Portada del relato Entre Plumas y Promesas
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Fragmento:


Él se acercó hasta quedar junto a ella ante la ventana. La cercanía de sus figuras, reflejadas en el vidrio neblinoso, fue suficiente para que Annabelle experimentara el tira y afloja de una emoción desconocida y ansiosa. Se había casado con Edward considerándolo casi un hermano —nunca un extraño, pero jamás, tampoco, completamente suyo. Ahora, sin embargo, la frontera entre ellos parecía diluirse con cada gota de lluvia que caía.

Duración: 08:33

Entre Plumas y Promesas
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Texto de ajuste de pausa.

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Bajo la Lluvia de Mayfair

Afuera, una lluvia copiosa tejía veredas brillantes sobre el empedrado de Berkeley Street, lanzando tamborileos caprichosos contra los cristales de la amplia ventana del salón. Annabelle de Riverton contempló cómo las luces de las farolas se multiplicaban en el agua sonriente, preguntándose cómo se sentía un corazón cuando cambiaba de latido.

Nunca había sentido el suyo tan aprisionado, ni siquiera cuando, apenas cinco años atrás, marchó de la campiña a Londres para convertirse en esposa de conveniencia para un hombre a quien apenas conocía. El matrimonio con Edward había sido arreglado desde su infancia, un acuerdo entre familias, ambos aprendiendo a convivir -primero como amigos y después, solo quizá, como amantes. Pero ahora, por extrañas vueltas del destino y por una serie de silencios nunca llenados, Annabelle se sentía extranjeramente sola en su propia casa.

El sonido de un carruaje deteniéndose a la puerta la hizo girar. A pesar de la hora tardía, el inquietante presentimiento de que algo inesperado estaba por suceder la hizo erguirse. En ese instante, la puerta del salón se abrió y Edward—su esposo, su enigma constante—apareció, tan elegante y contenido como siempre, su cabello mojado del camino.

Annabelle nunca había sido del todo capaz de descifrarlo. Tenía el porte de un hombre criado para la reserva, pero los ojos, color whisky y siempre en guardia, dejaban entrever a veces un deseo feroz, apenas contenido por las normas de la sociedad. Durante un segundo, enmarcado en el umbral por la luz cálida del corredor, Edward la observó como si intentase leer en sus gestos la clave de su propia ansiedad.

"Me temo que apenas escaparé al resfriado," murmuró él, sacudiendo la levísima humedad de sus guantes. "¿Aún no te has retirado, Belle?"

Ella negó. "No podía dormir. La tormenta me pareció... demasiado inquietante."

Él se acercó hasta quedar junto a ella ante la ventana. La cercanía de sus figuras, reflejadas en el vidrio neblinoso, fue suficiente para que Annabelle experimentara el tira y afloja de una emoción desconocida y ansiosa. Se había casado con Edward considerándolo casi un hermano —nunca un extraño, pero jamás, tampoco, completamente suyo. Ahora, sin embargo, la frontera entre ellos parecía diluirse con cada gota de lluvia que caía.

"¿Qué piensas cuando miras la tormenta?" preguntó Edward, su voz baja, casi áspera.

Tomó un riesgo, uno que nunca antes había osado. "Me preguntaba cómo se siente alguien al ser besado bajo la lluvia," susurró ella, sin mirar a su marido.

Sintió una corriente eléctrica correr entre ambos. De reojo notó cómo la rígida dignidad de Edward vacilaba apenas, la mandíbula tensa. No dijo nada al principio, pero se volvió hacia ella, y Annabelle supo, quizá por primera vez, que no estaba frente a un amigo, sino ante un hombre hecho de deseo, quizá tan perdido y anhelante como ella.

"No lo sé," dijo él finalmente, y el eco de ese desconocimiento encendió una chispa en el aire. "Nunca nos hemos permitido ser extraños el uno para el otro, ¿verdad, Belle? Tal vez por eso nos resulta tan difícil ser realmente amantes."

La osadía de sus palabras la desarmó. Annabelle bajó la mirada, pero Edward alzó una mano y la tocó bajo el mentón, obligándola a mirarle. Por un instante, el tiempo se detuvo. Todos los gestos contenidos por meses, todos los anhelos escondidos, amenazaban con estallar bajo la presión de esas manos cuidadosas. Lentamente, aun permitiendo que ella protestara, él deslizó los dedos hasta su nuca y, con una ternura que la sorprendió, la atrajo hacia sí.

Ella tembló, no de frío, sino de expectación. Afuera, el trueno rugió y pareció presionar los muros del salón, pero dentro, la intimidad se redujo al espacio minúsculo entre sus labios. El primer beso fue torpe y titubeante; Annabelle nunca había besado así, dejando caer máscaras y reservas. Edward besaba como quien abre un cofre de secretos, hondo, ansioso, buscando algo que le devolviera la vida perdida entre las formalidades.

Cuando se separaron, sus ojos buscaban respuestas nuevas en el otro—y las encontraron. Sin pronunciar su nombre, Edward volvió a besarla, ahora con un atrevimiento nuevo, las manos en su cintura, deslizándose por encima de la tela de su bata. Annabelle sintió cómo la sangre le latía en la cabeza, y pensó que estaba cayendo, tan rápidamente como el aguacero contra los cristales.

"Nunca has preguntado si deseaba esto," murmuró ella, con voz temblorosa, cuando las manos de Edward llegaron a acariciar el hueco de su espalda desnuda bajo la tela.

"No me atreví," concedió él, la voz más grave, más necesitada. "Creí que nunca sería más que tu compañero en la mesa, tu apoyo en las visitas, algo apropiado y tibio. Pero, Annabelle..." Se detuvo, besando la curva de su cuello, abriéndose paso con la boca por su clavícula, donde la bata dejaba ver la piel blanca y temblorosa. "No quiero ser apropiado. No contigo."

Ella cerró los ojos, entregándose al temblor de esas palabras. Lentamente, guiada por la débil luz del candelabro, llevó las manos a la solapa de la camisa de Edward. El almidón cedió y sus dedos encontraron piel; sintió la tensión de los músculos, la sorpresa y el deseo mezclados. Detuvo su avance sólo para mirarle, buscando un último permiso en los ojos de su marido, un gesto de rendición.

"Quiero sentirme viva," susurró Annabelle, dejando caer su bata. "No sólo esposa, ni amiga—quiero ser tuya. Esta noche, no importa cuán extraños seamos."

El peso de la tela cayendo al suelo sonó como un pequeño trueno entre ambos. Edward, sin apartar la mirada de la de ella, recorrió con las manos la silueta recién descubierta de su cuerpo, cada hallazgo recibido como un regalo lánguido y casi agradecido. La besó en el hueco de la cadera, en la línea nerviosa de la costilla, y Annabelle exhaló temblorosa, consciente de cada caricia, de cada pulso silente latiendo bajo su piel desnuda.

No hubo palabras durante un tiempo. Las bocas se encontraron, manos urgentes guiando al otro por territorios conocidos sólo en la imaginación. Edward la alzó, llevándola junto a la ventana, y Annabelle sintió en la piel la fría presencia de la lluvia detrás del vidrio, el contraste ardiente de su cuerpo pegado al de él. El agua corría en el exterior, perdida en su propio frenesí, ajena al deseo que crecía y crecía en el interior del cuarto.

Annabelle arqueó la espalda cuando Edward descendió hasta los muslos, murmurando su nombre entre besos. Ella lo llamaba, una súplica, a medio camino entre el placer y el miedo ancestral de rendirse por completo. Poco a poco, los movimientos de ambos se sincronizaron en un vaivén dulce y salvaje: la boca de él bebiendo la tibieza de su piel, sus dedos rodeando la cadera de ella, guiando el ritmo, hasta que la sensación se hizo insoportablemente intensa.

Fue un ascenso pausado, afilado por la contención de los meses de distancia, la fantasía hecha carne en reclamos susurrados. Annabelle se sintió pequeña y poderosa, vulnerable pero inquebrantable, al recibir la devoción de ese hombre que apenas conocía en sus formas más profundas.

Y cuando el clímax llegó, fue con la violencia natural de la tormenta, un choque sin palabras, un gemido compartido que llenó el espacio reducido del salón, arrullado por el retumbar de la lluvia en los cristales. Después de la tormenta, vinieron los suspiros: el reconocimiento silencioso de que, en esa noche de confesiones y atrevimiento, habían dejado de ser sólo esposos bien criados para convertirse, aunque fuese sólo por unas horas, en conspiradores de deseo, en extraños amantes.

Edward se apoyó contra su frente, todavía sin fuerzas para soltarla, y rió suavemente, un sonido hondo, vibrante, que nunca antes ella había escuchado.

"¿Te asusta lo que hemos compartido, Annabelle?" murmuró él, sus dedos trazando círculos en su espalda.

"No," respondió ella, descansando la cabeza en su hombro. "Me asusta no volver a sentirlo nunca más."

Él la besó una vez más, prometiéndole, sin palabras, que la extrañeza y la novedad podían renovarse cada noche, siempre que se atrevieran a cruzar de la mano la línea borrosa entre lo conocido y lo desconocido. Afuera la tormenta comenzaba a menguar, y el rumor suave de las gotas sobre el empedrado les contó, a su manera, el secreto de cómo los amantes, aun siendo esposos, pueden reinventarse como extraños deliciosos... y descubrirse de nuevo, bajo la lluvia de Mayfair.

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