariciaba como si tuviera todo el tiempo del mundo, y sin embargo, un temblor impaciente recorría su cuerpo. Scarlett no tardó en sucumbir al ritmo que dictaba la boca de Rhett, su lengua, sus manos.

Pronto el camisón era solo un recuerdo en el suelo. Sus pieles se fundieron, piel contra piel, y Scarlett sintió cómo el deseo se elevaba hasta convertirse en un líquido ardiente y pulsante en su interior. Gemía y se arqueaba, buscando, pidiendo, sin decir palabras pero diciéndolo todo con el cuerpo.

Rhett la miró, consumido por la pasión, y susurró:

—Toda mi vida he deseado esto.

Y al fin la poseyó, entrando en ella con la lentitud de lo inexorable, llenándola, reclamándola, y Scarlett sintió que la vida entera había sido sólo el preludio de ese instante.

Se movieron juntos, enlazados como si fueran raíces enredadas bajo la tierra roja de Tara. El mundo dejó de existir, evaporado bajo la tormenta de placer que los arrastraba. Sus nombres, convertidos en gemidos, salpicaban la noche y el aire cálido.

Scarlett sintió que se perdía en una marea dulce, desbordada, y Rhett la sostuvo, guiándola hasta perderse él también. Nada era prohibido, nada era demasiado. El amor y la lujuria bailaban juntos bajo la luna, entre magnolias y jazmines que ardían en los jardines dormidos.

Cuando al fin la calma llegó, Rhett cubrió a Scarlett con su cuerpo, y el sudor y el deseo se mezclaban hasta hacerlos uno solo.

—¿Ves, Scarlett? —murmuró él, el acento vagamente burlón mientras le besaba el lóbulo de la oreja—. Nadie te conoce como yo.

Ella sonrió, exhausta y satisfecha.

—Tal vez —susurró, ovillándose contra él—. Pero tampoco nadie me desarma como tú.

Permanecieron así, quietos, bajo el manto de la noche. La respiración volvía lentamente a su ritmo tranquilo mientras afuera la luna daba paso al primer gris azulado del alba. Por un instante, Scarlett supo que ninguna guerra, ningún escándalo y ninguna convención podrían arrebatarle la dulzura de esa noche.

En la frontera entre el sueño y la vigilia, lo último que sintió fue la caricia de los dedos de Rhett, dibujando promesas sobre su espalda. Y en la casa de Tara, abrazados, dos cuerpos encontraron en la pasión la tregua que tantas veces les fue negada.

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